Catorce casillas 15. Solicitud de ingreso
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15. Solicitud de ingreso

Solicitud de ingreso

A la cena serví la mesa larga como todas las noches, y ninguna de la mesa habló de Alba, que dormía arriba desde media mañana, ni del lunes, ni de nada que no fuera la cena, porque las casas saben cuándo una conversación no cabe en una mesa.

Lucía bebió sus dos vasos. Mali repartió el pan sin mirarme.

La del moño contó lo de la lavadora número dos, avería con fecha y hora para que constara, mirando a Mali, y Mali dijo que constaba, y con eso y el arrastre de las sillas se llegó al final.

Cuando terminé de recoger, Mali me estaba esperando en el office de la casa con dos papeles en la mano y la caja de chinchetas abierta encima del aparador.

—El corcho —dijo—. Quita lo del mes y pon esto. Tú.

Lo del mes era la hoja de turnos y beneficios de la casa, con su caligrafía redonda de coordinadora, la que llevaba viendo yo desde el martes pasado clavada junto a la puerta.

Lo nuevo eran dos hojas: arriba, la copia del comunicado de administración, mecanografiada, con el sello seco en la esquina, de esos que se leen con el dedo antes que con los ojos; debajo, la traducción de Mali a letra de casa, columna a columna, con las cantidades pasadas a raciones y los plazos pasados a semanas, para que se entendiera al pasar y sin pararse.

Quité la hoja vieja con cuidado de no rasgar las esquinas, saqué las cuatro chinchetas y las junté en la palma, y clavé lo nuevo leyendo, porque clavar y leer se puede, y a veces no se puede evitar.

PENALIZACIÓN DE ÍNDICE — UNIDAD RESIDENCIAL C5.

Por incumplimiento de compromiso de residente readmitida: treinta días.

Durante el plazo, beneficios de casa en revisión.

Y la columna: el suplemento de fruta de la merienda.

El cupo ampliado del lavadero. La bolsa de categoría del último trimestre.

Y entre un renglón y otro, con las mismas letras que todo lo demás: TORRES — MEDICACIÓN INFANTIL ASOCIADA — EN REVISIÓN.

El pulgar se me quedó blanco de apretar la tercera chincheta. La cuarta me entró torcida. La saqué, la miré como si la culpa fuera de la chincheta y la volví a clavar derecha.

—En revisión no es cortado —dijo Mali, detrás de mí, con la voz de leer listas—.

Que lo sepas antes de ponerte a temblar.

En revisión es que durante treinta días, cada mañana, yo compruebo un renglón que llevaba dos años sin tener que comprobar.

La dosis del niño sale, la recoge mi madre, y yo me entero a las diez de que ha salido. Treinta días de enterarme a las diez.

Me di la vuelta con las chinchetas viejas en la palma.

—Mali...

—No he terminado. Estoy con el inventario.

—Se apoyó en el aparador, cruzó los brazos, y fue diciendo despacio, un dedo por cosa, como cuenta ella—: Alba: seis meses más y doce semanas de dar parte de cada paso.

La casa: treinta días de índice penalizado, que son estos renglones que acabas de clavar.

Mi lista: un renglón nuevo que comprobar, y ese renglón es mi hijo.

Y tú: una cuartilla. —El dedo se quedó quieto—.

Una cuartilla muy bien hecha. La vi, ¿sabes?

Me la enseñó en la garita, para que viera que no había sido una locura, que iba todo pensado.

El agua, la hora, la sombra, la cuba. Todo lo tuyo funcionó, Sanz.

Lo que falló fue lo de los demás, que no estaba en los renglones porque no era tuyo y lo que no es tuyo no lo cuentas.

—Si hay algo que pagar de esto, lo pago yo.

—¿Con qué? —Lo preguntó sin maldad, que fue lo peor: como se pregunta un dato que falta en un impreso—. A ver. ¿Tú qué tienes?

Me quedé con las chinchetas en la palma, cerrando la mano para que no se cayeran, y no contesté.

Hice la cuenta de verdad, allí de pie, porque las cuentas se me hacen solas: un contrato al que le quedaban seis días, una cama que era de la contrata, un almacén fuera con mi silla guardada y un sueldo que no llegaba ni al agua que ya no me cobraban.

La lista cabía en una mano cerrada, y Mali la sabía mejor que yo, que para eso llevaba años apuntando lo que tiene cada cual.

—Eso —dijo Mali. Descruzó los brazos, recogió la hoja vieja del aparador, la dobló por sus dobleces y se la guardó en el delantal, con la piel del plátano de la mañana y con todo lo demás que esa mujer cargaba sin que se le notara el peso—.

No te estoy pidiendo nada. Estoy apuntando.

Es lo que hago con todo, para que luego no se discuta.

—Y ya saliendo, sin volverse—: La lista del corcho la cambias tú cada semana mientras dure el plazo.

Los treinta días los vamos a leer todas, pero clavarlos te toca a ti.

Me quedé sola en el office con las cuatro chinchetas viejas en la palma y las dejé en su caja, de una en una, oyéndolas caer.

Después apagué la luz del office, comprobé el corcho una última vez desde la puerta —recto, legible, con el renglón del niño donde no hubiera que agacharse a leerlo— y me llevé el carro vacío calle abajo, haciendo su ruido de todas las noches por una calle que no era la de todas las noches aunque fuera la misma.

La administrativa de las gafas me alcanzó cuando cruzaba de vuelta al anexo, a las diez menos veinte, con las farolas ya puestas.

—Sanz. La directora la espera. Ahora, si puede. —Y como yo me quedara mirando la hora en ninguna parte, añadió—: La directora sabe la hora que es. Por eso la espera ahora.

Crucé la explanada con las farolas y los aspersores de noche trabajando cada uno en lo suyo.

En el edificio de oficinas, el pasillo estaba a oscuras salvo el fondo: la ventanilla cerrada con su cartelito de horario, los mostradores recogidos, y la única luz saliendo por la puerta del despacho sin cartel, entornada en su punto de siempre.

El despacho de Elena estaba encendido y ordenado a la luz de la lámpara de mesa, con las persianas del día ya echadas.

Encima de la mesa, a un lado, había una pila de carpetas con una tira de papel que decía RECUENTO — ADMÓN.

— CONFORME, cuadrada con el borde, ya terminada, como está terminado todo en los sitios donde alguien trabaja hasta las diez.

Elena me señaló la silla y esperó a que me sentara para sentarse ella, que era su manera de empezar las cosas.

—Gracias por venir a esta hora. Las cosas de hoy conviene cerrarlas hoy. —Puso el bolígrafo en el canal del cartapacio, en paralelo—. ¿Cuántos años lleva usted en el almacén, Sanz?

—Seis.

—¿Y cuántas faltas tiene?

—Ninguna.

Asintió como quien coteja un albarán con la carga.

—Eso pensaba. —Abrió el cajón de su lado, sacó dos grupos de papeles con sus clips, y los puso sobre la mesa, uno junto al otro, girados hacia mí—.

Antes de lo que quiero proponerle, vamos a vaciar lo que usted anda cargando, que ocupa sitio.

Mire esto con calma. De papeles entiende: para eso no me hace falta creerla, me basta su expediente laboral.

El primer grupo era el contrato de entrada de Lucía.

Programa de Cuota Biológica, admisión voluntaria, cuatro hojas grapadas con sus números abajo, la fecha de hace dieciocho meses repetida en la primera y en la última, los tramos de permanencia en su tabla, la categoría de origen —general— en su casilla, y los sellos en cada hoja, secos, centrados, con el borde limpio de los sellos que se ponen sin prisa.

En la última, la firma: la de siempre, la del colegio, la ele grande con el rabo cerrado, hecha con un bolígrafo que había apretado más en la primera letra que en la última, como firma la gente que ha esperado en una silla su turno de firmar.

El segundo grupo era la autorización de la semana treinta y dos, la hermana administrativa de mi hoja siete: el encabezado del régimen de riesgo excepcional, las condiciones en párrafos cortos, el campo de la prima con su renglón impreso —devengo por semana cumplida, hasta término—, la firma de Navas en su sitio de médico, y abajo otra vez la firma de ella, año y medio más vieja y la misma, con la ele un punto más cansada y el rabo igual de cerrado.

Las leí como leo yo. Fechas primero: dieciocho meses justos entre una y otra, con la nefrectomía y la transferencia bien ordenadas en medio, cada cosa detrás de su papel.

Sellos después: secos, centrados, aburridos.

Firmas al final, con el pulso y la tinta de quien las hizo.

Busqué lo que se busca en los papeles que te importan: una letra que no encajara, una fecha bailada, un añadido con otra tinta, el hueco de algo quitado.

Los repasé dos veces. No había nada. Eran los papeles más en orden que había visto en mi vida, y yo he visto muchos papeles en orden.

—La prima del régimen excepcional —dijo Elena, cuando me vio en ese renglón— se devenga por semana cumplida, hasta término.

Léalo. No paga por implantar. Paga por llegar.

Al consorcio no le sirve de nada un riesgo que se trunca: le sirven las semanas.

Puede parecerle lo que quiera, pero mírelo como lo que es: todo el interés económico de este programa está puesto en que su hermana termine bien.

—O en que aguante hasta el final aunque no deba.

—Esa distinción la vigila un médico que no firma lo que no ve, y usted lo sabe, porque ha leído su letra. —No lo dijo como quien gana: lo dijo como quien tacha un pendiente—. ¿Encuentra en esta mesa lo que vino a buscar hace ocho días?

Miré los dos grupos, el uno junto al otro, dieciocho meses de distancia bien documentada.

—No.

—¿Qué esperaba que faltara?

—Una firma que no fuera suya. O una fecha que no cuadrara con las otras. O una hoja de menos.