Catorce casillas 14. El movimiento
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14. El movimiento

El movimiento

A las siete y media de la tarde, con el sol ya de lado y el calor pensándoselo, Lucía salió de la casa cinco con su rebeca por los hombros y me encontró en la calle, donde yo estaba sin excusa, porque el turno había acabado a las siete y algunas cosas se hacen sin montarles un pretexto.

—Paseo pautado —dijo, a modo de todo—. Hasta los bancales y vuelta. Son mis metros de la tarde. Si vienes, vienes andando a mi paso, no al tuyo.

—¿Cuál es tu paso?

—El que ves. Con dos paradas, en los bancos. Eso también es de la pauta, así que no me las discutas.

Echamos a andar. Su paso era más corto que el mío y más igual: no aceleraba en lo llano ni frenaba en la rampa, lo llevaba todo a la misma marcha, como esas cintas de carga que no saben de prisas y por eso no se atascan.

Me costó tres calles ajustarme, porque el cuerpo de una lleva sus ritmos aprendidos, y cuando lo conseguí fue como cuando dos carros cogen por fin el mismo carril: se dejó de oír el esfuerzo.

—¿Cuántos metros son? —pregunté, por llevar yo también alguna cuenta.

—Cuatrocientos hasta el borde, con banco a la mitad y banco al final. Los midió el médico con sus pasos, un día. Ochocientos entre ida y vuelta, y ni uno de propina, que los de propina también cansan. Desde entonces son los mismos todas las tardes.

El primer banco estaba a la sombra de la última casa, mirando ya hacia lo abierto. Se sentó apoyando primero la mano, giró el cuerpo entero, y respiró tres o cuatro veces con la mano en el costado, sin drama, con la atención de quien vigila una máquina que conoce.

—¿Duele?

—Tira. —Se recolocó—. Doler es otra cosa.

Y entonces se quedó quieta de golpe, con la cara que se le pone a la gente cuando suena un ruido en el almacén que no toca, y se llevó la mano a un lado alto de la barriga, y esperó, y le volvió a sonar lo que fuera, porque casi se rio.

—Trae —dijo.

Me cogió la mano por la muñeca, sin preguntar, como se coge una herramienta, y me la puso plana donde ella sabía, apretando la mía con la suya encima.

Al principio no hubo nada, solo el calor de la tela y lo duro tirante de debajo, que no se parece a nada que yo hubiera tocado.

Después algo empujó contra mi palma desde dentro, una vez, con una fuerza pequeña y completamente decidida, como un bulto que se recoloca solo en la balda, y luego otra vez más abajo, de refilón, y se acabó la función.

No dije nada porque no tenía nada del tamaño de aquello. Lucía me soltó la muñeca cuando lo consideró y se quedó con las manos en su regazo.

—Se pone así a estas horas —dijo—. Con la fresca. Por el día casi ni se mueve, que hace bien.

—¿Y tú...?

—Yo nada. —Lo dijo antes de que yo supiera qué iba a preguntar, que fue lo mejor, porque yo tampoco lo sabía—.

No es mío, Marta. Lleva mi sangre de paso, como llevan las tuberías el agua, y el agua no es de la tubería.

Cuando nazca se lo llevan y no lo voy a ver, y no te pongas a buscarme la pena por la cara, que no está.

Lo que hay es otra cosa: mientras esté aquí dentro, está a mi cargo.

Como una mercancía en depósito, si te lo tengo que decir en tu idioma.

Y los depósitos, tú lo sabrás, se entregan enteros o no se cobran.

—Ya.

—Pues eso. Por eso duermo del lado que me dijeron, y bebo lo que me dicen, y ando estos metros aunque algunos días los ande de mal humor.

Y por eso —me miró un momento, sin dureza, poniendo solo el dato— cualquier cosa que se te ocurra que lo ponga en peligro, la vas a hacer sin mí y contra mí.

Que no se te olvide de quién es cada cuenta.

Se levantó del banco en sus dos tiempos y seguimos.

Por la última calle nos cruzó el cochecito eléctrico de bajada, con dos residentes y una sombrilla plegada, y las dos saludaron con la cabeza y Lucía devolvió el saludo y yo también, porque a esas alturas ya se me había pegado lo de saludar.

Un aspersor suelto trabajaba en un jardín delantero, a deshora, y Lucía lo miró de reojo con desaprobación técnica, como se mira una carga mal flejada, y no dijo nada porque no era su cuadro.

No contesté a aquello y ella no esperaba: lo había dicho como se cuelga un cartel, para que estuviera puesto.

Los bancales empezaban donde el recinto dejaba de ser calles: el antiguo campo de golf hecho terrazas, con los taludes de la vieja hierba reconvertidos en bordes de cuadro, y abajo, siguiendo la pendiente en eses largas, la acequia de obra con sus compuertas pequeñas de chapa, numeradas a brocha.

Olía a tierra regada y a tomatera, ese olor áspero que se queda en las manos, y dos figuras con azada trabajaban lejos, a lo suyo, en el cuadro de las judías.

Lucía se paró en el borde del segundo cuadro, donde un cartelito de madera clavado en la tierra ponía C5 en pintura blanca.

—Este es el nuestro —dijo—. El de la casa.

Lo que sale de aquí va a nuestra cocina: el tomate de agosto, la hierbabuena madre de la que corté la mía, las acelgas de invierno cuando toque.

Cada casa tiene el suyo y una persona lo lleva.

—Señaló con la barbilla el conjunto, las eses de la acequia, las compuertas—.

El puesto de bancales es eso: madrugar, abrir compuertas por turno, apuntar lo que sale y lo que se siembra.

—Junto al camino había una caseta de aperos con el candado puesto y, clavada en la puerta, una pizarrita con los turnos de compuerta escritos en tiza, horas y números de cuadro, con dos letras al lado de cada hora—.

Ahí está el oficio entero, en esa pizarra.

Agua, hora y firma. Lo pedí en marzo, por escrito.

Para cuando acabe esto. —Se tocó apenas el costado, un gesto de inventario, no de cariño—.

Es un trabajo de los que se ven: tú abres el agua y la tierra te contesta ese mismo día. No como otros.

—¿Te lo darán?

—Hay lista. Estoy en la lista. —Se encogió de hombros—. Carmen va delante por años y detrás voy yo por informes. Se verá. Pero el puesto existe, y la lista existe, y yo estoy en ella con mi letra. Eso ya es más de lo que tenía fuera.

Iba a decir algo del después, del año que viene, de dónde, y me lo tragué con todas sus preguntas dentro, porque todas mis preguntas del después llevaban dentro un remolque, y ella me lo habría visto llegar desde la primera sílaba.

Me callé y miré el cuadro C5, los tomates atados a sus cañas con tiras de trapo, cada mata con su alcorque hecho a mano, y pensé que aquello estaba bien llevado, y lo pensé como lo pienso de un almacén ajeno: sin querer quedármelo.

A la hora en punto, más abajo, alguien abrió una compuerta.

Se oyó primero la chapa y después el agua, ese ruido gordo de grifo de verdad que yo le había oído a la balsa el primer día, y el agua entró por la acequia del tramo repartiéndose a las regueras de los cuadros, oscureciendo la tierra por delante de sí misma, con las dos figuras de la azada enderezándose a mirarla como se mira llegar al del pan.

Nos quedamos las dos junto a la acequia viéndola pasar.

Venía con hojitas y con una pluma pequeña dando vueltas, y en la compuerta hacía un remolino corto antes de repartirse.

El agua no era de ninguna y trabajaba para todas, y hacía su ruido, y mojaba lo suyo, y ni Lucía dijo nada ni yo dije nada, y por primera vez en ocho días el silencio entre las dos no era de nadie ganando.

Duró lo que duró el tramo: cuando la reguera del C5 estuvo oscura hasta el fondo, Lucía se dio la vuelta.

—Vámonos, que la segunda parada me pilla de bajada.

Volvimos a su paso. En el segundo banco se sentó sus minutos contados, sin hablar, mirando el recinto encenderse a trozos abajo, y yo me senté a su lado y no llené el rato de nada.

Después se levantó, mano primero, cuerpo después, y en la puerta de la casa cinco me dijo buenas noches como se le dice a alguien de quien no hay queja ese día, que entre nosotras era decir mucho.

Me fui al anexo andando despacio, al paso de ella. Tardé dos calles en volver al mío.