Catorce casillas 13. Readmisión
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13. Readmisión

Readmisión

El martes entré a las seis y media, con el fresco de mentira que hace antes de que el sol suba la cuesta, y la vi desde el camino del anexo, a contraluz de la primera claridad: una figura sentada en el banco de obra de la garita, con una bolsa de deporte a los pies y la espalda demasiado recta, de esas espaldas que se sujetan porque doblarse cuesta más.

Los generadores llevaban el compás de siempre y las farolas seguían dando su poca luz, amarilla contra el gris que clareaba, y todo el recinto tenía esa cara de antes del primer turno en que los sitios parecen recién contados.

El guardia del turno de noche estaba de pie junto al banco, sin hacer nada, que es lo que se hace cuando ya se ha hecho lo único que había: avisar.

Al verme llegar me dijo, por encima de la verja, que la chica llevaba allí desde las seis y cuarto y que ya le había dicho dos veces que la ventanilla abría a las ocho, y lo dijo con el tono de quien pide que alguien le quite de las manos una cosa que no se ha roto pero pesa.

Me acerqué por mi camino, con mi credencial en la mano para el control, y a diez metros ya era Alba sin ninguna duda y a cinco ya se veía lo demás: los labios partidos por el medio, la piel de la cara como papel que se ha mojado y secado, los ojos hundidos un dedo más adentro de donde los tenía el domingo.

La bolsa transparente de consigna asomaba de la de deporte, vacía de casi todo.

—Buenos días —me dijo, y la voz le salió de más lejos que ella.

El taladro me cayó en la casilla nueve y la del control me retuvo la credencial un segundo de más, mirando por encima de mi hombro hacia el banco, y no dijo nada porque no le tocaba.

Dentro, la cocina ya olía a café de máquina.

Le pedí a la cocinera un vaso grande de agua y me dijo que para eso no se pide permiso, y lo saqué a la garita, y Alba lo cogió con las dos manos, y las manos le temblaban con un temblor fino, de cuerda muy usada, y se lo bebió mal, demasiado deprisa, a tragos que se le atropellaban, y tuve que decirle lo del reloj y la gana al revés: despacio, que el agua de golpe en un cuerpo seco es como descargar un palé de una patada.

Le miré los pies mientras bebía. Las zapatillas venían blancas de polvo hasta media caña, con el cordón izquierdo rehecho con un nudo de fortuna, y por encima del borde el tobillo se le montaba un dedo, hinchado de dos caminatas y una noche.

Le saqué un segundo vaso y un paño de office mojado y escurrido, y se lo puso ella misma en la nuca, con un gesto aprendido de alguien.

—Ya —dijo—. Ya.

Y bebió despacio, contando tragos por lo bajo, obedeciendo renglones de alguien, y no quise saber de quién eran los renglones.

Mali llegó a las siete y cuarto, avisada por quien fuera, con su delantal y un plátano en el bolsillo como toda diplomacia. Se sentó en el banco al lado de Alba, le puso el plátano en la rodilla, y estuvieron un rato sin hablar, mirando las dos la explanada como se mira un charco.

Yo tenía los desayunos de oficinas y no me fui.

Encontré tarea a tres metros: el carro de los termos se carga en el office del vestíbulo, y el office del vestíbulo tiene la ventana que tiene.

Por la ventana entró la historia a trozos, en la voz de arena de Alba, sin orden y sin una lágrima, que llorar también gasta agua y ella venía en números rojos.

Llegó al pueblo a las doce y veinte del lunes.

Renglones cumplidos, uno a uno: la sombra del arcén izquierdo hasta las naves, la pausa de los cinco minutos con el reloj delante, la cuba en el cruce a las once y cinco —cinco minutos tarde, dijo, como quien reconoce que el mundo también hace lo que puede—, la botella llena, la fuente vieja sin falta de usarla.

El autobús no, porque primero la farmacia, para verlo con sus ojos.

En la farmacia la conocían de siempre. Le dijeron lo que les había llegado a las nueve, con el listado del día: la tarjeta de su madre, de baja.

Su madre había ido a las nueve y media, con su monedero y su goma, y la mandaron de vuelta con la cartilla sin cruz.

La del mostrador le había guardado el hueco por si era un error de máquina, que a veces lo era, y no fue.

Su madre pasó el lunes sin la dosis de la mañana.

La de la tarde era otra historia y otra pauta, y la vecina hizo lo que pudo, que fue estar.

—¿Y cómo la encontraste? —preguntó Mali.

—Rara por la mañana, me dijeron. Por la tarde, bien. A mí me riñó por venir. —Se miró las manos—. Me riñó con sus palabras de siempre, enteras. Eso es que bien.

—A las ocho la firmé yo —dijo Alba, con el plátano sin abrir en la rodilla—. La baja. A las ocho y cuatro. Lo de mi madre salió en el mismo papel. Yo firmé dos veces y la segunda era eso y yo no lo leí. Me lo leyeron, creo. No sé. Firmé.

Mali no dijo nada durante un rato largo. Después dijo:

—¿Y anoche?

—Anoche la dejé acostada, cenada, con la vecina avisada y la de la tarde puesta, que esa iba por otra pauta y esa sí estaba.

Y me vine andando, de noche, que de noche se anda mejor.

Salí a las tres, con la fresca, por el mismo arcén pero del otro lado, que de noche la sombra no hace falta y el lado de dentro de las curvas se ve venir.

—Casi se le escapó algo parecido a una risa, por el sitio donde había aprendido eso—.

La readmisión se pide en la ventanilla, a las ocho.

Ya lo he preguntado. Otra vez la ventanilla y otra vez las ocho.

—Come el plátano —dijo Mali.

Se lo comió a mordiscos pequeños, del revés, empezando por el rabo, como hacen los niños, y dejó la piel doblada en tres sobre el banco, y Mali la recogió sin mirar y se la guardó en el bolsillo del delantal, porque allí no se deja nada donde no va.

A las ocho menos diez, Alba se levantó del banco apoyándose en el respaldo y echó a andar hacia las oficinas con Mali al lado, y yo detrás con mi carro de termos, cada una a lo suyo, en fila, como una procesión de diario, con el recinto abriéndose a su hora exacta alrededor, persianas, toldos y regadores, igual que todos los martes, porque los sitios no esperan a nadie para amanecer bien.

En el pasillo de oficinas esperaron de pie junto a la puerta del fondo, la del despacho sin cartel, porque las readmisiones no se despachan en ventanilla: se despachan dentro.

Yo fui poniendo los termos y las tazas en el mostrador corrido, más despacio de lo que sé hacerlo, y entre viaje y viaje rellené el azucarero grande del personal, grano a grano casi, porque aquella mañana me convenía tener tareas con muchas partes, y cuando pasé a la altura de las dos, Alba se metió la mano en el bolsillo del pantalón, sacó la cuartilla y me la tendió.

Venía doblada por mis dobleces y por dos nuevos, blanda de haber viajado en ropa mojada de sudor, con la tinta corrida en tres renglones de los importantes: la hora, la cuba, el NO CORRAS. Se leía todo todavía. Se leería siempre, porque el papel del economato es malo para todo menos para durar.

La cogí. Alba no dijo nada, ni yo, y Mali nos miró coger y dar con la cara con la que se cuentan las piezas de un menaje al acabar el turno, y después sacó su libretita del bolsillo del delantal, apuntó algo corto, dos palabras o una cifra, y la volvió a guardar.

La puerta del fondo se abrió a las ocho en punto.

Elena las recibió de pie, con la cortesía puesta desde antes de abrir, y dejó la puerta entornada, no abierta ni cerrada, ese punto exacto de puerta que dice que allí no pasa nada que no pueda oírse, sin invitar por ello a quedarse a oírlo.

Yo tenía tazas que poner y las puse. El mostrador corrido llegaba hasta la altura del despacho, y el pasillo hacía de pasillo: llevaba las voces.

—Siéntese, Serrano. Beba antes. —Ruido de jarra, de vaso, de vaso otra vez—. ¿Ha desayunado?

—No.

—Desayunará después. Torres, quédese si Serrano quiere.

Serrano quiso. Hubo un compás de sillas y de papeles cuadrándose, el documento de Alba comprobado contra su cara por tercera vez en dos días, y el despacho se puso a su temperatura de trabajo.

Lo demás fue Elena leyendo del impreso, con su voz de renglones, parando en cada punto lo justo para el sí:

—Solicitud de readmisión, martes. Procedimiento de contribución compatible: aceptado, con ingreso de preparación en la fecha ya asignada.

El ingreso se mantiene: viernes. —Papel—.

Ampliación del compromiso de permanencia: seis meses sobre el tramo vigente.

—Papel—. Los beneficios asociados se restablecen con efectos de hoy; la dispensación de hoy queda cubierta.

—Papel, y en el pasillo yo dejé una taza medio centímetro más allá de su sitio y la recoloqué—.

Régimen de vigilancia superior durante doce semanas: presencia en los controles de casa, comunicación de los desplazamientos internos, revisión semanal en la clínica.

—Papel—. Y reasignación de categoría postprocedimiento, según evaluación.

Eso es trámite posterior y no se firma hoy.

Lo dijo todo igual, la ampliación y el trámite, la vigilancia y el viernes, con la misma música de lista bien hecha, y la palabra nueva pasó por el pasillo como pasan los términos de los impresos: pegada a las demás, sin sitio para preguntarle nada.

Yo la guardé donde guardo lo que no entiendo, que es al lado de lo que sí, esperando a que la vida los presente.

Hubo una pausa de bolígrafo. Después la voz de Elena, más baja, en otra dirección, hablando sola o con el papel:

—Esta fecha está mal puesta.

Por la puerta entornada se veía un gajo de despacho: la esquina de la mesa, las manos de Elena sobre el impreso, la pluma destapada.

Tachó algo con una raya sola, escribió encima, corto, una fecha por otra, y firmó al margen con dos letras.

Lo que yo alcancé a entender, por los números y por el mes, fue que el cómputo de la ampliación arrancaba una semana tarde en el papel, del martes que viene en vez de hoy, y que Elena lo bajó a hoy.

Una semana de la vida de Alba, tachada a favor de Alba con una raya de pluma.

Después siguió leyendo renglones como si la pluma no hubiera hecho nada, y nada más en aquella habitación se dio por enterado.

Del otro lado de la puerta, las respuestas de Alba fueron haciéndose más cortas por tramos: un «sí» entero al procedimiento, un «vale» a los seis meses, y a la vigilancia nada, solo el bolígrafo. Elena no le pidió más voz de la que traía.

Alba firmó donde le fueron diciendo. Tres firmas, me pareció, o cuatro. A la salida llevaba su copia doblada en el bolsillo y la cara de los que han vuelto de un viaje largo a un sitio que está a nueve kilómetros.

Mali se la llevó a la casa a que durmiera.

Pasaron por delante de mi carro, y Alba me miró al pasar, un momento, sin nada dentro de la mirada que yo pudiera usar: ni reproche, ni disculpa, ni encargo.

Me miró como se mira un mueble de un sitio en el que una ha vivido.

Y Mali no me miró, que fue su manera de mirarme.

Recogí las tazas del primer servicio. Dos estaban aún por la mitad y las vacié en la pila del office con más cuidado del que merecía el café frío.

La cuartilla me hacía un bulto pequeño en el bolsillo del delantal, ablandada, con sus renglones corridos, y la dejé allí porque no supe qué se hace con un plan que ha funcionado en todo menos en lo que importaba.

En la hoja de pedidos del miércoles volví a sumar la boca que había restado el domingo. El pan de allí no se enteró de nada.

El resto de la mañana fue mañana: oficinas, tazas, el listado del miércoles asomando ya bajo la regla del mostrador de al lado. A la una devolví el carro a cocina y comí de pie lo que tocaba, que el cuerpo también lleva sus renglones aunque una no tenga el día de leerlos.

En la pizarra del office de oficinas, alguien de administración había apuntado con tiza el parte del día para quien fuera pasando: RECUENTO ADMÓN.

: COMPLETADO LUNES, SIN INCIDENCIAS. MAÑANA MIÉRCOLES: PLANTAS RESIDENCIALES.

El viernes no estaba escrito y no hacía falta.

El viernes seguía siendo el viernes, para Alba y para mí, cada una con su papel.