Catorce casillas 12. La puerta abierta
35%

12. La puerta abierta

La puerta abierta

Desayunos, comedor y oficinas: el cuadrante del lunes me dejaba en la casa club toda la mañana, con la casilla ocho perforada y la hoja siete quieta en mi taquilla, porque a la clínica no se entra sin tarea y ese lunes mi tarea era el café.

El aviso del recuento seguía en el tablón del anexo con sus cuatro chinchetas, y lo leí de pasada al salir, como se mira un semáforo en ámbar: lunes, administración; miércoles, plantas; viernes, clínica.

Hoy les tocaba a ellos empezar a contarse.

Las bandejas azules de las casas subieron a las siete y media, y la ronda me la quedé yo. En la puerta de la cinco me abrió Lucía, ya vestida, con el pelo recogido de cualquier manera, y cogió su bandeja por los lados sin mirarla.

—¿Hoy la subes tú?

—Hoy la subo yo.

Miró por encima de mi hombro, calle abajo, hacia las voces, y no preguntó nada porque las voces se explicaban solas. Me devolvió el buenos días con la cabeza y cerró despacio, sin ruido, que es como se cierran las puertas cuando fuera está pasando algo.

En la calle, a las ocho menos cuarto, ya estaban las dos.

Alba había sacado su bolsa —una bolsa de deporte vieja, de asas largas, medio llena— y la tenía en el suelo, junto al tobillo, como se deja el equipaje cuando la discusión se alarga.

Mali estaba delante, en delantal, con una taza en la mano que no era suya, porque se la había llevado de la mesa al salir detrás.

No discutían a gritos. Discutían a esa media voz de las calles donde todo el mundo oye.

—...que te quedan seis meses de nada —iba diciendo Mali—. Seis meses con techo, con médico y con la lista de tu madre andando sola. ¿Y fuera qué hay a día uno? La cola de la cuba y agosto.

—Fuera está mi madre.

—Tu madre lo que necesita es que lo tuyo siga en marcha, no que le llegues tú a mediodía como una sopa. —Mali cambió la taza de mano—. Si es por las seis semanas, se habla. Se pide que te dejen llamar dos veces al día. Se le pide a la vecina un apaño. Las cosas se negocian, Alba, no se tiran.

—Ya he negociado. —Alba recogió la bolsa—. Llevo tres noches negociando con el techo. El techo no baja.

—¿Y el viernes qué digo yo? Cuando pregunten por ti.

—Que me di de baja. Es un impreso, Mali, no un secreto. —Se colgó la bolsa—. Y no me despidas así, con la taza en la mano, que parece que se me ha muerto alguien.

—Aún no —dijo Mali, y le salió de vecina, no de coordinadora, y las dos lo dejaron caer al suelo de la calle, donde se quedan esas frases.

Pasé con mi carro por la acera de enfrente, a lo mío, dejando la azul de la cinco en su puerta, y ninguna de las dos me miró, y yo tampoco tenía nada que mirar: un plan mío iba andando hacia las ocho con las asas bien cogidas, y los planes, una vez entregados, ya no son de una.

A las ocho estaba yo en el pasillo de oficinas con el termo grande y las tazas del personal de administración, que desayunan en su mostrador, de pie, mientras encienden los cajones.

La ventanilla de trámites abría a las ocho en punto y a las ocho en punto Alba ya estaba delante, sola, con la bolsa en el suelo y el resguardo de su solicitud en la mano, pedido el viernes, me enteré allí, porque las bajas se piden con dos días para que una lo piense, y ella lo había pedido antes incluso de venir a verme, que eso no me lo había dicho.

El viernes por la mañana, mientras yo contaba garrafas en la despensa de su casa, Alba ya había pasado por la ventanilla.

A mí no me pidió el irse: me pidió los renglones.

La diferencia me tuvo ocupada un buen rato de aquella mañana.

Serví los cafés despacio. En el mostrador de al lado, la segunda administrativa ya estaba con un listado, un bolígrafo rojo y una regla, porque en aquellas oficinas la regla era herramienta de diario, y las dos trabajaban sin hablarse, cada una en su música.

La administrativa del turno era la mayor, la de las gafas colgadas, y despachó la baja como se despacha un certificado: sin prisa y sin pena. Leyó el impreso en voz baja hasta la mitad, comprobó el documento de Alba contra su cara, y fue pasando renglones con el bolígrafo del revés.

—Baja voluntaria del programa, efectos inmediatos. ¿Lo ha leído entero?

—Entero.

—Categoría y acumulado del tramo, extinguidos. Plaza, liberada. —Renglón—. Beneficios asociados vigentes, uno.

—El de mi madre.

—Los beneficios asociados causan baja con la firma de la titular. —Lo dijo igual que lo anterior, con la voz de los renglones, y giró el impreso sobre el mostrador—. Firme aquí y aquí. La hora la pongo yo.

Alba firmó dos veces, seguidas, sin leer el segundo aquí.

La administrativa recuperó el impreso, estampó el sello seco apoyándose con las dos manos, miró el reloj de pared y escribió la hora en su casilla: las ocho y cuatro.

Después sacó de debajo del mostrador una bolsa transparente con cierre de cordón, de las de consigna, con las cosas que Alba había tenido en depósito desde su entrada: un teléfono viejo apagado, unas llaves con un llavero de fieltro, un monedero pequeño.

Le hizo firmar el recibí de su propia vida en depósito, tercera firma.

Alba abrió el cordón allí mismo, sacó el teléfono viejo, lo encendió a medias mirando la esquina de la pantalla y lo volvió a apagar, para no gastar lo que quedara, y se guardó las llaves del llavero de fieltro en el bolsillo del pantalón, sueltas, que las llaves de casa no viajan en bolsas.

La administrativa le deseó suerte con la boca chica, que es como se desea la suerte en las ventanillas, y ya estaba mirando el siguiente número aunque no había siguiente número.

Yo recogí las tazas del primer turno de mesas sin mirar más de la cuenta.

En el mostrador de al lado, otra administrativa tecleaba en su terminal con dos dedos, copiando de un listado, y tachaba renglones con regla, y uno de los renglones que la regla dejó subrayado en rojo llevaba un número de tarjeta y un apellido que no era Serrano, porque era el de la madre, que las madres no siempre se apellidan como una.

La máquina escupió su comprobante con un arrastre corto de papel, y la administrativa lo pinchó en el clavo de los comprobantes, encima de los del viernes, sin leerlo dos veces, porque las máquinas de allí no se equivocaban lo bastante como para ganarse una segunda lectura.

En la pared, el reloj de oficinas marcaba las ocho y diez con su minutero de saltos.

En la farmacia de zona no abrían hasta las nueve.

Lo miré el tiempo de servir dos cafés y lo archivé con admiración de oficio, la que se les tiene a las máquinas bien engrasadas: de la firma al renglón subrayado, seis minutos. En mi almacén, una baja de proveedor tarda tres días y dos llamadas.

Volví al comedor con el carro de tazas y me puse a lo de las mesas del segundo turno, junto a los ventanales que dan a la explanada.

Desde allí se veía el aparcamiento de los cochecitos, la garita grande, la barrera de proveedores y, al lado de la barrera, la puerta peatonal: una puerta de verja, de dos hojas por fuera y una por dentro, con su cerradura de las de siempre.

Alba cruzó la explanada a las ocho y cuarto con la bolsa de deporte al hombro, la transparente colgando de la muñeca, y la cuartilla no se le veía pero se le notaba: llevaba el paso de quien va cumpliendo renglones.

En la garita, el guardia del turno salió con su tablilla, le pidió el impreso, lo leyó por encima moviendo los labios en los renglones importantes, cotejó la cara con el documento como había hecho la administrativa, y apuntó la hora en su columna con el bolígrafo atado a la tablilla con una cuerda.

Después se fue a la puerta peatonal buscando la llave en la anilla del cinturón, sin prisa, probando dos llaves antes de acertar con la tercera, porque las anillas de llaves son iguales en todas partes.

Por la explanada cruzó en diagonal un cochecito eléctrico camino de la clínica, con su zumbido de juguete, y ni el cochecito miró a la puerta ni la puerta al cochecito.

La puerta se abrió hacia dentro, con un quejido corto de bisagra que llegó hasta los ventanales.

Y ya está. Eso fue todo lo que hizo falta: un impreso, tres firmas, un sello seco y la tercera llave de una anilla.

El guardia sujetó la hoja abierta con el pie, por cortesía o por costumbre, mientras Alba pasaba con sus dos bolsas.

El cacheo que yo llevaba ocho días dando por hecho no existió; la escolta, tampoco; no sonó aviso ninguno en ninguna parte.

El de la garita le dijo algo corto, ella contestó algo corto, y por los gestos era lo de siempre: que había sombra en la cuneta izquierda, o que arreando, o adiós.

Mali no bajó a la explanada. La vi en la bocacalle de la cinco, quieta, con la taza todavía en la mano, mirando desde lejos como se mira una mudanza ajena, y cuando la puerta se cerró dio media vuelta y se metió calle arriba, y el delantal se le movía al andar como a todo el mundo.

Alba echó a andar por la carretera de proveedores, por el arcén izquierdo, el de la sombra de la mañana, tal como ponía el renglón tres.

No se volvió a mirar el recinto, o se volvió cuando yo estaba con las mesas y me lo perdí.

La carretera baja recta un buen tramo antes de la primera curva, así que se la vio mucho rato: la bolsa a la espalda con las dos asas, el paso regular, sin correr, la cabeza más o menos alta.

Fui marcando renglones desde el ventanal, sin querer y sin poder evitarlo, como se cotejan los bultos de un camión que ya se está yendo.

La bolsa, a la espalda y con las dos asas: hecho.

El arcén de la sombra: hecho. El paso, largo y sin acelerones: hecho.

A la altura del transformador se pasó la botella de la mano al costado, y calculé que llevaría ya el primer tercio bebido, porque eran las ocho y media pasadas y el sol de la explanada ya obligaba a entornar los ojos, y eso que el sol de las ocho y media es el aprendiz del de las doce.

Bebiendo por reloj y no por gana: hecho también.

Seis años en un muelle enseñan una cosa que aquella mañana yo estaba aprendiendo por segunda vez y peor: que un pedido que sale del muelle deja de ser tuyo en el momento exacto en que el conductor firma.

Puedes haberlo paletizado tú, haberlo contado tú dos veces y haber discutido tú el flejado.

En cuanto arranca, lo único que te queda es la copia.

Y las incidencias, si las hay, no llegan ese día. Llegan a los tres.

El comedor siguió a lo suyo. Entró el segundo turno con su ruido de sillas, pedí más pan al pasaplatos, la cocinera me riñó por pedirlo tarde y me lo dio igual, se volcó un tazón en la mesa del fondo y lo sequé, y una residente me preguntó si el jueves tocaba bizcocho o magdalenas, y le dije que eso los jueves no, que eso era cosa de los domingos, y se quedó conforme con su semana.

Cada vez que la bandeja me traía de vuelta a los ventanales, la figura de la carretera estaba un poco más abajo y un poco más pequeña, hasta que la curva se la quedó.

A las nueve menos cuarto entró el tercer turno, el corto, y la explanada volvió a lo suyo: dos de mantenimiento con una carretilla, el cochecito de vuelta de la clínica, el guardia otra vez en su silla de la garita con la tablilla colgada del clavo.

La cocinera se asomó al pasaplatos a preguntar cuántos quedaban y le dije que seis, y me dijo que para seis no encendía plancha nueva, que apañara con lo hecho, y apañé.

La puerta peatonal, desde la cerradura hasta el cierre, estuvo abierta menos de un minuto.

Lo conté sin querer, como cuento yo las cosas, y me volvió a salir la cuenta en la repetición que le hice a media mañana, de memoria: unos cincuenta segundos, sesenta a lo sumo.

Un impreso pedido con dos días, tres firmas y un sello.

El precio de la puerta era ese y estaba publicado, como todos los precios de allí: a la vista, en la ventanilla, esperando a que alguien lo quisiera pagar.

Llevaba ocho días pensando en aquel recinto con palabras de almacén cerrado —turnos, credenciales, precintos, garitas— y el inventario me había salido mal en la pieza principal.

La puerta abría con una llave de anilla y un impreso. La puerta había abierto siempre.

Lo que el programa cerraba con doble vuelta no estaba en la verja.

La verja era de anilla, bisagra y quejido corto.

El resto del cierre no se veía desde los ventanales, y yo me pasé un rato buscándolo por la explanada, por oficio, sin dar con él.

A las nueve menos veinte recogí el termo vacío del pasillo de oficinas, y la administrativa de las gafas ya estaba con el siguiente trámite, y el comprobante de la máquina ya estaría archivado donde se archivan los renglones subrayados con regla.

En la farmacia de zona faltaban veinte minutos para abrir.