11. El calendario de Alba
El calendario de Alba
El domingo el taladro cayó en la casilla siete, mitad justa de la credencial, y el turno fue corto porque los domingos la casa club funciona a media máquina.
A las cuatro yo estaba en el office de cocina pasando a limpio la hoja de pedidos de la semana —pan, fruta, lo seco—, sola, con la persiana a medio bajar por el sol y el comedor apagado al otro lado del pasaplatos, que los domingos por la tarde la casa club se queda en ese silencio de máquina parada que a mí me deja trabajar a gusto, cuando Alba llamó al marco de la puerta con un nudillo, como se llama a los sitios donde una no trabaja.
Traía el platito del pastel, lavado, con la servilleta doblada encima.
—Que esto era de aquí —dijo, y lo dejó en la encimera, y no se fue.
Le acerqué el taburete con el pie y seguí con mi hoja, porque hay visitas que solo arrancan si una está mirando otra cosa. Alba se sentó, se estiró la manga, miró la persiana.
—Tú fuera trabajas en raciones —dijo—. En un almacén. Rutas y eso.
—Rutas y eso.
—¿Y sabes cuánto se tarda andando de aquí al pueblo? Al de abajo, al de la parada.
Dejé el bolígrafo.
—¿Quién va andando al pueblo?
—Yo. —Se miró las manos, se corrigió—: Yo, el lunes. Mañana. Me doy de baja.
Lo dijo como se tira una caja desde lo alto de la pila: deprisa, para no calcular el peso a media bajada.
Y detrás, más despacio, salió lo demás, con sus vueltas y sus enmiendas: que el viernes ingresaba para la preparación, cinco días de inyecciones y luego lo otro; que había dicho que sí con el pastel delante y que el sí se le había ido poniendo grande por las noches; que compatible se nace, vale, pero que una cosa es nacer y otra es ir; que no era por la aguja, que agujas se pone ella todas las que hagan falta; que era por estar seis semanas mirando el techo de la clínica mientras su madre estaba sola con agosto.
Primero cinco días de preparación, pinchazo diario, eso aún; pero luego lo otro, y después la vigilancia, y entre unas cosas y otras el verano entero de su madre se lo quedaba el techo.
—¿No hay quien se la mire? —pregunté—. Una vecina, alguien.
—La vecina le sube el pan y le da una voz por la mañana.
Pero la vecina tiene su casa y sus nietos, y una voz no es un vaso de agua delante.
—Se estiró la manga otra vez—. Yo pedí que me dejaran llamarla a diario desde el locutorio de residentes.
Me dijeron que sí, que apuntada queda. Una llamada tampoco es un vaso de agua.
—Mi madre no está para veranos sola —dijo—. Se le va la cabeza a ratos, poca cosa, pero se le olvida beber si no hay quien le ponga el vaso delante. Y lo suyo. Lo suyo no se le puede olvidar.
—¿Lo suyo?
—Se pincha. Insulina, de la de nevera. —Se recolocó en el taburete—.
En casa la nevera va cuando va la luz, y la luz en mi calle es de ratos, así que las dosis se las guarda la farmacia de zona, en su frío, y ella baja cada mañana y le dan la del día.
Eso funciona solo. Va con lo mío, con el beneficio, desde lo de la compatibilidad: agua y medicación, un año.
Le hicieron su tarjeta a su nombre, la lleva en el monedero con una goma, y en la farmacia le dan la dosis del día y le apuntan su cruz en la cartilla.
Eso está en marcha y eso no se toca. Lo que no funciona solo es el vaso de agua delante y la persiana echada a las doce. Para eso hay que estar.
Asentí despacio. Beneficio en marcha, farmacia con frío, dispensación diaria. Lo archivé donde archivo yo las cosas que funcionan solas: en la balda de lo que no hay que vigilar.
—¿Y la baja cómo va? —pregunté—. ¿La has pedido ya?
—Se pide y ya está. Es voluntaria. Se firma, te dan tus cosas y sales. —Se encogió de hombros con los hombros de quien lo ha preguntado dos veces en ventanilla—. Perder, pierdo lo que quede: la categoría, lo acumulado de este tramo, la plaza. Eso ya lo sé. No me hagas la cuenta de eso.
—Esa cuenta es tuya —dije—. Yo hago las otras.
Y saqué una cuartilla del taco del office, del papel basto del economato, y le puse la fecha arriba, porque los planes sin fecha son deseos.
Lo primero que se planifica de una caminata de agosto no son los kilómetros: son las horas.
Se lo dije y lo apunté. La oficina de administración abría a las ocho.
Firma a las ocho en punto, la primera del día, sin cola.
Recogida de la bolsa, salida a las ocho y veinte, ocho y media a lo tardar.
De ocho y media a once y media el sol todavía trabaja a media jornada; a las doce ya cobra el pleno.
El pueblo de la parada estaba a nueve kilómetros por la carretera de proveedores; a paso de persona con bolsa, tres horas justas.
Llegada antes de las doce. Cuadrar eso era cuadrar el capítulo entero.
—Agua —dije, y pasé al segundo renglón—. ¿Cuánta puedes sacar?
—Mi botella. Litro no llega.
—Litro no llega —repetí, y no me gustó, y lo resolví como se resuelven las cargas que no caben: por etapas—.
A las once, en el cruce de las naves, para la cuba de zona.
Todos los días menos festivos. La he visto pasar desde el muelle: sube vacía a las diez y baja parando a las once.
Te pones en el cruce a las once menos cuarto, rellenas, sigues.
De aquí al cruce, hora y media: la botella da.
Del cruce al pueblo, otra hora y media: da otra vez.
No bebas por sed, bebe por reloj: tres tragos cada quince minutos, aunque no quieras.
La sed avisa tarde, como los proveedores malos.
—¿Y si la cuba ese día no...?
—Por eso vas por el desvío de la fuente vieja, que te lo pongo ahora. Y por eso los tragos son por reloj y no por gana: si la cuba falla, llegas al pueblo con medio litro encima en vez de con nada. Los planes no se hacen para cuando salen bien.
Renglón aparte: comida. Algo salado, pan con lo que fuera, nada dulce, que lo dulce da sed y la sed ya tenía su renglón. Y una pausa de cinco minutos por hora, sentada, a la sombra, con el reloj delante: cinco, no diez, que las pausas largas desmontan las piernas.
—¿Dinero llevas? —pregunté—. El autobús de la una y diez se paga al subir.
—Llevo. Lo justo y dos monedas más.
—Pues el billete lo compras arriba y el cambio lo cuentas abajo, con la bolsa ya en el suelo. Todo lo que se hace con una bolsa colgando se hace mal.
Alba iba asintiendo con la barbilla, mirando cómo la cuartilla se llenaba de su lunes.
Renglón tres: la ruta. La carretera de proveedores hasta las naves, que tiene cuneta ancha y una franja de sombra por la mañana en el lado izquierdo; en las naves, el desvío del apeadero, que alarga un kilómetro pero cruza junto a la fuente vieja, por si la cuba fallara, que las cubas fallan como todo.
Renglón cuatro: la bolsa a la espalda con las dos asas, no colgando de una mano, que una mano ocupada son dos hombros torcidos.
Renglón cinco: en el pueblo, primero la sombra, luego el autobús de la una y diez, y el reloj de la parada va cuatro minutos adelantado, o iba hace tres semanas.
—¿Algo más? —preguntó.
—Sí. —Lo apunté el último, en mayúsculas pequeñas—: NO CORRAS. Se llega antes andando todo el rato que corriendo a ratos.
Repasé la cuartilla entera una vez, de arriba abajo, como repaso los albaranes: hora, agua, ruta, carga, margen.
Cuadraba. Era un plan de los buenos, de los que caben en una cara de papel, y me quedé un momento mirándolo con ese gusto tonto que da lo bien encajado.
Ocho en punto la firma. Ocho y media el camino.
Once la cuba. Doce el pueblo. Todo lo que dependía del calor, del agua y de las piernas estaba contado.
Se la tendí por encima de la encimera. Alba la leyó moviendo los labios, del derecho y luego por encima otra vez, y la dobló en dos con las dos manos, con un cuidado que no era por el papel.
—¿Tú harías esto? —preguntó—. Irte así.
—Yo no soy compatible con nada —dije—. A mí no me han puesto un pastel.
Casi se rio. Miró la cuartilla otra vez, por la cara escrita, y le dio la vuelta como comprobando que no hubiera más deberes por detrás.
—Qué bien escribes las cosas —dijo—. Así, en renglones. Parece que ya está hecho. Se guardó la cuartilla en el bolsillo del delantal, palmeó el bolsillo por fuera, y se levantó del taburete.
—El lunes entonces —dijo, ya de pie, con la voz de haber firmado algo aunque allí no se hubiera firmado nada—. A las ocho.
—A las ocho. Y a las once, la cuba.
—A las once, la cuba. —Cogió aire—. ¿Se lo vas a decir a alguien?
—Yo reparto raciones —dije—. Lo que no es una ración no lo reparto.
Asintió. En la puerta se paró con la mano en el marco.
—¿Las magdalenas del domingo las hacéis aquí o vienen de fuera?
—Vienen de fuera. Aquí se hace el bizcocho.
—El bizcocho está mejor —dijo, muy seria, como quien deja zanjado lo importante, y me dio las gracias dos veces, la segunda ya desde el pasillo, y se fue con su lunes en el bolsillo.
Yo me quedé con la hoja de pedidos a medias y la tarde por delante, y antes de volver a los números repasé el plan de memoria una vez más, renglón a renglón, buscándole el fallo como se les busca a los planes buenos, por oficio.
Hora, agua, ruta, carga, margen. No le encontré ninguno.
Guardé el platito de Alba en su pila, con los demás, y en la hoja de pedidos ajusté el pan del lunes con una boca menos. Me salió redondo.