10. Ya lo sabía
Ya lo sabía
Superficies y suelos, del mostrador para dentro, sin tocar material.
Lo dijo la supervisora así, de corrido, y me dio el carro de limpieza con sus dos cubos, el de agua con producto y el de aclarar, y una bayeta nueva doblada encima, tiesa todavía de paquete.
Al ala clínica salí con la casilla seis recién hecha y el circulito de cartón todavía en la bandeja del taladro.
La clínica olía a mi trabajo y al suyo: lejía por debajo, algo frío y limpio por encima, un olor de máquina que no supe ponerle nombre.
El pasillo era corto, con cuatro puertas a la izquierda y el archivo de planta al fondo, y a esa hora había poca gente: la enfermera del mostrador, una auxiliar que iba y venía con bandejas metálicas, y al final, en la sala del fondo, con la puerta a medio cerrar, una extracción en marcha.
Fregué el pasillo por tramos, de fuera adentro, cambiando el agua cuando tocaba, con el caballete amarillo de SUELO MOJADO por delante, que en los sitios finos el caballete es media limpieza: la gente rodea, no pisa y no pregunta.
La auxiliar me lo movió una vez con el pie, sin malicia, para pasar con sus bandejas, y me dijo que del quirófano no me ocupara, que estaba precintado desde la última revisión y allí no entraba ni el polvo.
Al pasar por delante de la sala del fondo vi lo que se veía por el hueco de la puerta: un sillón reclinado de escay verde, un brazo quieto sobre el reposabrazos, el tubo, y la bolsa en su soporte, llenándose despacio de un amarillo claro, con la calma de un trámite.
En el sillón estaba la de la radio, la de anoche, con el transistor en el regazo, apagado, y una revista abierta encima que no leía.
Me vio pasar con la fregona y levantó dos dedos del reposabrazos, los justos para saludar sin mover el brazo del tubo, y yo le devolví el saludo con la cabeza y seguí fregando, porque eso era el sábado allí: ella ponía el brazo, yo pasaba la fregona, y la bolsa se llenaba a su ritmo, como se llena una garrafa bien puesta.
A las once menos algo llegó Lucía. La vi entrar por el fondo del pasillo, con su rebeca y su paso de dos tiempos, y detrás de ella al médico del recinto, un hombre mayor de bata abierta que la saludó por el apellido, Roldán, sin mirar papel ninguno.
Navas, decía la placa del bolsillo. La enfermera les abrió la segunda consulta, y antes de entrar Lucía me vio, a media distancia, con el mostrador por medio.
No me saludó y la entendí: allí dentro ella estaba en atención y yo estaba en el suelo, y cada una en lo suyo.
La puerta se cerró con su clic de puerta bien ajustada.
El archivo de planta era el último cuarto, sin ventana, con dos estanterías metálicas y una mesa auxiliar con ruedas donde esperaban los expedientes del día, en fila, con los lomos hacia fuera.
Mi parte era el suelo y el frente de las baldas.
Entré con el carro, calcé la puerta con el tope de goma, como me habían enseñado, para que se viera desde fuera que allí se estaba trabajando, y empecé por el fondo.
El lomo lo vi al segundo pase de la bayeta por la mesa auxiliar.
ROLDÁN SANZ, L. Segunda carpeta de cinco, en la bandeja de las revisiones de las once.
No la busqué: estaba, porque su dueña estaba a dos puertas, con el médico, y los papeles en aquella casa viajaban siempre un poco por delante de la gente.
Escurrí la bayeta, la doblé en cuatro y me la quedé en la mano izquierda.
Con la derecha fui pasando el paño seco por el frente de la balda, que era mi tarea, y el frente de la balda me fue acercando a la mesa, que no lo era.
El pasillo sonaba a lo suyo: la voz de la enfermera al teléfono, un carrito de bandejas lejos, la puerta de la segunda consulta cerrada.
Conté hasta donde había que contar y abrí la carpeta con dos dedos, por el borde, sin moverla de la bandeja.
El historial lo conocía de la vez anterior: hojas numeradas a mano en la esquina superior, del uno en adelante.
Pasé el pulgar por las esquinas como se pasa un fajo, sin leer, buscando el número.
La siete estaba donde tenía que estar, sujeta con las demás por el clip grande del expediente, y era la que yo conocía por su mitad de arriba: el membrete, la fecha de la semana treinta y dos, las cifras en columna.
La solté del clip con la uña, despacio, aguantando el muelle con el pulgar para que no chascara, y la saqué entera. Detrás quedaron la seis y la ocho, juntas, y juntas parecían seguidas si no se les miraba el número, que es lo que tienen los números: no avisan hasta que alguien los lee.
Arriba estaba lo que la copia ya me había dado: las cifras, dos de ellas con su asterisco, y la línea en mayúsculas que me sabía de memoria.
Debajo venía lo que el carbón no había pasado.
Al margen izquierdo, en vertical, una rúbrica pequeña y apretada, hecha de un solo impulso, con una eñe que no levantaba el bolígrafo del papel, y al lado, en letra clínica, dos líneas de números y siglas donde pesqué una palabra entera: umbral.
Función renal algo, algo, sobre umbral. Lo demás eran códigos, y los códigos no son lo mío.
Y abajo del todo, en la línea de la firma, la firma.
No la del programa, la recta, la rápida que le vi en la hoja de ruta.
La otra. La de siempre, la del colegio, con la ele grande y el rabo cerrado, la que firmaba las notas del instituto y el resguardo de la lavadora que compramos a medias.
Lucía Roldán Sanz, semana treinta y dos, enterada y conforme, con la letra con la que se es una misma.
En la segunda consulta se movió una silla.
Doblé la hoja en cuatro con la mano derecha, contra el muslo, y la metí dentro de la bayeta doblada, que para eso la tenía seca y en la izquierda.
Cerré el clip con el pulgar, el muelle hizo la mitad de su ruido, cuadré la carpeta en su sitio de la bandeja, segunda de cinco, y volví al frente de las baldas con el paño, que era donde la tarea me esperaba sin haberme echado de menos.
Terminé el archivo entero, suelo incluido, y salí con el carro cuando la auxiliar entraba a por la bandeja de las once.
En el pasillo, la puerta del fondo estaba ya abierta y el sillón verde vacío, con el papel del respaldo cambiado y la bolsa fuera de la vista, y la de la radio esperaba sentada junto al mostrador con un vaso de zumo y una magdalena en un platito, el brazo doblado sobre un algodón, oyendo por fin su transistor a un volumen de clínica.
Me crucé con Navas a la altura del mostrador: me miró la bayeta, no a mí, con ese repaso rápido que le hacen los médicos a todo, y siguió hacia el archivo con una carpeta bajo el brazo.
Fiché la salida del ala a las doce y cuarto. La hoja iba dentro de la bayeta y la bayeta encima del carro, a la vista, que es donde mejor viajan las cosas.
A Lucía la encontré a media tarde detrás de su casa, en el poyete del patio pequeño, trasplantando la hierbabuena.
Tenía la maceta vieja tumbada, la mata fuera con su cepellón, una maceta nueva de plástico con dos dedos de tierra y una cuchara sopera del comedor haciendo de pala.
Trabajaba sentada, con las piernas abiertas para hacerle sitio a la barriga, y no levantó la cabeza cuando me oyó llegar.
—Si vienes a por la cuchara, la devuelvo mañana.
Saqué la hoja del bolsillo, desdoblada ya, y se la puse delante, encima de la maceta tumbada. Ella se miró las manos, se las limpió en un trapo que tenía sobre el muslo, dedo a dedo, y solo entonces la cogió.
La leyó entera una vez, de arriba abajo, al ritmo de quien lee algo por segunda vez. En la mitad de abajo se detuvo lo que se detiene una que ya sabe dónde está cada cosa. Después la sostuvo por el borde, sin devolvérmela todavía.
—¿De dónde ha salido?
—Del archivo de planta. Esta mañana.
—Ya. —Miró la hoja otra vez, la esquina del número—. Original.
—Original.
Asintió despacio, como se asiente a un albarán que cuadra, y me la tendió.
—Esta mañana ni me has mirado —dije, porque fue lo que salió primero, y no era lo importante.
—Esta mañana tú estabas fregando y yo estaba en revisión. Cada cosa en su hora. —Dejó el trapo en el muslo—. ¿Qué querías, que te presentara? Es mi hermana, que ha venido a robarme el expediente. Pues ya está presentado.
Me señaló la hoja con la barbilla para que fuéramos a lo que veníamos.
—Es mi firma —dijo—. La buena. Ya lo has visto, que para eso la has traído.
Firmé en la treinta y dos con los números delante y con este señor de la bata explicándomelos uno a uno, dos veces, porque se lo pedí dos veces.
Sabía lo del umbral. Lo sé mejor que tú, que lo has leído en diagonal con una bayeta en la mano.
—¿Y qué te ha dicho hoy? —Señalé con la cabeza hacia la clínica, hacia la mañana—. De los números de hoy.
—Lo que ponen. Que siguen donde estaban, que para eso hay régimen. —Se recolocó en el poyete, buscando el ángulo de la espalda—. A mí me los explican, Marta. Dos veces si las pido. Es lo que tú no te crees: que aquí me expliquen a mí lo que a ti no te explica el papel que robas.
—Lucía, si el riñón...
—Cinco cosas —me cortó, sin subir la voz.
Dejó la hoja sobre la maceta tumbada, cogió la cuchara y siguió echando tierra a la nueva mientras las decía, una palada por cosa, ni más ni menos—.
La cesárea es aquí, con quirófano a cien metros y programada.
Si el riñón se tuerce, hay diálisis en esta clínica, no en una lista de espera.
Llegar al final me baja el saldo: cada semana cumplida descuenta.
Mientras computo, lo tuyo sigue en vigor, el agua y lo demás.
Y quiero que el niño nazca vivo. —Apretó la tierra con el dorso de la cuchara, dos golpes—. Ese es el orden. No hay sexta.
—El papel dice que no eras apta.
—El papel dice que no era apta para lo ordinario. Por eso firmé lo excepcional. —Levantó por fin la cara, sin enfado, con la paciencia que se les tiene a los que van por la lección de atrás—. Tú lees «no apta» y ahí te paras. Ellos lo leen y le ponen precio. Yo lo leí todo y elegí.
Cogió la mata por el cuello del cepellón, la asentó en la maceta nueva y fue rellenando los lados, dándole vueltas al tiesto con la otra mano, un cuarto de vuelta por palada.
Yo me quedé con la hoja siete en la mano, de pie, y la hoja pesaba lo que pesa el papel, que es nada y no hay manera de soltarlo.
—¿Y si te equivocas?
—Entonces me habré equivocado yo. —Palmeó la tierra, valoró el nivel, añadió media cuchara—. Que es distinto de que se equivoquen otros por mí. Tú de eso sabes, ¿no? De decidir por otra.
No contesté. Ella tampoco esperaba. Enderezó la maceta nueva, la giró hasta dejar la mata de cara al sol de la tarde y alineó la vieja vacía contra la pared, para devolverla, porque allí hasta lo vacío tenía su circuito.
—Ponla donde estaba —dijo, sin señalar la hoja, porque las dos sabíamos de qué hablaba—. El lunes, con tu turno, como la sacaste. Esa hoja tiene número, Marta. Aquí lo que tiene número, se cuenta.
Recogió la cuchara, el trapo y la maceta nueva, y se metió en la casa por la puerta del patio, sin prisa y sin volverse, dejándome el poyete y la maceta vacía.
Por la ventana la vi colocar la hierbabuena en el poyete de dentro, junto al geranio, y girarla otra vez buscándole el sol, dos dedos de giro, hasta dejarla a su gusto.
La hoja volvió a mi bolsillo doblada en cuatro, con el doblez ya hecho, que es como mejor se dobla el papel: por donde él quiere.
El aviso lo vi después de la cena, en el tablón del anexo, donde cuelgan los cuadrantes. Una cuartilla nueva, mecanografiada, con el sello de administración en seco y las chinchetas en las cuatro esquinas, que es como se cuelga lo que va en serio:
AVISO — RECUENTO DOCUMENTAL DE ORIGINALES. POR INCIDENCIA DE FOLIACIÓN EN UN LOTE DE ADMINISTRACIÓN, SE PROCEDERÁ AL RECUENTO GENERAL DE HOJAS NUMERADAS. INICIO: LUNES, ADMINISTRACIÓN. PLANTAS RESIDENCIALES: MIÉRCOLES. ALA CLÍNICA: VIERNES. LAS COPIAS NO SON OBJETO DE RECUENTO.
Delante del tablón había dos compañeras de cocina leyendo lo mismo, sin mucho interés.
—En administración han bailado los folios de un lote —dijo una—. Una carpeta de la dos con dos hojas cambiadas de sitio. Y ahora a contarnos a todas, ya verás, que la última vez el recuento nos tuvo dos días sacando cajas.
—Pues que cuenten —dijo la otra—. Lo mío está donde está.
Se fueron a lo suyo. Yo me quedé el tiempo de leer el aviso dos veces, que es lo que se tarda en leerlo una vez por lo que dice y otra por lo que toca.
Empezaban el lunes por administración, que no era lo mío.
El miércoles, las plantas de las casas, que tampoco.
El viernes, el ala clínica, que sí: el archivo, la bandeja, el clip grande, la carpeta segunda de cinco con una hoja de menos entre la seis y la ocho.
Aquella noche la taquilla cerró con lo de siempre y con dos papeles más: la copia de carbón, que según el aviso no era objeto de nada, y la hoja siete, que era objeto de todo.
Durmieron juntas, la que no contaba y la que sí, separadas por el forro de la cartera, y la llave dio su vuelta de cada noche.
Hice la cuenta delante del tablón antes de subir, quieta, con las manos en los bolsillos y la derecha tocando el doblez.
Me quedaban ocho días de contrato. A la hoja le quedaban seis.