9. La partida
La partida
Los viernes la cena de las casas se servía en las casas, y a mí me tocó subir las bandejas de la cinco en el carro pequeño, con la compañera cubriendo la seis.
Serví la mesa larga con Lucía en su segundo sitio de siempre, la jarra al centro, el pan en dos cestas, y cené yo después en la esquina de la encimera, de pie, con mi bandeja de personal, oyendo la mesa sin estar en ella.
De la despensa de aquella mañana yo había salido con la cuenta hecha y con lo que va detrás de una cuenta hecha, que son las preguntas siguientes.
Qué pierde una casa cuando alguien se sale del renglón.
Qué gana una residente que llega al final.
Y, sobre todo, qué pensaba hacer mi hermana el martes de después de la cesárea, que era lo único que no venía en ningún papel de los que yo había robado.
Ninguna de esas tres cosas se pregunta. Se oyen.
Retiré, fregué lo grueso en la pila del office de la casa, y cuando ya recogía los vasos para el último viaje, Mali sacó una baraja del cajón del aparador y la dejó en la mesa con un golpe corto, como se deja un sello.
—Somos impares —me dijo—. ¿Tú sabes jugar a la brisca?
—Sé.
—Pues deja los vasos donde están, que aquí el agua se apura despacio. Te vienes con estas dos.
Las dos eran Alba y la más antigua de la casa, una señora de moño alto que llevaba allí, según Mali, más años que el toldo.
Enfrente, Mali, Lucía y la de la radio, que vino de la casa de al lado con el transistor en el bolsillo del delantal y lo puso encima del aparador, apagado, como quien trae su propio perro y lo manda echarse.
Se jugaba por tríos, a diez de salida, con las cartas gastadas por los mismos sitios. La del moño barajaba con las manos duras y repartía sin mirar, de memoria, y a la segunda vuelta me saltó sin darse cuenta y siguió con Alba.
—¿Y esta cómo se llama? —preguntó, recogiendo la carta de más.
—Sanz —dijo Mali—. De cocina. A la nueva también, Carmen.
—A la nueva también —repitió ella, y me puso la carta delante con un golpecito, sin disculpa, que era su manera de dármela, y ahí quedó mi presentación.
Jugamos. Yo llevo mal los juegos de hablar y bien los de contar, y la brisca es de contar: a la tercera baza sabía qué triunfos quedaban vivos y en qué lado de la mesa dormía el as.
La conversación iba por encima de las cartas y las cartas por debajo de la conversación, y las dos cosas se cruzaban solo cuando alguien tardaba en echar.
Se hacían señas las seis, mal disimuladas y consentidas, de manera que la trampa estaba tan repartida que volvía a ser juego limpio.
Yo eché mis cartas y puse la oreja donde la había traído.
—Este mes las décimas nos las come el tendedero —dijo la de la radio, echando un cuatro que no valía nada—. El parte por la ropa fuera de hora fue de esta casa, y la casa somos todas.
—Fue de esta casa —dijo Mali, sin soltar sus cartas— y la que apunta soy yo, así que la próxima vez el parte lleva nombre y las décimas también. Arrastro.
—¿Y a la casa qué le baja, a ver? —preguntó la del moño, atendiendo al arrastre y no a la pregunta.
—Le baja lo que le baja. El índice no es cosa de esta mesa. —Mali recogió la baza y la cuadró contra la madera—. La mesa es para perder al tute con dignidad.
—A la brisca —dijo Alba.
—Con dignidad igualmente.
—¿Y el niño? —preguntó la del moño, mientras la de la radio barajaba—. ¿Empezó?
—El lunes. Colegio nuevo, cartera nueva.
—Mali ordenó su mano según le fue llegando—.
La dosis se la da mi madre a las nueve en punto, que para eso le mandé un despertador de cuerda con el último beneficio.
De cuerda, que las pilas se acaban y los relojes de cuerda no fallan si hay quien les dé cuerda.
—Y quien les dé cuerda es tu madre.
—Mi madre no ha fallado un día en su vida. Salgo.
Alba jugaba distraída y perdió un rey por llevar la cuenta de otra cosa.
En un cambio de mano preguntó si las fotos de carné del economato valían para mandar fuera, que su madre quería una reciente, y la del moño le dijo que valer valían, pero que saliera con la cara alegre, que las de carné entristecen solas.
Dos manos después preguntó a cuántos estábamos, así, en general, y la de la radio le dijo que a veintiséis, y Alba dijo «veintiséis» como quien coloca una caja en un estante alto, y jugó una sota que no tocaba.
Se le había pasado la fecha de echar carta esa semana, dijo también, con el pastel y todo lo demás, y lo dijo como se dice que se ha pasado un autobús: quedaba el siguiente.
—Carmen, ¿tú cuántos te quedan? —preguntó la de la radio—. De cuota.
—Siete meses. —Echó por fin, un tres, guardándose lo bueno—. Y no empieces.
—¿Y qué? ¿Te vas o te quedas? Porque la de la casa dos, cuando cumplió, se quedó de plantilla en lavandería y ahí sigue, con su cuarto y su paga.
—Fuera tengo dos nichos pagados y una cuñada. Aquí tengo el huerto. —Contó las bazas de su montón con el pulgar, sin prisa —. Lo estoy pensando con la almohada, que es con quien pienso yo las cosas grandes.
—El huerto lo tienes si te lo dan —dijo Mali—. Que para los bancales hay lista, y este año se pide por escrito.
—En esa lista estoy yo la primera, guapa, por antigüedad.
—En esa lista está también esta —dijo la de la radio, señalando a Lucía con la barbilla—, que lo pidió en marzo. La del riñón quiere regar.
Lo dijo sin maldad, con la gracia de las cosas repetidas, y la mesa entera se rio, Mali también, Alba también, y la del moño con un resoplido de rival vieja. Lucía se encogió de hombros y sonrió de medio lado, sin soltar las cartas.
—Me gusta —dijo—. Se riega al amanecer y el resto del día es tuyo.
—Al amanecer estarás tú para regar —dijo la del moño, mirándole la barriga por encima de las gafas.
—Para marzo sí.
Y echó un caballo, y la conversación se fue detrás del caballo, que es adonde van las conversaciones que no quieren seguir.
Y ahí tenía yo mi respuesta, servida por la mesa y sin haberla pedido: mi hermana, para después de la cesárea, no pensaba en una estación de autobuses.
Pensaba en una lista, en un turno de compuertas y en marzo.
Yo llevaba el as de triunfo guardado desde la cuarta mano. Lo eché en la última baza, encima del rey de Mali, que lo tenía ganado, y arrastré la baza entera hacia nuestro lado con las dos manos, como se arrastra un lote. Mali chascó la lengua por su rey perdido.
—Buena —dijo Alba, a media voz, a las cartas más que a mí.
La mesa ya iba por otra cosa: si el domingo habría bizcocho o magdalenas, y si la del turno de plancha del sábado podía cambiarse con la del lunes.
Ganamos las tres por veinte puntos. La del moño apuntó el resultado en un papelito que se guardó en la manga, para la cuenta larga del mes, y se levantó anunciando que a las once se cerraba el lavadero y ella tenía una lavadora puesta.
Se deshizo la mesa en dos minutos y sin despedidas enteras. Mali apiló la baraja, la cuadró dos veces y la devolvió al cajón. Alba se quedó de pie junto al aparador, con su vaso a medias en la mano, mirando la mesa vacía como si todavía hubiera cartas.
Yo empecé con lo mío, que eran los vasos. Seis en la mesa, dos en el aparador, uno en la ventana. Los fui juntando en la bandeja por orden de sitio, y cuando llegué al de Lucía, ella me lo quitó de delante con dos dedos.
—Ese no. Los que tengan fondo, déjamelos.
Fue por la mesa cogiendo los que aún tenían un dedo o dos de agua, el suyo, el de Alba, el de la señora del moño, y se los llevó al poyete de la ventana, donde tenía dos macetas: un geranio de los de toda la vida y una mata de hierbabuena con las puntas mordidas de usarse.
Fue vaciando los culos de los vasos en la tierra, primero una maceta, luego la otra, inclinando cada vaso hasta la última gota con un giro de muñeca que no derramó ninguna.
La hierbabuena olió un momento a hierbabuena y ya está.
Después me pasó los vasos vacíos, de dos en dos, y yo los fui poniendo en la bandeja. En aquella casa no se tiraba ni el fondo de un vaso.