8. El precio del agua
El precio del agua
La despensa de la casa cinco se contaba el último viernes de cada mes, y me tocó a mí porque a la sustituta le toca lo que no tiene dueño.
Mali me dio la hoja del economato a media mañana, con las columnas ya trazadas de su letra, y me dijo que arriba estaría la residente de turno de despensa para dar fe.
La residente de turno era Lucía. Mali lo sabía, yo lo sabía, y ninguna de las dos gastamos saliva en decirlo.
—El agua se cuenta tocando —me dijo Mali al darme la hoja, con el dedo en la primera columna—. Garrafa que no tocas, garrafa que cuentas dos veces o ninguna. Y lo caducado, aunque dé pena, fuera: aquí la pena no se come. La hoja, antes de la una, que el economato cierra y no espera.
La despensa era un cuarto interior sin ventana, fresco, con olor a plástico de garrafa y a polvo de legumbre, y estaba ordenada como a mí me gusta encontrarme los sitios: lo pesado abajo, lo abierto delante, las fechas de cara.
En la puerta, por dentro, su corcho pequeño con la hoja del mes anterior clavada, firmada por dos.
Lucía ya estaba dentro cuando llegué, sentada en el taburete bajo, con un lápiz detrás de la oreja y la barriga apoyada en los muslos como se apoya una caja que no se puede soltar.
—Tú cantas y yo apunto —dijo, por todo saludo—. Se empieza por el agua.
Se empezaba por el agua. Las garrafas de reserva estaban alineadas en dos filas contra la pared del fondo, precintadas, con el tapón hacia fuera y la fecha de envasado mirando al pasillo.
Fui contando en voz alta, tocando cada una con dos dedos, que es como no se cuenta dos veces la misma.
En la tercera me paré medio segundo, porque la etiqueta de la envasadora me sonaba: la misma planta que llena las cubas de mi barrio.
El mismo agua, si el papel decía la verdad.
Aquí venía precintada, con su fecha y su fila; fuera venía a granel, en cuba, a esperar cola.
La etiqueta era idéntica hasta en el azul.
—...dieciocho, diecinueve, veinte. Veinte en fila de atrás.
—Veinte —repitió ella, y el lápiz hizo su ruido.
—Y veinte delante. Cuarenta.
—Cuarenta. ¿Precintos?
—Todos menos uno. —Lo levanté para enseñárselo: la anilla suelta, el tapón intacto—. Este está abierto de fábrica o de golpe. No falta agua.
—Se apunta como reposición. —Pasó la hoja sin mirarme—. Se la llevan el lunes y traen otra. No la descuentan.
—¿No la descuentan?
—Aquí no se descuenta el agua, Marta. Se cuenta. No es lo mismo.
Lo dijo sin intención, como se dice el precio de una cosa que una compra todas las semanas, y siguió con su columna.
Yo pasé a las raciones. Estantería central, cajas de cartón parafinado con el sello del economato, seis unidades por caja, y en la esquina de cada caja la fecha en tinta morada.
Canté las fechas de corrido, de la más corta a la más larga, y ella las fue apuntando sin pedirme que repitiera ninguna, porque para eso las canto yo por orden.
Dos raciones estaban vencidas de la semana anterior. Las saqué de la caja y las dejé en el suelo, entre las dos, como se deja lo que todavía no tiene sitio. Olían a dátil pasado a través del cartón, un dulzor de más.
—¿Estas?
—A la bandeja de bajar. Se apuntan como caducadas y el economato las repone. —Se inclinó a mirarles la fecha, por oficio, no por desconfianza—. En tu almacén, ¿qué se hace con lo caducado?
—Se subasta por lotes. Sale un camión los jueves.
—¿Y quién lo compra?
—Gente. —Me encogí de hombros—. Baja de precio, no de hambre. El año pasado le compré yo un lote a la subasta. Melocotón en almíbar, tres meses pasado de fecha.
—¿Y?
—Y nada. Estaba bueno.
Asintió despacio, como quien coteja una cifra que ya tenía, y me señaló el estante de arriba con el lápiz.
Legumbre a granel en botes numerados, harina, aceite en lata.
Fui cantando. Ella fue apuntando. El cuarto era pequeño y estábamos cerca, cada una en su tarea, y las manos ocupadas hacían el trabajo que en el lavadero habían hecho las pinzas: sujetar la conversación para que no se cayera antes de tiempo.
Fue ella la que la soltó, entre el aceite y la harina, sin cambiar de postura.
—¿Te lo cuento entero o lo vas a seguir sacando por piezas, como los papeles?
Dejé el bote que tenía en la mano. Lo dejé bien, en su sitio, con la etiqueta de cara, porque las manos siguieron trabajando solas un segundo más que yo.
—Entero. —Me puse de cara al estante, que para oír no hacen falta los ojos y para contar sí.
—Pues canta mientras. Que la hoja hay que entregarla a la una.
Cogí el siguiente bote. Garbanzo. Lleno hasta la marca.
—Hace quince meses estuviste una semana en la comarcal —dijo, con la voz de apuntar—.
Del estómago. Entraste por urgencias un miércoles de noche, deshidratada, con la tensión en el suelo, y estuviste dos días de los que no se cuentan a la familia.
Te pusieron suero en un pasillo porque las camas eran tres y erais nueve.
Una compañera tuya del turno te llevó la bolsa de aseo.
El jueves y el viernes estuviste en la lista de los que no se dan por teléfono.
Eso lo supe después, con fechas. Esa semana yo hice dos análisis y una formación de riego, y no me temblaron las manos porque no sabía que tenían que temblarme.
El agua de tu calle llevaba tres semanas saliendo turbia y tú llevabas tres semanas bebiéndola igual, porque la de cuba estaba a dos índices y tú estabas ahorrando.
El bote de garbanzo seguía en mi mano. Lo bajé.
—Alubia blanca. Hasta la marca.
—Alubia blanca —repitió, y apuntó, y siguió con el mismo tono—: Me enteré a los cuatro días, por el muelle.
Aquí reparte tu almacén dos veces por semana, y en los muelles se habla de la gente que falta.
«La Roldán, la de listados, que casi se nos va.
» Pregunté a los del reparto hasta que uno me lo contó con fechas.
A ti te escribí esa semana y tú me contestaste a los diez días. ¿Te acuerdas de lo que me pusiste?
Me acordaba. Me acordaba de la mesa de la cocina y del bolígrafo.
—Que había pasado un virus.
—Que había pasado un virus. Cuatro palabras, y dos renglones del calor que hacía.
—No levantó la voz ni la vista—. Yo tenía tu carta en una mano y las fechas del muelle en la otra, y las dos decían la verdad y una estaba vacía.
Ahí dejé de leerte las cartas como se leen las cartas y empecé a leerlas como lees tú los papeles: por lo que falta.
Empecé el estante de los botes y a la mitad de la fila perdí la cuenta. No me pasaba desde el primer año de almacén. Volví al principio, toqué el primero, y canté la fila entera otra vez, más despacio.
—Lenteja. Hasta la marca menos dos dedos.
—Se apunta merma. —El lápiz hizo su ruido—.
Yo aquí ya llevaba tres meses, con la cuota general.
Análisis, plasma cada tanto, formación. Se estaba bien y se salía a nada: la general no da para sacar a una familia de la cola de la cuba.
Y entonces tú te me pusiste a morir por beber agua mala estando yo aquí dentro, rodeada de agua buena, sin poder mandarte ni una garrafa, porque las garrafas de aquí no salen.
—Señaló la fila del fondo con el lápiz, sin dramatismo, como se señala un dato—.
Lo que sí salía era otra cosa. Lo pregunté esa semana.
Me dijeron que esperase, que acababa de entrar.
Lo volví a pedir al mes, por escrito, y a la segunda me dijeron que sí.
—Cambió de página, alisó el doblez con la uña—.
El crédito de una fase alta se puede aplicar al saldo propio.
Bajarlo. Acabar antes y salir antes. O se puede sacar fuera, a una beneficiaria.
Lo saqué fuera. Eso también lo decidí yo, para que tengas la cuenta completa.
—El lápiz volvió a su ruido—. Sigue, que vas por la harina.
—La fase alta.
—La fase alta. Un riñón dentro de los márgenes de edad da un crédito y el crédito admite beneficiaria externa.
Cobertura de agua y suministro protegido, renovable mientras la contribución compute.
Puse tu nombre, tu dirección y tu documento.
La operación fue un martes. El alta, a las dos semanas.
Tu tarjeta salió del papeleo catorce días después, y desde entonces tu agua entra por la mañana y por la noche, con presión, sin cuba y sin cola.
—Pasó a la hoja siguiente con toda la calma—.
Las fechas ya las tenías tú. Lo que te faltaba era el orden. Pues ya está el orden. Arroz.
—Arroz. —Miré la marca del bote sin verla, la volví a mirar—. Hasta la marca. —Las manos me iban solas, y agradecí que el estante fuera largo.
—Hasta la marca.
Quedaban dos estantes. Los hice despacio, cantando bien, porque cantar bien era lo único que podía hacerse en ese cuarto con las manos.
Ella apuntaba. En algún momento cambió el peso de lado en el taburete, con la mano en el costado, y yo hice como que no lo veía, porque mirarle el costado era ponerme a hacer cuentas que no tocaban.
—¿Qué queda? —preguntó.
—Dos estantes.
—Pues canta, que a la una entrego.
Al acabar la estantería dejé la bayeta del polvo sobre la rodilla y me quedé de pie delante de ella, con el cuarto contado entero.
—Yo no lo pedí —dije. Una vez. Sin adorno.
Lucía terminó la suma de su columna antes de contestar. Después levantó la cabeza y me miró como se mira a la que ha llegado tarde a un reparto.
—El agua la aceptas todos los días.
No dijo más y no hizo falta. Sostuvo la hoja en alto, la giró hacia mí y me tendió el lápiz.
—Total de garrafas, cuarenta. Caducadas, dos. Reposición, una. Merma, la lenteja. Firma la que cuenta y da fe la que apunta, así que firma.
Firmé en la línea de abajo, debajo de su letra, que era la de siempre, la del colegio, con la ele grande.
Mi firma salió torcida hacia arriba, como me sale cuando firmo de pie, y me quedó montada en la raya.
Ninguna de las dos la comentó. Ella firmó al lado, dobló la hoja por la mitad y se la guardó en el bolsillo de la rebeca para bajarla ella misma al economato, porque la despensa era de su casa y las cuentas de una casa las entrega la casa.
Recogió el lápiz, se lo puso detrás de la oreja y se levantó del taburete en dos tiempos, la mano primero, el cuerpo después. En la puerta se volvió a medias.
—El precinto roto déjalo delante, que lo vean el lunes sin buscar.
Puse la garrafa abierta la primera de la fila, con la anilla suelta hacia el pasillo.
Detrás quedaron las treinta y nueve cerradas, alineadas, con las fechas de cara.
Del pasillo llegaba la casa en marcha, una puerta, la radio baja de alguien, y yo me quedé un momento mirando la formación entera antes de apagar la luz: cuarenta garrafas contadas por mí y dadas por buenas por ella, con su firma y la mía en el mismo papel por primera vez en año y medio.
La cuenta de la despensa había cuadrado a la primera.
La otra llevaba quince meses cuadrando sola, renglón a renglón, sin que yo hubiera mirado nunca la columna.