7. La fecha del riñón #2
El día tardó lo que tardan los días que una quiere gastar.
En el servicio de cena llevé y retiré de la mesa larga de la casa cinco como todas las noches, y todas las de la mesa bebieron de las jarras como todas las noches, Lucía también, dos vasos con la cena, sin mirar el agua, que es como se bebe el agua cuando siempre hay.
Yo la miré beber una vez y me concentré en las bandejas.
Mali me pidió otra jarra para el final de la mesa, por favor y gracias, y se la llevé, y el agua salió del grifo del office sin contarse, como salía allí toda el agua.
A Lucía la esperé por la noche, después del servicio, en el tramo del camino de las casas donde una farola llevaba dos días parpadeando y nadie había venido aún a cambiarla.
Venía sola desde el comedor, despacio, con una rebeca por los hombros aunque no hacía frío, y al verme salir de la sombra ni se paró ni se sobresaltó, que fue su manera de decirme que me esperaba desde el martes.
—Tú dirás —dijo.
Le enseñé la tarjeta. La sostuve a la altura de su cara, entre dos dedos, con la leyenda hacia ella, y la farola eligió ese momento para parpadear, así que COBERTURA PROTEGIDA se leyó a golpes, dos veces.
—¿Quién paga esto?
Lucía miró la tarjeta el tiempo justo de reconocerla. No preguntó de qué hablaba. No dijo que no sabía. Se ajustó la rebeca con la mano libre y contestó con la voz con la que se repasa una lista ya repasada:
—Yo.
—Tú.
—El riñón lo puse yo. Y el nombre que puse fue el tuyo.
—Un coche de golf pasó a lo lejos, por la calle de arriba, y esperó a que pasara, por costumbre de las noches de allí—.
Pedí la fase alta. Me correspondía un crédito y lo usé.
Cobertura para una beneficiaria externa.
Rellené tu nombre, tu dirección y tu documento, que me los sé, y firmé.
No te consulté porque no era una consulta.
—No tenías derecho.
—¿A qué? ¿A pagar?
—A decidir por mí.
—Ya. —Se ajustó la rebeca, sin prisa—. Apúntate esa, que es buena.
—Pues la devuelvo. La tarjeta. Renuncio a la cobertura y ya está.
—No es un jersey, Marta. —Lo dijo cansada, no cruel—. Pero renuncia si quieres. El agua de tu calle, sin cobertura, va por cuba y a tres índices, con su cola y su hora. Renuncia, vuelve a la cola de las garrafas y me escribes contándome qué tal. Ya sabes que las cartas llegan.
—Catorce meses —dije—. Catorce meses enseñando esa tarjeta en la gestora. Presumiendo de contrata. Pagando el agua con tu...
—Con mi crédito.
—Con tu riñón.
—Con mi crédito —repitió, sin subir el tono, poniendo cada palabra en su casilla—. El riñón fue mío mientras estuvo. El crédito, también. Y lo que hice con él, también.
—¿Te lo ofrecieron ellos, o lo pediste tú?
—Lo pedí yo. Dos veces, porque a la primera me dijeron que esperase.
—¿Y por qué...?
—Esa pregunta ya la has hecho.
—No. Esa era otra.
—Era la misma con otra ropa. Sigue.
—¿Y si te hubiera pasado algo? En ese quirófano. ¿Me entero cómo, Lucía? ¿Por carta?
—Te habrías enterado por la gestora —dijo—, cuando dejara de entrarte el agua.
No lo dijo por hacer daño. Lo dijo porque era la respuesta exacta a la pregunta exacta, y por eso hizo el daño entero.
Me quedé con la tarjeta en alto entre las dos, y de pronto no había gesto que hacer con ella.
Bajarla era darle la razón. Seguir sosteniéndola era el ridículo.
La rabia que traía preparada desde las diez de la mañana buscaba un sitio donde caer y no lo encontraba: había venido a pedir cuentas y las cuentas estaban pagadas, por ella, a mi nombre.
Del comedor llegó, muy lejos, el ruido de los carros recogiéndose, y las dos lo dejamos pasar como se deja pasar un tren de mercancías.
—¿Por qué? —dije, y me salió más pequeño de lo que quería—. ¿Por qué así? Sin decirme nada. Un riñón, Lucía. Te abrieron por la mitad a doscientos kilómetros de mi casa y yo esa semana enseñé la tarjeta en la gestora dos veces.
—Eso no te lo debo esta noche. —Se cerró la rebeca—. Ni esta ni puede que ninguna. El qué ya lo tienes: está en tus fechas, que para eso las has ido a buscar. El porqué es mío.
—Lucía...
—Y no me des las gracias —añadió, sin dejarme el hueco—. No lo hice para que me las dieras. Si me las das, me lo estropeas.
—Lucía...
—El lunes te dije que te fueras antes de perder el trabajo. —Echó a andar hacia su puerta, sin prisa, y lo dijo ya medio de espaldas, como quien deja una caja en su estante al pasar—: El trabajo es lo único que pagas tú.
La puerta de la casa cinco se abrió antes de que llegara; dentro se recortó un momento una figura pequeña con trenza, que la esperaba sin esperar, y se cerró con las dos dentro, y el camino se quedó para mí y para la farola, que parpadeó dos veces más y se apagó del todo.
Me quedé un rato en el tramo a oscuras, hasta que la farola hizo otro intento y desistió.
En la casa cinco se encendió la luz de un cuarto y se apagó la del pasillo, la casa ordenándose para dormir, con sus llaves dentro y sus papeles en su corcho.
Había traído la rabia cargada desde las diez de la mañana, distribuida y sujeta como una carga bien flejada, y la carga seguía ahí, entera, sin muelle donde descargarla: no se le puede pedir cuentas a quien las tiene pagadas, y a mi nombre.
Volví al anexo con la tarjeta en la mano porque no encontraba el momento de soltarla.
En el cuarto, con la luz pequeña, la sostuve un rato en la palma abierta, como se sopesa una pieza antes de darle ubicación: catorce gramos de cartulina plastificada, las esquinas romas, mi nombre entero.
Pensé en cortarla por la mitad, por ver qué se sentía, y ni lo intenté: mañana tocaba turno, y el agua de mi casa seguía entrando por esa cartulina aunque yo durmiera a doscientos kilómetros del grifo.
La compañera se dio la vuelta en su cama, medio dormida.
—¿Todo bien? —dijo, por decir.
—Todo bien. Apaga si quieres.
Devolví la tarjeta a la cartera, detrás del carné, en el mismo sitio donde había vivido catorce meses, y la cartera a la taquilla, encima del talonario de vales con su goma.
Todo lo que yo tenía cabía en un sitio del tamaño de un sobre. Lo de más valor lo había pagado ella.