7. La fecha del riñón
La fecha del riñón
Saqué la tarjeta azul de la cartera antes del primer turno, en el cuarto, con la compañera todavía en la ducha, y la estuve mirando a la luz de la ventana como si fuera de otra.
Cartulina plastificada, azul desvaído, las esquinas romas de catorce meses de cartera.
Mi nombre completo, un número de dieciséis cifras en grupos de cuatro, y debajo, en mayúsculas pequeñas: COBERTURA PROTEGIDA.
Nada más. El número me lo sabía de memoria, de tanto recitarlo en la ventanilla, y en catorce meses no me había preguntado ni una vez quién lo había dado de alta ni contra qué cuenta.
Los números que funcionan no se preguntan.
Ni empresa, ni organismo, ni condiciones, ni una letra pequeña que leer.
Por detrás, el mismo azul y una banda blanca sin nada escrito.
Llegó con la renovación del contrato, en un sobre de la empresa, junto con las hojas de siempre. Llegaron varias ese mes; en el vestuario se habló dos días de que nos habían metido en la cobertura de la contrata, y a otra cosa. Uno no le pregunta al agua de dónde viene, si viene.
La primera vez que la enseñé fue en la gestora del barrio, un martes con la cola dando la vuelta al mostrador de las garrafas.
La chica la pasó por la ranura del lector, esperó el pitido, me la devolvió y me señaló la otra ventanilla, la vacía, la del turno protegido.
Firmé una hoja, me dieron un horario de suministro de casa —franja fija de mañana y franja de noche, presión garantizada— y salí por delante de toda la cola con la tarjeta en la mano, notando las miradas en la nuca como se nota el sol.
Encarna me preguntó esa semana si era de la administración.
Le dije que era cosa del trabajo, de la contrata, y me lo creí yo más que ella.
Catorce meses enseñándola, y el martes, en una cabina de madera con la cortinilla echada, me habían dicho por teléfono que en mi escalera solo la teníamos dos, y yo había mirado el reloj de la repisa. Yo, que le miro la fecha hasta al pan.
El jueves me tocaba muelle. En el control del primer turno, el taladro cayó en la casilla cuatro, cuatro de catorce, y a las nueve estaba yo abajo esperando la descarga de menaje y limpieza: un camión articulado que entró a las nueve y diez con el remolque hirviendo ya desde fuera y una emisora de coplas sonando en la cabina hasta que el chófer apagó el contacto.
Bajó con el albarán en la mano, un hombre mayor con la camisa por fuera, y me lo tendió a mí sin dudar entre los dos que estábamos, porque a la gente de muelle nos reconocemos.
—Tres copias —dijo—. La mía me la firmas la primera, que hoy llevo tres descargas.
El muelle era el único sitio de La Vega que se parecía a mi vida: cemento, flejes, carretilla, un chófer con prisa y un albarán con tres copias.
Descargamos palés durante cuarenta minutos, el auxiliar del montacargas y yo, cotejando bultos contra hoja, con el remolque soltando el calor del viaje como un horno abierto.
El chófer ayudó lo justo y habló lo demás: que la cuesta le comía los frenos, que en la garita le tenían atrancada una devolución y ahora subía a por ella, que a ver si le arreglaban la máquina del café, que aquello con ese calor no era vida.
Y que el martes, viniendo del reparto del provincial, se había quedado hora y media en el patio de descarga esperando a que alguien firmara, porque a las cinco les cortan y con el generador puesto solo tiran quirófano de urgencias y las máquinas de arriba, y lo demás espera; que él ya llevaba el termo lleno de casa para esas tardes; y que si un día se accidentaba en aquella comarcal se tiraba a la cuneta y llamaba a un primo, porque ambulancia hay una para tres pueblos y la tenía vista parada en tres sitios distintos el mismo día.
—Se organizan la desgracia por turnos —dijo, y se rio él solo de su frase, y yo también me reí, porque a las nueve y media de la mañana aquello era una conversación de muelle y nada más.
Yo contestaba con medias palabras y llevaba la cuenta con la uña sobre el papel, bulto tocado, bulto tachado, y durante un rato fui otra vez la del almacén, que es una manera barata de descansar.
Un bulto de lejía venía golpeado, con una garrafa sudando por la base, y lo aparté y le hice su parte de incidencia en el taco del muelle: papel autocopiativo, la hoja de arriba para el proveedor, la de abajo para nosotros.
Escribí apretando, para que el carbón pasara entero, y no pensé en nada mientras lo hacía, que ya es pensar en algo.
El chófer firmó mi parte sin discutir, porque la mancha era la mancha, y a las diez se metió en la garita del muelle a pelearse por una devolución de la semana pasada, que por el tono iba para rato.
En la pared del muelle, junto al cuadro de luces, había un teléfono fijo de los de antes, gris, con el auricular brillante de manos, y encima un cartel a rotulador: LÍNEA DE PROVEEDORES.
AVISAR CENTRALITA. USO brEVE. Lo había visto el primer día y lo había apuntado donde apunto las cosas que no sé si voy a necesitar.
Miré el patio. El auxiliar había subido con el montacargas y tardaría dos viajes; el chófer discutía de espaldas al cristal, con la mano en la nuca.
La línea se apuntaba, había dicho el cartel, y el cartel tendría razón, y yo llevaba desde el amanecer sabiendo que iba a marcar igual.
Hay decisiones que solo consisten en esperar la ventana.
Marqué el número del almacén de memoria, de espaldas al patio, con el albarán en la otra mano por si había que disimular leyendo algo.
—Raciones, buenos días —dijo la de administración, con la voz de las nueve y media.
—Buenos días, llamo de la Unidad Seis, por un tema de un suministro. ¿Me puede pasar con Jorge, el de reparto? Es un momento.
Tardó. Oí el almacén de fondo, la cinta, una carretilla pitando marcha atrás, mi vida entera sonando a doscientos kilómetros o a veinte, nunca lo supe. Luego la voz de Jorge, con cautela de teléfono ajeno:
—¿Sí?
—Soy yo. No digas mi nombre. Estoy en una línea de proveedores y esto se apunta.
Un silencio corto, de recolocarse.
—Dime, Unidad Seis —dijo, más alto de lo normal, para la nave—. ¿Qué falta?
—Necesito que mires una cosa en la oficina. En mi carpeta de personal, la de la gestoría. La hoja de la cobertura de agua. Necesito dos fechas: cuándo se dio de alta mi cobertura y cuándo se emitió mi primera tarjeta.
—¿Para eso me...? —Bajó la voz—. ¿Tú estás bien?
—Estoy bien. Dos fechas, Jorge. El chófer que tengo aquí está firmando una devolución; tengo lo que dure la discusión.
Resopló. Oí la silla de la oficina, el archivador de cajones duros, el segundo cajón que siempre se atasca, Jorge peleándose con él igual que allí, y me sorprendió lo mucho que me calmaba ese ruido.
—Aquí está. Cobertura... alta de cobertura, catorce de hace catorce meses, mira qué gracia. Concepto: aval externo. Primera tarjeta, emitida dos semanas después. ¿Qué más?
—¿Pone quién es el aval?
—Pone «aval externo» y un código. Letras y números. ¿Te lo leo?
—No. —El código no me hacía falta; los códigos ya sabía yo quién los guardaba—. ¿Pone empresa en algún sitio? ¿Que lo paga la empresa?
—Aquí la empresa lo único que hace es repartir los sobres y los talonarios, por lo que veo. La cobertura viene de fuera. —Pasó una hoja—. La mía no la tengo, para que te hagas una idea. La tuya sí. ¿Me vas a contar de qué va esto?
—Cuando pueda.
—¿Y tu hermana? ¿La has...?
—Aquí no, Jorge.
—Vale, vale. —Detrás de él sonó la nave, la cinta, alguien llamando a alguien a voces; luego su silencio de calcular gasoil—. Esto cuenta como favor gordo, que lo sepas. Y van dos.
—Van dos. Te tengo la cuenta al día.
—Pues cuídate, Unidad Seis —dijo, otra vez alto—. Y el pedido, cuando toque.
Colgué. El auricular estaba caliente de mi mano y lo dejé en su horquilla con más cuidado del necesario, como si el aparato tuviera memoria.
Apunté en el albarán una cifra que no significaba nada, por dejar el gesto hecho, y volví a los palés con las dos fechas puestas en fila, delante de todo lo demás.
Decidí esperar a la noche. Las cuentas se piden con el día cerrado y con las dos partes de pie, y a Lucía los papeles de la mañana se los llevaban otras.
La fecha del alta la tenía delante sin papel.
La nefrectomía de Lucía, en el historial que leí de pie sobre una bandeja de plástico, llevaba fecha de hace catorce meses.
Mi cobertura se dio de alta a las dos semanas justas de esa fecha, y mi tarjeta se emitió dos semanas después del alta.
Un riñón, un mes de papeleo, y el agua de mi casa entrando en el turno protegido mientras yo le contaba a Lucía por carta, midiendo las palabras por si alguien leía, que en el trabajo me iban a hacer fija de la cobertura.
Repasé la cuenta buscándole una rendija —un adelanto de la contrata, una casualidad de calendario— y no la tenía: las fechas encajaban como encajan los bultos bien paletizados, sin aire entre medias.
Terminé la descarga con el cuerpo solo, apilando a buen ritmo, mejor ritmo que en toda la semana, porque las manos trabajan mejor cuando la cabeza está ocupada en no pensar.
Firmé mi parte del albarán, la tercera copia, la que no cuenta.
El chófer se fue a las once y cuarto con el remolque vacío y las coplas puestas otra vez, cuesta abajo, hacia un mundo donde el agua se mira antes de beberla, y el muelle se quedó en su silencio de muelle: compresor y moscas.