Catorce casillas 6. Continuidad autorizada
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6. Continuidad autorizada

Continuidad autorizada

El miércoles amaneció con la casilla tres perforada y conmigo de recadera.

La sustituta hace de todo, y lo que no cabe en ningún puesto cae en la sustituta: a media mañana ya había llevado el parte de averías a mantenimiento y dos cajas de guantes a la clínica de arriba, hasta el mostrador y ni un paso más, y me estaba aprendiendo los edificios por dentro a la velocidad a la que se aprende lo que no se sabe si va a servir.

La supervisora me puso el lote en los brazos a las diez y veinte, en la puerta de administración, con la hoja de ruta encima sujeta con una goma.

—A firma, a la planta. Se entrega a la enfermera del mostrador y te lo firma en la hoja. Cerrado va, cerrado llega. ¿Lo tienes?

—Lo tengo.

Era una de las bandejas de plástico duro que había visto pasar el lunes: dos flejes cruzados, y en la juntura de la tapa un precinto de papel engomado con un sello redondo a caballo entre tapa y caja, para que no se pudiera abrir sin partirlo.

Pesaba poco. Papel pesa poco; lo que pesa es lo que dice.

Fui por el corredor de servicio, como iba todo lo que rodaba o se cargaba, y al llegar al ensanche de los carros aminoré sin decidirlo del todo.

El ensanche sin ventanas, donde duermen los carros, donde no llega ninguna cámara porque no hay nada que mirar.

Me metí entre dos carros aparcados, de espaldas al montacargas, y dejé la bandeja encima de uno.

Estuve un momento sin hacer nada, con las manos en los flejes.

Todavía podía cogerla y seguir andando, entregarla cerrada como iba, y que el miércoles fuera un miércoles.

Lo pensé con todas las letras. Luego pensé en un lomo que a lo mejor ni estaba dentro, y en que llevaba tres días fregando un recinto que me hablaba de mi hermana por etiquetas, y las manos decidieron un poco antes que yo.

Aquella mañana todavía creía que lo difícil iba a ser sacar el papel.

El precinto era papel engomado del corriente, pegado en seco sobre plástico liso.

En el almacén levantamos veinte al día para recolocar género mal flejado: se coge de la esquina muerta, se tira despacio y en diagonal, y la goma se despega del plástico entera, sin romperse, si el pulso no corre.

El mío no corrió. Levanté el precinto hasta dejarlo colgando de un lado como una tirita a medio quitar, solté los flejes, abrí la tapa.

Pasos en el corredor. Bajé la tapa sin cerrarla, cogí la bandeja como quien acaba de apoyarla para recolocarse la carga, y el auxiliar del montacargas pasó de largo por la boca del ensanche, silbando entre dientes, empujando un carro de sábanas que chirriaba del lado izquierdo.

No giró la cabeza. Conté hasta veinte con el chirrido alejándose, y hasta cuarenta después de dejar de oírlo.

Dentro había carpetas de cartulina beige, en vertical, con el lomo rotulado. Conté nueve. Evaluaciones a firma de dirección, decía la primera hoja suelta, con una lista de apellidos. El cuarto lomo decía ROLDÁN SANZ.

No la busqué. Estaba. Hay una diferencia y me la repetí mientras sacaba la carpeta, porque en ese momento todavía me importaba esa diferencia.

La abrí sobre la tapa de la bandeja, de pie, con el oído puesto en el corredor.

Historial delante, en hojas numeradas a mano en la esquina: entrada hace dieciocho meses, apta para cuota general; nefrectomía izquierda, con su fecha, hace catorce meses; recuperación; reevaluación; apta para gestar con riesgo elevado; transferencia.

Lo leí como leo yo: fechas primero, palabras después.

Las palabras clínicas se me escurrían —había siglas, había márgenes con letra de médico, había una escala de algo con sus casillas—, pero las fechas se quedaron todas, en fila, cada una en su sitio.

En el almacén me sé de memoria treinta caducidades sin apuntarlas; una fecha es una caducidad al revés, y la de la nefrectomía se me guardó sola, con su día y su mes, sin que yo supiera todavía para qué la iba a necesitar.

La evaluación reciente iba la última, con fecha de hace tres semanas y pico. Arriba, en el encabezado: SEMANA 32. Debajo, en una línea sola, a máquina:

NO APTA PARA CONTINUIDAD ORDINARIA.

Y debajo de eso, un sello rectangular, de tinta azul, torcido medio grado: CONTINUIDAD AUTORIZADA — RÉGIMEN DE RIESGO EXCEPCIONAL, con una firma encima que no era de médico porque los médicos no firman tan claro.

Leí la línea dos veces. No apta. Autorizada.

Las dos cosas en el mismo papel, con tres centímetros entre una y otra, y entre las dos un sello que convertía la primera en un trámite superado en lugar de en una puerta cerrada.

En el almacén, cuando un lote no pasa el control, se retira.

No hay sello que lo devuelva a la estantería.

Me quedé mirando los tres centímetros como si midiéndolos fuera a salirme otra cosa, y no me salió otra cosa, y fuera, en el corredor, el montacargas subió vacío haciendo su ruido de tijeras.

Detrás del original venía su copia de carbón, cosida con el mismo clip.

La miré porque las copias son lo mío, y la copia estaba mal.

Reproducía el encabezado, la fecha, la línea de NO APTA entera y el sello en gris, a media fuerza; y de la mitad de la hoja hacia abajo, nada.

Blanco. El calco de ese taco estaba gastado por la zona baja, como el de Lucía, como todos los tacos que se apoyan igual mil veces: la tinta del carbón, comida a franjas, había pasado la mitad de arriba y se había quedado sin nada que dar para la de abajo.

Lo que el original dijera en su mitad inferior —había texto, se veía la sombra del renglón hundido, tres líneas, quizá cuatro— en la copia no existía.

Los originales se cuentan. Las copias, no.

Solté el clip, saqué la copia, volví a dejar el original donde estaba, con la carpeta en cuarta posición y el lomo alineado.

Doblé la copia en cuatro y me la metí dentro de la ropa, contra el costado, donde la credencial no estorbara.

Tapa, flejes, y el precinto otra vez en su sitio, pasando la uña por encima dos veces para que la goma agarrara, y la palma después, plana, para llevarme el sudor que el plástico me devolvía.

De frente ni se veía. De lado, si alguien sabía mirar, se veía una arruga fina, como una cana. Nadie mira los precintos de lado.

Entregué la bandeja en el mostrador de planta a las diez y cincuenta. La enfermera partió el precinto con el pulgar, levantó la tapa, contó los lomos moviendo los labios, nueve, y me firmó la hoja de ruta sin levantarse.

—Dile a administración que lo de la tarde lo bajen antes de las cinco —dijo—, que luego no hay quien firme.

—Se lo digo.

Bajé con la hoja firmada y el papel contra el costado, notándolo en cada paso, no porque pesara: porque crujía.

Un crujido mínimo, de nada, que solo oía yo, y que me duró todo el pasillo.

Me crucé con dos del turno de limpieza y las saludé con la cabeza, y me devolvieron el saludo, y el papel crujió para mí sola en medio de toda esa normalidad, que era lo peor que podía hacer.

En la puerta de administración, donde había recogido el lote, estaba Elena Valcárcel.

No hacía nada. Es lo primero que le vi: que no hacía nada, de pie junto al marco, sin carpeta que fingir ni pared que sujetar, esperando como esperan los que saben cuánto falta.

Entonces yo no sabía ni el nombre ni el cargo: sabía que era la mujer del despacho del fondo, la de la puerta con placa, porque el personal le dejaba el paso sin que ella lo pidiera.

Cincuenta años bien puestos, una carpeta fina bajo el brazo, y la quietud de la gente que no necesita llegar a los sitios porque los sitios ya son suyos.

—Roldán —dijo.

No Sanz. Roldán. Con la naturalidad con la que se dice un apellido que se lleva días usando por dentro.

—Pase un momento, si es tan amable. No la entretengo mucho, que el miércoles hay reparto.

El despacho olía a papel y a café con el café ya retirado.

Una mesa despejada, dos sillas de confianza media, una estantería de archivadores con el año escrito a rotulador en cada lomo, la persiana a media asta contra el sol de la mañana.

En la placa de la puerta, al pasar: E. VALCÁRCEL.

DIRECCIÓN DE VINCULACIÓN Y BIENESTAR RESIDENCIAL.

Ni una foto en la mesa, ni una planta, ni un calendario de propaganda: lo personal de aquel despacho era el orden mismo, que no se compra hecho.

Me señaló una silla y se sentó ella, y dejó su carpeta fina en la mesa, cuadrada con el borde, sin abrirla todavía.

—Usted es la hermana de Roldán Sanz, Lucía. Casa cinco.

No era una pregunta, así que no la contesté. Ella asintió igual, como si la hubiera contestado bien.

—¿Cuándo habló con ella por última vez? Antes de este lunes.

—Por carta, hace un mes —dije—. En persona, hace año y medio.

—Año y medio. —No lo apuntó en ningún papel; lo colocó en algún archivador de los suyos, con el año en el lomo—.

Y pagó usted una sustitución urgente para venir.

Le saldría cara; las urgentes se pagan. —Levantó una mano antes de que yo decidiera si mentir—.

No me conteste. No es asunto del programa.

Es curiosidad de antigua trabajadora social: me gusta saber cuánto valen las cosas para cada cual.

—Lo sé desde el lunes, para que no gaste energía en eso.

Alta de personal, mismo segundo apellido, y una petición de que la credencial dijera solo Sanz.

Las peticiones se apuntan. —Abrió la carpeta por fin, sin prisa—.

No es una infracción, entiéndame. La contratación corre a cargo de la contrata, y la contrata puede contratar a quien cumpla.

Los familiares no están excluidos. Sería raro excluirlos, con el país como está.

Sacó de la carpeta unas hojas finas, grises de letra, y las fue poniendo delante de mí, una junto a otra, girándolas para que las leyera del derecho, igual que la administrativa había girado mi contrato el lunes.

Reconocí la letra antes que el papel. La ele de Lucía, con su lazo corto.

El papel era calco: la cara fantasma de las cartas que yo guardaba en casa, ordenadas por fecha.

—Correspondencia de su hermana. Los originales salieron; esto queda archivado, como todo.

—Alineó la tercera hoja con las otras—. Puede comprobarlas contra las suyas cuando quiera, aunque me atrevo a adelantarle el resultado: coinciden palabra por palabra.

Aquí no se tacha correspondencia, señora Roldán.

Sale lo que cada residente decide que salga.

—Ya lo sé —dije—. Lo del papel me lo contó ella.

—Bien. —Ni se inmutó por perder ese punto; lo guardó, me pareció, en el mismo archivador de dentro—.

Entonces le queda por saber la otra mitad.

Su hermana, al formalizar su fase actual, hace unos catorce meses, declinó designar visitas y contacto autorizado.

Todas las casillas. Nunca lo ha revocado; puede hacerlo cuando quiera, es cosa suya y de un impreso.

Mientras tanto, el programa no puede darle a usted información sobre ella, ni citas, ni acceso de visita.

—Una pausa exacta, del tamaño de un sello—.

Lo que su hermana no rechazó, porque no es rechazable, es que una contrata externa contrate a quien tenga por conveniente.

Usted está aquí legalmente, cobrando por un trabajo que, me dicen, hace bien.

—¿Qué esperaba encontrar aquí, señora Roldán? —preguntó entonces, en el mismo tono de trámite—. El lunes, al entrar.

—A mi hermana.

—La ha encontrado. —Dejó pasar un segundo limpio, sin adorno—. ¿Se parece a lo que esperaba?

No contesté a eso tampoco, y esa vez el silencio no me lo dio por bueno: lo dejó estar, que es distinto.

Recogió los calcos con dos dedos, los cuadró contra la mesa y los devolvió a la carpeta.

El papel de mi costado eligió ese momento para crujir, o me lo pareció, y me quedé muy quieta, con las manos en las rodillas, mientras ella cerraba la carpeta y me miraba con un interés tranquilo, de inventario bien llevado.

—¿Puedo preguntarle algo, ya que está aquí? —dijo—. Por completar su expediente de personal, nada más.

—Diga.

—Su cobertura de agua. La tarjeta azul. —Alineó la carpeta con el borde de la mesa, un milímetro—. ¿Sabe usted quién la paga?

Fuera pasó un carro por el corredor, con su chirrido del lado izquierdo, y esperamos las dos a que pasara.

—La empresa —dije—. Viene con el contrato.

—Ah. —Lo dijo con la cortesía con la que se recibe una cifra que no cuadra y todavía no toca corregir. Se levantó, me abrió la puerta ella misma y me deseó buen turno—. Piénselo con calma. Y si algún día quiere ese impreso, el de contacto, dígale a su hermana que los tengo yo.

Volví al corredor de servicio con las dos cosas encima: el papel doblado contra el costado y la certeza nueva de que llevaba tres días trabajando a la vista de alguien que me había dejado hacer.

Hice cuenta de la conversación mientras andaba, porque las conversaciones también se inventarían: ella me había dado el rechazo de contacto, los calcos y una pregunta; yo le había dado un año y medio, la confirmación de que Lucía me hablaba y dos silencios.

Me pareció que había pagado de más, y todavía no sabía cuánto.

Esa noche la copia durmió conmigo, doblada en cuatro, en el bolsillo del pantalón del pijama. Las copias no se recuentan. Era la primera vez que esa regla trabajaba para mí, y no me duró el gusto ni hasta quedarme dormida.