Catorce casillas 5. Categoría compatible
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5. Categoría compatible

Categoría compatible

El locutorio del vestíbulo eran dos cabinas de madera con una cortinilla, un teléfono gris en cada una y, encima de la repisa, un cuaderno de doble raya con el bolígrafo atado.

Nombre, extensión, hora de inicio, hora de fin.

Las conferencias se contaban por tramos de tres minutos y el tramo empezado se cobraba entero, como en todas partes.

Yo lo había apuntado el lunes en la lista de las cosas que no pensaba usar.

El martes, a las tres y cuarto, con el turno todavía por empezar y la mañana de la cicatriz encima, aparté la cortinilla y escribí mi apellido en el cuaderno.

Marqué el fijo de Encarna, la del cuarto, que tiene mis llaves desde hace once años por si el butano, por si una fuga, por si me quedo tirada. Contestó al cuarto tono, con la tele puesta detrás y bajándola sin dejar de hablar, que es su manera de coger el teléfono.

—Ay, hija. ¿Tú no estabas trabajando fuera?

—Estoy trabajando fuera. Llamo por lo del piso.

—¿Ha pasado algo?

—No ha pasado nada. Necesito el cuarto pequeño vacío para el domingo.

Le fui diciendo lo que había que hacer y ella lo fue repitiendo por su cuenta, en voz alta, que es como apunta la gente que no apunta.

Sacar las cuatro cajas del cuarto pequeño al pasillo, que pesan poco y son de papeles.

Abrir la ventana del patio media hora por la mañana, que es la que corre.

Bajar la persiana antes de las once, no después.

Y la cama: sacar las mantas de debajo, poner la sábana de arriba y no poner nada más, que en agosto sobra todo.

—¿Y eso para quién es? —dijo, porque tenía derecho a preguntarlo con once años de llaves.

—Para una persona que va a estar unos días.

—Ah. —Y no preguntó más, y eso también son once años.

Después vino lo que no pedí, que en las conferencias es siempre lo que más ocupa.

Que el calor no se va ni de noche y en el cuarto se duerme con la puerta abierta.

Que la cuba de zona ahora para a las siete y media en vez de a las siete, y que a las siete y media ya hay veinte delante, y que la del quinto se pasó una hora el jueves con las dos garrafas y llegó tarde a fichar.

Que el ascensor lleva desde junio con el papel de AVERIADO puesto y lo firma un técnico que viene, mira y se va.

Que a la vecina del segundo, la que tuvo el sarpullido, le dieron cita en la comarcal para el mes que viene y en la comarcal le dijeron que eso lo veía la capital, y en la capital le dieron para noviembre.

—Que a esto se viene sano —dijo, y se rio, y yo también.

Y luego, ya de despedida, con el tono de las cosas que se dicen sin intención:

—Oye, tú tienes la buena, ¿verdad? La del turno protegido.

—Sí.

—Menos mal, hija, que en esta escalera solo la tenéis dos. A ti el agua te entra por la mañana y por la noche y no te enteras de nada de esto. —Y lo dijo sin pizca de mala idea, como se dice que a uno le da el sol en la terraza—. Yo, si tuviera esa tarjeta, dormía del tirón.

Miré el reloj de la repisa. Iba por el minuto cinco y cuarenta del segundo tramo.

—Encarna, que se me acaba.

—Que sí, que sí. El domingo lo tienes hecho.

Colgué con veinte segundos de sobra y escribí la hora de fin en su casilla, y debajo, en la columna estrecha, la cifra de los dos tramos, que alguien pasaría esa tarde a la nómina con su regla y su bolígrafo rojo.

Volví a cocina por el corredor haciendo la cuenta que sabía hacer: tercero sin ascensor, cuarenta y un escalones, el cuarto pequeño con su ventana al patio, la cuba a las siete y media con veinte delante.

Una mujer de treinta y siete semanas con un riñón subiendo cuarenta y un escalones en agosto.

La cuenta se paró ahí sola, como se paran las cintas cuando algo se atasca aguas abajo, y yo hice lo que hago con las cintas paradas: quitar la mano y seguir con lo siguiente, que era la mantequilla.

Lo de la tarjeta no lo pensé. Los números que funcionan no se preguntan.

La mantequilla llegó a la cocina en un paquete de papel encerado, con su albarán propio, y la cocinera la pesó en la báscula antes de abrirla y apuntó el peso en la hoja del día.

—Mantequilla de verdad —dijo, sin mirarme—. Para el pastel de la Serrano. Lo que sobre, vuelve al frío y se apunta. Aquí lo bueno se pesa dos veces: al entrar y al sobrar.

El encargo venía en una hoja del economato: harina, huevos, azúcar, la mantequilla, cada cosa con su cifra, y abajo la firma de la coordinadora de la casa cinco, dos letras y una raya.

La merienda la pedía la casa y la casa respondía de ella.

Yo aún no sabía ponerle cara a la firma; la hoja la colgué en el gancho de encargos, que era mi parte del asunto.

Toda la tarde olió a eso. A mantequilla derritiéndose con azúcar, un olor antiguo, de calle con horno, que hacía años que yo solo encontraba pasando por delante de sitios donde no compraba.

Batí, engrasé moldes, sostuve el bol mientras la cocinera repartía la masa con una espátula, a ojo y clavándolo, y a las seis el pastel salió del horno dorado y parejo, y lo dejamos enfriar junto a la ventana con un paño por encima, como una cosa de casa.

La mantequilla sobrante volvió al frío antes de que el horno se apagara, pesada y apuntada, doscientos y pico gramos, y la cocinera cerró la hoja del día con la satisfacción de los números que cuadran.

—Cuando sale una categoría nueva, hay pastel —me dijo, quitándose el delantal—. Unas veces te toca batirlo y otras servirlo. Hoy te tocan las dos.

La merienda se montó en el comedor a las siete.

No era una fiesta de globos, aunque los dos del lunes seguían atados a su silla, ya un poco bajos de aire: era una mesa larga con manteles de los buenos, jarras, café de puchero y el pastel en el centro, todavía tibio.

Fueron llegando las de la casa cinco y algunas de otras casas, y el personal servía y retiraba, que para eso estaba, y yo con ellos.

A Alba la reconocí por el papel. Lo traía en la mano, con la orla ya un poco blanda de tanto enseñarlo, y lo dejó en la mesa a su lado, sujeto bajo el borde del plato, para que no se volara y para tocarlo sin mirar.

En un descuido, la taza le dejó al papel un cerco redondo en la esquina, y Alba lo secó con la manga enseguida, frotando fino, con más apuro del que le había visto en toda la tarde.

Veinticuatro años, veinticinco a lo sumo.

Reía con todo el mundo y de pronto se le llenaban los ojos, y se los secaba con la muñeca, riéndose de que se le llenaran, y a los cinco minutos otra vez.

Ninguna de las dos cosas le quitaba la otra.

Yo esperé a que alguna vecina torciera el gesto por lo bajo, a pillar una mirada cruzada de las que dicen lo que no se dice.

Recorrí la mesa entera con la bandeja y con los ojos.

Gratitud. En toda la mesa, gratitud de la de verdad, y en el centro Alba con su papel debajo del vaso.

—Compatible para lo de las células madre —le decía una señora a otra, con el tono con el que en mi calle se dice que a una le ha salido un piso de protección—. A la primera, además.

—Hay quien se hace tres análisis y nada —dijo una tercera, partiendo su porción en dos con el canto del tenedor—. Compatible no se hace una. Compatible se nace.

Lo dijo como un piropo, y como un piropo se recibió.

—Un año de agua para su madre —contestó la otra—. Y los medicamentos. Un año entero.

—¿Y cuándo es? —preguntó alguien mesa abajo, y Alba se encogió de hombros con la taza en la mano.

—Eso me lo dirán —dijo—. Primero los papeles, luego la fecha. Aquí primero es todo papeles. —Y le dio un beso a su papel, con teatro, y la mesa se rio, y ella también, con los ojos brillando otra vez.

Brindaron con café y con agua. Alguien dijo «por Alba» y todas lo repitieron, y Alba levantó su vaso y no le salió la voz, y le salió la risa y el llanto a la vez, juntos, sin pelearse, y nada de aquello se resolvió ni falta que hacía: se lo guardó todo como venía y dio un trago.

El pastel lo corté yo, con la cocinera al lado marcando las porciones con la punta del cuchillo antes de dejarme hundirlo.

Veinticuatro raciones decía la hoja. Salieron veintiséis, porque la cocinera marcaba fino, y cuando llevé la hoja con la bandeja vacía, la coordinadora de la casa —Mali, la llamaban, una mujer pequeña con una trenza recogida— leyó la cifra, sacó un bolígrafo del bolsillo del pecho, tachó el veinticuatro, escribió veintiséis y firmó al lado con dos letras.

—Lo que se corta se apunta —me dijo, amable, devolviéndome la hoja—. Aunque sea pastel. Sobre todo si es pastel.

Y volvió a lo suyo, que era rellenar cafés y acordarse de quién lo tomaba solo.

Al rato la oí organizar sin levantar la voz: que le apartaran dos cafés y una porción a las que bajaban de los bancales a las ocho, que la porción fuera de las del centro, que las del borde secan antes.

La mesa entera se lo daba por hecho. Había gente que mandaba con papeles y gente que mandaba con cafés, y en aquella casa los cafés estaban en buenas manos.

Lucía estaba en la otra punta, entre dos vecinas, con su vaso y su plato.

Aplaudió cuando tocó aplaudir y se rio dos veces con ganas, y cuando me tocó servir su lado de la mesa apartó el plato tres dedos para hacerme sitio, sin mirarme, con la misma cortesía exacta que le dedicaba al resto del personal.

A Mali le pasó el azucarero antes de que lo pidiera, y Mali le tocó el hombro al cogerlo, dos golpecitos, y ninguna de las dos miró a la otra: la mecánica de una casa rodada, de meses de mesas compartidas, funcionando delante de mí como funciona lo que no me necesita.

Me fui con la bandeja y no volví a acercarme por su lado.

A Alba le serví la segunda porción sin que la pidiera, porque la primera se la había comido como los críos, dejando la mejor esquina para el final, y me dio las gracias cogiéndome la muñeca un segundo, un apretón corto, caliente, de los que no se piensan.

—Está buenísimo —me dijo, con los ojos otra vez llenos—. ¿Lo has hecho tú?

—He batido —dije.

—Pues bates muy bien.

Y se rio de su propia frase, y la mesa con ella, y yo también, y me odié un poco la sonrisa que se me había puesto mientras volvía a la cocina con la bandeja, porque había venido a buscarle el cinismo a aquella mesa y me llevaba un apretón caliente en la muñeca.

Recogimos a las ocho y media, cuando el comedor volvió a ser comedor. Quedaba un cuarto de pastel y la cocinera lo pesó, lo apuntó y lo mandó al frío, tapado, para las bandejas de mañana. Las jarras, fregadas; los manteles buenos, doblados por sus dobleces de siempre.

Alba fue la última en irse. La vi desde la ventanilla, de pie junto a la mesa deshecha, con su papel en una mano.

Con la otra cogió su porción de la tarde, la que no se había terminado por hablar, y la envolvió en una servilleta de papel, con cuidado, doblando las esquinas hacia dentro como se envuelve una taza para una mudanza.

No se la comió. No se la dio a ninguna. Se la guardó en el bolsillo de la rebeca, plana contra la palma, y se fue con el papel en una mano y el bulto pequeño en la otra, apagando ella misma la mitad de las luces al salir.