Catorce casillas 4. La cicatriz
11%

4. La cicatriz

La cicatriz

En el control del primer turno había cola, cuatro delante de mí, y la del taladro llevaba un ritmo de taquillera de estación: credencial, golpe, credencial, golpe, con un café al lado al que no le vi dar ni un sorbo.

Cuando me llegó el turno me perforó la casilla dos sin mirarme, con el mismo ruido de grapadora grande, y me devolvió la credencial junto con la hoja de ruta del reparto de ropa limpia: seis casas, en orden, con los bultos numerados en el carro y las iniciales de la supervisora abajo, en la esquina, pequeñas y torcidas.

Cambié el orden. Puse la casa cinco la última, porque a la última casa se llega con el carro vacío, sin bultos que cuadrar ni gente esperando detrás, y porque la hoja de ruta dice qué casas, no a qué hora.

Si alguien preguntaba, me había liado con los números; llevaba dos días, y a la de dos días se le perdona liarse con los números una vez y no dos.

En seis años de almacén he aprendido eso: que un error confesable vale más que un permiso pedido, y que los errores confesables hay que administrarlos, porque se gastan.

La mañana en la calle de las casas era de toldos a medio bajar y radios bajitas.

Una residente barría su tramo de acera y el de la vecina, con dos escobas apoyadas en la pared, la suya y otra, y al pasar yo con el carro se apartó y me dijo algo del calor, que venía pronto este año, y yo dije que sí, que venía pronto, porque al carro y al delantal se les habla del tiempo.

Fui dejando los bultos. Casa uno: una mujer con las gafas en la punta de la nariz comprobó el número del bulto contra el suyo antes de firmar y me avisó de que el de la semana pasada venía con una funda de menos, por si yo era la nueva y quería saber con quién me jugaba los cuartos.

Casa dos y casa cuatro, entregas de puerta, un buenos días y a lo siguiente.

Casa tres, cerrada: el bulto en el banco de la entrada y la esquina de la hoja doblada, como me habían enseñado.

Casa seis, una chica joven que salió secándose las manos y firmó con mi bolígrafo sin leer nada.

Cada casa tenía junto a la puerta su corcho pequeño con papeles clavados, listas, horarios, cosas de casa.

No los leí. Todavía no había aprendido a leerlos.

En la cinco, Lucía abrió antes de que llamara.

Iba con una bata corta de andar por casa y el pelo suelto, y al verme puso la cara de quien encuentra la misma errata en dos listados seguidos: ya sin sorpresa, solo con el cansancio de tener que anotarla otra vez.

—Ropa de la casa —dije, con el bulto en las dos manos.

—Dámelo.

—Pesa. Te lo dejo dentro y...

—Dámelo.

Lo cogió en el umbral, marcando el umbral.

Durante un segundo lo sostuvimos las dos, ella del cordel y yo de abajo, y en ese segundo cupo entera la conversación de anoche; luego solté yo, porque una de las dos tenía que soltar y ella no iba a ser.

Lo subió de un impulso al estante alto del recibidor, donde iba, entre una caja de costura y un cesto.

Al estirarse, la bata se le abrió del costado izquierdo un palmo.

La cicatriz le cruzaba el costado en diagonal, por debajo de las costillas, un trazo largo y pálido, más claro que la piel de alrededor, del color de la parte de dentro del brazo.

Una cicatriz asentada, plana, sin brillo, de las que ya no se notan al vestirse.

Yo de heridas no sé, pero de material sí: sé cuándo una reparación es de este ejercicio o del anterior, cuándo la pintura nueva lleva un año siendo nueva.

Aquello llevaba mucho siendo viejo. Qué se saca del cuerpo por un corte así no lo sé, que yo leo reparaciones, no cuerpos; pero el cuándo sí lo leo, y el cuándo no salía en ninguna carta.

Al lado, la barriga tiraba de la piel hacia delante con sus ocho meses, tirante y reciente, y las dos cosas juntas no eran del mismo año ni de lejos.

Bajó los brazos y se cerró la bata, sin teatro, como se cierra un cajón que se ha quedado abierto. No se tapó deprisa. Se tapó como se tapa lo que ya está contado en otra parte.

—¿Qué es eso? —dije.

—Una operación.

—¿De qué?

Me sostuvo la mirada un momento, calculando algo, y debió de salirle que ocultármelo costaba más de lo que valía.

—Del riñón. El izquierdo. Ya no está.

—¿Cómo que ya no está?

—Pues eso. Que no está.

—¿Cuándo?

—Antes de esto. —Se tocó la barriga con el dorso de la mano, un golpecito administrativo—. Mucho antes.

—¿Aquí?

—Aquí. Con quirófano, con médicos, con papeles. Como se hacen las cosas.

—¿Por qué?

—Porque sí.

—Lucía, un riñón no se...

—Porque sí.

—¿Fue por dinero?

Dejó de moverse un momento, con la mano en el borde del estante, y me miró sin enfado, sin nada de enfado, que fue mucho peor, porque el enfado por lo menos cuenta algo.

—Fue por mis razones —dijo. Y se metió hacia la mesa de la entrada, donde había empezado a deshacer el bulto, separando la ropa en montones, cada camiseta a su montón sin mirar las etiquetas, por el tacto o por la memoria o por lo que fuera que ya tenía de esa casa dentro de las manos.

Una camiseta con un zurcido en el hombro fue a su montón sin medio segundo de duda, y el zurcido era bueno, de puntada corta, hecho por alguien de la casa para alguien de la casa.

Yo me quedé en el vano de la puerta con la hoja de ruta colgando de la mano.

Un riñón. Se lo habían quitado, entero, con quirófano y papeles, en algún punto de esos dieciocho meses, y en las cartas de esos dieciocho meses había una compañera que hacía trampas a las cartas, un calor que no se iba ni de noche y un trabajo que le gustaba. Órganos, ninguno.

—Escúchame —dije—. El domingo acabo. Te vienes conmigo.

Tengo casa, tengo trabajo fijo, tengo agua de sobra para las dos.

Lo del quirófano se hace fuera, en el hospital comarcal, que para eso está, y después ya vemos qué hacemos con todo.

Tengo el cuarto pequeño libre, el que da al patio, que es el fresco. Te lo dejo a ti y yo me paso al...

—No.

—Es un plan bueno, Lucía. Trabajo, techo, y tú sin deberle nada a...

—No.

—¿Me vas a decir al menos qué tiene de malo?

—No. —Y entonces sí me miró, un momento, por encima del montón—. Anoche te dije cómo es la clínica de aquí arriba. ¿Me escuchaste?

—Sí.

—No.

Y siguió con los montones, camiseta, camiseta, toalla, sin subir la voz ni soltar la ropa, diciéndome que no con la misma mano con la que alisaba las dobleces, y aquel no repartido en tres no sonaba a portazo: sonaba a gesto de casa, a rutina, a espantar una mosca que vuelve.

Junto a la puerta, colgada de un clavo, había una cartilla de citas de cartulina verde, con la esquina blanda de tanto colgarla y descolgarla.

La miré porque estaba ahí y porque yo miro los papeles; es anterior a mí, no lo decido.

Columnas: fecha, hora, un código. T.A. cada pocos días, eso lo até con lo de la tensión de la otra noche.

Y en dos líneas de esa semana, junto a la hora, las mismas dos letras: C-R.

—¿«C-R»? —dije—. ¿Qué es? ¿Cargo a residente? —Ella no contestó, y yo, en vez de callarme, seguí bajando por donde bajo siempre—: ¿Os cobran las revisiones? ¿Contra qué os las cobran?

Lucía paró de doblar. Se volvió con una toalla a medio plegar contra el pecho y me miró con algo nuevo, que tardé en reconocer porque no me lo esperaba allí: gracia.

Una gota de gracia, muy al fondo, debajo de todo el enfado, la que se le ponía de cría cuando yo me perdía en un juego cuyas reglas ella ya sabía.

—Con recogida —dijo—. C-R: con recogida. Viene el cochecito de los palos y me sube a la clínica, que pilla cuesta arriba y a mí me han dicho que ande lo justo. —Descolgó la cartilla del clavo y la dejó en la mesa boca abajo, con la toalla encima—. No todo es un inventario.

Me lo quedé. No el desprecio, que no lo había: la corrección.

Me había leído el precio donde había un coche de golf con un asiento libre.

Fuera, cuesta arriba, pasó en ese momento o poco después el cochecito de verdad, con su zumbido de juguete, llevando a otra hacia la clínica, y ninguna de las dos hizo el chiste.

En la estantería del recibidor, a la altura de los ojos, entre el costurero y una lata con bolígrafos, había un taco de papel de escribir.

Lo reconocí por el canto: gris por un lado, del carbón, con las hojas de arriba más gastadas que las de abajo.

Papel autocopiativo, del de antes, del que en el almacén usamos para los partes de incidencia. Debajo del taco, un paquete de sobres.

Ella me siguió la mirada y no movió nada, no escondió nada.

—Escribo encima —dijo—. La hoja de arriba va al sobre. La de abajo se queda en su carpeta, con las demás. —Volvió a los montones—. Por si te lo estabas preguntando: decían la verdad. Todas. Palabra por palabra.

Dieciocho meses buscando renglones tachados, frases en clave, huecos donde tenía que estar lo que no me contaba.

Contesté a un apartado de correos con mi mejor letra, midiendo yo también lo que ponía, por si acaso, por si alguien leía.

Iba a la estafeta los jueves, después del turno, compraba el sello suelto en la ventanilla y echaba la carta yo misma, con la mano, para verla caer.

Dos años antes me habría reído de cualquiera que hiciera eso.

—¿Y las mías? —dije—. ¿Las guardas?

—Pues claro.

—¿Dónde?

—Donde se guardan las cartas. —Y dobló la última camiseta del montón, dándole con eso la conversación por doblada también.

Y las cartas se escribían por duplicado desde la primera palabra, con la copia debajo, en un papel que yo misma habría sabido pedir en cualquier papelería de polígono, a tanto el taco.

En el umbral le tendí la hoja de ruta abierta por su línea. Firmó sin leerla, con una firma rápida que no le conocía, más recta que la suya de siempre, y me devolvió el bolígrafo por el lado de la punta.

—El bulto de la tres se ha quedado en el banco —dije, porque había que decir algo del tamaño de lo que se podía decir—. No había nadie.

—Estarán en los bancales. —Alisó la última toalla—. Ciérrame la puerta al salir, que se mete el calor.

Cerré. En la calle, la de las dos escobas ya no estaba; las escobas seguían apoyadas en la pared, la suya y la otra, esperando cada una a su gente.

Terminé la ruta con el carro vacío, dejé la hoja firmada en el gancho del office y devolví el carro a su sitio del corredor, derecho, alineado con los otros, porque lo torcido no lo ve ni Dios y se queda.

«Aquí duermo bien», escribió en una de invierno. La leí tres veces buscándole el revés.

No tenía revés. Tenía copia.