Catorce casillas 3. ¿Qué has hecho?
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3. ¿Qué has hecho?

¿Qué has hecho?

Me apunté al cierre del lavadero diciendo que no me importaba partir el turno.

La supervisora lo anotó sin darle importancia, porque los cierres no los quiere casi ninguna, y a las diez y media yo estaba allí con la fregona, la puerta abierta al fresco y la mitad de las luces apagadas.

Por la puerta entraba la noche y un olor a tierra regada que en mi calle habría significado tubería rota.

Tenía preparado un orden de cosas que decirle.

Lo había armado en el autobús de la comarcal y lo había repasado en el arcén y en la cola del alta, tres puntos, como un parte: primero, que yo estaba bien y ella no tenía que preocuparse de nada; segundo, que no venía a discutir lo pasado; tercero, el plan.

Un orden razonable. Los órdenes razonables aguantan mucho en la cabeza y muy poco delante de la gente.

Pasé dos veces la misma franja de terrazo. La tercera vez ya no era limpiar: era esperar con algo en las manos.

El lavadero de las residentes cierra a las once; lo pone en un cartel plastificado junto al interruptor, con los horarios de las máquinas y una lista de averías tachadas a bolígrafo, cada una con su fecha.

Dos pilas de lavar a mano, tres máquinas grandes, un tendedero de interior para lo que no puede esperar al sol.

Me aprendí el cuarto entero sin querer, que es como me aprendo yo los cuartos, y a las once menos cuarto ya sabía dónde estaba cada cosa de un sitio en el que llevaba una hora.

Lucía llegó a las once menos veinte con un barreño apoyado en la cadera.

Se paró un momento en la puerta, mirando el lavadero medio a oscuras, la fregona, a mí.

Luego entró, cerró con el pie, echó un vistazo a la ventana que da al camino y dejó el barreño en la pila.

Empezó a sacar ropa y a colgarla en el tendedero de dentro, prenda a prenda, con pinzas.

Sacudió una camiseta antes de colgarla y la camiseta crujió, tiesa, seca de sol desde por la tarde.

Colgó dos más. Ropa seca, a las once de la noche, en el tendedero de dentro.

Después habló, sin volverse, en el tono de quien lleva horas hablando conmigo por su cuenta:

—¿Qué has hecho?

No me preguntó cómo había entrado. Lo vi más tarde, repasando la conversación entera para ver dónde se había torcido, y la respuesta es que no llegó a estar derecha en ningún momento: no preguntó cómo, ni cuándo, ni con qué papeles. Solo eso.

—Lucía.

—Una Sanz nueva en cocina. Me lo han dicho a los postres, con el yogur. Sanz. —Colgó otra prenda, clavó la pinza—. ¿A quién creías que engañabas con eso?

—A nadie que importe.

—Aquí importa todo el mundo. —Se volvió por fin. Hablaba bajo, pero la voz venía apretada, con los bordes duros—. Contéstame. ¿Qué has hecho?

—He venido a llevarte a casa.

—¿A casa? —repitió, como si la palabra fuera un albarán con la fecha equivocada—. ¿A qué casa?

—A la mía. Conmigo. Cuando acabe el contrato te...

—Baja la voz.

—...te vienes conmigo y lo demás lo arreglamos fuera, con calma, sin que...

—Que bajes la voz. La de la dos duerme con la ventana abierta.

Lo dijo así, con el número de la casa y la ventana, un dato doméstico de su vida diaria puesto en medio de mi rescate, y el rescate se quedó un momento parado, sin saber dónde meterse.

—¿Has venido sola? —preguntó.

—Sí.

—¿Quién más lo sabe? Que estás aquí. Que estoy aquí.

—Fuera, ninguno que vaya a moverse.

Me miró un momento largo, pesando el «que vaya a moverse», y decidió no abrirlo. Volvió a la ropa.

—¿Cuánto te ha costado? —preguntó entonces.

—¿El qué?

—Entrar. La plaza. Al de la contrata no se le paga con gracias, eso lo sabe todo el mundo. ¿Cuánto?

—Eso da igual.

—A ti nunca te da igual un cuánto. —Cogió otra pinza—. ¿Los ahorros? ¿Todos?

No contesté, y el no contestar contestó, y ella cerró los ojos un segundo, uno solo, y siguió colgando.

Esperé la siguiente pregunta, la de cómo había sabido dónde estaba, porque para esa sí traía preparada una mentira que no gastara a Jorge.

No llegó. Fue de las cosas que más me costaron de aquella noche: que ni siquiera le interesara por dónde se había roto su escondite.

Me acerqué. De cerca era más: más barriga, más calor, más ella.

Respiraba por la boca al agacharse hacia el barreño, un poco, lo justo, y al incorporarse se ponía la mano en los riñones sin darse cuenta, como quien se ajusta una faja.

Le busqué la mano. La tenía hinchada, los dedos llenos, la goma del pelo que llevaba en la muñeca marcada en la piel como una cuerda en un saco.

Me la retiró sin brusquedad, con oficio, igual que se retira la mano del borde de una plancha, y cogió otra pinza.

Le miré también los tobillos, por encima de las zapatillas, llenos como los dedos, y aparté la vista antes de que me pillara haciéndole inventario al cuerpo de mi hermana.

—Estás mal —dije—. Mírate las manos. Los tobillos. Si te vieras andar...

—Me miro todos los días. Y me miran, además, que es mejor. La tensión, dos veces por semana. El peso, los lunes. —Se tocó la muñeca, la marca de la goma, sin darle importancia—. Esto tiene nombre y tiene control. Lo que no tiene es arreglo contigo en un lavadero.

—¿Y si te pasa algo? Aquí arriba, de noche, en mitad de la nada. ¿Y si te pones mal de verdad?

—Aquí arriba hay clínica. Con guardia y con quirófano. —Cogió otra pinza, la clavó—. Mejor dotada que la comarcal de tu barrio, ya que preguntas. A la comarcal de tu barrio no me llevaban a mí ni a por una muela.

Me lo dijo sin levantar la voz, con esa exactitud suya de siempre para los datos que no le he pedido, y lo dejé pasar porque discutir de hospitales a las once de la noche no estaba en mis tres puntos.

—Escúchame un momento...

—No.

—¿Me vas a decir por qué?

—No.

—Dieciocho meses, Lucía. Ni una dirección, ni un teléfono, ni una palabra de nada de esto. —Señalé la barriga con la barbilla, y me salió más brusco de lo que quería—. ¿Y ahora tampoco?

—Que no. —Sin gritar. Al contrario: cada vez más bajo, que era peor—. No te debo esa conversación. No a las once de la noche, no en un lavadero, no contigo aquí dentro con un delantal y un nombre cortado por la mitad.

—Entonces me la deberás en otro sitio.

—Yo ya no te debo nada.

Lo dijo sin apoyarlo, sin mirarme siquiera, como se dice una fecha, y siguió a lo suyo.

El «ya» se me quedó enganchado en algún sitio, como se queda un papel caído detrás de un cajón: sabes que está, no sabes de qué partida es.

No pregunté. Para preguntas buenas era tarde, y yo esa noche solo tenía de las otras.

Colgó lo último. Alineó las pinzas sobrantes en el borde de la pila, todas con el morro para el mismo lado, un gesto de aquí, aprendido aquí, que yo no le conocía.

Después se quedó mirando el tendedero lleno de ropa seca recién colgada y por primera vez en toda la noche pareció darle vergüenza algo.

No yo, ni la barriga, ni el sitio. El barreño.

Descolgó dos de las prendas que acababa de colgar, las dobló otra vez y las devolvió al barreño, con cuidado, alisándolas. Ninguna de las dos dijimos nada de eso.

—Tengo fecha de quirófano —dijo—. El otro lunes. Cesárea programada, con su papel y su hora. Para entonces tu contrato ya habrá acabado.

—Lo sé. Termino el domingo.

—Pues eso.

—¿Y después del lunes, qué?

—Después no es asunto de tu contrato.

Recogió el barreño vacío y se lo puso otra vez en la cadera. En la puerta se paró, de perfil, con la luz del camino dándole en la mitad de la cara, y me miró el delantal, la fregona, el cubo, todo el disfraz, pieza a pieza, como se revisa una carga antes de firmarla.

—Vete antes de que pierdas el trabajo —dijo.

Y se fue por el camino de las casas, sin prisa, con ese paso de barco que se les pone a las embarazadas, y a la altura del primer porche saludó con la cabeza a alguien que fumaba a oscuras, y el de fumar contestó algo, y ella contestó a lo contestado, dos vecinos a las once y pico, y yo me quedé en la puerta del lavadero viéndola meterse en una vida entera que funcionaba sin mí.

El tendedero de dentro quedó lleno de ropa seca colgada para nada. Estuve por descolgarla y doblársela, para ahorrarle el viaje de la mañana, y no lo hice: bastante había tocado ya de lo suyo por un día. La dejé allí, oreándose de nada, como el pretexto que era.

Terminé la franja de terrazo que llevaba mojada media hora.

Vacié el cubo, colgué la fregona, apagué, cerré, y firmé la llave en su argolla con el bolígrafo del cordel, en la línea de las 23.

10, donde la supervisora lo vería por la mañana con todo lo demás en orden.

Volví al anexo por el corredor de servicio, con el zumbido de las bombas de fondo, contando pasos sin querer, que es lo que hacen mis pies cuando la cabeza está en otra cosa. Ciento cuarenta y dos.

Fuera, el recinto de noche era poca luz y bien puesta: una farola baja cada tantos metros, las casas apagándose por zonas, la garita del fondo con su ventana amarilla y, debajo de todo, el zumbido parejo de los generadores, tan igual a sí mismo que daba la hora peor que un reloj.

Repasé mis tres puntos por el camino, como quien cierra caja.

Del primero había colocado la mitad. Del segundo, nada, porque discutir lo pasado era lo único que habíamos hecho.

El tercero ni lo había sacado del envoltorio.

Mañana, me dije. El tercero mañana, a la luz del día, con ella descansada y sin barreños por medio.

En el cuarto, la compañera dormía con la luz pequeña encendida.

Me senté en mi cama sin abrirla, saqué la credencial del bolsillo y fui pasando el pulgar por las casillas, despacio, del uno al catorce.

Un agujero y trece cartones intactos. Conté hacia delante sobre el calendario, día a día, dos veces.

La catorce caía en domingo. La cesárea era el lunes.