Catorce casillas 2. La casa club
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2. La casa club

La casa club

—Este pasillo es nuestro —dijo, metiéndose por un corredor ancho de paredes desnudas, con rodapiés de goma marcados por los carros—. Ropa y suministros. Comunica cocinas, lavandería y las alas de servicio. Si llevas carro, vas por aquí; si vas por delante con un carro, algo has hecho mal.

Olía a plástico y a sábana seca, y por debajo se oía un zumbido parejo, de bombas o de generadores, que después dejé de oír como se deja de oír una nevera. En un ensanche sin ventanas dormían los carros en batería, junto a un montacargas de puertas de tijera.

—Aquí no me los aparquéis torcidos —dijo—, que aquí no llega ninguna cámara y lo torcido no lo ve ni Dios y se queda.

Lo dijo por el orden, no por las cámaras.

Yo me quedé con las dos cosas, como me quedé con el tablero del cuarto de llaves —cuarenta y una argollas numeradas, un cuaderno colgando de un cordel; se coge y se firma, se devuelve y se firma, y la que no esté en su sitio a las diez de la noche se busca entre todos—, y como me quedé con lo que dijo al apartarse para dejar pasar a un auxiliar que empujaba una carretilla con dos bandejas de plástico duro, flejadas, con un precinto de papel en la juntura y su hoja de ruta encima.

—Documentación. Los lotes van cerrados y van contados. Si alguna vez te toca llevar uno, se lleva cerrado y se entrega cerrado, y en el destino cuentan los originales hoja a hoja, que para eso van numerados. El carbón no se cuenta. Los originales, sí. ¿Está claro?

—Está claro.

—Pues ya sabes más que la última que trajeron.

En el office, la pizarra del cuadrante estaba escrita en tiza con letra de dos personas distintas, y en la columna del martes ya ponía SANZ, en mayúsculas, entre otros dos apellidos. Recién llegada y ya constaba en una pared, con la mitad del nombre y la semana entera por delante.

Al acabar me sacó por la puerta lateral para enseñarme el camino corto al alojamiento, y crucé por primera vez el recinto por en medio, a la hora en que baja el sol pero no el calor.

Dos residentes venían de los bancales con capazos vacíos, hablando alto de un lechero o de un lecherazo, no lo entendí, y una tercera las adelantó en una bicicleta con cesta, tocando el timbre por costumbre y no por aviso.

Las casas eran bajas, encaladas, con toldos verdes iguales y macetas distintas.

Olía a cena empezada en dos cocinas distintas, a dos sofritos, y los dos sofritos no eran el mismo.

En un tendedero comunitario, las pinzas estaban ordenadas por colores.

Alguien había reparado una valla con un listón nuevo, sin pintar todavía, y la madera clara destacaba en la madera vieja como una tirita.

Delante de la última casa, una mujer mayor le sujetaba el capazo a otra mientras esta se ataba el pañuelo, y las dos me saludaron con la cabeza, a mí, a la desconocida del delantal, porque por lo visto aquí se saluda.

En un porche, una residente cosía con la radio puesta muy baja, un transistor de pila encima de una banqueta, y ni levantó la vista.

Junto a las puertas, cada casa tenía su corcho pequeño con papeles clavados.

No los leí: eran papeles de casa, de los que se leen desde dentro, y yo todavía iba por fuera de todo.

No había nadie vigilando, que yo viera. Eso, que en cualquier otro sitio se cuenta como una buena noticia, a mí me descolocó el mapa que traía hecho, y un mapa descolocado es peor que no traer mapa.

El servicio de cena empezó a las ocho y media.

Yo iba de la banda de dentro: recoger de la ventanilla, llevar a las mesas de cada casa, retirar.

Las bandejas azules salían las primeras, con su etiqueta, y una compañera con más días que yo las repartía sin mirar la lista, de memoria, cantando bajito los números de las casas como quien canta un bingo lento.

A la casa cinco le tocaba la mesa larga de la izquierda, junto a la columna.

Primero llevé la jarra y el pan con la mesa aún vacía.

La bandeja azul de la cinco la llevé yo también, porque la compañera iba cargada con las de la seis, y la puse donde me dijo, en el segundo sitio del lado de la columna, con la etiqueta hacia dentro.

Mi letra, mi código, esperando delante de una silla vacía.

Coloqué la jarra pequeña a su derecha, le di media vuelta al plato para que el asa del cuenco quedara bien, y me obligué a seguir, porque una se puede quedar mirando una silla vacía mucho menos tiempo del que cree.

Luego retiré dos bandejas de la tanda anterior de la mesa de al lado, y cuando volví con los segundos, la mesa cinco estaba llena y yo pasé por detrás mirando las nucas, una a una, sin encontrar lo que buscaba, y respiré, y a la vuelta lo encontré.

Lucía estaba sentada de lado, con la silla un poco separada para hacer sitio a la barriga, el pelo recogido con una goma azul.

Se reía con la cabeza echada atrás, la risa que se le escapaba a los doce años en el cine cuando la película no tenía ninguna gracia y a ella sí se la hacía.

La de al lado le decía algo señalando el vaso, y Lucía le contestó y se volvieron a reír las dos, y la tercera protestó con la boca llena, y era una cena normal de gente normal en un martes cualquiera, salvo que era lunes, y salvo que yo llevaba tres semanas viéndola encerrada en un sitio que no existía.

La cuchara se me fue de la bandeja. Una sopera, de las grandes.

Dio contra el borde de la mesa vacía que tenía al lado y luego contra el suelo, dos golpes, metal y terrazo, de esos que en un comedor hacen volverse cabezas.

Se volvieron tres o cuatro. Una señora de la mesa de la casa dos me miró con la lástima breve que se les tiene a los nuevos.

Lucía no. Lucía estaba de espaldas a medias, con la mano abierta contando algo que le discutía a la de enfrente, tres dedos, cuatro, y no se volvió.

Recogí la cuchara. La dejé en la cubeta de lo sucio, donde tocaba, y terminé de retirar la fila entera. Al llegar al office, la compañera me dijo que faltaba una bandeja por bajar de la casa tres, y era verdad, y la había contado yo dos veces.

—A todas se nos cae algo el primer día —dijo, sin mirarme, echando jabón—. Yo tiré una jarra entera. Llena.

—¿Tú eres la sustituta nueva? —me preguntó, ya con las manos en el fregadero—. ¿Cómo te llamas?

—Sanz —dije.

Asintió, me pasó un paño, y nos quedamos un rato así, ella lavando y yo secando, sin hablar, hasta que el vapor empañó el cristal de la ventanilla y el comedor, al otro lado, se fue borrando: primero las mesas del fondo, luego la columna, luego la mesa larga de la izquierda.