Catorce casillas
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1. Catorce casillas
Catorce casillas
El guardia leyó mi nombre en voz alta, entero, con los dos apellidos, y levantó la vista para comprobar que la cara coincidía con el papel.
Le dije que sí con la cabeza. Detrás de mí no había cola, pero lo dijo como si la hubiera: Marta Roldán Sanz, sustitución urgente, contrata de servicios.
Me devolvió la documentación por la ranura y la barrera se levantó sola, sin ruido, como una cosa bien engrasada.
Había venido andando desde el cruce porque el autobús de la comarcal no entra hasta la urbanización.
Fuera, el arcén era polvo blanco y adelfas quemadas; dentro, el camino de acceso subía entre terrazas de cultivo con el trazado curvo de las antiguas calles de golf, y los aspersores estaban trabajando a las nueve de la mañana, tan tranquilos, con ese ruido de lluvia pequeña que en mi barrio ya no se oye ni en noviembre.
Conté seis terrazas hasta la primera curva. Dejé de contar porque no era el día.
A media cuesta, el camino pasaba junto a una balsa de riego con el agua quieta y oscura, llena hasta la marca, y de la balsa salían tuberías vistas, pintadas de gris, que bajaban repartiéndose hacia las terrazas como las líneas de una estantería bien hecha.
Un hombre en mono de trabajo abría una llave de paso grande con las dos manos, sin prisa, y el agua empezó a correr por una acequia de obra con un ruido gordo, de grifo de verdad.
En mi barrio el agua corre dos horas por la mañana y una por la noche, y se la oye llegar por las cañerías como se oye llegar el autobús.
Aquí corría porque era la hora de correr.
Aparté la vista de la balsa como se aparta la vista de la comida de otros.
Tres semanas antes, Jorge había vuelto del reparto del sábado, había dejado los albaranes en mi mesa sin ordenarlos, que en él es señal de algo, y me había dicho: la he visto, en el patio de descarga, a tu hermana.
De meses. Después me consiguió el número del hombre de la contrata, y yo le pagué a ese hombre lo que tenía ahorrado por ser la primera de su lista cuando saliera una sustitución en la Unidad Seis.
La casa club estaba arriba del todo, blanca, con un porche de columnas gordas y un cartel nuevo atornillado sobre la marca de un cartel antiguo más grande.
Dentro hacía fresco. No fresco de aparato a medio gas, del que corta por zonas: fresco entero, repartido, de edificio que puede permitírselo.
En el vestíbulo, una residente pasaba una mopa ancha sin uniforme, con unas zapatillas de estar por casa, y me indicó la oficina de personal con el mango, sin dejar de trabajar.
Me atendió una administrativa con una rebeca gris echada por los hombros y me señaló una silla. Sobre la mesa había una jarra empañada y un vaso boca abajo. Lo giró, lo llenó y me lo acercó sin preguntar, por trámite, mientras buscaba mi expediente en una bandeja.
Me lo bebí entero. De una vez, sin despegarlo de la boca, y cuando lo dejé en la mesa el golpe del cristal sonó más fuerte de lo que quería.
El agua estaba fría y no sabía a nada, que es a lo que sabe el agua cuando está bien.
La administrativa lo rellenó sin mirarme y siguió con los papeles.
El segundo me lo bebí despacio, a sorbos repartidos, vigilándome la mano.
—Roldán Sanz, Marta —dijo—. Sustitución de cocina y limpieza. Catorce días, hasta el domingo de la semana que viene, ambos incluidos.
—Sí.
Me pasó el contrato para firmar y lo leí, porque los papeles se leen.
Dos folios. Jornada, turnos, causas de extinción, manutención incluida, y una línea que decía que el alojamiento de personal estaba en el anexo, «en régimen de cuarto compartido según disponibilidad».
Busqué la cláusula del agua y no había cláusula del agua.
La nómina sí estaba, en su renglón: pago en vales protegidos, como fuera, como en el almacén, los mismos que yo llevaba seis años guardando de dos en dos en un talonario con una goma.
—El agua de personal no se descuenta —dijo ella, sin que yo hubiera preguntado, quizá porque todos los de fuera nos quedamos parados en el mismo renglón que no existe. Lo dijo igual que lo de la comida, de corrido, y pasó a otra hoja.
Después vinieron las normas, en el mismo tono, del tirón, y yo las fui guardando por orden: los turnos se cogen del cuadrante y no se cambian entre nosotras sin avisar; el personal come antes o después del servicio, en la mesa lateral; en las casas de las residentes no se entra salvo reparto o aviso, y se entra hasta donde llegue el reparto o el aviso; el recinto no se abandona durante el contrato salvo permiso escrito.
Y una última, dicha ya con la mano en el cajón de la credencial:
—Si necesita llamar fuera, hay locutorio en el vestíbulo. Las llamadas se apuntan y se descuentan de nómina.
Apunté el locutorio en la lista de cosas que no pensaba usar. Es una lista que también conviene llevar al día.
Firmé donde me señaló con el dedo, dos veces. Luego sacó de un cajón una tarjeta de cartulina dura, del tamaño de un billete de autobús, con mi nombre impreso arriba y catorce casillas numeradas debajo, en dos filas de siete.
—La credencial se lleva encima siempre. Se perfora cada mañana en el control del primer turno.
La primera se la perforo yo ahora. —Encajó la tarjeta en un taladro de sobremesa y apretó; el troquel hizo un ruido seco, de grapadora grande, y la casilla uno quedó con un agujero redondo, limpio, con el circulito de cartón caído sobre la mesa—.
Casilla sin perforar, día no trabajado. Y día no trabajado en una sustitución urgente es una conversación que no le conviene a nadie.
—Una cosa —dije—. En la tarjeta, ¿puede poner solo Sanz?
Levantó la vista un segundo.
—En el sistema constan los dos apellidos. Eso no se toca.
—En el sistema, los dos. En la tarjeta, Sanz.
Se encogió de hombros, tachó con regla la línea impresa, escribió M. SANZ encima con un rotulador fino y me la dio. No preguntó por qué. En una oficina así no se pregunta por qué: se apunta quién lo pidió y ya está preguntado.
El cuarto del anexo tenía dos camas, una hecha y otra por hacer, una taquilla con la llave puesta y una ventana que daba a los tendederos del personal.
En la cama hecha había una revista de pasatiempos con un bolígrafo dentro haciendo de marcador.
Dejé la bolsa en la otra, colgué lo que traía, que cupo en tres perchas, y guardé la documentación en la taquilla, debajo de la muda, por costumbre de vestuario compartido.
La credencial no. La credencial me la metí en el bolsillo del pantalón, y ahí empezó a estar todo el tiempo, con su esquina clavándose un poco al sentarme, para que no se me olvidara de qué iba la semana.
Comí a las doce y media en el comedor, en la mesa lateral del personal, de cara a la sala grande.
Éramos cinco: la cocinera, dos auxiliares que hablaban de una avería del montacargas, la compañera de mi cuarto, que resultó llamarse por su apellido como todo el mundo allí, y yo.
Había fruta en cuencos, sin golpes, del calibre gordo, y pan del día, y jarras como la de la oficina cada cuatro sitios.
Las residentes iban llegando por turnos de casa, con ropa de diario, hablando de sus cosas.
Ninguna miraba las jarras al servirse. Esa fue la primera vez que lo pensé: aquí el agua no se mira.
Al fondo, en la esquina de las ventanas, había globos.
Dos, atados a una silla. A media comida se levantó una mesa entera y hubo aplausos, y una residente joven, de espaldas a mí, alzó un papel con las dos manos, un certificado o un diploma, algo con orla, y lo giró para que lo vieran las de las otras mesas.
Alguien fue a la cocina y volvió con un pastel blanco en una bandeja.
Más aplausos, cortos, de los de verdad, no de compromiso.
En mi mesa, una de las auxiliares estiró el cuello, dijo un nombre que no retuve y volvió a la avería del montacargas.
La chica del papel se sentó con él delante del plato y de vez en cuando lo tocaba con un dedo, para comprobar que seguía.
El pastel se cortó allí mismo y los platitos fueron saliendo hacia las otras mesas, de mano en mano, uno por mesa, y uno llegó hasta la nuestra.
La cocinera lo pasó de largo con un gesto; la auxiliar del montacargas lo cogió y lo puso en medio, con dos cucharillas.
Era un bizcocho blanco con una crema clara, casera, de las que ya no salen a cuenta.
Probé mi mitad por no hacer el feo. Estaba bueno.
Lo dejé a medias, seguí con mi plato, y antes de levantarme me lo acabé.
No me explicó nada ninguna de las dos, y yo no pregunté. Apunté mentalmente: globos, papel con orla, pastel entre semana. Lo guardé donde guardo lo que no cuadra, que es una lista más larga de lo que parece.
El primer turno empezó a las cuatro. Cocina de verdad: peroles, vapor, superficies que quemaban por zonas conocidas de todos menos de mí, y una cocinera al mando que hablaba lo justo y señalaba con el cucharón.
A mí me tocó pelar, escurrir y montar bandejas metálicas con tapa para la cena.
Aprendí el circuito en una tarde: la ventanilla, el office, el carro de cada casa con su número pintado.
Se me da bien aprender circuitos. Seis años en un almacén de raciones enseñan eso, y enseñan que una etiqueta bien puesta ahorra tres discusiones.
A las seis, la cocinera me plantó delante un portapapeles con la lista de dietas para las casas.
—Las obstétricas van aparte, en bandeja azul. Copia el código en la etiqueta, tal cual, sin inventar. Si un código no lo entiendes, no lo entiendas: cópialo.
—¿Y si un código está mal?
Me miró por primera vez desde las cuatro.
—Los códigos no los pone la cocina. Si está mal, lo estará en todas partes, y en todas partes sabrán de quién es la letra. Tú copia.
Las azules se montaban aparte, en su mostrador: menos sal, la fruta ya pelada en su cuenco, una jarra pequeña propia con tapa, todo pesado en la báscula y anotado en la hoja de la bandeja.
Daba gusto montarlas, si no se pensaba mucho.
Era el material mejor tratado que había visto en años, y viajaba hacia gente, no hacia clientes.
Dieciocho meses de cartas. Salían por una oficina regional, con un número de programa arriba y ninguna dirección; contesté siempre al mismo apartado, y nunca supe a qué comarca viajaban mis sobres.
El dónde no lo dijo ninguna carta. El dónde lo trajo Jorge en una furgoneta, sin querer, entre dos entregas.
La lista tenía las casas en columna y los nombres debajo, en mayúsculas de impresora vieja, con la tinta más cargada en unas líneas que en otras.
Fui bajando con el dedo para no saltarme renglones, como hago con los albaranes.
Casa dos: dos nombres, un código cada uno.
Casa tres: uno. Casa cinco: tres nombres.
El tercero era ROLDÁN SANZ, LUCÍA.
Y al lado, en la columna de los códigos, sin adornos: 35+3.
Copié el código en la etiqueta, tal cual, sin inventar.
Bandeja azul. La tapé, la puse en su carro, seguí con la siguiente línea porque la cocinera estaba a dos metros y la lista no se acababa sola.
A las ocho menos cuarto, los carros salieron por el corredor camino del comedor, uno detrás de otro, con las ruedas sonando distinto según el peso, y el de la casa cinco pasó por delante de mí con su bandeja azul dentro, con mi etiqueta, con mi letra.
Lo seguí con la vista hasta la curva del corredor.
En el almacén despachas mil raciones al día y no le pones boca a ninguna; aquella bandeja llevaba nombre, y el nombre iba a cenar al otro lado de la pared que yo tenía delante, sin saberlo.
Treinta y cinco. Más tres. Semanas y días: eso sí sabía leerlo, porque los formatos se me quedan aunque no sepa lo que pesan.
Hice la cuenta contra el calendario mientras fregaba los peroles, y la volví a hacer con el calendario delante, en el cuarto, con la compañera dormida y la revista de pasatiempos en el suelo.
Jorge había dicho «de meses», y yo había entendido cuatro, cinco a lo sumo, porque cinco meses cabían en un descuido, en un no saber cómo contármelo, y lo otro no cabía en nada.
Las cartas las tengo en casa, en una caja de zapatos, por orden de fecha, con una goma cada seis.
Las repasé de memoria, ahí sentada, como se repasa un inventario a puerta cerrada: la del verano pasado, la de las fiestas, la que traía una mancha de café en la esquina y una disculpa por la mancha. Ni un renglón raro. Ni un hueco.
De la transferencia para acá tenía más de veinte cartas. Bien escritas, con su fecha arriba y su despedida abajo, hablando del calor, del trabajo, de una compañera que hacía trampas jugando a las cartas.
En ninguna cabía ese número.