62. Capital #2
—A ti te necesito aquí, hermana mía —respondió Álvar con firmeza—.
Liderando el reino, como tan bien has hecho hasta ahora.
Quiero que organices las incursiones hacia Davá y la Isla Kyana, que veles por la integridad del reino y que inicies las pruebas para la búsqueda de nuevos comandantes para los escuadrones que hoy han quedado huérfanos.
Jedena, aunque algo resignada, asintió en conformidad.
—Descuida.
—Azava. Valtyra —las dos comandantes se volvieron hacia el rey al oír sus nombres—. Vosotras me acompañaréis a Lenov.
Ambas asintieron al unísono.
Verso alzó la cabeza, buscando la mirada de Álvar, que permanecía de pie a sus espaldas.
—¿Y yo… podría acompañaros? No habría cosa que desease más que volver a mi hogar. Sé que es peligroso, y también sé que no debería…
—Debes venir con nosotros.
—…ir a un sitio como Lenov. Verlo en ese estado quizás me traiga recuerdos que no quiero revivir y puede que me duela y puede que… Espera, ¿cómo? —Verso frunció el ceño—. ¿DEBO ir con vosotros?
Álvar sonrió ante la incertidumbre del clérigo.
—Así es, aprendiz. Como nuevo consejero real del Rey de Capital, tu labor implica acompañarme siempre, allá donde vaya.
Los ojos de Verso se humedecieron.
—¿C-c-consejero real? ¿Consejero del Rey de Capital? ¡¿De verdad he llegado a ser consejero real...?
—Mañana, al amanecer, celebraremos el acto de tu toma de posesión en el cargo —le miró, sonriente—. Te lo has ganado, aprendiz.
Verso bajó la mirada, intentando que nadie notara las lágrimas de felicidad que amenazaban con salir.
Lo había logrado, al fin.
Deseó que Cincela estuviera allí, viéndolo brillar, siendo testigo de aquello por lo que tanto había luchado. Pero tendría que esperar a la noche y contárselo en silencio, desde la ventana, cuando la primera estrella asomara en el firmamento.
—Gra… gracias, majestad.
Álvar despeinó cariñosamente el cabello de Verso con la mano.
El lenovense se secó las lágrimas que resbalaban por sus mejillas y, sin poder evitarlo, dejó que la felicidad lo invadiera por completo, obligándolo a sonreír.
Alzó entonces la mirada y barrió a los presentes con ella.
—Antes de dar por finalizada la reunión de hoy y empezar con la correspondiente festividad, quisiera contaros algo —carraspeó su garganta, alargando el momento—.
Esta mañana, al despertar, me he acercado a la ventana, como acostumbro a hacer y he visto algo que me ha colmado de felicidad. ¿Sabéis qué ha sido?
Álvar aguardó un momento, esperando alguna genuina respuesta. Los más valientes ladearon la cabeza, pero nadie se atrevió a responder con palabras.
—He visto a la gente del reino caminar por las calles sin miedo.
He observado el mar, más allá de la Puerta Negra, y he contemplado cómo sus olas acariciaban la tierra, consolándola por todo lo sufrido.
He mirado hacia las montañas, testigos de todo lo ocurrido, y allí seguían: firmes, poderosas, majestuosas…
como siempre. Y entonces, he visto el sol.
Y por un momento, me ha parecido que brillaba más que nunca.
Más que ningún otro día. Y ha sido ahí, en ese preciso momento, cuando he sabido que lo habíamos logrado.
Guardó unos instantes de silencio antes de seguir.
—Hoy comienza una nueva era. Hemos roto las cadenas del destino, hemos dado muerte a lo que parecía inmutable. Hemos logrado lo imposible. Y por eso, hoy, este rey desea daros las gracias... a cada uno de vosotros.
Los presentes se miraron unos a otros, con una felicidad que parecía contagiarse y crecer por momentos.
—Y ahora, para concluir esta ceremonia, para dar comienzo a esta nueva vida... gritad conmigo, una última vez. ¡Por la humanidad!
—¡POR LA HUMANIDAD!
Tras el eufórico grito, la reunión llegó a su fin y un animado bullicio de voces llenó la sala.
Algunos se acercaron a Álvar para agradecerle sus palabras.
Otros, como Ilma, fueron en busca de Laub, con la idea de comentar sus planes de reforestación.
Krib y Korvin se dirigieron a Yskar y, tras un cálido abrazo, comenzaron a trazar los primeros planos para la construcción de los barcos que los llevarían a la Isla Kyana.
Verso permaneció junto a Álvar en todo momento, observando desde la retaguardia como la humanidad había vuelto a la normalidad. Como la felicidad se adueñaba de todos sus rostros ahora que no estaban sometidos a las palabras de la profecía.
Suspiró y alzó la mirada hacia el techo, como si entre los adornos de jaspe se asomara el rostro de Cincela.
Gracias por salvarnos. A todos.
Esa misma noche, hubo una gran celebración en todo el reino. Largas mesas se dispusieron por plazas y calles, rebosantes de manjares tan abundantes que incluso lograron asombrar a los brevodianos.
Y así, la humanidad dejó atrás sus conflictos y diferencias.
Así fue como, al fin, se unieron como uno solo.
Y así comenzó el primer día de su nuevo futuro.
Mientras todos realizaban los preparativos para la gran festividad que acontecería al anochecer, Yskar se había alejado del reino.
Contemplaba el sol anaranjado del atardecer mientras los últimos rayos acariciaban la piel del mar.
Desde el acantilado frente a Capital gozaba de una vista privilegiada, una de esas que sabía que echaría en falta cuando volviese a asentarse en Brevodia.
Permaneció un rato con la mirada perdida en el horizonte, dejándose embelesar por la belleza que la naturaleza le ofrecía. Hasta que, finalmente, bajó la vista hacia el suelo.
Ante él, en lo alto del acantilado, un sinfín de lápidas se extendían a través de la elevada explanada. El cementerio de Capital era inmenso y más aún ahora que todos los soldados caídos en la guerra descansaban allí.
Tras sobrepasar varias lápidas, Yskar se detuvo ante una en particular.
Aquí descansa quien dio su vida por la humanidad.
Que esta tierra jamás olvide su sonrisa.
Comandante del Escuadrón XII
Adami
Yskar rebuscó entre sus ropajes y extrajo la piedra que siempre llevaba consigo, aquella que, en su día, le había entregado su padre. Aquella que lo había guiado en su camino, la que le había ayudado a convertirse en el rey que era hoy. Su razón de ser.
Hincó una rodilla frente a la lápida y depositó la piedra sobre la tierra. Luego acarició la fría superficie con delicadeza y se permitió unos segundos más de silencio, mientras los recuerdos compartidos con el comandante Adami volvían a él.
Unas pisadas resonaron a su espalda, pero Yskar no se giró para ver de quién se trataba. Permaneció allí, contemplando los últimos rayos del sol, mientras luchaba por contener las lágrimas.
—Él no querría que llorases.
El brevodiano reconoció la voz al instante. Tardó varios segundos en recomponerse antes de responder, esperando que el llanto no quebrara su voz.
—Le habría encantado estar aquí hoy —dijo Yskar, sin apartar la mirada del horizonte—.
Casi puedo verlo: atiborrándose de comida, moviendo torpemente las caderas al ritmo de la música y soltando alguna de sus genialidades —su sonrisa se desvaneció de golpe y bajó la cabeza con pesar—.
Y, sin embargo, dio la vida para que fuésemos nosotros quienes viviéramos este momento por él.
Álvar se arrodilló en el suelo frente a la lápida de Adami y rodeó a Yskar con su brazo, reconfortándolo.
—La muerte es un camino doloroso —comenzó a decir—, pero es uno que todos debemos recorrer tarde o temprano. Piensa que su ausencia no es el final de su historia, sino el comienzo de la manera en que seguirá viviendo en nosotros.
Yskar frunció el ceño, mirando hacia Álvar, esperando una explicación.
—Adami…—prosiguió—. Ha dejado de caminar a nuestro lado —apartó su vista del atardecer y miró al brevodiano—. Para acompañarnos en lo más profundo de nuestros corazones. Allí vivirá cada vez que le recuerdes y te dará las fuerzas que necesitas cuando creas rendirte.
Yskar permaneció con la mirada fija en el horizonte, temiendo quebrarse al mirar a Álvar.
—Supongo que… así es como debe ser.
Álvar le dedicó una sonrisa.
—Vayamos con los demás, Yskar. Estar aquí solo no te hará ningún bien.
Yskar sopesó la petición del capitense por un momento. Inhaló aire y lo expulsó lentamente.
—Mañana todos partiremos a nuestros destinos y no sé cuándo volveré a poder visitarle —miró al capitense—. Ve tú, yo… me quedaré un rato más aquí.
Álvar decidió contener su impulso de insistir al brevodiano para que despejara la mente y se uniera a las celebraciones que tenían lugar en el reino. Yskar necesitaba paz en aquel momento, necesitaba despedirse de Adami a su manera, y solo allí podría encontrar el consuelo que tanto anhelaba.
Finalmente, el capitense se dejó caer junto a él. Permanecieron así, sentados sobre la hierba fresca, contemplando cómo el sol desaparecía lentamente tras el horizonte, fundiéndose con el mar y dando paso, poco a poco, a un nuevo día.