Epílogo
Luz.
Cincela abrió sus ojos lentamente, como quien se despierta de un largo y apacible sueño.
Miró a su alrededor, aletargada, pero solo encontró luz.
Unas corrientes doradas surcaban aquel vacío como ríos y, entre ellas, flotaban partículas luminosas suspendidas en la nada que resplandecían como estrellas.
Se incorporó de golpe y solo entonces sintió su cuerpo liviano, como si no tuviese peso. Miró alrededor con la esperanza de encontrar a alguien más en aquel lugar, pero el resplandor lo devoraba todo y no le permitió ver más allá.
Bajó la vista hacia sus manos, inspeccionándolas con detenimiento mientras movía los dedos. Parecía que volvía a ser humana. Volvía a ser ella.
Algo que le llamó la atención fueron sus ropajes. Vestía la misma blusa y las mismas bermudas holgadas con las que murió, pero para su sorpresa, estaban intactas, sin el barro, los desgarros ni la sangre.
—Bienvenida seas al Umbral.
La voz se escuchó desde todas partes. Al girarse, Cincela pudo intuir cuatro siluetas que se abrieron paso entre la luz.
Entre ellos, emergió una quinta figura que se adelantó al resto.
Una mujer esbelta, de cabellos dorados como el oro, cuya túnica de plata se mecía elegantemente al andar.
Sus ojos azules le resultaron muy familiares pese a no haberlos visto nunca.
—¿El… Umbral? —repitió Cincela, desconcertada.
—El lugar entre el principio y el fin, del todo y la nada —aclaró aquella mujer a medida que se aproximaba y su silueta se hacía cada vez más visible.
—¿Estoy… muerta?
—Sí y… no —respondió sin alterar la sonrisa tan cálida que dibujaban sus labios—. Este lugar está reservado para mí y los cuatro que me acompañan.
Sin romper la formación, las cuatro siluetas avanzaron hacia ella mostrando su semblante por fin. Dos hombres y dos mujeres de alas inmaculadas y ojos cubiertos con bandas de tela blanca.
Una de las mujeres tenía un precioso cabello azulado y sostenía entre sus manos una pequeña lira de madera albina. A su lado, un hombre cuya vestimenta dejaba al descubierto su fornido brazo, con el que blandía una espada que a Cincela le resultó terriblemente familiar.
¿Segadora...?
Al otro lado, una mujer de cabellos esmeralda sostenía con ambas manos una flor de pétalos exuberantes que mostraba orgullosa ante la lenovense.
Junto a ella, la última figura avanzaba lentamente.
Un hombre cuyo rostro estaba oculto tras su larga melena negra, arrastrando consigo el peso de infinidad de cadenas de acero que se enredaban en sus hombros y espalda.
Cincela volvió a posar sus pupilas garzas sobre la mujer que encabezaba el grupo y cuyos mechones platinos caían sobre su rostro, enmarcándolo.
—¿Quién eres?
La mujer le dedicó nuevamente aquella sonrisa tan apacible.
—Yo soy tú y, a su vez, tú eres yo misma —aclaró con un dulce tono.
Cincela frunció el ceño.
—No sé si te entiendo.
La mujer se acercó todavía más a la lenovense, situándose a pocos palmos de distancia.
—No hace falta que lo entiendas ahora, mi estimada Cincela, pues pronto te unirás a los demás y lo comprenderás todo. Lo que sí deberás saber es que te encuentras en el Umbral, un espacio entre la vida y la muerte al que solo nosotros podemos acudir.
—¿Solo vosotros?
—Así es —respondió la mujer—. Hace un tiempo, un alma acudió a mí para unirse al resto de estrellas.
En un principio, pensábamos que sería una más, que se uniría a sus hermanas y brillaría junto a ellas por la eternidad.
Pero, con el tiempo, nos dimos cuenta de que esta alma era diferente.
El amor que siente hacia ti, Cincela, llega hasta tal punto que se negó a hacer otra cosa que no fuera velar por ti.
Esta alma ha estado protegiéndote desde aquí arriba, luchando a tu lado, acompañándote en todo momento.
Tanto era su amor que, una vez perdida tu consciencia en el plano terrenal, nos ha pedido que le dejásemos verte y, excepcionalmente, os he concedido a ambos ese privilegio y os he traído aquí para que podáis reuniros como se debe.
Cincela, de pronto, alzó la cabeza al sentir una mano posarse sobre su hombro desde atrás.
Dio un respingo y sus ojos se abrieron hasta su límite.
La respiración se le agitó, trémula, como la de un niño que recibe un regalo.
Escuchó los latidos de su corazón retumbar en su pecho y el alma se le rompió al oír, tras ella, aquella voz.
—Bienvenida a casa, pequeña.
Cincela se giró, despacio.
Azhna la miraba con la misma ternura en los ojos que recordaba. Durante todo este tiempo había soñado con aquel momento, con escuchar su voz una vez más, con sentir su abrazo. Y ahora, por fin, no había nada que los separara.
Sin dudarlo, se abalanzó a sus brazos. Toda la lucha, todo el dolor y cada paso que la había llevado hasta allí, había valido la pena. Y así, envueltos en aquel abrazo, solo quedaron ellos, con la única persona que la esperó más allá del tiempo y más allá de las estrellas.
Desde aquel día y para el resto de la eternidad, abuelo y nieta formaron parte del firmamento convertidos en estrellas.
Sin una cuenta atrás, sin distancia.
Juntos.
Como siempre debió ser.