Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 62. Capital
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62. Capital

La humanidad había logrado lo imposible.

No solo había desafiado a un Dios y le había dado muerte, sino que también había reescrito su propio destino. Sin embargo, aunque la calma parecía haberse asentado entre los ciudadanos, el mundo aún cargaba con las cicatrices de la devastadora guerra que tuvieron que librar.

Davá había sido calcinada, Brevodia arrasada y Lenov no era más que un cementerio de escombros y cuerpos desperdigados entre las ruinas de sus calles. Por esa razón, Capital, el único reino habitable, fue designado como refugio común para todos los supervivientes, sin importar su procedencia.

Todos debían trabajar en su reconstrucción, y nadie rehuyó la tarea.

Gracias a eso, varias semanas después, sus calles comenzaron a llenarse nuevamente de vida.

El aroma del pan recién horneado impregnó otra vez el aire, los hornos volvieron a encender sus llamas y los cuarteles, al menos los de aquellos comandantes que aun vivían, fueron retomando su actividad.

Sin duda, uno de los lugares prioritarios para su reconstrucción fue la sala de reuniones de Capital. Tras el enfrentamiento que allí se libró contra las primeras tropas de Grifford, la sala había quedado reducida a un cúmulo de madera astillada y amasijos de jaspe esparcidos por el suelo.

Fueron los brevodianos, acompañados de sus imponentes osos monteses, quienes transportaron nuevas piezas de jaspe hasta la cima del Castillo.

Los davenses se encargaron de trabajar la madera y fabricar el nuevo mobiliario.

Los comandantes, junto a un grupo de voluntarios capitenses, se dedicaron a ensamblar el jaspe y devolver a la sala la belleza y majestuosidad que solía tener.

Aquel día, tras semanas de arduo esfuerzo, la sala de reuniones volvió a abrir sus puertas.

En su interior se habían congregado las más altas personalidades de cada reino.

En representación de Brevodia estaban Yskar e Íkaro, quienes tomaron asiento en la mesa colindante reservada para ellos, junto a Ilma y sus tres guardabosques.

Krib y Korvin, en representación de los Kyanos, permanecieron de pie junto a la gran mesa central, presidida por Álvar. El monarca aguardaba erguido junto a su asiento, acompañado por Verso y Laub, a la espera de que el resto de los comandantes accedieran a la sala.

Jedena fue la última en entrar. Cerró la puerta tras ella y se dirigió en silencio hacia su asiento junto a los demás. El eco metálico de sus pasos se extinguió al llegar y un breve silencio se apoderó de la sala, hasta que la voz rasgada de Álvar irrumpió de golpe.

—Lo hemos conseguido.

Todos alzaron la vista, cruzando miradas entre sí con satisfacción.

—Nos hemos enfrentado a lo divino, hemos desafiado al destino y hemos reescrito la profecía para forjar un mundo en el que, por fin, tenemos cabida —dijo, mientras su mirada recorría a los presentes—.

Muchos son los asientos que hoy están vacíos.

Más de los que jamás habría querido. Hemos sufrido pérdidas irreparables.

Pérdidas que nos llevarán años de asimilar y sobrellevar.

Ruego que sus nombres no se olviden jamás, pues es a ellos a quienes les debemos, no solo nuestra vida, sino también la esperanza de un mañana.

Álvar posó una mano sobre el hombro de Verso, que permanecía cabizbajo a su lado.

—Especialmente, quisiera rendir homenaje a la joven lenovense: Cincela.

Sin ella, probablemente no estaríamos hoy aquí reunidos —Álvar apretó cariñosamente el hombro de Verso con su mano antes de retirarla y proseguir con su discurso—.

Es por eso que, cuando el mundo vuelva a ser mundo, se alzarán grandes esculturas en su honor y en el de todos los caídos, a lo largo y ancho del reino.

Porque, como he dicho, ellos también forman parte de esta nueva vida que estamos por vivir.

La sala asintió en unanimidad.

—Otro punto que me gustaría destacar, es el de la extraordinaria colaboración que hemos conseguido entre todos los reinos.

Supimos dejar atrás nuestras diferencias y luchar como uno solo y quisiera que esa hermandad perdure para siempre —dijo Álvar, fijando la mirada en Ilma e Yskar—.

Por ello, es tarea de todos trabajar unidos en la reconstrucción de cada reino, hasta devolverles la grandeza que algún día ostentaron.

Y hasta que ese momento llegue, Capital será el hogar de todo aquel que así lo desee.

—¿Qué hay de la isla kyana?

Krib atrajo todas las miradas al interrumpir al capitense. La petición del kyano de aleta rojiza, lejos de mostrarse desafiante, tenía ese deje de desesperación y preocupación por el futuro de los suyos.

—Nuestro hogar ha sido arrasado —prosiguió—, no tenemos donde ir y nuestra líder ha…

—Conocí a Shaila —interrumpió Álvar, antes de que la tristeza se apoderara de Krib—.

Aunque solía vestir sus palabras de orgullo, la lealtad que tenía para con los suyos y la prosperidad de su reino era innegable.

Tú, junto a Korvin, seréis quienes guieis ahora a los kyanos —añadió con una leve sonrisa—.

Estoy convencido de que eso es precisamente lo que Shaila habría querido.

Krib volvió la mirada hacia Korvin, que permanecía a su lado, buscando en sus ojos la aprobación que tanto necesitaba. Korvin le sostuvo la mirada y, con una leve sonrisa, asintió.

—En cuanto a la isla… —prosiguió Álvar—, reconstruiremos el puerto de Capital y lo ampliaremos.

Cualquier ciudadano, y no solo unos pocos privilegiados, podrá tener en propiedad un barco.

Uno de mis principales propósitos es no perder el vínculo que se ha forjado entre kyanos y humanos.

Haré todo lo posible por facilitar el acceso a vuestra isla, no solo para colaborar en su reconstrucción, sino para preservar los lazos que esta guerra, pese a todo, ha sabido crear entre nosotros.

—Contad con Brevodia para esa tarea —espetó Íkaro de pronto, atrayendo todas las miradas—. La fuerza de nuestros osos, sin duda, será de ayuda.

Krib y Korvin, inclinaron la cabeza en señal de agradecimiento.

—Ya que sacáis el tema… —intervino Vett de pronto, desde uno de los flancos de la sala—. Davá también necesitará ayuda. ¿Quién se anima?

Todas las miradas se volvieron ahora hacia la guardabosque.

Se apoyaba contra la pared, dejando caer todo su peso sobre ella.

La davense permaneció con los brazos cruzados sobre el pecho y el rostro parcialmente oculto bajo la caperuza gris hasta que Zalka, justo a su lado, le dio un discreto codazo en el costado, instándola así a mantener las formas.

— ¡Ouch! ¿A que ha venido eso?

La mirada fulminante de Zalka bastó para que Vett entendiera lo que le estaba pidiendo.

Álvar soltó una leve carcajada.

—No me olvido de vosotros, valientes davenses —elogió el Rey—. Aunque pocos y heridos, habéis tenido un gran papel en esta guerra. Por ello, devolver a Davá el verde de sus bosques no es solo una promesa, sino un compromiso de todos. Trabajaremos unidos hasta que Davá vuelva a ser lo que fue.

—Aunque nunca he sentido devoción por los conflictos bélicos, ni soy precisamente hábil con el manejo de las armas, creo que en esta tarea sí podría seros de ayuda —intervino Laub—.

Tras haber vivido en el Bosque Aurora durante más años de los que esta vieja cabeza alcanza a recordar, me atrevería a decir que algo sobre plantación y cuidado de árboles conozco.

Si mi memoria no me falla, recuerdo que Davá se alzaba en el corazón de un bosque cuyas raíces hacían de veces como puentes y sus árboles milenarios ofrecían cobijo bajo sus sombras.

—Miró a Ilma, mientras se frotaba la barba.

Varias mariposas salieron de entre su frondosidad y comenzaron a revolotear a su alrededor—.

Como estudioso de la naturaleza, y como uno de los cuatro Guardianes del Bosque, considero que mi compromiso en esta tarea es esencial.

Si me lo permitís, Majestad, me gustaría poner todo mi conocimiento y experiencia al servicio de esta causa.

—Tenemos una gran labor por delante —respondió la reina davense—.

No solo debemos reconstruir lo que el fuego destruyó, sino también devolver a los pocos davenses que aún quedamos la vida que una vez conocimos.

Debemos sanar los árboles calcinados, volver a cultivar las cosechas que durante tanto tiempo nos dieron sustento y...

—dirigió entonces la mirada a sus tres guardabosques—, iniciar las pruebas de acceso para nuevos aspirantes a guardabosques del reino—.

Volvió la vista hacia el anciano—. Toda ayuda será bienvenida.

—Cuenta con ello.

Los guardabosques ofrecieron una respetuosa reverencia a Laub. Vett, tras un breve resoplido, también la hizo, aunque no sin cierta desgana.

—Aprendiz, acércate —pidió Álvar de repente, dirigiéndose a Verso.

Toda la sala volvió la mirada hacia ellos. Tras asegurarse de que era a él a quien el monarca se dirigía, Verso dio un paso al frente, llevando en brazos al pequeño Kaurin. El lenovense se colocó frente a Álvar, con la mirada alzada hacia los presentes. El rey apoyó ambas manos sobre sus hombros.

—Como bien sabéis, Lenov ha sido el reino más castigado por este conflicto —comenzó a decir el capitense—.

No solo ha sido reducido a ruinas y muerte, sino que además ha servido como asentamiento para las fuerzas de Grifford.

Ignoramos qué puede quedar allí... y qué peligros podrían persistir.

Por ello, será necesario organizar una incursión para explorar la zona y asegurarnos de que es seguro volver a habitarla.

—Cuenta conmigo —se ofreció Jedena desde el otro lado de la mesa, mirándolo de frente—. Eso parece una misión propia para mi escuadrón.