Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 61. Kaurin
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61. Kaurin

El cuerpo de Cincela se desplomó contra el suelo.

A medida que caía, la luz que cubría su piel comenzó a desvanecerse. Sus alas se deshicieron en el aire, reducidas a partículas que flotaron unos segundos antes de perderse entre las nubes. La luz que envolvía sus ojos parpadeó para luego apagarse para siempre.

Tan pronto su espalda tocó el suelo, la barrera de luz que protegía a la humanidad se deshizo como hielo que se derrite al sol. Cincela se quedó allí tendida, inmóvil, con los ojos abiertos mirando hacia el cielo.

Todo había acabado. El mundo, por fin, volvía a ser el que era.

Pudo apreciar como las nubes comenzaban a adquirir su esponjosidad. Pudo escuchar el susurro del viento arrastrando la grava bajo su cuerpo, la tierra cayendo por la ladera y… pisadas.

Pisadas apresuradas, torpes, desesperadas. Cargadas de urgencia. De miedo. De amor. Pisadas que corrían hacia ella como si quisieran llegar a tiempo y, por un instante, Cincela quiso creer que lo harían.

—¡Cincela! —dijo Verso al llegar, arrodillándose junto a ella y sosteniéndole una mano—. ¡Cincela! ¡Lo… lo has conseguido! Has acabado con Grifford. ¡Con un Dios! Has… ¡Has reescrito la profe…!

Verso calló cuando se percató del estado de la joven. Ella lo miraba con los ojos entrecerrados, débil… pero, aun así, pudo intuir su esfuerzo por sonreír.

—La profecía…

—¡Sí, sí, sí! ¡Ya está! ¡Se acabó! ¡La profecía es historia! —apretó su mano con suavidad—. Ya ha acabado todo, Cincela. Ya podemos… volver a casa.

Cincela, haciendo acopio de sus últimas fuerzas, llevó la mano hacia su blusa. La levantó poco a poco, revelándole al clérigo lo que ocultaba.

Bajo la tela, las venas negras se ramificaban por su abdomen, palpitando con fuerza.

Parecían a punto de estallar. El vientre lucía un tono terriblemente oscuro, como si alguien hubiese derramado tinta sobre él, concentrándose sobre todo en el centro de su ombligo, donde daba la impresión de latir algo que estaba deseoso de salir.

—Recuerda…—murmuró Cincela con una voz apenas perceptible—. Recuerda lo que me prometiste.

Verso llevó la mano hacia su cadera donde su faca clerical descansaba, silente, en su funda de cuero desgastado. Sus dedos acariciaron el mango con suavidad, mientras las palabras de Cincela (aquellas que una vez le dijo) irrumpieron en su mente:

“Cuando lo que se gesta en mí vea la luz... deberás acabar con él. Tú, Verso, eres el verdadero héroe de la humanidad”

El aprendiz sorbió con fuerza. Con la manga de su túnica se secó las lágrimas que aún danzaban en sus párpados. Tragó saliva, reuniendo el valor necesario para recomponer su voz.

—Pero… podemos hacerlo juntos, ¿verdad? —dijo, con la voz rota—. Cuando nazca, podemos encargarnos de él juntos. Como siempre hemos hecho.

Cincela desvió los ojos, huyendo de la mirada entristecida de Verso.

Suspiró.

—Yo… —esperó, buscando las palabras adecuadas—. No creo que salga de esta, Verso.

—No digas eso —sorbió, conteniendo la humedad de sus ojos—. No vuelvas a decir algo así. No vuelvas…

Un crujido seco, como el de un cascarón al eclosionar, interrumpió al clérigo.

Guiado por el sonido, su mirada descendió hacia el vientre de Cincela.

Las líneas negras que surcaban su piel comenzaron a ensancharse como raíces.

Su pecho subía y bajaba de forma errática a medida que su respiración se aceleraba, entrecortadamente.

—Gracias… por quedarte conmigo hasta el final, Verso —susurró—. Has permanecido a mi lado incluso convertida en un monstruo. Incluso cuando todos me señalaron y huyeron de mí —le dedicó media sonrisa—. Has sido el mejor consejero que una reina podría tener.

—Cincela, quédate…

—Ha sido un camino largo… —prosiguió ella—. He vivido cosas que nunca hubiese imaginado vivir… no en esta vida, al menos. Y si por algo puedo estarle agradecida a Grifford y a su pacto, es por haberte encontrado a ti, Verso.

—No… no cierres los ojos… no los cierres —suplicó—. Cincela, por favor…

Los surcos negros se dilataron aún más y de su interior comenzó a emanar un humo oscuro y espeso.

—Yo… he olvidado como ser yo mismo —prosiguió el aprendiz—. He olvidado quien era Verso antes de conocerte a ti. Tú… le das sentido a mi vida y yo…—no pudo contenerlo más y dejó escapar un sollozo—. Ya no sé vivir sin ti.

Los ojos de Cincela se llenaron de lágrimas, brillando bajo la luz moribunda de la luna. Sin borrar su sonrisa, desvió la mirada hacia el firmamento.

—Verso —murmuró—. ¿Puedes… mirar el cielo?

Verso frunció el ceño. Se secó las lágrimas que caían sin cesar, una vez más.

De rodillas, con las manos temblorosas, alzó la mirada al cielo.

El firmamento estaba cubierto por un manto de nubes grises arremolinadas unas con otras que, sin embargo, iban dejando espacio a la luna que, silenciosa, comenzaba a alzarse tras ellas.

—Está… feo —concluyó, volviéndose hacia Cincela—. No hay ninguna estrella, tan solo… —alzó su mirada un instante más, asegurándose de su respuesta—…nubes.

—Entonces…—susurró Cincela, sin abrir los ojos—. Recuérdalo así. Sin estrellas. Y así, todas las noches, cuando veas aparecer la primera, sabrás que soy yo mirándote desde allí arriba.

Verso no pudo más.

Agachó la cabeza y, otra vez, dejó fluir sus lágrimas. Estas descendieron sin pudor por su rostro, acariciando su piel antes de caer sobre el pecho de Cincela.

Se inclinó hacia ella, queriendo sellar su promesa con un beso. Pero en cuanto sus labios rozaron los suyos, ella ya no estaba. No sintió su aliento, ni su calidez, ni la respiración en su pecho. Su cuerpo seguía delante de él, pero su alma ya formaba parte de las estrellas.

Verso dejó caer la frente sobre ella y su llanto fue lo único que rompió el silencio del yermo desértico.

Hasta que de pronto un crujido seco resonó desde el vientre de Cincela. Las venas negras se ensancharon con violencia hasta abrirse por completo. Su cuerpo cedió y, poco a poco, fue descomponiéndose en partículas negras que se elevaron hacia el cielo como ceniza.

Verso cayó de bruces contra el suelo terroso cuando el cuerpo de Cincela se desvaneció por completo. La arena y las piedras se pegaron sobre la humedad que impregnaba su rostro.

El clérigo permaneció allí tendido, hasta que notó una presencia a su lado. Tembloroso, alzó la mirada en aquella dirección y ahí, justo a un palmo de él, lo vio.

Un bebé de afiladas escamas negras y ojos como ascuas. Pequeñas garras adornaban sus manos, una cola se movía sinuosamente de lado a lado y unos diminutos colmillos sobresalían de su labio superior.

Verso dio un respingo y, a gachas, se alejó de él. La faca cayó de su envoltura de cuero, rebotando en el suelo hasta que el filo llamó la atención de Verso con su brillo.

El aprendiz miró la hoja. Miró al pequeño Emisario. Volvió a mirar la hoja. Al Emisario.

Se retiró la tierra y las lágrimas de la cara con la manga.

Se acercó al arma, la recogió.

Se aproximó a su víctima.

Tragó saliva.

…Prométemelo…

Alzó la faca en alto y se mantuvo así durante unos segundos, asimilando lo que estaba a punto de hacer. No era un guerrero. Nunca había empuñado un arma con intención de herir, y mucho menos de matar. ¿Cómo iba a hacerlo ahora? ¿Cómo iba a asesinar a un recién nacido…? ¿Al hijo de Cincela…?

Sacudió su cabeza.

No es un bebé… es un monstruo, un monstruo, UN MONSTRUO.

El pequeño Emisario alzó sus ojos carmesíes y los clavó en los del aprendiz.

Verso le sostuvo la mirada. El filo de la faca castañeaba entre sus manos, delatando el miedo que sentía.

Y, entonces, el Emisario bostezó despreocupadamente.

Sin mostrar miedo. Sin entender lo que pendía sobre su efímera existencia.

Tengo que hacerlo… tengo que hacerlo…

Cerró los ojos con fuerza, como si la oscuridad que le brindaba pudiera protegerlo de la realidad. Como si así bastara para no sentir el filo desgarrando la carne.

Como si no verlo pudiera redimirlo.

Se lo prometí… le prometí que lo haría.

El cuchillo silbó al descender.

La hoja impactó contra el cuello del pequeño. Verso soltó la faca de inmediato, como si quemara. El arma cayó al suelo con un leve tintineo, rebotando junto al cuerpo inerte del pequeño Emisario, que se desplomó contra el suelo.

Verso no miró. No quiso ver lo que acababa de hacer.

Se dejó caer de rodillas y llevó las manos manchadas de tierra a los ojos mientras lloraba desconsoladamente.

De pronto, en medio del silencio, unos pasos metálicos y pesados se detuvieron tras el clérigo. Verso, visiblemente agitado, fue apartando lentamente las manos de su rostro. Forzó sus enrojecidos ojos tratando de distinguir quién estaba allí.

Álvar avanzó varios pasos más, rebasando al aprendiz sin pronunciar palabra.

Se detuvo frente al cuerpo del pequeño Emisario y lo contempló en silencio, asimilando la tragedia.

Se inclinó hacia el bebé y su larga melena albina cayó hacia delante como una cascada de espuma blanca.

Extendió sus poderosas zarpas para recoger al bebé de entre el barro y lo acunó entre sus brazos.

El Rey entonces dirigió la mirada hacia él y sus ojos se posaron sobre el rostro del niño, observándolo con detenimiento.

—¿Crees que he hecho lo correcto…?

Álvar desvió su mirada felina hacia el clérigo. A través de las lágrimas y del barro que cubrían su semblante, pudo apreciar aquel dolor tan crudo que sentía. Una tristeza propia de alguien que lo ha perdido todo.

—Has hecho lo que nadie más podría hacer.

El miedo volvió a apoderarse de su habla y Verso permaneció callado durante unos segundos más. Sabía que el asesinato era un acto duramente penado en Capital y Álvar, quien mantenía su semblante rígido y firme frente a él, no dudaría en tomar duras represalias.

—Lo sé… asesinar a un recién nacido es un crimen atroz majestad, pero yo… se lo prometí… yo, yo…

—Nos has salvado a todos, aprendiz.

El Rey, sin esperar respuesta, inclinó suavemente el brazo y le mostró el bebé. El pequeño yacía en calma, tranquilo. Las escamas negras que cubrían su cuerpo estaban agrietándose lentamente como un cascarón, dando paso a una delicada piel rosácea que comenzó a entreverse.

—¿Pero que…? Yo…

—Cualquiera de nosotros no hubiese dudado en matarlo —aclaró Álvar—. Pero tan solo un pequeño golpe bastaba para romper el cascarón de escamas.

Álvar fue retirando uno a uno los fragmentos de escamas negras que aún cubrían la piel del bebé. Verso observaba en silencio mientras las preguntas empezaban a ahogar su mente. La voz de Álvar volvió a sonar como si el monarca, de alguna manera, le hubiese leído el pensamiento.

—Cincela ha transferido la esencia de Gheva hacia el bebé antes de morir, eliminando así cualquier rastro de germinación en él.

¿Cincela…? ¿Ella… lo sabía? ¿Desde el principio?

¿Sabía que moriría? ¿Y que, antes de hacerlo, transferiría la esencia de Gheva al bebé? ¿Sabía que yo… que yo no podría matarlo? ¿Que alguien como yo sería el único capaz de darle el golpe con la fuerza justa para liberarlo? ¿Quizás por eso, aquel día, me obligó a hacer aquella promesa?

Álvar retiró el último fragmento de escamas. Miró al bebé y sonrió.

—Cin… Cincela…—balbuceó Verso con un evidente tembleque en su voz—. ¿Ella sabía todo esto?

Álvar miró a Verso sin abandonar la sonrisa que se dibujaba en su rostro.

—Eso jamás lo sabremos —aseguró—. Pero, sin duda alguna, ella creía en ti, y sabía que eras el único que podría liberar al niño.

Los ojos de Verso se humedecieron, pero no llegó a llorar. Ya no le quedaban lágrimas.

—¿Qué… debería hacer ahora? —preguntó con la voz entrecortada.

Álvar guardó silencio unos segundos, cavilando su respuesta con la mirada aún fija en el recién nacido. Sin decir palabra, llevó una mano al costado y rasgó un trozo de tela de sus propios ropajes. Con delicadeza, envolvió al bebé con ella, protegiéndolo del frío.

—Lo primero… —extendió sus brazos, los cuales sostenían al bebé por las axilas, acercándoselo a Verso—. Tendrás que ponerle un nombre.

Verso abrió los ojos por completo cuando el bebé apareció frente a él. Sonreía, mostrándole al aprendiz unas encías desnudas que lograron arrancarle una sonrisa. La primera en mucho tiempo.

El escaso cabello del niño se ondulaba pegado a su cabeza y su color dorado recordaba al de un amanecer de verano. Pero fueron sus ojos cristalinos los que realmente le llamaron la atención. Tan azules como el mar de Lenov, como el cielo que solía abrazarlo, como… los ojos de Cincela.

—¿Un… nombre? Pero yo no…

El aprendiz extendió sus manos y acunó al bebé. Aunque al principio le invadió una sensación de vértigo, luego le embriagó una reconfortante calidez.

—Estoy casi seguro de que Cincela habría querido que fueras tú quien lo cuidara —aseguró Álvar, posando la mirada en el aprendiz—. Quien lo educara y le mostrara nuestro mundo. Y, sinceramente —añadió con una leve sonrisa—, no creo que haya nadie mejor que tú para ello, Verso.

El clérigo, un poco más reconfortado, extendió un dedo hacia el bebé. El pequeño lo agarró de inmediato, cerrando su diminuta mano alrededor. Verso lo miró y, sin poder evitarlo, su sonrisa se ensanchó.

—Kaurin.

Álvar frunció el ceño.

—¿Es así como se llamará?

Verso asintió.

—Es celestial.

Álvar guardó silencio durante unos instantes, tratando de traducir aquella palabra. No pudo.

—¿Qué significa?

Verso apartó la mirada del bebé y la dirigió hacia el monarca, sin borrar la sonrisa amplia que aún iluminaba su rostro.

—El Eco de los Dioses.