Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 60. Yavan
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60. Yavan

La dureza de la montaña lo recibió.

El impacto lo hundió contra la roca desnuda y las astillas pétreas se le incrustaron en la espalda como agujas. Un alud de fragmentos se desprendió sobre él, sepultándolo parcialmente, como si la propia tierra quisiera devorarlo por atreverse a perturbarla.

¿Esa niña…? ¿Cómo ha alcanzado tanto poder?

Grifford supo, desde el día que llevó a cabo el pacto matrimonial, que germinar a la muchacha iba a ser arriesgado.

El feto que comenzaría a desarrollarse siempre intentaría proteger a su gestante, dotándola de capacidades que solo el Supremo poseía.

Habilidades propias de… Yavan. Pero, para entonces, Grifford ya sería un Emisario completamente gestado, en su fase más avanzada, y Cincela no podría hacer nada contra él.

Pero no estaba siendo así.

La muchacha no solo poseía poderes propios de Gheva sino que, además, lo estaba matando con demasiada facilidad. Casi sin querer.

Cincela alcanzó a Grifford y se plantó frente a él, que emergió a duras penas de la prisión de roca, con el cuerpo destrozado y la respiración entrecortada. La miró, encorvado, cubierto de sangre negruzca.

—Debes… estar muy orgullosa de ti misma —dijo, recomponiéndose—. Hacerme frente, aquí, ante todos… como si supieras lo que estás haciendo. Como si entendieras siquiera la magnitud de todo esto —dio un paso—. Mírate. Una mocosa nacida entre estiércol y paredes de barro, jugando a ser una Diosa.

Con los ojos entornados, Cincela desplegó sus alas. Se inclinó hacia adelante, enarcando su espalda, preparándose para cargar contra Grifford.

—He de admitir que no me esperaba este desenlace.

Se supone que mediante el pacto matrimonial fuiste contaminada con la esencia de Yavan…

así que ahora deberías ser… —levantó la mano lentamente, admirando sus propias garras—.

Uno de nosotros. ¿Tan poderosa es la voluntad de la Creadora que ha logrado purgar cada rastro de oscuridad que recorría tu cuerpo?

No…—negó con la cabeza—. Eso es imposible.

La esencia de un Dios no puede desaparecer sin más.

Una vez entra en un cuerpo… se queda para siempre —guardó silencio—.

¿Quizás no hicimos bien la germinación? ¿El cuchillo, el libro…

? No. Todo salió a la perfección —desvió la mirada, pensativo…

hasta que, de pronto, giró la cabeza bruscamente hacia Cincela—.

O quizás… —asintió varias veces a medida que su conclusión se le antojaba más convincente—.

Sí… Eso es. ¡Has trasladado la esencia de Yavan al hijo que estás gestando!

Y, liberada al fin de su presencia… te has despertado en la muchacha —su risa fue menguando poco a poco—.

Ingenioso. Torpe… pero ingenioso. ¿Cómo no me he dado cuenta antes?

Cincela no pudo contenerse más y cargó.

Una mano se cerró en torno al cuello de Grifford, inmovilizándolo. La otra se alzó, firme, a escasos centímetros de su rostro. Del antebrazo de Cincela brotó una hoja de luz que se extendió hacia delante hasta casi rozar la frente de su enemigo. Un milímetro más y… todo acabaría.

—¿No te das cuenta? Acabas de condenar a la humanidad.

Ante la contundencia de aquella afirmación, Cincela aflojó la presión que ejercía sobre el cuello de Grifford.

—Tú también lo sabes, ¿no? —prosiguió el Emisario—. Si tu parte Emisaria está en el cuerpo de ese niño, cuando nazca… no habrá ser que pueda derrotarlo. Tu ya no estarás para salvarlos y entonces la profecía se cumplirá, como siempre ha debido ser.

Grifford extendió el brazo y un torbellino de partículas negras comenzó a arremolinarse en su mano. Fueron tomando forma lentamente hasta convertirse en una espada.

Cincela abrió los ojos de par en par al reconocerla y retrocedió, liberando a Grifford de la sujeción.

Segadora. La espada del abuelo.

El Emisario dio un paso hacia ella. Cincela miró el arma dejándose arrullar por el remolino de sentimientos que le suscitaba tenerla nuevamente tan cerca.

El acantilado… el último entrenamiento del abuelo antes de que todo esto empezase…

—Adelante, tómala, es tuya.

Algo dentro de ella le animaba a arrancársela de las manos. Tomarla y empuñar el último regalo de su abuelo. Pero otra parte le advertía que debía ser una trampa. Alguien como Grifford no ofrecía nada sin esconder un propósito detrás.

¿O quizás sí?

—Yo ya he logrado mi cometido —prosiguió el Emisario con una calma inquietante—.

La humanidad morirá. No por mí… sino por el hijo de Yavan.

Hagas lo que hagas, Cincela, la profecía ya se ha cumplido —dio un paso más, acercándole la espada—.

Si lo único que te queda es matarme… adelante, cumple con tu propósito.

Cincela apagó los haces de luz que brotaban de sus muñecas.

El silencio cayó como un velo entre ellos.

Dudó.

Su respiración se volvió más lenta.

Extendió la mano hacia la espada.

Se detuvo.

Volvió a dudar.

Grifford acercó la espada un poco más. Lo justo para que el cuero del mango rozara sus dedos.

—Tómala.

El viento danzó entre sus cabellos.

La grava acarició sus pies.

Cincela cerró los dedos alrededor del mango de la espada.

Grifford sonrió.

El filo perforó la carne, atravesándole el pecho.

Sangre en forma de luz comenzó a derramarse por su coraza lumínica. Sus alas se deshicieron en miles de partículas de luz. Su cuerpo cedió lentamente, disolviéndose en humo blanco hasta borrar todo atisbo de su existencia.

Grifford sujetó el mango con ambas manos y hundió la totalidad de la hoja en el cuerpo de Cincela.

—¿De verdad me crees tan estúpido, querida? —espetó con una sonrisa venenosa—. Te mataré y de tus entrañas arrancaré al hijo de Yavan. Lo alzaré en mis brazos y juntos gobernaremos este mundo podri…

—¿De verdad me creías TU tan estúpida?

Grifford se giró, tembloroso. Sobre la roca detrás de él, de pie y con los brazos cruzados, Cincela lo observaba en silencio.

Confuso, desvió la mirada hacia el frente y vio cómo la Cincela que yacía bajo su espada comenzaba a deshacerse en partículas de luz, como si nunca hubiera estado allí.

—¿Pero que…?

Antes de que pudiera terminar la frase, Cincela alzó la mano desde lo alto de la roca. Un ejército de reflejos con su misma apariencia se alzó en el aire tras ella con una sola intención: destruir al Emisario.

Cincela entornó sus ojos.

—Muere.

Al unísono, los reflejos liberaron los haces de luz cortante desde sus brazos y se lanzaron contra el Emisario, trazando en el aire una aurora dorada.

La primera de ellas no la vio venir. Se lanzó sobre él sin contemplación, hundiendo su luz en uno de sus costados. Grifford contuvo el dolor, la atrapó por la cabeza y la estrelló contra el suelo deshaciéndola al instante en motas de luz.

La segunda descendió en espiral, como un torbellino. Le cercenó una de las alas con un tajo diagonal antes de remontar el vuelo. Pero Grifford, sin ceder al dolor, la atrapó por el tobillo en el aire y la azotó contra el suelo como un látigo, desvaneciéndola como si nunca hubiera existido.

Pero entonces, otra lo atacó.

Y otra.

Y otra más.

Una tras otra, las réplicas de Cincela arremetían sin descanso. Grifford las destruía con relativa facilidad, pero por cada reflejo que mataba, otra Cincela surgía de la nada.

—¿Esto es, niñata? ¿Esto es todo lo que tienes? —bramó Grifford, su voz temblando de cansancio.

Varios reflejos más cayeron sobre el Emisario como avispas furiosas que tratan de proteger su colmena.

Él logró deshacerse de sus atacantes, despedazándolas una a una… Pero, en medio del caos, una de ellas logró arrebatarle la espada de las manos.

Todo se detuvo.

Las copias se congelaron, como si el tiempo hubiese contenido el aliento.

Y entonces, una figura descendió de entre ellas.

Más brillante.

Más poderosa que todas las demás.

Cincela aterrizó frente a Grifford y los reflejos comenzaron a disolverse en haces de luz que volaron hacia ella, fundiéndose con su cuerpo.

El Emisario dio un paso atrás cuando se percató de que en la mano de la muchacha se estaba materializando Segadora .

Radiante.

Tenaz.

Lista para terminar lo que un día empezó.

—Has luchado bien —confesó Cincela caminando hacia él—. Pero aquí acaba.

Grifford rugió.

—¡NO TE LO VOY A PERMITIR, MOCOSA!

Desesperado, Grifford lanzó un torrente de sombras. Cincela levantó su mano desnuda. La oscuridad se detuvo frente a ella para luego disolverse como el tenue hilo de humo de una hoguera.

El Emisario retrocedió, tambaleante.

—No puedes... destruirme —gruñó, moribundo.

Cincela no respondió.

El suelo se agrietó bajo ellos y, de entre las fisuras, se formó un intrincado laberinto de surcos de luz. Con cada paso que daba Cincela, los ríos de luz respondían con un pálpito luminoso desde las profundidades.

Grifford rugió, desbordado por la rabia, y se lanzó hacia ella. De una mano brotó un torrente de fuego negro; de la otra, una lanza de oscuridad.

Cincela no se inmutó.

Cerró los ojos y alzó la mano lentamente, apuntándolo con un solo dedo.

El Emisario se congeló en el aire.

Con la otra mano, Cincela alzó a Segadora . Lo miró por última vez, paralizado en pleno vuelo.

—Gheva… ¿Puedes escucharme? —Cincela se detuvo en seco. Escuchar aquel nombre provenir de aquella voz infernal, la aturdió—. Sé que estás ahí, en algún lugar de la conciencia de esa joven. Sé que puedes escucharme.

Cincela lo miró sin alterar su semblante, concediéndole unos segundos más para que Grifford pronunciase aquellas últimas palabras que tanto parecía querer manifestar. La parálisis que lo oprimía comenzó a disiparse poco a poco, hasta que, liberado al fin, se desplomó frente a ella.

Grifford sacudió la cabeza.

—¿Realmente vas a hacerlo? ¿Matar a un igual? ¿A uno de los tuyos? ¿Has olvidado el Pacto? ¿Has olvidado las consecuencias? ¿Qué dirán en el Cenáculo?… ¿Qué dirá Padre?

Gheva, a través de Cincela, sostuvo con más fuerza la empuñadura de Segadora , obviando el juego mental que Yavan, a través de Grifford, pretendía urdir.

— No hay otra manera de calmar mi ira que arrancarte la vida —contestó una voz divina a través de Cincela—. Por todo lo que has hecho… y por todo lo que pretendías hacer.

—¡Pero jamás matarte!… jamás matar a un igual. —Grifford levantó la cabeza, mostrando las heridas que surcaban su rostro y apuntando a Cincela con el cuerno quebrado—. Padre te exiliará. Te expulsará del Cenáculo y te condenará a vagar por el cosmos eternamente. ¿Has… pensado siquiera en ello?

Gheva vaciló.

—Padre nos creó a todos con un fin determinado —prosiguió Yavan al percatarse de que sus palabras parecían ahondar en Gheva—.

Creó a Myndar, portador de la sabiduría.

Creó a Krossus, vigía del tiempo. Aivor, custodio de los cielos; Saelyne, Urvath, Alyetreon…

todos ellos dieron forma a sus propias obras, a sus propios mundos.

Pero eran mundos vacíos, Gheva. Insulsos.

Creaciones destinadas a existir sin ningún otro propósito más que el de ser.

Por eso, Padre decidió infundirles vida y fue entonces cuando naciste tú.

Gheva, su creación más ambiciosa, la diosa destinada a otorgar alma a los mundos que carecían de ella.

Yavan empezó a incorporarse lentamente. Las heridas se desgarraron un poco más, pero siguió hasta quedar ligeramente encorvado, a la altura de Gheva.

—Pero, como todo en el cosmos, el equilibrio es necesario para que la existencia pueda mantenerse en armonía —continuó Yavan, a través de Grifford—.

Por eso me creó a mí. Así como tú otorgas vida, yo concedo la muerte.

Y en esa dualidad es donde existe el equilibrio.

Somos opuestos, Gheva… pero complementarios.

Dos partes de un mismo todo. Padre nos creó para coexistir, para preservar la armonía en los mundos que engendrásemos.

¿Lo comprendes ahora? Si yo muero, el ciclo se romperá.

Si acabas conmigo, la historia no hará más que repetirse… una y otra vez. ¿Es eso lo que quieres?

Segadora atravesó el cuerpo de Grifford.

—Que así sea pues.

Grifford cayó de rodillas. Trató de arrancarse la espada de entre su cuerpo, pero el filo dorado le quemaba al tocarlo. No podía hacer más que contemplar como su cuerpo se desvanecía poco a poco ante él, sin poder hacer nada por remediarlo.

Alzó la vista una última vez. Sus ojos carmesíes se clavaron en ella.

En aquella que lo había borrado de la historia del mundo.

Aquella que lo miraba de pie, firme, con ese desdén altivo e imperial… el mismo que tenía Gheva.

Aquella que había logrado lo imposible: reescribir la profecía.

—Esto... es solo el principio...

Con un postrero destello de luz, los últimos vestigios de Grifford ascendieron, arrastrados por el viento, hacia la vastedad del firmamento. Condenado a vagar por la infinidad del cosmos hasta que el tiempo borrase su recuerdo y su nombre no volviese a ser pronunciado jamás.