Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 59. Gheva #2
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59. Gheva #2

Luego, alzó el otro brazo, y las estrellas adoptaron la misma forma allí también.

Al alcanzar la altura deseada, Cincela descendió en picado, tan veloz que ni la más leve brizna de hierba osó moverse.

Se detuvo a un palmo del suelo y continuó su vuelo hacia Grifford en forma de destello de luz, zigzagueando entre sus vástagos, segándoles la vida a su paso.

Cuando Grifford quiso darse cuenta, Cincela ya estaba frente a él.

Sus ojos cristalinos se clavaron en los suyos por un instante, antes de que su mano se posara sobre su rostro, atrapándolo.

Sin previo aviso, alzó el vuelo llevándoselo consigo lejos, envueltos ambos en la luz que irradiaba el cuerpo de la lenovense.

Tan poderoso era el vuelo de Cincela que la presión del aire lo inmovilizó, obligándolo a permanecer bajo el yugo de su voluntad. Y, sin embargo, ella avanzaba como una más con el viento.

Cruzó el cielo sin detenerse, atravesó las nubes y rompió la atmósfera al sobrepasarla.

Grifford, impotente, fue arrastrado a través del vacío cósmico, envuelto en su silencio absoluto, hasta que pudo divisar una hermosa luna llena frente a él.

Fue entonces cuando, con un último impulso, Cincela lo estampó con violencia contra el suelo selenita, haciendo temblar la propia roca bajo sus pies.

Desde tierra, los comandantes alzaron la mirada, incrédulos, siguiendo con sus ojos la estela dorada que Cincela había dejado al perderse entre las estrellas. El mundo volvió a sumirse en tinieblas cuando la luz que irradiaba el cuerpo de la lenovense se desvaneció en lo alto del firmamento.

—E-e-esa chica… ¿es la hija del Capitán? —aventuró Kerin.

Jedena desvió la mirada hacia el comandante de cabello azulado, que la observaba en silencio, aguardando una respuesta que ni ella misma tenía. Volvió a alzar los ojos al cielo, aún incapaz de comprender del todo lo que ocurría. ¿Era realmente aquella chica la hija del Capitán o, tal vez…?

—No sabría…

—Es ella; Cincela.

Todos se giraron hacia la repentina voz.

Álvar avanzaba junto a Verso y Kayli, cuya pequeña mano sostenía con delicadeza.

Tras ellos, Ilma e Yskar les seguían de cerca, flanqueados por Horos y Naila, que no se apartaban del lado de la davense.

Aun bajo sus formas de Guardianes, los allí presentes los reconocieron al instante.

¿Es… Álvar?

Ha vuelto de entre los muertos.

Álvar avanzó hacia Jedena. Ella le sostuvo la mirada. Quería llorar, decirle cuánto había sufrido su ausencia, cuánto le quería; la de veces que había recordado la calidez de su presencia, sus consejos, de volver a compartir anécdotas, recuerdos...

Pero quizás ese no era el momento. Reprimió el impulso de correr a sus brazos, temiendo dar una imagen de fragilidad justo cuando el mundo necesitaba ver en ella a la Jedena firme y regia que les guiase en la batalla.

—Álvar, yo…—le miró y los ojos felinos de su hermano, casi ocultos entre los mechones albinos de su cabellera, le devolvieron la mirada—. Me alegro de tenerte de vue…

Álvar se lanzó hacia ella, rodeándola con sus brazos.

Jedena dejó que sus lágrimas rodaran libres a través de sus mejillas.

Permanecieron fundidos en aquel abrazo silencioso durante unos segundos antes de separarse.

Álvar alzó la mano con suavidad y, con el pulgar, secó las lágrimas que humedecían la mirada de su hermana.

—Hay mucho de lo que hablar y mucho que explicar, pero no ahora. No aquí —dijo, solemne—. Cincela se enfrenta a un enemigo difícil y puede que necesite nuestra ayuda, por ese motivo…

El cuerpo de Grifford, de súbito, aterrizó desde el cielo en medio del círculo que formaban los humanos, estrellándose con tal fuerza que la tierra se alzó en un risco de estalagmitas de pura roca a su alrededor. Todos se giraron hacia él, atónitos.

Las escamas que cubrían su piel se agrietaban como tierra reseca. Una de sus astas había sido arrancada de raíz y las membranas de sus alas oscuras estaban perforadas. Su cuerpo trató de regenerarse, pero fue en vano. Ya no respondía.

Pocos segundos después, Cincela aterrizó sobre el cuerpo de Grifford, aplastándole el tórax. Una lluvia de escamas se precipitó sobre los presentes con el impacto, obligándoles a cubrirse el rostro con los brazos.

Cincela se inclinó y, con una mano, presionó el cráneo de Grifford contra el suelo.

Una vez lo tuvo bien sujeto, alzó el vuelo a ras de la tierra, arrastrándolo con ella.

La cabeza del Emisario permaneció hundida mientras surcaban el yermo, dejando tras de sí una profunda zanja en la tierra.

Cuando consideró que había recorrido suficiente distancia, se detuvo y arrojó el cuerpo escamado contra la montaña.

Grifford se quedó clavado en la roca, quedando sepultado entre escombros y polvo.

Cincela caminó hacia él.

Tranquila.

Serena.

Grifford jadeaba, débil.

Cincela no alteró ni un ápice su semblante.

Ya había jugado bastante con él, tal y como prometió hacer. Quería causarle el dolor justo para verlo agonizar hasta morir.

Tal y como él hizo con Azhna.

Tal y como sufrió Dina.

Y así como había hecho con Ramis momentos antes.

Pero ya no aguantaría mucho más y era hora de asestarle el golpe que acabaría con él para siempre.