59. Gheva
Verso descendió por la fachada del castillo, ayudándose de los escombros y sillares que aún sobresalían entre las grietas. Bajaba con cautela, midiendo cada paso, hasta que por fin alcanzó tierra firme.
Sin perder un instante, corrió todo lo que sus enclenques piernas le permitieron por el camino principal, atravesando el interior del reino hasta llegar a la gran puerta negra que lo separaba del exterior.
La cruzó y la desolación lo recibió.
La humanidad se ocultaba tras cualquier saliente, roca o estructura que ofreciera algo de amparo. Estaban débiles, algunos apenas conscientes, otros al borde de la muerte.
Alzó la vista.
A su derecha, en lo alto de la montaña, pudo vislumbrar el resplandor de una llamarada negra. Pudo ver también líneas coloridas que zigzagueaban como proyectiles de luz e impactaban contra… ¿Álvar?
Siguió caminando hacia el corazón del páramo, donde dos figuras se alzaban una frente a la otra.
Una, de escamas oscuras, tenía sus alas sombrías extendidas como las velas de un barco.
La otra, una figura femenina bañada en luz, envuelta en una armadura deslumbrante, permanecía firme ante él.
Seis alas inmensas se agitaban a su espalda y cada vez que las batía, la tierra a su alrededor florecía.
¿Cincela?
El aprendiz continuó su avance hacia el centro del yermo, donde parecía que nadie más se atrevía a ir.
—¡ Pssht! Aquí.
Verso se detuvo. Buscó aquella voz hasta encontrar, entre las ramas de un abeto, la niña de cabellos bermellón que allí se ocultaba, flanqueada por las panteras atigradas de Ilma, quienes la protegían.
Sin pensarlo dos veces, Verso corrió hacia ella y se agazapó a su lado.
—¡Kayli! —exclamó, abrazándola con fuerza y apoyando la cabeza contra su pecho—. ¿Estás bien? ¿Qué haces aquí sola?
La niña alzó su pequeño dedo y, apartando suavemente las hojas, señaló a las deidades que se enfrentaban en el corazón del páramo.
—Es peligroso.
Verso, oculto entre las ramas del matorral, dirigió su mirada hacia donde ella señalaba.
—No te muevas de aquí o morirás —advirtió la niña, ocultando la cabeza bajo su caperuza grisácea—. Quédate… quédate aquí conmigo.
Verso volvió la mirada hacia el yermo. Cincela se alzaba frente a Grifford. Aquella joven que alguna vez soñó con capitanear Lenov, ahora se enfrentaba al mismísimo origen de todo mal.
Sola.
Vive, Cincela… vive un día más.
—Justo a tiempo, querida —gruñó Grifford, mientras un velo de sombra cubría sus ojos—.
El día ha llegado… el día en que lucharemos, una vez más, por el destino de este mundo.
¿Aún crees que vale la pena salvarlo? ¿Arriesgarlo todo por ellos?
—dirigió una mirada desdeñosa hacia los salientes rocosos donde la humanidad se escondía—.
Dime, Cincela… ¿pretendes detener aquello que ya está escrito?
No dio un paso atrás. Cincela lo enfrentó con la mirada firme, sostenida por una sed de venganza que el miedo que Grifford trataba de imponer no podía amedrentar.
—No pretendo detenerlo, sino reescribirlo.
Grifford soltó una sonora carcajada.
—Que atrevida —se tomó unos segundos para calmar su aparente felicidad—. Aunque el tiempo haya pasado, sigues siendo aquella cría que pretendía ser Capitana. La que jugaba con espadas de madera y soñaba con ser la próxima heroína de Lenov.
Los ojos de Cincela brillaron con una luz más intensa.
—Esa niña murió el día que destruiste todo lo que amaba. Y hoy… esa misma niña te hará sentir un pequeño ápice del dolor que le has causado.
Grifford entornó los ojos.
—Que así sea, entonces.
El Emisario dirigió las manos hacia el suelo. La luz bajo sus escamas comenzó a palpitar, emitiendo destellos púrpuras de forma intermitente. Desde la tierra surgieron raíces negras y retorcidas que reptaron como serpientes hambrientas hacia la lenovense.
Cuando estuvieron a punto de alcanzarla, Cincela alzó la mano lentamente.
A su alrededor, una lluvia de pétalos blancos flotó en el aire y descendieron en espiral hacia las raíces.
Los pétalos se adhirieron a ellas, envolviéndolas por completo, hasta que lo único que quedó fue un manto blanco que cubrió el suelo.
Grifford apretó su mandíbula. Sabía que la muchacha se había vuelto poderosa pero, ¿hasta el punto de detener su ataque con tanta facilidad?
Sin embargo, no podía permitirse dudar. No ahora. Debía seguir atacando. Debía matarla.
Con una poderosa batida de sus alas sombrías, el Emisario se impulsó en el aire dejando tras de sí una explosión de tinieblas.
Desde las alturas, cerró una mano y la bruma circundante se arremolinó a su alrededor, materializándose en un sinfín de lanzas de obsidiana que orbitaban su silueta.
Extendió su brazo y las agujas descendieron como gotas de lluvia sobre Cincela.
Ella no se movió.
Alzó la mano, sin alterar su expresión, y las lanzas se disolvieron, transformándose en titilantes estrellas que flotaron un segundo en el aire hasta caer e iluminar el suelo desértico.
Grifford descendió con violencia, impactando contra el suelo con tal fuerza que la tierra se agrietó bajo sus pies.
—He de reconocer que te has vuelto muy poderosa —admitió, cerrando sus alas—. Pero, ¿podrás protegerlos a todos? ¿Incluso a los que ya han empezado a morir?
Grifford abrió sus fauces y de su garganta brotó un chirrido agónico que desgarró el aire. La roca se quebró, el suelo se agrietó y los árboles, peñascos y cada rincón que la humanidad había usado como refugio, sucumbieron al alarido, evaporándose como niebla.
Los comandantes, brevodianos, kyanos, no-nacidos y davenses que aún sobrevivían retrocedieron instintivamente, buscando refugio donde ya no lo había. El desértico páramo, ahora desnudo, no ofrecía cobijo alguno.
Cincela cerró los ojos y juntó ambas manos a la altura de su pecho.
Syn ikleirum safarí aeternitum
Syn yesturá imbaren seferum
El eco de su voz se propagó por el campo de batalla.
A medida que recitaba aquellas palabras, detrás de ella comenzaron a emerger partículas de luz que, poco a poco, fueron adquiriendo formas humanoides.
Siluetas hechas enteramente de luz, ocultas bajo amplias caperuzas blancas, cada una portando un antiguo tomo entre sus manos.
Sus profundas voces varoniles también resonaron en la vastedad del yermo, coreando en perfecta sincronía cada palabra que Cincela recitaba.
El contraste era sobrecogedor. La voz aterciopelada de Cincela se entrelazaba con el ejército de voces graves y resonantes de aquellos entes creando una sinfonía perfecta y armoniosa.
De pronto, tras los entes lumínicos, se alzó un muro translúcido de luz que separó a la humanidad del alcance de Grifford.
El Emisario, irritado, lanzó un nuevo alarido.
Su rugido logró mecer los cabellos platinos de Cincela y agitar la delicada tela que caía desde su cintura, pero las barreras de luz permanecieron intactas. Inquebrantables. Inmutables.
Grifford se irguió, furioso.
Cincela detuvo su cántico y, sin apartar la mirada de Grifford, alzó una mano.
El cielo se abrió en espiral y del firmamento, atravesando las nubes, descendieron tres enormes prismas de cristal unidos entre sí por pesadas cadenas de oro.
Permanecieron suspendidos durante un breve instante para, seguidamente, caer sin piedad y sepultar a los tres Espectros que se enfrentaban a los monarcas sobre la cima de la montaña.
Ilma, Yskar y Álvar cayeron de bruces contra el suelo, extenuados. El Rey de Capital, aún postrado al borde de la cima, contempló atónito lo que ocurría al pie de la ladera.
Grifford no iba a tolerar que aquella estúpida niña le dejase en evidencia. Que le arrebatase el sueño que durante tantos años había construido. Que tantos sacrificios le había acarreado.
No lo iba a consentir.
Comenzó a contraerse y a retorcerse, llevándose los brazos al abdomen, como si algo en su interior lo desgarrara.
Las arcadas le sacudieron el cuerpo sin control.
Abrió la boca todo lo que pudo y comenzó a regurgitar un vómito negro y viscoso que se desparramó por el suelo, extendiéndose en un charco que lo devoró todo a su paso.
—Lo escrito no puede ser reescrito —declaró con hilos de saliva negruzca pendiendo de sus labios—. Todo, tarde o temprano, sucumbirá.
El charco de pasta negruzca que se extendía frente a él comenzó a burbujear.
De sus profundidades emergieron siete sombras envueltas en aquella sustancia nauseabunda.
Cada una encarnaba un aspecto distinto de la maldad de Yavan: la duda, el olvido, la enfermedad, la traición, el dolor, la desesperanza y el rencor.
Cada sombra alzó sus manos hacia Cincela y se prepararon para atacar.
El aspecto de la Duda proyecto voces en la mente de la lenovense que susurraban los augurios de su derrota, de un mundo condenado y de su fracaso inevitable como protectora de los suyos.
El Olvido borró el terreno bajo sus pies y deformó la realidad que ella percibía.
La Enfermedad invocó una plaga de insectos carroñeros que se lanzaron a devorar su carne.
La Traición adoptó la forma de Azhna, corrompido por la oscuridad, y alzó su espada contra ella.
El Dolor gritó con una voz desgarradora, lanzando cadenas de eslabones negros que buscaban aprisionarla.
La Desesperanza convocó un ejército de púas sombrías a su alrededor, dispuestas a clavarse en el alma de la joven.
Y el Rencor proyectó un haz de luz oscura que alteró su percepción del tiempo, ralentizando todo a su alrededor.
Cincela se alzó con una única batida de alas, surcando el cielo y dejando tras de sí una estela dorada y un rastro de impecables plumas blancas. Al alcanzar la altura deseada, quedó suspendida en el aire, inmóvil, y entonces alzó una mano al firmamento.
Las nubes se abrieron en espiral una vez más, y del corazón del cielo descendió un remolino de estrellas que se precipitaron hacia su brazo, envolviéndolo en un torbellino de luz. Las estrellas giraron con violencia hasta adoptar una forma puntiaguda, afilada y cortante.