58. Cincela
Era difícil de explicar.
Era como si, de pronto, su cuerpo albergase un poder mucho más fuerte que cualquier otro que hubiese conocido. Más poderoso que cualquier Hiniur o comandante, más que el de un Bendecido o Emisario. Este debía ser, por tanto, el poder de un Dios.
De alguna manera, sentía que la luz que recorría su cuerpo le otorgaba la capacidad de crear. Sabía que podía dar forma a cuanto deseara: valles, ríos, montañas… todo, con tan solo pensarlo.
Era una sensación extraña y, a su vez, reconfortante. Pero no había tiempo para perderse en las posibilidades de aquel don, ni para cuestionar su origen. No mientras ese ser estuviera frente a ella. No mientras Yavan siguiera con vida.
Las dos divinidades cruzaron miradas sin pronunciar palabra.
Durante aquellos breves segundos, lo único que se oía era el resoplar del viento, mientras las nubes de bruma se dispersaban lentamente hasta desvanecerse por completo.
Grifford apenas podía mirarla. La luz que emanaba de Cincela lo cegaba, como si el mismísimo sol hubiese descendido del firmamento y estuviese ahí, plantado justo frente a él.
Aunque vestía con los harapos de una ciudadana común (una blusa desgarrada y unas bermudas descoloridas), la expresión en su rostro no era la de aquella muchacha que una vez conoció en Lenov. Había algo… diferente en ella.
—Cuánto has crecido, niña —se atrevió a decir Grifford, rompiendo la insoportable quietud—. Al fin nos conocemos.
Cincela no respondió.
—Y… cuéntame, ¿cómo va la gestación? ¿Te está dando muchos problemas el hijo de Yavan que crece dentro de ti?
Silencio.
Grifford suspiró al ver que no provocaba la reacción que pretendía.
—Ya veo… no debes estar muy contenta —añadió, saboreando cada palabra—. El mundo está muriendo, tu reino está devastado…
Cincela no se movía. Seguía mirándolo, imperturbable.
—No me lo digas… ¿Es por aquel pequeño incidente con tus abuelos? —continuó, venenoso—. ¿Por Azhna, quizás? —hizo una pausa, y entonces giró lentamente la cabeza hacia el cuerpo ensangrentado de Ramis—. ¿Por él?
Cincela desvió lentamente la mirada. Cerca de ella, atrapado bajo los escombros, vio el cuerpo de su padre.
Apenas respiraba. Una profunda herida le atravesaba el pecho. Cada latido podía ser el último y la vida parecía escapársele como arena entre los dedos. Estaba al borde de la muerte.
Cincela, ignorando la presencia del Emisario, caminó hacia Ramis. Lenta, pero decidida.
Bajo sus pies descalzos brotaba hierba fresca y flores silvestres con cada paso que daba. Su cabello danzaba sobre su rostro, emitiendo pequeños destellos de luz allí donde golpeaba. Bajo los sucios harapos, su piel resplandecía con la pureza del alba, bañando el entorno con tonos dorados.
Al llegar junto a él, Cincela contrajo su expresión.
Ver a su padre en aquel estado la rompió por dentro.
Sí, era verdad, habían tenido sus diferencias.
Habían discutido. Muchas veces. Él había estado toda su vida combatiendo a Hiniur.
Siempre tras las murallas. Siempre lejos de casa. Lejos de ella.
Y sí, habría dado todo por haber vivido más cosas a su lado. Por haberlo tenido más cerca. Por una conversación como la que el resto de los niños lenovenses tenían con sus padres. Poder abrazarlo sin motivo o decirle lo mucho que le quería sin sentirse intimidada por hacerlo.
Pero la verdad era que siempre lo había querido. Incluso con sus errores. Incluso en la distancia. Incluso en el silencio.
Porque era su padre. Y eso era suficiente.
—Cincela… hija mía —llamó Ramis en un susurro—. Protege al resto. Yo…
La repentina tos de Ramis la devolvió a la realidad. Con cada espasmo, la sangre brotaba de su boca, manchándole la piel y dibujando líneas doradas bajo su mandíbula.
Cincela bajó la vista hacia su padre y él, tendido entre las rocas, la miró con lo poco que le quedaba de fuerza. A pesar del resplandor que envolvía su cuerpo, del largo cabello de luz que ondeaba tras ella y de aquellos iris lumínicos, Ramis aún pudo reconocerla.
Por un momento, pudo ver a la niña inocente que alguna vez fue, corriendo por la explanada frente al granero, riendo al viento.
La imaginó con un palo en la mano, alzándolo como una espada y proclamándose la futura Capitana de Lenov.
La recordó tumbada a su lado, bajo el cielo estrellado de verano, haciendo preguntas que a veces ni él sabía responder.
Y entonces entendió que, aquella niña que tanto añoraba nunca se había ido.
—Qué escena más enternecedora —dijo Grifford desde la distancia, ladeando el labio—.
Padre e hija, por fin reunidos... después de todo lo que habéis sufrido desde que todo esto comenzó —suspiró, con fingida empatía—.
Pero, lamentablemente, no puedo seguir perdiendo el tiempo con este drama familiar.
La humanidad debe morir hoy—. Hizo una pausa—.
Me encantaría quedarme a hablar de nuestras aventuras y desventuras, ahora que estamos todos reunidos, pero...
incluso mi paciencia tiene un límite— Segadora flotó en el aire, girando lentamente a su alrededor—.
Aquí comienza la nueva era del mundo —la hoja dejó de girar, quedando suspendida horizontalmente, con la punta dirigida directamente hacia los lenovenses—. La era del Cataclismo.
De pronto, Segadora surcó el aire a una velocidad imperceptible para el ojo humano. La hoja giró violentamente, como un torbellino dorado, hasta que el impacto contra la carne la detuvo en seco.
Cincela no tuvo tiempo de reaccionar.
Solo pudo quedarse allí quieta mientras la espada de su abuelo se clavaba en el corazón de su padre. Bajó la mirada contemplando como la piel de Ramis se deshacía en motas de polvo y la oscuridad comenzaba a devorarlo.
—He sido un completo egoísta —susurró la voz de Ramis casi inaudible.
Lo que quedaba de su armadura comenzó a resquebrajarse. Bajo el acero, Cincela vio que la piel casi había desaparecido. La parte superior del torso aún retenía algo de carne, pero las piernas… no eran más que puro hueso.
Se inclinó hacia él, desesperada, y extendió las manos sobre sus rodillas, como si así pudiera frenar el avance de las partículas que seguían consumiéndolo.
—Todo este tiempo… solo he pensado en mí —susurró Ramis, apenas logrando abrir sus ojos—.
Desde que tu madre murió, solo supe esconderme tras el deber…
luchar era la única forma que tenía de no sentir su falta—.
Un trozo de piel se desprendió de su rostro, dejando al descubierto la carne viva—.
Y entonces… Grifford habló de la prosperidad del reino, de encontrar a una reina digna y del pacto matrimonial.
Y fue ahí que entendí que habías crecido…
sola. Sin mí —el músculo de su mandíbula comenzó a ceder, deshaciéndose—.
Quise remediarlo. Quise estar ahí. Pero llegué tarde —la mitad de su rostro tenía el cráneo al descubierto—.
Perdóname… por no ser el padre que merecías.
Por no estar… cuando más me necesitabas.
Las lágrimas nublaron la mirada de Cincela. Resbalaron por su semblante, precipitándose sobre el pecho de su padre, que yacía en el suelo con una débil sonrisa, mientras las partículas seguían deshaciendo lentamente lo que quedaba de él.
Ramis alzó su dedo esquelético y atrapó una lágrima que estaba a punto de caer de los ojos de su hija.
—Quisiera poder volver atrás —prosiguió, con la voz cada vez más débil—.
Cuando los abuelos, tu madre, tú y yo nos tumbábamos frente al granero, bajo el cielo abierto, respirando la brisa del mar —parpadeó y sus ojos se llenaron de lágrimas—.
¿Te he dicho alguna vez que me encanta cuando me llamas “papá”?
—sonrió débilmente—. Desde que comencé a ausentarme…
dejaste de llamarme así y empezaste a usar “padre”—hizo una pausa—. Sonaba tan distante…
El llanto quebró la voz de Cincela impidiéndole pronunciar palabra alguna.
—Estoy orgulloso de ti, hija mía.
Incapaz de reprimirse más, Cincela les dio a sus lágrimas la libertad que tanto pedían y resbalaron incesantes a través de su piel.
No las podía controlar. Apartó la mirada tratando de contenerlas, pero le fue imposible.
Sus ojos perlados se fijaron en él, justo cuando un nuevo hilo de sangre se deslizó por su boca, manchando los últimos restos de su coraza.
—No… me queda tiempo, Cincela —murmuró—. Y no quiero partir… sin antes decirte lo que nunca me atreví a decirte.
Las partículas comenzaron a cubrirle el rostro, borrándolo lentamente de la vista de su hija. Pero antes de que la última brizna de su ser se deshiciera en el aire, antes de que su existencia se convirtiera en un mero recuerdo, Cincela, aun sin verlo, pudo escuchar sus últimas palabras.
Te quiero.
Cincela extendió su mano para sostener la de su padre por última vez. Pero solo alcanzó las últimas partículas negras que danzaron entre sus dedos antes de elevarse y perderse con el viento.
Las lágrimas seguían resbalando por su rostro, cayendo sobre el suelo donde, instantes antes, había estado el cuerpo de su padre.
Las emociones comenzaron a agolparse bajo su pecho como el vaivén de las olas del mar.
Al principio se sentían suaves, delicadas, pero pronto, esas mismas olas comenzaron a volverse más feroces.
Más violentas. El dolor y el anhelo comenzaron a disiparse, ahogados por un oleaje cada vez más frenético.
Más embravecido.
Más salvaje.
Una ira abrasadora, como jamás antes había sentido, comenzó a incendiarlo todo dentro de ella.
Quería venganza.
Y no descansaría hasta erradicar al ser que le había causado tanto dolor.
Matarlo no sería suficiente.
Quería verlo sufrir.
Quería verlo arder.
Quería verlo suplicar por su vida.
Cincela se levantó del suelo. Llevó una mano a su frente, justo por encima de los ojos, y descendió la palma a lo largo de su rostro. A su paso, un rastro de luz comenzó a dar forma a un yelmo dorado, opaco y afilado, que cubrió la mitad de su semblante.
La luz siguió descendiendo por su cuerpo, envolviéndola por completo.
Sobre los harapos sucios, el resplandor dio forma a una armadura imponente, de un brillo tan intenso que la oscuridad a su alrededor se desvaneció al instante.
Las hombreras se alzaban hacia el cielo en forma de alas extendidas.
La coraza presentaba vetas doradas que recorrían el pecho, rematado con filigranas de oro.
De su cintura caía una tela blanquecina, fina como la seda, que se precipitaba hasta el suelo y se agitaba con el viento al compás.
Cincela comenzó a avanzar hacia Grifford.
A su alrededor, la vida comenzó a despertar.
Ya no eran solo pequeños fragmentos de hierba lo que brotaba a su paso sino bosques enteros, ríos de caudalosas aguas, montañas coronadas por cascadas cristalinas… era como si el mundo, de pronto, hubiese recordado cómo respirar.
Y mientras el canto de los ruiseñores volvía a resonar en la lejanía y el rocío bañaba los pétalos de las hojas, la coraza comenzó a iluminarse desde dentro.
El resplandor fue aumentando hasta que, de pronto, unas grietas de luz se extendieron por su espalda dando paso a seis alas que, al desplegarse en su totalidad, cubrieron por completo con su sombra la figura de Grifford, hasta envolverlo en oscuridad.
El Emisario respondió abriendo las suyas, dejando al descubierto los surcos violáceos que latían de forma errática sobre sus membranas. Mostró sus garras, se inclinó hacia delante y apuntó con sus astas retorcidas directamente hacia Cincela.
La última batalla por la humanidad acababa de empezar.