Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 57. Zékiel
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57. Zékiel

—¿Qué me dices?

Las pupilas color malva del Emisario se mantuvieron fijas en Zékiel, esperando una respuesta. Sus garras sostuvieron con más ahínco el mango de Segadora , preparándose por si el comandante daba la respuesta que no debía.

Zékiel observó el lugar donde momentos antes había estado Tayim. Su asesino no había sido otro que aquel al que había llamado padre y, sin titubear lo más mínimo, le había arrebatado la vida sin mostrar piedad alguna.

¿Aquel capaz de matar a los suyos a sangre fría le estaba pidiendo unirse a él?

¿El mismo que había arrasado con la mitad de la humanidad?

¿El asesino de Tretton?

Zékiel se acuclilló en respuesta y, sin darle tiempo a reaccionar, se impulsó varios metros en el aire de un salto. Cuando alcanzó el pico más alto, de su espalda emergieron cuatro alas hechas de pura sombra, pero cuyo interior brillaba con el mismo tono amarillento que sus pupilas.

Se lanzó en picado, surcando el aire como una flecha, directo hacia Grifford. El antiguo monarca de Lenov esbozó una sonrisa y alzó los brazos, empuñando a Segadora en alto.

—Respuesta incorrecta.

Zékiel fintó en el aire instantes antes del impacto, esquivando el filo que buscaba su vida.

Aterrizó tras la espalda de Grifford. Este se giró al instante, blandiendo su arma al frente, pero Zékiel le atrapó por las muñecas, deteniendo el golpe antes de que Segadora pudiera hundirse en su carne.

Las miradas de ambos Emisarios se encontraron por encima del acero, enfrentándose por inclinar la espada hacia el otro.

El forcejeo se prolongó unos segundos más, hasta que Zékiel impuso su fuerza. De un tirón, desencajó el hueso de la muñeca que sujetaba la espada, desarmando así a Grifford. Sostuvo la mano arrancada con la suya, blandiendo a Segadora y apoyándola contra el cuello de su adversario.

Derrotado, el Emisario cayó de rodillas, sin ofrecer resistencia, mientras una nueva mano de prolongadas garras negras comenzaba a brotar de la carne.

—Zékiel… hijo mío…—empezó a decir cuando gozó de ambas manos de nuevo, alzándolas temblorosas a modo de rendición—. Debes comprenderlo… Tú y yo…

—Me has mentido —la voz distorsionada de Zékiel se impuso a la de Grifford mientras le miraba desde arriba—. No has sabido darme un combate digno.

—Debes escucharme, Zékiel… —respondió el Emisario, abatido—.

Piensa lo que vas a hacer. Cuando nazca el Eco de los Dioses a través de la hija del Capitán, nosotros podremos gobernar este mundo.

Podremos crear una civilización superior a la plaga que supone la humanidad.

Imagínalo… por tan solo un momento… Imagínalo.

Zékiel se tomó unos segundos para responder, disfrutando un poco más de aquel Grifford que ahora suplicaba por su vida.

—Jamás te perdonaré haber matado a Tretton y, por eso mismo…

Una lluvia de arena y tierra golpeó el rostro de Zékiel, cegándolo por un instante. Grifford, que había estado acumulando grava en su puño, la arrojó en el momento exacto, frustrando el ataque que habría acabado con él.

Zékiel se llevó las manos al rostro instintivamente. Grifford se incorporó de un salto y, de un zarpazo, le arrebató a Segadora de entre los dedos. Dibujó un semicírculo en el aire con su hoja, dirigiéndola hacia el pecho de Zékiel, donde la hundió hasta atravesarle el corazón.

El cuerpo de Zékiel se estremeció. Antes de que pudiera recuperar la vista, su carne comenzó a descomponerse en infinidad de partículas que se elevaron hacia el cielo. Grifford lo observó, respirando con dificultad, mientras el cuerpo de su adversario se desvanecía ante él.

Lo último que el Emisario alcanzó a ver antes de que Zékiel se disolviera fueron sus ojos amarillos que, incluso en la muerte, conservaban aquella mirada capaz de infundir miedo.

Instantes después, no quedó nada frente a él, salvo el vacío y el más pesado de los silencios.

—En ese caso, acabaré con la humanidad yo solo y gobernaré junto al hijo de Yavan —alzó su mirada hacia la cima de la montaña, donde Álvar, Ilma e Yskar parecían seguir combatiendo a los Espectros. Sonrió—. Empezando por vosotros.

Una tos repentina rompió el silencio de forma abrupta.

Grifford, que ya extendía sus alas funestas y se agazapaba para tomar impulso, se detuvo en seco. Sus ojos recorrieron el entorno, buscando al insensato que había osado interrumpirlo… otra vez.

A lo lejos, entre la bruma y el polvo, Ramis, aun con un agujero abierto en el pecho, agonizaba.

Grifford caminó hacia él, despacio. En medio del silencio, lo único que se oía era el roce de sus escamas al andar.

Jedena, aún oculta tras una roca, se atrevió a asomar la mirada por una estrecha apertura que se abría en la piedra. A través de ella alcanzó a distinguir el cuerpo de Ramis, parcialmente sepultado bajo los escombros.

El agujero en su pecho seguía sangrando sin tregua. En el lado derecho de su rostro, tres marcas de garras habían arrancado la carne hasta dejar el hueso al descubierto; en el otro, su ojo apenas lograba abrirse para mirar al ser que ahora se alzaba frente a él.

—...Capitán —susurró Jedena, impotente, incapaz de hacer nada por ayudarlo.

Grifford se detuvo ante Ramis, contemplándolo con una sonrisa dibujada en el rostro, como si saboreara el espectáculo de ver al lenovense al borde de la muerte.

—¿Sabes, Capitán? —comenzó a decir el Emisario, cruzando los brazos sobre el pecho mientras apoyaba la espalda contra la montaña de forma desinteresada—.

Hay un viejo dicho en Lenov que escuché una vez, y que encaja perfectamente en una situación como esta: “Morir luchando es otra forma de ganar”—se llevó una garra al mentón y lo golpeó suavemente, pensativo—.

¿Dónde fue que lo escuché...? Ah, sí. Tu padre.

El gran Azhna —suspiró—. Ese viejo… siempre tenía una frase para todo, ¿verdad que sí?

Ramis, furioso, abandonó sus intentos por incorporarse y alzó la mirada hacia el Emisario. Su vista se nublaba y sentía que estaba a punto de desfallecer.

Ya había ganado. La humanidad ya había perdido. ¿Por qué se regocijaba en esa crueldad y le hacía sufrir incluso en sus últimos instantes de vida?

¿Hasta dónde llegaba la maldad de Grifford?

—La verdad es que era una persona de admirar —reconoció, sin prestar atención al Capitán—.

Morir de aquella manera tan agónica, alguien como él…

que tanto hizo por el reino, que tanto hizo por su familia, por ti…

por tu hija —se llevó una garra hacia uno de sus ojos e hizo el gesto de retirarse una lágrima imaginaria—.

Vaya, me he debido poner emotivo yo también.

Si te soy honesto, hay veces que me parece que lo echo de menos. ¿Te lo puedes creer?

Ramis intentó incorporarse, agarrándose de un saliente rocoso, pero este cedió y volvió a caer pesadamente al suelo. Grifford esbozó una mueca de fingida tristeza al ver sus fútiles esfuerzos.

—Tienes razón, Capitán. De nada sirve lamentarse por el pasado.

Después de todo, la muerte de Azhna es irreversible —alzó una mano, apuntando directamente a Ramis, mientras sus ojos adoptaban nuevamente aquel tono morado apagado—.

Dale un fuerte abrazo de mi parte... cuando te reúnas con él.

Y dile que sus gritos de puta mientras moría, fueron realmente divertidos.

Regina y yo estuvimos riéndonos durante horas cuando… cuando…

Grifford interrumpió su discurso al percibir cómo un foco de luz blanca atravesó la oscuridad del lugar y se proyectaba sobre su cuerpo. Frunció el ceño y alzó la vista, siguiendo el haz hasta su origen.

En lo alto de la torre más elevada del castillo de Capital, una línea de luz se abría paso entre los ladrillos.

Las paredes, incapaces de contener aquello que latía en su interior, comenzaron a temblar.

Grifford dio unos pasos hacia adelante, incrédulo, queriendo comprobar con sus propios ojos que aquello no se trataba de una ilusión.

—¿Qué clase de…?

El Emisario calló cuando el enladrillado estalló en miles de fragmentos. Los escombros salieron despedidos en todas direcciones y un gran agujero se abrió en la fachada del castillo.

El mundo se revistió de tonos dorados cuando, de pronto, amaneció.

La oscuridad que cubría los cielos empezó a disiparse. Grifford, cegado por el súbito resplandor, entrecerró los ojos y se cubrió con una mano. Cuando por fin su vista se acostumbró al brillo, alzó la mirada y allí, en lo alto, pudo distinguir a la causante de todo aquel estallido de luces.

Una silueta flotaba en el aire. Tenía una pierna extendida y la otra ligeramente flexionada mientras descendía lentamente desde lo alto, trayendo consigo la luz que envolvía el campo de batalla.

Su cabello, largo y resplandeciente, se deshacía en haces de luz que danzaban con el viento.

Sus ojos, totalmente blancos, brillaban como estrellas, y su piel emitía el fulgor propio del sol.

Tocó el desértico suelo del yermo, primero la punta del pie y luego, toda la planta.

Miró a Grifford.

Grifford la miró a ella.

Desde lo alto, entre los restos del castillo, la pequeña cabeza de Verso se asomó con cautela. Ahora, ante sus ojos, dos deidades se iban a enfrentar. Y sabía, sin lugar a duda, que lo que estaba a punto de suceder cambiaría el mundo para siempre.