56. Gael #2
—No del todo —prosiguió Grifford sin perder de vista lo que Zékiel hacía—.
Tras sellar el pacto con su sangre y depositar parte de la esencia del Supremo en él, Gael no presentaba síntoma alguno de la presencia de Yavan en su interior.
No quise darme por vencido tan pronto y lo dejé ir, esperando que el tiempo desarrollara la semilla en él.
Solo una condición le puse: si contaba algo de lo allí vivido, presenciaría la muerte más dolorosa que se pudiese imaginar.
Y ese, querido Tayim, fue el principal motivo por el que Gael huyó a Capital —volvió su vista hacia su hijo, desatendiendo a Zékiel, el cual seguía arrodillado contemplando el cadáver de Tretton—.
Pasó el tiempo y me llegaron noticias del reino de Álvar: un mendigo que se hacía llamar Gael, de procedencia desconocida, había formado una familia allí.
Resulta que mis sospechas eran ciertas y con el tiempo su corazón sucumbió a la oscuridad.
Álvar me trasladó su preocupación con aquel llamado Gael, quien se dedicaba a saquear infinidad de negocios, a asesinar a ciudadanos capitenses sin ningún motivo aparente, a mancillar a jóvenes indefensas…
Y fue ahí cuando supe que, aunque tarde, la germinación había funcionado.
Gael ya estaba corrupto y con el tiempo se convirtió en el mayor asesino de Capital —detuvo su discurso para mirar a Zékiel—.
Lo que jamás hubiese imaginado es que la semilla que deposité en aquel clérigo inútil la fuese a heredar su hijo recién nacido.
—¿Zékiel? —preguntó Tayim contemplando la silueta rojiza del nuevo Emisario.
—Eso es…—espetó Grifford avanzando hacia él—.
La germinación trata siempre de protegerse para existir.
Así como la hija del Capitán ha desarrollado habilidades propias de un Emisario, la de Gael vio su oportunidad de sobrevivir traspasándose al cuerpo de su hijo —se detuvo al lado de Zékiel, dirigiéndose a él—.
Ahora todo tiene sentido. Todo este tiempo, la esencia de Yavan ha estado germinándose en ti, por eso, quizás, gozas de esa fuerza sobrehumana que siempre has tenido.
—Y quizás por eso tampoco pudo desarrollar Bendición alguna —puntualizó Tayim situándose junto a su padre—. Gheva nunca concedería su don a alguien tocado por Yavan.
—Eso es —afirmó Grifford con una amplia sonrisa en su rostro—.
Zékiel, hijo mío, siempre has sido uno de los nuestros.
¿Cómo no he sabido darme cuenta antes? —apoyó su mano sobre el hombro del Emisario carmesí—.
Álzate del suelo y gobernemos este mundo hasta que el enviado de Yavan nazca y seamos los dueños de este…
—Has matado a Tretton.
Grifford arqueó una ceja y se inclinó ligeramente, acercando su oreja negruzca hacia Zékiel, como si necesitara confirmar las palabras que le había parecido escuchar.
—¿Cómo dices? —preguntó, incrédulo—. No estarás lamentándote por la muerte de un mero comandante, ¿verdad?
Zékiel no se inmutó. Permaneció con su cabeza gacha, dejando que su larga melena se precipitase hacia delante mientras los mechones golpeaban su rostro.
—Él podía darme un combate digno y ahora tú lo has matado.
—Él tan solo te entorpecía, retrasaba tu desarrollo —se inclinó todavía más hacia él—. ¡Mírate! ¡Mira el poder del que gozas gracias al Supremo! Si lo que deseas es combatir con alguien a tu altura, tu hermano Tayim o incluso yo mismo podríamos…
El Emisario calló cuando Zékiel se alzó del suelo tan rápido que apenas fue perceptible incluso para alguien como Grifford.
Su larga melena lacia se precipitaba sobre su rostro dejando entrever solo unos ojos del color de la miel y unos colmillos inferiores que parecían poder cortar hasta el más resistente acero.
La mano de Zékiel tapaba la boca de Grifford con fuerza, impidiéndole hablar mientras él trataba de contener la furia que sentía. Grifford trató de hablar, pero de su boca solo pudieron salir sonidos ininteligibles, pues Zékiel seguía sellando sus labios con su poderosa zarpa.
—Has matado a mi única familia —hizo más presión sobre la boca de Grifford—. Al único que estuvo a mi lado desde el principio —sus garras perforaron las escamas de sus mejillas, clavándolas en su interior—. A mi hermano.
Con un último apretón de su mano, la mandíbula inferior de Grifford estalló.
¿Cómo… cómo puede rivalizar con un Emisario tan desarrollado como lo soy yo? Pensó, llevándose las manos hacia su boca. Su lengua colgaba como un péndulo y sus ojos púrpura se abrieron hasta su límite. ¿Ese estúpido humano ha logrado dañar a un Emisario en su forma perfecta?
Sin tregua alguna, Zékiel volvió a arremeter contra Grifford, cegado por la ira que le ardía.
Dirigió ambas zarpas hacia el pecho de su enemigo, clavándolas en su interior.
Como quien abre un baúl, Zékiel desgarró en dos mitades el torso de Grifford, mostrando sus tripas, que se desbordaron de su vientre.
Zékiel solo tenía una cosa en mente: arrancar el corazón putrefacto que latía en las entrañas de aquel monstruo.
Grifford, en un destello de lucidez, agarró con fuerza las muñecas de su atacante, intentando evitar lo que pretendía.
Sin embargo, ni siquiera en su forma perfecta pudo contener la brutalidad de Zékiel, quien logró burlar la sujeción sin esfuerzo y dirigió sus garras hacia las costillas que protegían su objetivo.
Con ambas manos, Zékiel agarró la caja torácica de Grifford y, de un fuerte tirón, arrancó varias costillas de cuajo. El crujido de los huesos al partirse resonó en el aire hasta que no quedó ninguno que romper y el corazón apareció vulnerable a su alcance.
Tayim, que había permanecido atónito ante la fiereza de Zékiel, finalmente decidió intervenir. Batió su ala y aterrizó sobre la espalda de su atacante, quedándose allí incrustado. Con un rápido movimiento, dirigió sus fauces hacia el cuello de Zékiel, hundiendo allí sus colmillos.
Pero para Zékiel, aquello no fue más que un leve pinchazo.
Sin inmutarse, alzó un brazo y atrapó a Tayim por el ala.
Con un violento balanceo, lo hizo girar en el aire, dibujando un semicírculo antes de estrellarlo contra el suelo.
Sin darle tiempo a reaccionar, plantó una de sus poderosas patas sobre su cabeza y, manteniendo la sujeción en su ala, hizo palanca y tiró de ella.
El sonido de un desgarro sonó en el aire cuando la arrancó de cuajo, despojándolo para siempre de su capacidad de volar.
Zékiel volvió su atención a Grifford, quien aún luchaba por regenerarse del último ataque.
Sus heridas se cerraban lentamente, pero su cuerpo seguía debilitado.
Alzó los brazos en señal de rendición y su respiración se aceleró, mientras Zékiel avanzaba hacia él desprendiendo aquel halo de furia por cada uno de sus poros.
—Cálmate, hijo mío —suplicó Grifford reconociendo así la diferencia de poder entre ambos—. Es inútil que combatamos entre nosotros, somos seres inmortales.
Zékiel siguió avanzando hacia él, dispuesto a poner fin a su existencia.
—En ese caso os mataré una y otra vez hasta saciarme.
Tayim pudo alzarse del suelo, algo más recuperado. Ahora que Zékiel le daba la espalda, podría aprovechar para atacarle desprevenido y quizás así tendría una oportunidad.
—No importa las veces que lo intentes, será inútil —se excusó Grifford, alzando una ceja y mirándose el antebrazo como si se hubiese percatado de algo—.
O quizás… sí hay una forma de darnos muerte —extendió su brazo dejando que un océano de partículas oscuras se almacenase en él—. “La lágrima de Gheva”.
Zékiel se detuvo. Las partículas negruzcas que habían empezado a revolotear sobre el antebrazo de Grifford pronto adoptaron la forma de una espada dorada, que se materializó en su mano.
—Uno de los regalos que la Creadora dejó en este mundo —prosiguió, alzando el arma y contemplando el filo—.
Cómo aquel anciano la consiguió, es todo un misterio.
Aunque debo felicitarle. Bautizar esta reliquia como “ Segadora ” es todo un acierto, pues es la única forma de segar la vida de un Emisario.
Zékiel, por primera vez, dio un paso atrás ante el brillo dorado que desprendía la espada.
—Gobernemos juntos, Zékiel —propuso Grifford sin dejar de rotar el filo con su mano, examinándola—. Juntos podremos conseguir…
Grifford calló.
Con un potente batir de alas, levantó una nube de polvo y voló hacia Zékiel, sobrepasándole y aterrizando contra Tayim, quien, sin ser visto, se había abalanzado sobre Zékiel con la intención de atacarlo por sorpresa.
—¿…Padre?
Sin pronunciar una sola palabra y antes de que Tayim pudiera reaccionar, Grifford hundió a Segadora en su pecho.
Un rugido desgarrador escapó de los labios de su hijo mientras su cuerpo comenzaba a descomponerse en partículas que, poco a poco, se disiparon en el aire hasta que no quedó rastro alguno de su cuerpo.
Grifford observó aquel espectáculo de luces sin inmutarse. Acababa de matar a su hijo adoptivo y parecía no afectarle lo más mínimo. Sus tripas, y las heridas que Zékiel le había propiciado momentos antes, empezaron a sellarse mientras contemplaba la espada dorada.
—Como ves, no me importa nada más —explicó Grifford, limpiando el filo de Segadora impregnado con la sangre de Tayim—. Tan solo tú y yo, Zékiel —le miró por encima del hombro—. Dime, entonces. ¿Te unirás a mí?