Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 56. Gael
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56. Gael

El yermo guardó silencio.

Los pocos humanos que aún respiraban se mantenían ocultos, fuera de su alcance. En lo alto, sobre la cima de la montaña, los esbirros de Regina seguían reteniendo a los monarcas.

Todo iba según lo previsto. Todo iba según dictaminaba la profecía.

Grifford se dirigió hacia el cuerpo moribundo de Tayim que yacía entre los salientes rocosos tras su combate contra el Capitán. Al notar la presencia de su padre, el joven Emisario se incorporó con dificultad, intentando disimular las heridas evidentes que marcaban su cuerpo.

—Padre, yo…

—No quiero oírte.

Tayim bajó la cabeza, avergonzado, dispuesto a soportar la dura reprimenda que de seguro iba a recibir.

—El Capitán recibió uno de los favores de los Vastali —se excusó—. Y yo no contaba con…

Tayim giró la cara tras el repentino bofetón de Grifford, cuyas garras quedaron marcadas en su rostro.

—¿No me has oído? No quiero escucharte más.

El joven Emisario se frotó la zona dolorida, como si así pudiese calmar el dolor.

—Ya hablaremos más tarde, cuando todo esto haya acabado —prosiguió Grifford, barriendo el paraje desolador—. Pero primero, debemos acabar con los restos que quedan de la humanidad.

—Pa... Padre, déjame encargarme de eso a mí —suplicó Tayim, viendo en aquella propuesta su oportunidad de redimirse—. Los sacaré de su escondite... y los mataré. A todos ellos.

Grifford mantuvo la mirada fija. Los humanos se ocultaban tras las rocas, los árboles y los escasos matojos que cubrían el terreno. El silencio era absoluto y a simple vista parecía no haber nadie más con ellos… pero estaban allí. Agazapados. Esperando su hora.

Caviló la propuesta de Tayim. Tal vez era absurdo seguir perdiendo tiempo con aquellos parásitos. Que su hijo se encargara de los humanos. Él tenía una tarea más importante: acabar con los reyes.

Suspiró.

—Está bien, tú llevarás a cabo…

El sonido de unas botas metálicas osó interrumpir al Emisario, resonando de pronto en el silencio del ambiente.

Ambos volvieron la vista hacia el origen del sonido. Un hombre se había atrevido a abandonar su escondite y se paseaba libremente frente a ellos, arriesgándose a morir en cualquier instante.

Zékiel, ajeno a la amenaza de los Emisarios, cargaba con el cuerpo (o lo que quedaba de él) de su compañero, Tretton. Ignorando a las deidades, el comandante continuó su camino.

Tayim frunció el ceño.

—¿Cómo se atreve ese miserable? —se quejó, mostrando sus colmillos—. Deja que le muestre, padre, que a partir de hoy nadie debe menospreciarnos así.

Sin esperar respuesta, Tayim batió con fuerza su ala y se lanzó hacia Zékiel. El comandante no se giró, ni intentó esquivar el ataque; seguía absorto en su única tarea: cargar con el cuerpo de Tretton.

No reaccionó cuando las garras de Tayim se hundieron en su pecho. Ni cuando comenzaron a desgarrarle la carne a zarpazos. Ni siquiera se inmutó cuando la sangre corrió por su pecho, impregnando de rojo las líneas de tinta que marcaban su piel.

El cuerpo de Tretton cayó de entre sus brazos y Zékiel se desplomó contra el suelo. Tayim, saboreando su victoria, se abalanzó sobre el comandante del Catorce. Apoyó sus patas sobre su torso, se inclinó y comenzó a asestar zarpazos sin contención, sin el menor atisbo de piedad.

Cuando el cuerpo de Zékiel quedó inmóvil en el suelo y la sangre dibujó su contorno, Tayim escupió sobre el cadáver y se dio la vuelta. Su padre lo esperaba... sin comprender del todo lo que acababa de ver.

—No sé qué intentaba —espetó Tayim a su llegada, retirándose la sangre de sus garras con la lengua—. Pero si quería ser el primero en morir, yo…

—Conozco a ese comandante —interrumpió Grifford, de pronto—. Algo no anda bien.

Tayim arqueó una ceja.

—¿Qué insinúas, padre? Ese estúpido ha pensado que podía desafiarnos como si nada… Lo he quitado de en medio tan rápido que no ha tenido tiempo ni de contraatacar.

—No. No contra Zékiel. Él no actuaría así. No sin oponer algo de resistencia.

Tayim, frustrado por no ver su esfuerzo valorado, dio un sonoro puñetazo contra la roca.

—¡Por supuesto que no ha opuesto resistencia! ¡Ni siquiera se ha enterado de mi ataque! He sido tan veloz que no me ha visto venir. ¿Cómo iba a contraatacar, si era imposible que…?

Zékiel, varios metros más allá, se alzó del suelo.

Mientras avanzaba, unos hilos rojizos brotaron de un lado a otro de su carne, sellando sus heridas, regenerándose.

No los miró. No les dirigió palabra alguna. Tan solo siguió su camino.

¿Cómo podía ser que un hombre hubiese sobrevivido?, pensó Grifford. O quizás…

Su melena del color de la noche descendía tras él hasta besar el suelo, enmarcada por las dos astas que nacían de sus sienes y que se curvaban hacia atrás.

De su mandíbula inferior emergían dos colmillos que ascendían hasta casi rozar sus ojos, los cuales resplandecían con un fulgor ambarino.

Su mitad inferior aún conservaba lo que antaño fue una armadura de jaspe negro, mientras que su torso desnudo mostraba orgulloso su piel ígnea embellecida por surcos blancos.

La silueta se inclinó sobre el suelo, ante el cadáver de Tretton que yacía a sus pies.

Sin pronunciar palabra, alzó el cuerpo sin vida entre sus brazos, acunándolo como a un hijo.

Sus ojos recorrieron el rostro inerte de Tretton y fue entonces cuando de sus cuerdas vocales resonó un rugido cargado de ira y desolación.

… El que ha sobrevivido no sea del todo humano.

Ambos Emisarios volaron hacia el comandante, aterrizando frente a él.

—¿Pero cómo…? —preguntó Tayim al descender.

—Ah, mi estimado Zékiel —intervino Grifford, sobrepasando a Tayim—. Mi querido hijo, por fin nos conocemos.

Zékiel, ignorando la presencia de ambos Emisarios, siguió caminando.

—¡¿Hijo?!—reprochó Tayim clavando su mirada confusa hacia su padre—. ¿Qué quiere decir esto, padre? ¿Por qué no se me informó de que había otro humano gestándose como nosotros?

—Estimado Zékiel, ven a mi —pidió Grifford abriendo sus brazos—. Acércate a tu padre, tenemos mucho de lo que hablar.

—¡Padre! —gritó Tayim, molesto—. ¿Estas escuchándome?

Grifford detuvo sus pasos y se volteó parcialmente hacia Tayim, mostrando aquellos ojos violáceos que, por un momento, le miraron con desprecio. Suspiró, calmando así su irritación, antes de darle las explicaciones pertinentes.

—Eras tan solo un crío cuando todo esto sucedió y puede que ni lo recuerdes —explicó, tajante—. ¿Gael? ¿Lo recuerdas? ¿Aquel clérigo lenovense al que sometimos a las primeras pruebas de la germinación?

Tayim miró hacia otro lado buscando entre sus recuerdos. Zékiel se detuvo por un momento al escuchar cómo Grifford pronunciaba el nombre de su despreciable padre.

—Gael, Gael…—susurró Tayim, pensativo—. Me es familiar ese nombre.

—Por supuesto que te es familiar. Cuando Yavan nos otorgó el poder del que ahora gozamos —comenzó a explicar Grifford—, lo hizo bajo una sola condición: “Pronto nacerá una niña a imagen y semejanza de Gheva. Deberéis corromperla, sembrando en ella parte de mi esencia.”

—Se refería a la hija del Capitán, ¿verdad?

Grifford asintió.

—Pero ella aun ni siquiera había nacido entonces, y nosotros debíamos estar preparados para cuando lo hiciera —respondió cerrando las alas tras su espalda—. Para ello, era necesario probar el proceso de germinación antes y asegurarnos de que sabríamos llevarlo a cabo llegado el momento.

Zékiel, ajeno a la conversación entre los Emisarios, alzó sus pupilas color ocre y las fijó en un mango de hierro que sobresalía del suelo y que sostenía en un extremo una cabeza de acero desgastada.

La maza de guerra era para Tretton mucho más que su arma predilecta. Era el legado de su madre, el único recuerdo que tenía de ella y, para él, blandirla se sentía como estar con ella. Lo fue todo para él.

—¿Y fue entonces cuando secuestraste a Gael? —quiso saber Tayim.

Grifford asintió.

—Gael, el clérigo con el corazón más puro de todo Lenov —aclaró con una sonrisa maliciosa dibujada en sus labios—. Si lográbamos germinar a alguien como él, entonces seríamos capaces de germinar a quien se nos antojase.

—¿Y lo conseguiste, padre? ¿Fuiste capaz de implantarle la semilla del Supremo?

Grifford observó a Zékiel antes de responder.

Veía como el Emisario de piel ígnea hincaba una rodilla sobre la tierra, depositando con cuidado el cadáver de Tretton en el suelo.

Arrancó la maza de guerra de entre las rocas y la acomodó sobre el pecho de su compañero.

Con sumo cuidado, cruzó sus brazos huesudos alrededor del arma, como si la abrazara por última vez.