55. Grifford
Su presencia era innegable.
Abriéndose paso entre la oscuridad que ofrecía la noche, su silueta irrumpió a través de la neblina y la tierra. Las escamas de su piel chasqueaban con cada paso que daba. Dos enormes alas funestas se extendían lentamente, eclipsando la poca luz que la luna les brindaba.
Su cola se deslizaba por la tierra como una serpiente, dejando un surco de cenizas y llamas. Las astas que coronaban su cabeza no eran como las de los otros Hiniur, sino que parecían estar hechas de pura sombra.
La tierra bajo sus pies se pudrió. El color se desvaneció de todo aquello que osaba acercarse demasiado a él. Los pocos animales que merodeaban por el lugar huyeron sin rumbo, los árboles cercanos se quebraron y la roca se deshizo en arena a su paso.
La luna se apagó.
Las estrellas ofrecieron un último brillo antes de extinguirse.
La única luz que quedó en el mundo fue la que emanaba de sus ojos carmesíes y que colorearon el paisaje de rojo.
—… Grifford —susurró una debilitada Kaselea mientras contemplaba como aquel engendro se aproximaba hacia ellos.
—Dejádmelo a mi —pidió Zékiel quien, a pesar de su deplorable estado, parecía mantener aquella enérgica vitalidad de siempre—. Él me dará un combate a la altura.
—¡Azava! —llamó Jedena manteniendo la compostura—. ¿Qué percibes?
La comandante, exhausta, forzó sus ojos desnudos. Tardó varios segundos en responder, retrocediendo instintivamente cuanto más analizaba al Emisario.
—No… no lo entiendo —contestó con voz nerviosa—. Su cuerpo no posee patrones caloríficos, tan solo percibo… oscuridad.
Grifford seguía avanzando hacia los humanos, lento pero decidido, mientras la tierra se agrietaba en fisuras violáceas y se oscurecía a su paso.
—Lo que me temía —prosiguió Jedena, usando su tridente para mantenerse en pie—.
Ha sobrepasado el rango de Emisario, un ser con un poder más allá de lo terrenal —se volteó por un momento, observando el estado devastado que padecían los que la acompañaban—.
Ninguno de nosotros está preparado para enfrentar algo así y menos aún con las secuelas que sufrimos. Lo mejor será que…
—¡Jedena!
La comandante del Diez guardó silencio ante la repentina interrupción de Kerin, cuyo índice tembloroso apuntaba hacia algo a su derecha. Jedena siguió con la mirada la dirección del dedo y fijó los ojos en aquello que señalaba.
Ataviado con su armadura perlada y sufriendo de cojera, Ramis abandonó el cuerpo moribundo de Tayim y avanzó con toda la premura que sus heridas le permitían hacia su nuevo enemigo.
—¡Capitán! —gritó Jedena desde la retaguardia—. ¡CAPITÁN!
Pero Ramis siguió avanzando.
Grifford se detuvo y Ramis, en respuesta, se mantuvo firme ante él. Ante el monstruo que le había arrebatado todo cuanto quería, todo cuanto tenía, todo cuanto era. Allí y ahora, tenía la oportunidad de vengarse por todo el sufrimiento que su maldad le había causado a él y a su familia.
Grifford cerró sus alas, envolviendo su cuerpo con las plumas negras. Sus fauces se abrieron y un vaho corrosivo escapó de sus labios justo cuando su voz abisal, de pronto, se dirigió a él.
—¿No vas a hacerle caso, Capitán?
Ramis mantuvo su posición.
—Quizás deberías cambiar esa costumbre tuya de dar tu vida por los demás —prosiguió Grifford al no recibir respuesta—.
Desde que te conozco, siempre has obrado movido por todo ese estúpido discurso del bien y de proteger al prójimo —le dedicó media sonrisa—.
Dime, ¿dónde te ha llevado esa determinación que tanto tratas de mantener?
Ramis se mantuvo en silencio, clavando la punta de su espada en la tierra para mantener el equilibrio.
—Servir es mi único propósito —extendió su ala herida y el líquido dorado embadurnó su plumaje—. Algo que tú jamás entenderás.
El Emisario sonrió.
—Que emotivo, Capitán. En efecto que lo es —cesó su fingida felicidad de golpe—.
Veo que estas algo… cambiado. Y, conociéndote, sé que pensarás que por haber recibido uno de los favores sagrados, puedes hacerme frente —ladeó la cabeza en disconformidad—.
Sé sincero, Capitán. ¿De verdad crees que un simple hombre moribundo puede detener aquello que está escrito?
¿Puede enfrentarse a MI? —. Abrió sus alas lentamente, mostrando los surcos morados que descendían por sus membranas—. ¿Acaso te has olvidado de lo que soy?
Ramis extrajo su espada de entre la tierra, la sostuvo con ambas manos y, aun tembloroso, trató de permanecer los más erguido posible.
—Tú…—apretó los dientes—. Tú no eres Grifford.
El Emisario soltó una carcajada.
—Oh… ¡qué perspicaz, Capitán! —descendió la mirada, contemplando su nueva forma—.
En efecto, no soy Grifford. Al menos no el que solías conocer.
Soy el que erradicará la raza humana que pudre este mundo, la representación de Yavan en la Tierra, el que hará cumplir el último párrafo de la profecía —entornó sus ojos que, como las puntas de sus astas y el brillo de sus escamas, tenían un tono morado apagado—. Soy…—sonrió—. Un Dios.
Ramis dio unos pasos más hacia delante, pero al entrar en contacto con el halo que desprendía Grifford, la luz de la hoja se tornó oscura. Poco a poco, el resplandor del filo fue volviéndose cada vez más opaco hasta extinguirse por completo.
—Cuidado Capitán, no te acerques demasiado a mí —advirtió con tono de burla—. No quisiéramos que murieses de una forma tan estúpida, ¿verdad?
Ramis rotó la mano que sostenía su arma, observando como la mitad superior de la misma se había desintegrado ante sus ojos.
Entonces lo comprendió. Grifford… no era como su hijo. A él no podría hacerle frente, no como a Tayim. Supo, en ese preciso instante, que iba a morir. Pero antes, necesitaba la verdad o su alma jamás encontraría descanso.
Extendió la mano y dejó caer la espada, que se hizo añicos al tocar el suelo. Por primera vez, Grifford alteró su expresión, arqueando una ceja ante el repentino comportamiento de Ramis.
—¿No vas a enfrentarme, Capitán? —preguntó—. Cuando por fin tienes delante al causante de tanto dolor, ¿decides rendirte sin oponer resistencia? —sonrió—. No es algo que haría el Ramis que yo conozco.
El lenovense caviló sus siguientes palabras por un momento antes de responder.
—Ya estoy muerto, Grifford —declaró—. Todos lo estamos. Nadie de los aquí presentes está a la altura de enfrentarse a un Dios. Has ganado.
El gesto de Grifford se pronunció todavía más.
—Tan solo voy a pedirte una cosa antes de que nos erradiques para siempre —prosiguió el Capitán—.
Si de verdad queda algo de humanidad en ti, deja que mi alma descanse en paz y tan solo contéstame a una pregunta —su mirada seguía fija en él—.
¿Por qué? ¿Por qué destruiste el reino que te vio crecer?
¿Por qué mataste a mis padres? Y, sobre todo… ¿Por qué corrompiste a mi hija?
Grifford extendió uno de sus brazos hacia delante y sus escamas crujieron con el movimiento.
Mantuvo la palma abierta, orientada hacia el suelo, hasta que un yelmo de jaspe (probablemente de algún soldado caído) salió disparado hacia su mano.
Lo atrapó entre sus garras, lo giró hacia él y contempló su reflejo en la superficie pulida.
—Vaya, vaya… Ramis, el diestro Capitán de Lenov, aceptando su muerte y rindiéndose ante mí…
Qué honorable obsequio —cerró sus garras poco a poco, aplastando el duro jaspe del yelmo como si fuese de papel—.
Pero hay algo de ti… que me molesta sobremanera —arrojó el yelmo con fuerza hacia arriba, agujereando las nubes que atravesaba—.
¿Me tomas por imbécil? —ladeo su cabeza—.
¿De verdad creías que iba a pasar desapercibido para Yavan lo que tratabais de hacer?
¿Creías que El Supremo no se daría cuenta de quien es Cincela?
Ramis arrugó su frente con rabia. Escuchar el nombre de su hija de entre los labios de aquel ser le enervaba.
—Explícate.
—Oh, vamos, Capitán, tampoco es tan difícil de entender —dijo, mostrando los colmillos en una sonrisa—.
Su cabello dorado es inconfundible, igual que esos ojos marinos de ensueño...
Una niña nacida en el mismo reino donde la Creadora derrotó a Yavan.
Concebida el mismo día en que juró proteger a la humanidad.
Y la primera mujer en portar la sangre de Tristán —ladeó la cabeza—.
No creo en las casualidades, Capitán… y mucho me temo que Yavan tampoco.
Ramis dio un paso más hacia Grifford aun a riesgo de acercarse demasiado y que el aura del Emisario calcinase su cuerpo.
—¿Qué… intentas decirme?
—Qué curioso estás hoy, Capitán.
—¡RESPONDE!
Grifford, molesto, cesó la sonrisa irónica de su rostro. Calló unos segundos, disfrutando de la desesperación que sufría Ramis.
—Hace más de veinte años —comenzó a explicar—, la Creadora debió percibir el poder de Yavan que comenzó a gestarse en mi interior…
y comprendió que sería a través de mí que Yavan volvería y la humanidad sería erradicada.
Que sería así como se cumpliría la profecía —clavó sus pupilas violáceas en el lenovense—.
Como bien sabes, Gheva juró proteger su creación más ambiciosa: vosotros, los humanos.
Y cuando llegara el momento, debía estar preparada.
Por eso descendió de las estrellas y se reencarnó en el plano terrenal —guardó silencio un instante—.
Tu hija, Capitán, no es más que Gheva en su forma humana.
Ramis no pudo responder, la contundencia de aquella afirmación le obligó a caer de rodillas al suelo, pálido. Cuanto más pensaba en ello, más sentido le encontraba. Recreó la imagen de Gheva en su mente y abrió sus ojos hasta su límite cuando se percató de que, en efecto, era idéntica a Cincela.
—Por eso la escogimos como candidata para el pacto matrimonial—, continuó Grifford, indiferente a la reacción del lenovense—.
Pero en realidad, ese acto no era sino un ritual con el que pretendíamos frenar la voluntad de Gheva que se incubaba en la joven.
¿Cómo? Te preguntarás...—hizo una pausa—.
Implantando en su cuerpo una parte de Yavan.
Con el tiempo, esa esencia crecería dentro de ella, erradicando todo resquicio de Gheva en su interior y dando origen al Emisario más perfecto que este mundo haya visto jamás.
¿Puedes imaginarlo, Capitán? Un ser con el poder no de uno, sino de dos dioses...
Con un único propósito: erradicaros para siempre.
Ramis apretó sus puños y le dedicó la mirada más letal que sus ojos pudieron proyectar.
—Cincela… —murmuró—. ¿No es más que una incubadora para engendrar el mal…? ¿Eso es lo que…? —guardó silencio mientras volvía a levantarse, esforzándose por mantenerse en pie a pesar del tambaleo que le provocaba la cojera—. ¿Eso es en lo que habéis convertido a mi hija?
—¡Oh! Y no te he contado la mejor parte —contestó Grifford, despreocupado—. Cuando nazca el ser que está gestando; ella morirá. ¿No te parece el mejor final para una Capitana? Servir de esa manera al Supremo debe ser tan gratificante.
La respiración de Ramis se descontroló. La furia interna que se abría paso en su interior se sintió insoportable. Pero… ¿Qué podía hacer?
—Y ahora, Capitán, dejemos que el mundo conozca el dolor y agonice hasta desaparecer…—Grifford parpadeó varias veces y sus ojos adquirieron un tono totalmente oscuro—. Para siempre.
Sus ojos sombríos se dirigieron tras el lenovense y, de pronto, un estallido seguido de un grito de agonía se escuchó en la lejanía.
Ramis se giró en busca de aquel sonido que retumbó en algún lugar de aquel solitario yermo.
Más allá, donde los últimos resquicios de la raza humana se aglomeraban, uno de los guerreros brevodianos había implosionado.
Los restos de su cuerpo salieron despedidos en fragmentos, provocando una llovizna de vísceras y carne.
Los chillidos de terror que proyectaron el resto acompañaron la escena, mientras se alejaban de la zona del cadáver, del cual ahora solo quedaba un montículo de huesos y sangre.
—¿Te das cuenta? —prosiguió Grifford, atrayendo la atención de Ramis de nuevo—. Mi poder va mucho más allá del entendimiento humano. ¿Qué harás? ¿Harás caso a tu instinto y tratarás de salvarlos inútilmente? Dime, Capitán… ¿Crees poder ser más rápido que mis ojos?
Otra explosión interrumpió los pensamientos de Ramis cuando varios cuerpos estallaron en un aluvión de órganos y sangre.
—Rápido Capitán, no hay tiempo.
Los ojos oscuros de Grifford se posaron en varios Kyanos.
Estallaron.
Se fijaron entonces en los brevodianos que cabalgaron desesperados huyendo de la mirada del Emisario.
Estallaron.
Se fijó en Shaila que, en un último intento desesperado, iluminó sus crestas rosadas preparándose para atacar.
Estalló.
En Alina.
Estalló.
Káman.
Estalló.
Tretton.
Estalló.
—¡ESCONDEOS! —gritó Jedena con su voz desgarrada—. ¡ALEJAOS DE SU CAMPO DE VISIÓN!
La efusividad de aquellas palabras extrajo a todos de su ensimismamiento. Sin tiempo para asimilar lo que estaba ocurriendo, los que quedaban con vida huyeron despavoridos buscando algún lugar donde esconderse y huir de la mortífera y letal mirada de Grifford.
Krib se situó tras el trono de Shaila. Trataba de controlar su agitada respiración, mientras su mano temblorosa sostenía los restos de su líder.
Los davenses se ocultaron tras unos arbustos de escasas hojas que crecían tímidamente en la superficie. Vett miraba a la nada y Kúdar se quedó paralizado. Zalka estaba pálida, traumatizada, mientras la carne de su hermano, el cual había implosionado justo a su lado, bañaba sus ropajes.
Azava percibió por última vez el calor del cuerpo de su hermana y cómo este iba adoptando tonos más fríos hasta morir.
Kerin, junto a otros comandantes, utilizó unas rocas que sobresalían como parapeto para salir del campo de visión mientras el pavor se adueñaba de su cuerpo y trataba de asimilar lo acontecido.
Lo que quedaba de la humanidad pudo esconderse y evitar el yugo de aquellos ojos sombríos.
Pudieron huir de aquel final.
Todos salvo un hombre que se tambaleaba débilmente tratando de mantenerse en pie. Un hombre cuyo honor le impedía dar la espalda a aquel que tanto dolor le había causado.
Un hombre que, aun con la muerte ante él, no encontró razón para apartar la mirada.
Grifford sonrió mientras giraba lentamente el cuello hacia la derecha, donde aquel valiente de armadura nívea empuñaba inútilmente el mango de su espada quebrada hacia él.
La sangre dorada brotó al instante, deslizándose por su torso y salpicando el suelo a sus pies. Ramis dejó caer el mango de la espada y con él, su cuerpo se desplomó con un golpe sordo contra la tierra.
—Hasta siempre, Capitán.