Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 54. Tayim
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54. Tayim

El Espectro de Samil hizo sonar su lira.

Cinco hilos negros se dispararon desde sus cuerdas, desplegándose en forma de pentagramas en el aire.

En cada línea se posaban mariposas de vivos colores según las notas que el Espectro acababa de tocar, envolviendo el lugar con una melodía lúgubre y disonante.

Las líneas negras impactaron contra Álvar, quien tuvo que encogerse en el suelo para escapar de aquella música que le taladraba los tímpanos.

Ilma sobrevolaba la cima en círculos, en busca de alguna apertura por la que lanzarse en picado sobre el Espectro de Doile y poner fin a su amenaza. Pero la sombra de la comandante seguía desatando torrentes de fuego negro hacia el cielo, tratando de derribar a la davense.

Yskar trotó hacia el Espectro de Farco, con la lanza apuntando directamente a su cabeza. Pero, a mitad del recorrido, unas cadenas sombrías surgieron de la tierra y se enroscaron alrededor de sus cuatro patas, inmovilizándolo al instante.

Álvar entornó los ojos mientras contemplaba la escena que sucedía ante él. Los últimos vástagos de Regina no eran enemigos comunes y, aunque quizás no pudieran derrotarlos, al menos no debían permitir que alcanzaran a los demás.

Desvió la mirada y, al pie de la ladera, pudo apreciar la macabra silueta de Tayim. Frente a él, unos metros por delante, apreció también la de…

¿Ramis?

Este parecía blandir una espada imbuida en luz mientras desplegaba un ala nacarada a su espalda. Y, de pronto, vio como ambos cargaron y colisionaron en el aire; uno dejando tras de sí un rastro de plumas blancas, el otro, una estela de niebla oscura.

Álvar apretó sus zarpas albinas conteniendo así su frustración. El Capitán necesitaba su ayuda. Y la necesitaba ahora.

Un enorme cráter se abrió en la tierra tras el impacto, levantando picos de roca y tierra a su alrededor, encerrando a ambos entes en su interior.

Tayim fintó a un lado, esquivando así el filo que se dirigía a su cráneo, pero la luz blanquecina que lo envolvía logró rozarlo, cortando varios mechones de su cabello y cercenando una de sus astas.

Ramis consiguió interponer la empuñadura de su arma en la trayectoria de las garras del Emisario, evitando que le alcanzasen. Sin embargo, la zarpa contraria encontró su hombro, desgarrando su piel y haciendo brotar una luz líquida que impregnó los restos de su coraza.

Pronto, la irradiación luminosa de la piel de Ramis comenzó a calcinar las garras de Tayim al contacto, obligándolo a retirarlas de inmediato y apartarse del lenovense.

Estaba furioso.

¿De verdad Ramis era superior a él?

No... no podía mostrar debilidad. Aquel estúpido humano no debía pensar, ni por un segundo, que podía vencerlo. No a él. No a un Emisario de Yavan.

Había alcanzado la cúspide de la evolución.

Era superior a aquel hombre. A todos ellos.

Ahora, al fin, tenía la oportunidad de demostrar que ya no era aquel niño enfermizo al que todos señalaban.

Hoy iba a destruir el mundo para dar lugar a una nueva era forjada por su voluntad y regida por su poder.

Y el primer paso para alcanzar aquel codiciado sueño era dar muerte a Ramis.

Con una poderosa batida de alas, Tayim se impulsó hacia el lenovense, que permanecía inmóvil, firme sobre sus pies.

Justo cuando sus garras estaban a punto de alcanzarlo, Ramis giró el torso y lo esquivó, provocando que Tayim lo sobrepasase de largo.

Aprovechando el ataque fallido, Ramis lo apresó por la cola y, con un fuerte giro, lo lanzó lejos.

Tayim se recompuso en pleno vuelo, desplegando las alas con brusquedad y frenando en seco. Volvió a batirlas con furia y se abalanzó de nuevo sobre el Capitán.

Pero esta vez, él ya lo esperaba. Saltó, impulsado por su propia ala, con la espada apuntando bajo sus pies. El Emisario pasó justo por debajo encontrándose con la hoja de luz que le segó parte del hombro y una de sus alas.

Tayim se tambaleó en el aire, oscilando de un lado a otro mientras trataba de recomponerse. Segundos después, cayó bruscamente contra la tierra, arrastrando su cuerpo por la aspereza de la grava hasta detenerse.

Ramis caminó hacia él. La punta de su espada rozaba el suelo y la luz que la envolvía perforaba la tierra, dejando a su paso una hendidura rectilínea e incandescente.

Los escasos jirones que aún conformaban su capa lenovense revoloteaban con ímpetu tras él y, entre ellos, emergía su ala nacarada, abierta en todo su esplendor, mostrando la majestuosidad de sus plumas.

Ramis se detuvo frente al Emisario con aquel semblante regio y firme que tanto le caracterizaba. Tayim alzó la cabeza lentamente hasta encontrarse con el rostro de aquel que iba a matarle.

No podía ser…

Ramis. El estúpido Capitán de las Cruzadas. El hombre que había estado bajo su merced todos aquellos años… iba a ser quien acabara con su vida.

En un acto desesperado, Tayim arremetió con sus garras, buscando el corazón de Ramis.

Pero él, como si pudiese leer sus movimientos, actuó primero.

La espada perforó las escamas negruzcas que cubrían su hombro con tal fuerza que el filo atravesó la carne y se incrustó en la pared rocosa de la montaña justo detrás del Emisario.

—En las Cruzadas nos enseñan a no morir arrodillados frente al enemigo —espetó Ramis. Su voz sonaba con eco, como si dos voces hablasen a la vez—. Cuando somos derrotados, debemos aceptar la superioridad de nuestro rival y morir con honor.

Ramis apoyó sus manos en el mango de la espada y, poco a poco, fue extrayéndola del hombro de Tayim. Cuando el acero lumínico se desprendió de la carne, una ristra de sangre negra manchó el suelo y un grito de dolor escapó de entre los labios del Emisario.

—¿Qué clase de lenovense eres tú, que ni siquiera puedes mirar a los ojos a quien va a darte muerte?

—masculló el Capitán, apoyando el filo en la clavícula de Tayim.

La luz blanca iluminó el medio rostro del Emisario—.

Cuando te reúnas con mis padres y con todos los Cruzados a los que tuve el honor de instruir y dirigir, diles que sus muertes no fueron en vano.

Diles que la historia los recordará por la eternidad y que el Capitán Ramis alzará el escudo de Lenov así sea el último hombre en pie.

—Ca… Capitán, espera, por favor.

El filo brilló cuando Ramis apretó el mango con ambas manos.

—Muere, engendro.

Un estallido retumbó en el aire.

El estruendo detuvo a Ramis en seco, concediéndole a Tayim la tregua que tanto anhelaba.

El Capitán giró la cabeza en busca del origen del sonido y posó la mirada en el horizonte. Los comandantes retrocedieron, las monturas de los guerreros brevodianos se inquietaron y los kyanos acudieron en defensa de su reina.

Ramis mantuvo su mirada sobre el yermo hasta que la nube de polvo se disipó y pudo verlo.

Más allá, la bolsa pelicular donde se gestaba Grifford había estallado y el líquido viscoso que contenía, se extendía inmisericorde sobre el área a su alrededor.

Una silueta emergió de su interior.

La mera presencia de aquel ser irradiaba un poder que superaba al de cualquier criatura existente.

Sin necesidad de moverse, el halo que desprendía su cuerpo comenzó a descomponer el entorno.

Los árboles secos se marchitaron hasta pudrirse, la roca se fundió y el suelo que pisaba, se resquebrajó.

Toda creación de Gheva parecía sucumbir ante la existencia de aquel ente.

Tayim sonrió, había cumplido su cometido; ganar el tiempo suficiente hasta que su padre culminase su gestación.

Y fue en ese preciso instante cuando supo que, por fin, la profecía se había cumplido.