Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 53. Verso
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53. Verso

Verso no podía liberarse.

La presión que ejercía la cola de Cincela alrededor de su cuello se sentía cada vez más restrictiva. Más opresiva.

Llevó las manos hacia la superficie escamada de aquel grueso látigo, tratando inútilmente de escapar de la asfixia. Pero no pudo. Iba a morir allí, bajo aquella densa oscuridad únicamente iluminada por los ojos carmesíes de la lenovense, que atravesaban la penumbra como dos llamas.

Cincela acercó la punta de la cola hacia su rostro, arrastrando al clérigo con ella.

Verso detuvo sus sacudidas nerviosas cuando el rostro de Cincela se dibujó de pronto frente a él, apenas a un palmo de distancia.

Baba negruzca se deslizaba de entre los colmillos de la joven y la luz rojiza que desprendían sus ojos lo cegó, obligándole a apartar la mirada.

—Cincela… por favor. —Su voz parecía perderse en la densidad del aire—. Me… ¿me vas a comer?

Cincela lo observaba en silencio. No pronunció palabra; la única respuesta que recibió fue el vaho entrecortado de su aliento, jadeante, como el de un perro famélico que encuentra comida tras días sin llevarse nada a la boca.

Era extraño. Incluso con la apariencia de un monstruo, aun cuando su cuerpo estaba a punto de ser desgarrado y devorado, Verso sentía aquel cosquilleo en el estómago al tener a Cincela tan cerca.

Tenía ganas de gritarlo. De poder decirle lo que significaba para él.

De lo que siempre había sentido, desde el primer momento que cruzó miradas con ella. Pero no era momento. No ahí.

Pero… ¿Y si lo iba a matar de verdad?

¿Y si esa era la última oportunidad que tenía de hacerlo?

—Cincela yo…

El clérigo tosió sangre. No le quedaba mucho y, aun así, sonrió como siempre hacía cuando estaba cerca de ella.

—No sé si me estarás escuchando. No sé siquiera si me entiendes o si esto va a quedar en el olvido —inspiró aire, todo el que la opresión de la cola le permitió—.

No sé qué pasará hoy, ni qué pasará con nosotros mañana.

Pero lo que sí sé es que...—sus ojos se humedecieron—.

Es que… Cuando sonríes, se me olvida todo lo que pasa ahí fuera.

Que cuando sangrabas y pensaba que te perdía, sentía que mi alma se rompía en dos.

Y a pesar de que ahora vas a matarme... quería que supieses que conocerte es lo mejor que me ha pasado.

Cincela lo miró fijamente. Por un instante, el tono rojizo de sus ojos titiló. Como si algo, muy dentro de ella, se hubiese roto.

—He encontrado el sentido de mi vida a tu lado.

Desde el primer día que te vi, Cincela, supe que era contigo donde debía estar.

Donde quería estar —sorbió, aspirando la mucosidad que amenazaba con salir—.

Sé que no soy un príncipe, y mucho menos un diestro guerrero.

Tan solo soy… un simple aprendiz de clérigo.

Torpe. Tímido. Y con un miedo constante hacia todo lo que me rodea.

Y tú, en cambio… aspiras a mucho más. A ser una reina, o quizás una Capitana.

A algo mejor que… yo —su voz sonaba entrecortada—.

Y por eso mismo… he tratado de evitar sentir esto por ti.

Durante todo este tiempo he intentado escudarme frente a estos sentimientos que afloran en mi pecho y que tan solo tú me despiertas.

Pero… —se tomó unos segundos para calmar su llanto—.

Pero… tan solo bastaba una caricia, una sonrisa, una mirada…

para que ese escudo se rompiese en mil pedazos y ese mariposeo me inundase otra vez.

—Verso agachó su cabeza, el llanto quebró su voz—.

Tan solo deseo que, si hay vida más allá de esta, si vuelvo a coincidir contigo en otra época, en otro tiempo o en otro lugar…

espero ser el hombre que mereces tener y poder sostenerte las manos y, mientras te miro a los ojos, poder decirte…

Tragó saliva.

—Te amo.

Silencio.

Durante unos minutos el sollozo de Verso fue lo único que se escuchó en aquella diáfana habitación.

Poco a poco, al no recibir respuesta, el aprendiz se atrevió a abrir los párpados. Los había apretado tan fuerte que tardó varios segundos en recuperar la visión. Pero en cuanto sus ojos se acostumbraron de nuevo al entorno, pudo ver el rostro de Cincela justo frente a él.

Una lágrima negra rodó por su mejilla abriéndose paso a través del campo de escamas hasta que, finalmente, salpicó el suelo.

Verso siguió el trayecto con la mirada y frunció el ceño al ver cómo, sobre la salpicadura, comenzaban a brotar preciosas flores silvestres de todo tipo de colores.

Alzó de nuevo los ojos y se encontró con los de Cincela.

Las escamas que rodeaban sus párpados se habían desprendido y sus orbes carmesíes se rompieron en infinidad de esquirlas, como si estuvieran hechos de cristal.

Cuando los fragmentos rojos cayeron al suelo, Verso se encontró, al fin, con la mirada que tanto había añorado. Los ojos celestes de Cincela emergieron bajo la capa de escamas negras, repletos de lágrimas.

—Cincela estás… eres…

La piel escamada comenzó a agrietarse poco a poco y, como si fuera un cascarón, empezó a eclosionar. Las garras se desprendieron de sus dedos y cayeron al suelo convertidas en ceniza. Los mechones de su cabello se fueron aclarando hasta adquirir un tono platino, como si irradiaran luz propia.

Fue entonces cuando seis alas totalmente blancas irrumpieron desde su espalda e inundaron la habitación. Colosales. Imponentes. Cerrándose sobre ellos hasta abrazarlos.

Cincela alzó una mano y la posó sobre la mejilla de Verso. El contacto ya no se sentía frío ni inerte como momentos antes, sino que era… cálido y reconfortante.

—No quiero esperar a otras vidas —susurró Cincela—. Pues el Verso que yo quiero a mi lado es el que he conocido en esta.