52. Yavan
Un eslabón más cayó al suelo y, con él, la última cadena que le oprimía se desprendió de su cuerpo.
—¡IZH!
Pero él ya no le escucharía más. La pieza de Yavan había canalizado por completo la corrupción sobre el Vastali. Su propósito se había cumplido.
Gheva miró a Izh y vio cómo su cuerpo estaba ya completamente cubierto de escamas negras. Sus alas, antaño blancas, habían adquirido un tono oscuro, similar a las de un enorme cuervo. El vendaje que cubría sus ojos se desprendió, revelando unas pupilas carmesíes propias de un Hiniur.
Las cadenas que sostenía se deshicieron como polvo entre sus manos y él, presa de la germinación de Yavan, hincó una rodilla en el suelo antes de comenzar a desvanecerse en partículas oscuras.
Lo último en desaparecer fue su rostro, que no dejó de mirar a la Creadora con un gesto cargado de culpa y arrepentimiento.
Unas últimas palabras escaparon de sus labios antes de abandonar el Vacío Primordial mientras una lágrima de sangre surcaba su rostro.
—Siento haberte fallado.
Gheva bajó la mirada, incapaz de presenciar aquel final.
Izh había muerto. Y el único responsable de un acto como aquel, el único capaz de matar a un ser celestial, se encontraba justo frente a ella, al otro lado del tablero.
Yavan proyectó un sonoro alarido que hizo temblar las piezas que aún permanecían en pie. Estiró sus alas, que crujieron al desentumecerse. Su cola se agitó con violencia de un lado a otro, como si intentara recuperar la movilidad que durante tanto tiempo le había sido negada.
Una vez cesó su chillido funesto, Yavan dirigió sus orbes carmesíes hacia el frente, posándolos sobre Gheva.
Ella estiró ambos brazos hacia los lados y juntó los dedos de cada mano, sin apartar la mirada de su oponente.
De cada antebrazo nació un torrente de luz cortante que recorrió el trayecto que marcaban sus dedos, y que se estrechaba a medida que se acercaban a la punta.
Ahora que estaba sola y Yavan había sido liberado, posiblemente decidiese atacar. Y ella debía estar preparada.
—Qué bien se siente volver a ser libre —espetó, sonriente, observando sus garras mientras las abría y cerraba—. Volver a gozar de mis poderes… sin restricciones.
Gheva no respondió. Se limitó a mantener el flujo de luz en sus espadas, preparada para el ataque que, en cualquier momento, Yavan podría asestar.
—Oh no. No querida, por favor, no aquí —dijo con un canturreo burlesco en su tono—. No voy a ser tan estúpido de atacarte estando en el Vacío Primordial y contradecir las leyes de Padre.
—¿Desde cuándo te han importado las leyes de Padre?
—replicó Gheva, furiosa—. Has intentado destruir mi Creación desde el primer día en que le di forma.
Has corrompido a los humanos que yo misma di vida, sembrando en ellos tu rencor, tu avaricia y tu maldad.
Así que dime, ¿por qué habría de creer que no me atacarás, si es eso mismo lo que más deseas?
Yavan alzó una ceja.
—Quizá no me he explicado con la suficiente claridad —dijo, peinándose hacia atrás los mechones entre los cuernos—. No eres tú a quien quiero ver muerta —entornó los ojos lentamente—, sino tu mundo. Todo lo que has creado. Siempre fuiste la que lo hacía todo bien… y Padre solo tenía ojos para ti.
—Yavan…
—Daba igual cuánto me esforzara. Daba igual todo lo que creara. No le importó cuando di forma a los Hiniur… porque tú apareciste, no con una sola raza, sino con un mundo entero. Humanos, animales, plantas…
—Yavan, escúchame.
—Y no solo eso —prosiguió—. También creaste conceptos como la belleza, la perfección, el amor… Debes estar orgullosa. Tanto como Padre lo estuvo. ¿No es así?
—No lo comprendes. Estas ciego de…
—¿Rencor? —acabó de decir él—. Sí, tal vez sea el rencor quien habla ahora por mí. Pero ¿sabes? Me da lo mismo. No te soporto. Nunca lo he hecho. Y hoy, como prometí, seré yo mismo quien acabe con todo.
—Tu rencor ha ido demasiado lejos. Padre tiene en estima a todos sus hijos… y a ti, especialmente. Naciste con el don de la perfección. Y eso, lejos de convertirte en el Dios que todos esperaban, te ha arrastrado a convertirte en lo que eres hoy. En el ser que juraste destruir. ¿No te das cuenta?
La pieza del Rey oscuro comenzó a desprender humo violáceo y la membrana que lo envolvía estalló, revelando lo que descansaba en su interior.
—Vaya, justo a tiempo.
—Responde.
Yavan curvó sus labios en una media sonrisa, dejando entrever sus colmillos.
—Querida, ¿aún no lo has entendido? —interrumpió, alzando su mano oscura y apuntando hacia su Rey—.
Voy a destruir todo cuanto has creado. Pero no aquí.
—Su cuerpo comenzó a deshacerse en partículas sombrías que cruzaron el tablero y se fundieron con la figura—.
No al alcance de los ojos de Padre —su rostro fue lo último en deshacerse—.
Lo haré desde dentro… encarnándome en tu preciada Creación.
Gheva fijó su mirada en el Rey oscuro y pudo observar cómo, sobre su peana, se iba irguiendo una pieza grotesca.
Una vez se alzó por completo, desplegó unas imponentes alas negras y unos cuernos que se retorcían y apuntaban al cielo, mientras una prolongada cola escamada se enroscaba alrededor de la base.
—Tu Rey…—espetó Gheva asimilando lo que sus ojos contemplaban—. Depositaste tu esencia en él...
Yavan soltó una carcajada mientras su rostro se desvanecía y las últimas partículas de su cuerpo se adherían al Rey oscuro.
Las casillas que lo rodeaban se tornaron negras al instante. Las piezas colindantes retrocedieron, arrastradas por la ráfaga de aire que levantó al desplegar sus alas. Las casillas se calcinaron como ceniza y todo a su alrededor se corrompió ante su mera presencia.
Gheva estaba en lo cierto. Su intuición no había fallado y Yavan había depositado parte de su alma en aquel hombre con el único propósito de, llegado el momento, materializarse en el mundo a través de él.
Pero lo que Yavan no sabía era que ella ya estaba preparada para ello.
Apagó los sables lumínicos que brotaban de sus brazos. Cerró sus seis alas entorno a su cuerpo, como un cascarón. El yelmo dorado desapareció de entre sus ojos y su cuerpo comenzó a deshacerse en delicadas partículas de oro que cruzaron el tablero.
Uno de los peones comenzó a elevarse mientras las partículas de luz se adherían a su cuerpo, devolviéndole el tono blanco que alguna vez tuvo.
La luz que irradiaba se expandió hacia todas las casillas del tablero, tornándolas completamente blancas.
Sobre su espalda emergieron seis enormes alas nacaradas y sobre su cabeza se formó un yelmo dorado que le cubrió la parte alta del rostro.
Si Yavan descendía al mundo para destruirlo, entonces Gheva lo seguiría y lo mataría allí mismo. Aunque eso implicase desobedecer a Padre.