Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 51. Tayim
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51. Tayim

El cuerpo de Ramis se balanceaba al compás de los vaivenes impuestos por la cola de Tayim al andar.

El joven Emisario se acercó al grupo de humanos.

El color púrpura de sus ojos se desvaneció y, con ellos, las mentes que poseía se liberaron de su control.

Muchos se desplomaron de rodillas al volver a la realidad.

Otros se tambalearon luchando por mantenerse en pie, mientras la sombra de Tayim se extendía sobre ellos a medida que se acercaba.

El Emisario desvió la mirada y se encontró con los ojos esmeralda de Jedena quien, a duras penas, se mantenía en pie apoyada sobre su tridente, el cual había recuperado. Tayim dirigió su cola hacia delante, mostrándole el cuerpo inerte de Ramis.

—He aquí el héroe que iba a salvaros.

Jedena se giró levemente para comprobar la veracidad de las palabras del enviado de Yavan. Tenía razón: Ramis había muerto. Ahogó su ira interna y su tristeza aferrándose fuertemente a su tridente.

¿Quién lo enfrentaría ahora? ¿Quién acabaría con Grifford cuando despertase? Nadie estaba en condiciones de hacerle frente y los reyes parecían estar tardando demasiado en acabar con lo que fuera que estaban enfrentando allí arriba.

Iban a morir.

La comandante mantuvo el duelo de miradas con Tayim, esforzándose por guardar la compostura, disimulando el temblor en sus piernas que suplicaban dejarse caer en el suelo y descansar.

Intentó imbuir sus párpados con su Bendición, pero apenas un destello cruzó sus ojos antes de apagarse como una estrella fugaz.

La risa enfermiza de Tayim volvió a inundar el lugar.

—No lo intentes, comandante —advirtió—. Ninguno de vosotros está en condiciones siquiera de alzar un arma, y mucho menos de hacer uso de vuestras Bendiciones —lentamente, llevó de nuevo la cola tras de sí, sin soltar el cuello de Ramis—.

Os he liberado de mi control mental solo por un momento para que podáis contemplar la muerte de vuestro querido Capitán y, con él, vuestra última esperanza de vencerme.

No querríais perderos un acontecimiento así, ¿verdad que no?

—soltó una carcajada—. Tras él, vosotros seréis los siguientes— alzó el brazo, abriendo las garras—. Empezando por ti, comandante del Diez.

Jedena intentó alzar su tridente y colocarlo frente a ella con la esperanza de interceptar las garras que estaban a punto de segarle la vida. Pero no podía moverse.

Dio un paso al frente y, al hacerlo, el tridente se le resbaló de entre los dedos, aterrizando contra el suelo con un repiqueteo.

Sin dejar de jadear, la comandante del escuadrón Diez, hermana del rey y actual líder del reino de Capital, alzó su cabeza dispuesta a aceptar su final.

Aunque sus pupilas se humedecieron, ella no apartó su mirada de Tayim.

Si iba a morir, quería hacerlo mirando a aquel monstruo a los ojos.

—Di adiós, comandante.

Un grito agónico inundó el silencio.

Todas las miradas se posaron en el Emisario cuando este detuvo sus intenciones y lanzó aquel chillido desgarrador.

Jedena ladeó lentamente la cabeza, tratando de descubrir qué podía haberle causado tal dolor y, en cuanto posó la mirada tras Tayim, fue que lo entendió.

La punta de su cola, la cual seguía enroscada al cuello de Ramis, desprendía humo blanco. Su piel comenzó a despedazarse en tiras y sus escamas a caer como hojas de otoño.

Al observar con más detenimiento, Jedena se percató de que, en el interior de los tres desgarros abiertos sobre el pecho del lenovense no había sangre, ni carne, ni huesos. Solo luz.

En la parte de su torso que no estaba cubierta por la armadura, comenzaron a entrelazarse un mar de hilos dorados que se extendieron sobre su piel. Desde su omóplato izquierdo brotó un ala iridiscente que rasgó la piel al emerger mientras una lluvia de plumas caía a su alrededor.

Poco a poco, la cabeza de Ramis comenzó a alzarse. Sus ojos, ahora imbuidos en luz, se fijaron en el Emisario.

Tayim, incapaz de soportar por más tiempo el ardor que le provocaba el simple contacto con Ramis, deshizo la constricción en su cuello. El lenovense flotó hacia el suelo con elegancia, aterrizando sobre las puntas de sus pies.

—Tú… No es posible… deberías estar…

Ramis alzó su brazo horizontalmente.

Su espada, tendida varios metros más allá, voló directa hacia su mano. El lenovense cerró los dedos alrededor de la empuñadura y bajó el arma con firmeza. Aquel simple movimiento levantó un vendaval de aire que partió la tierra a sus pies, levantando un pequeño montículo tras él.

Tayim reparó entonces en que no se trataba de una espada mortal. No al menos como la que había blandido el Capitán momentos antes. Su hoja no era de acero, sino de pura luz blanca.

—Tú no eres humano.

Ramis permaneció inmóvil unos segundos más tras aquella afirmación. Sus ojos, completamente blancos, seguían mirándolo.

—Ya veo —espetó Tayim, abriendo y cerrando sus palmas—.

Parece que Gheva te ha dado una oportunidad más.

Bien, no importa. Será un placer volver a verte agonizar —se inclinó, extendiendo sus alas oscuras tras él—.

Dime, Capitán, ¿cuántas veces más quieres morir hasta darte cuenta de que no puedes vencer?

Ramis alzó su espada, dejando el filo a escasos centímetros de su rostro. Sus ojos de luz no parpadearon, ajenos al brillo que la hoja emanaba e iluminaba su rostro.

—Mátame mil veces, y mil veces me levantaré.

Ambos se lanzaron a la vez.

Los comandantes retrocedieron impulsados por el huracán que se levantó debido a la colisión.

Ya no se trataba de un combate como cualquier otro, sino la lucha entre dos seres de otro plano. Dos deidades cósmicas. Dos Dioses.

Ramis se impulsó hacia adelante con su única ala, trazando tajos en el aire que dejaban surcos de luz a su paso. Tayim los esquivaba con agilidad, utilizando sus propias alas para impulsarse en la dirección contraria al filo y esquivarlo.

El suelo se resquebrajaba en cráteres allí donde los tajos fallidos del Capitán impactaban, levantando la tierra al contacto con el aire cortante que descendía tras cada estocada.

Tayim vio el momento oportuno y se lanzó hacia Ramis, adelantando las garras de sus pies con la intención de clavarlas en el pecho desnudo del lenovense. Pero Ramis no se inmutó. Lo miró fijamente mientras contemplaba como las escamas de las garras se calcinaban al tocar su cuerpo.

Tayim batió sus alas y se apartó de él. Pero el Capitán no le concedería tregua. Ni piedad. Aquel monstruo malnacido solo hallaría descanso cuando su cuerpo se pudriera bajo la tierra.

El lenovense giró en el aire y, con un golpe de su ala, se impulsó hacia arriba para, seguidamente, descender como una flecha hacia el Emisario. Su espada iba por delante, como un aguijón, buscando el corazón de Tayim, si es que tenía uno.

Pero, una vez más, el Emisario logró esquivarlo.

Aun sabiendo que se quemaría, Tayim lo sujetó del brazo al sobrepasarle y lo arrojó con fuerza, lanzando al Capitán contra la roca maciza de la montaña.

La piedra estalló cuando Ramis apoyó las plantas de los pies en la fachada y se impulsó de entre los escombros, volviendo directo hacia él.

Colisionaron.

Tayim logró apartarse de la trayectoria de la espada. Aun así, el filo le rozó y le abrió un tajo en el hombro. A su vez el Emisario, aunque herido, pudo asestarle una cuchillada que desgarró el ala del Capitán.

Aterrizaron en el suelo, heridos.

Silencio.

La sangre oscura se deslizaba por el hombro escamado de Tayim. Intentó regenerarse, pero su cuerpo no respondió.

Frente a él, Ramis se apoyaba con su espada clavada en el suelo, medio inclinado, mientras de su ala brotaba sangre en forma de luz líquida.

Se miraron.

No dijeron nada.

Tayim se llevó una mano a la herida, cubriéndola.

Ramis sacudió sus plumas desprendiéndose del líquido dorado que las bañaba.

Ambos aprovecharon aquel breve instante para reunir fuerzas. El segundo asalto estaba a punto de comenzar.