Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 50. Ramis
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50. Ramis

Estaba solo.

Un ejército de orbes violetas danzaba en la penumbra que lo rodeaba, aguardando el momento idóneo para cargar.

La misión que se le había encomendado aquel día era, sin duda, la más difícil desde su ascenso al rango de Capitán.

No solo debía dar muerte a dos seres divinos encarnados como Emisarios (uno de ellos en su fase evolutiva más avanzada) sino que, además, tenía que evitar el ataque inminente de los suyos sin causarles daño.

Alzó la mirada y la posó en la cima de la montaña que se erguía a su derecha.

Allí pudo percibir una ola de fuego negro que se dirigía hacia Yskar, el cual la esquivó a duras penas.

Vio a Ilma volar en círculos, evitando unas líneas negras que se dirigían hacia ella y que emitían un sonido estridente al surcar el cielo.

Vio a Álvar correr hacia uno de ellos, pero unas cadenas negras aparecieron desde el suelo y le atraparon una de las patas, impidiéndole avanzar.

Era cierto; nadie acudiría en su ayuda.

Ramis bajó de nuevo la mirada. Sus compañeros lo aguardaban, dispuestos a matarlo. Incluso si lograba esquivar los ataques de todos ellos (sin herirlos, pues actuaban bajo la influencia de Tayim), aún le restaba alcanzar al propio Tayim y matarlo para poner fin a todo aquello.

¿Pero cómo iba a lograrlo? Su espada no era más que una simple arma mortal y, aunque atravesara una y mil veces la carne de Tayim, este se regeneraría continuamente.

Pero no iba a darse por vencido. No podía. Aquel día había mucho en juego: el futuro del mundo y la prosperidad de la humanidad. Sobre todo, no podía rendirse ante los seres que le habían arrebatado todo cuanto había amado.

Ramis cerró los ojos, centrando la atención en su respiración. Controlaba cada inhalación, regulando con cuidado el aire que entraba en sus pulmones. Poco a poco, fue evadiéndose de aquel lugar y del peligro que corría para concentrarse en los sonidos que le envolvían.

Escuchó el repique metálico de las lanzas cuando los brevodianos apuntaron a su cabeza.

Las contundentes pisadas de las armaduras capitenses rodearlo.

El zumbido de las cuerdas de los arcos davenses al tensarse.

Incluso percibió la vibración de los hilos de saliva oscilando entre los colmillos de los osos monteses al respirar.

Apretó los dedos en torno a la empuñadura.

Estaba listo.

Ramis enderezó la espalda de golpe y juntó ambos pies, tobillo con tobillo, adoptando una postura firme y completamente erguida. Un instante después, justo donde su pierna había estado, se clavaron las puntas de cinco lanzas brevodianas.

Desde esa misma postura, el lenovense inclinó el torso hacia adelante y las enormes fauces de Beti se cerraron justo por encima de su espalda, dejando un reguero de baba que resbaló por la parte posterior de su coraza.

Aun con los ojos cerrados, Ramis se deslizó hacia un lado y se incorporó de nuevo. Varios pernos de Azava atravesaron la capa dorada del lenovense en pleno movimiento, perforando la tela.

Entonces percibió un siseo. El Capitán se giró en aquella dirección e hizo rodar el mango de su espada en su mano con una velocidad asombrosa, hasta que la hoja comenzó a rotar como las aspas de un molino.

Las cuatro flechas disparadas por los davenses volaron hacia él, pero se encontraron de bruces con el acero oscilante que las frenó en el aire.

Ramis detuvo el giro de su espada y las flechas cayeron a sus pies.

Deslizó el pie derecho por la tierra y alzó la espada por encima de su cabeza, incrustando la hoja entre los picos del tridente de Jedena justo cuando se dirigían a su pecho.

Con un giro brusco, desvió el tridente y lo lanzó lejos.

Volvió a juntar los pies, irguiéndose para esquivar otra andanada de flechas davenses.

Pero, finalmente, la maza de Tretton se abrió paso (blandida por los brazos que le confería su Bendición) y se estrelló contra la parte posterior de la coraza del Capitán, lanzándolo hacia adelante.

Debido al impacto, Ramis abrió los ojos y se encontró de pronto con Íkaro, sobre quien cayó sin poder evitarlo.

El brevodiano le lanzó una última mirada con sus ojos púrpura antes de propinarle una patada en el pecho que lo devolvió al centro del círculo.

Ramis rodó por el suelo tras el empujón.

Al detenerse, sacudió la cabeza y, sin perder un instante, volvió a rodar para esquivar una nueva ráfaga de pernos disparados por Azava.

A medida que los humanos atacaban a Ramis y él se movía esquivándolos, una nube de polvo comenzó a alzarse alrededor.

Tayim perdió de vista lo que ocurría cuando la nube envolvió por completo el lugar.

Pero no le importaba. Estaba satisfecho.

Ver al Capitán en aquella situación, aferrándose a la vida, negándose a morir a manos de las personas que alguna vez juró proteger, le producía un placer que no sabía explicar.

Lo que más le divertía, sin duda, era que se atreviera, él solo, a plantar cara a todo un ejército. Y no a un ejército cualquiera, sino a los hombres y mujeres más preparados del mundo.

Tayim estalló en carcajadas mientras escuchaba los chasquidos del metal al colisionar dentro de la nube de polvo, el silbido de las flechas surcando el aire, el estruendo de las fauces de los osos al cerrarse con brutalidad...

¿Lo habrán matado ya?

¿Cuánto más podrá resistir?

¿Cómo de desesperado tiene que estar para que él solo decida enfrentarse…?

La espada de Ramis salió despedida de entre la nube, abriéndose paso entre la opacidad del polvo y la tierra hasta encontrar descanso al incrustarse justo en el centro de la cabeza de Tayim.

El Emisario abrió los ojos y la boca todo lo que pudo, desconcertado por el impacto repentino.

Su mano temblaba mientras la alzaba hacia la hoja, como si necesitara confirmar que, en efecto, tenía una espada clavada en la frente.

Sus dedos rozaron el acero helado, mientras la sangre negruzca comenzaba a deslizarse por su rostro.

De entre la nube de polvo emergió una silueta, cada vez más definida, que avanzaba lentamente hacia él. A medida que abandonaba la bruma, Tayim pudo reconocer de quien se trataba.

Ramis caminaba despacio, cojeando. Su rostro estaba cubierto de tierra y sangre proveniente de uno de sus ojos, el cual tenía ligeramente cerrado.

Su capa dorada era apenas un jirón de tela que colgaba de uno de sus hombros.

Parte de su coraza se había quebrado, dejando expuestos el hombro derecho y una porción de su pectoral, mientras que la otra mitad estaba marcada por infinidad de fisuras, probablemente causadas por las armas que habían impactado contra él.

Uno de sus brazos colgaba a un lado, atravesado por varias flechas. En la pierna, desde atrás, se incrustaba una hoja de lanza davense, lo que le provocaba aquella cojera que le impedía caminar con normalidad.

Y, sin embargo, seguía avanzando.

Ramis se detuvo al alcanzar a Tayim, que permanecía arrodillado, tratando, en vano, de arrancarse la espada clavada en su frente. El Capitán lo observó en silencio durante unos segundos. Sus ojos azules se entornaron y le dedicaron una mirada de desprecio.

¿Cómo había sido capaz de burlar a todo un ejército él solo?

La mano sana de Ramis se apoyó sobre el mango de la espada que sobresalía de entre las escamas de Tayim.

¿Cómo seguía vivo aquel estúpido hombre?

Ramis alzó su pierna y apoyó la planta de su pie sobre la cara del engendro.

—He perdido demasiado como para temerte —sentenció, débilmente—.

Soy hijo de unos padres asesinados y padre de una hija corrompida por vuestro afán de poder y conquista —extrajo la espada lentamente de entre el cráneo del Emisario—.

Me habéis arrebatado el reino que me vio crecer y al que consagré media vida defendiendo —enarboló la espada hacia atrás—.

Juré proteger a los míos incluso si ello conllevaba mi muerte.

—Descendió la mirada, observando la herida que se abría en la frente de Tayim—.

Hoy me aseguraré de acabar con tu vida y así jamás volverás a…

La cola de Tayim se dirigió como una flecha hacia el Capitán, interrumpiéndolo al enroscarse en su cuello y alzarlo varios metros en el aire.

La espada salió despedida de su mano, deslizándose por la tierra hasta detenerse a varios metros de distancia.

Fue entonces cuando Tayim agitó la cola con fuerza, meciendo a Ramis como un péndulo, hasta dejarlo colgando frente a él.

—¿No volveré a matar a nadie más? ¿Es eso lo que ibas a decir, Capitán?

Hilos negros comenzaron a entrelazarse de un lado al otro de la herida, cosiendo la carne hasta sellar la piel de su frente por completo.

—Te equivocas —prosiguió sonriente, mientras Ramis forcejeaba, intentando introducir las manos entre la cola y su garganta y así evitar asfixiarse—.

Porque el próximo en morir… —acercó la cola hacia él, acortando la distancia lo justo para que sus garras pudieran arrebatarle la vida de un solo zarpazo—. Vas a ser tú.

Tayim abrió su zarpa.

Ramis no dijo una sola palabra. Lo había intentado. Una vez más, lo había dado todo... y, aun así, no había sido suficiente.

¿Quizás era verdad? ¿Aquello que está escrito jamás puede cambiarse?

Tayim dirigió sus garras al corazón del Cruzado.

Ramis apretó su mandíbula, dispuesto a recibir el golpe que acabaría con él. Pero, en el último momento de su existencia, solo pudo pensar en una cosa y, de forma casi involuntaria, una palabra escapó de sus labios.

…Cincela.

Las garras completaron su recorrido, desgarrando la coraza perlada del Capitán como suave mantequilla, dejando tres profundas marcas en su torso que desgarraron su piel y expusieron su carne. La sangre lo salpicó todo, deslizándose por su cuerpo hasta gotear desde sus pies hasta el suelo.

Ramis dejó de forcejear. Su cuerpo, aún suspendido en el aire por la cola de Tayim, se desplomó, quedando inerte, colgando como un muñeco.

—Al final, eres como todos —dijo, manteniendo el cuerpo del lenovense meciéndose sin vida—. Un simple mortal con demasiado afán por ser el próximo héroe del mundo —se encogió de hombros—. Que tu muerte sea el recordatorio de que la profecía se cumplirá.