Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 49. Tayim
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49. Tayim

Las gotas de sudor pronto empaparon su frente. Sostenía su espada con manos temblorosas, fruto de su respiración acelerada. Para alguien como Ramis no era fácil tener al asesino de sus padres de rodillas frente a él y no segarle la cabeza de un espadazo.

—¡RESPONDE!

Tayim se mantuvo en silencio durante unos segundos antes de contestar, sintiendo el frío acero acariciándole el cuello.

—Has conseguido escabullirte de los demás y alcanzarme por la retaguardia. Es toda una hazaña, te felicito —sus colmillos se mostraron en plenitud cuando sonrió—. Adelante, clava tu espada, sé que estas deseándolo.

Ramis contuvo su ira y sus ganas de acabar con aquel miserable.

—¿Por qué… matasteis…—calló, pues aún le pesaba pronunciar el nombre de su progenitor— … a Azhna?

Tayim soltó una carcajada.

—¿Eso quieres? —giró la cabeza hasta lograr hacer contacto visual con el lenovense—. ¿Sabes? Tienes razón, saciaré tu curiosidad. Has demostrado ser un hombre valiente y me gustaría premiarte por ello. ¿Qué menos que sepas todo antes de perder la vida?

Tayim hizo ademán de girarse del todo para así poder observar la desesperación en los ojos de Ramis cuando le contase la verdad, pero el Capitán interpuso su espada impidiéndole mover un solo musculo de su cuello, abriéndole un leve corte en la mejilla escamada.

Tayim estiró su lengua y se limpió el fino hilo de sangre.

—Qué modales, Capitán —dijo, volviendo a posar sus ojos sobre los humanos más allá, empleando su facultad y provocando que se atacasen entre sí—.

Está bien, lo haremos a tu manera —suspiró—.

Te seré sincero: no fui yo quien tuvo la idea de matar al viejo.

Por alguna razón que no sabemos, el día del pacto matrimonial con tu hija, Azhna y Álvar averiguaron que aquello era más que una simple ceremonia de casamiento.

Sintieron el mal dentro de Cincela y, para no crear un revuelo en el castillo, decidieron (en secreto) paliar el efecto con Éfir.

La furia de Ramis se incrementó.

—¡Pobres imbéciles! De verdad creyeron que un poco de Éfir bastaría para erradicar la semilla de Yavan —Tayim soltó una carcajada seca—.

Pero a mi padre no le agradaba la idea de que Azhna empezara a sospechar de él…

ni de su vínculo con Yavan. Fue entonces cuando decidió matarlo.

Con el viejo fuera del camino, ya no quedaba nadie en todo el reino que pudiera descubrir lo que realmente éramos.

Tayim guardó silencio mientras se concentraba en seguir poseyendo a los comandantes.

—Pero aún teníamos un problema —prosiguió—.

Álvar también sospechaba de nosotros. Fue por eso por lo que mi padre mandó un ejército de Hiniur capaces de moverse por mar abierto.

Tan solo tenían una orden: encontrar el barco en el que viajaba Álvar, emboscarle y matar a todo humano que hubiese con él —volvió a mostrar su perfil hacia el Capitán—.

Pero subestimamos a Álvar, he de reconocer.

Lo dimos por muerto y no creímos que aparecería de pronto en Lenov para protagonizar la carnicería que vino después —se observó las garras, mostrando despreocupación—.

Un ataque un tanto desesperado para alguien como él.

Lo único que consiguió desvelando nuestra autentica identidad antes de tiempo fue adelantar el día del fin del mundo.

Ramis no lo soportó más. Con lágrimas en los ojos y una ira que cada vez quemaba más, hundió su espada en la nuca de Tayim hasta que la punta de la hoja asomó por la garganta.

—Mi padre no se merecía morir así —espetó, firme, extrayendo la espada de entre la carne—. Desde hoy, recordarás su nombre eternamente, pues me encargaré de grabarlo sobre esta tierra con tu sangre.

La risa de Tayim resonó en el ambiente mientras se levantaba del suelo.

—Oh, Capitán... qué conmovedor —dijo, girándose hacia Ramis, mientras hilos negros cosían lentamente la herida en su cuello—.

Todo ese sentimentalismo y dramatismo...

justo frente a quien está a punto de matarte.

¿Dónde está el Capitán frío que yo solía conocer?

¿Aquel que no titubeaba en arrasar con sus enemigos y quitarles la vida como meras hormigas huyendo de su refugio?

La espada de Ramis volvió a surcar el aire al descender sobre Tayim, pero el joven Emisario esquivó el golpe haciéndose a un lado, como si hubiese intuido el ataque.

El acero golpeó la tierra y Ramis, aprovechando la inercia del arma, la alzó nuevamente y asestó un tajo diagonal que cruzó el torso escamado del monstruo.

Pero tan pronto se abrió la herida en la piel de Tayim, hilos negros emergieron de cada lado uniendo la carne y devolvieron al Emisario el aspecto de siempre.

Ramis jadeaba. Era inútil. Una espada común no podía dañarlo, por mucho que lo intentara. Y, en cambio, él... parecía disfrutar de aquel momento, como si no fuera más que un juego de niños.

Tayim se encogió, desplegó sus alas y las batió, alzándose en el aire.

Una vez arriba, volvió a batirlas para lanzarse contra el Capitán con las garras abiertas.

Fue increíblemente veloz, pero, aun así, Ramis logró interponer su espada entre su pecho y las zarpas, deteniendo el golpe que habría extirpado su corazón.

Tras el impacto, Tayim giró en el aire hacia atrás, aterrizó sobre sus cuatro extremidades en el suelo y se abalanzó de un salto sobre el Capitán.

El acero volvió a repeler el ataque.

Una vez tras otra, Tayim aterrizaba en el suelo y, seguidamente, arremetía contra el lenovense, atacándole desde todos los ángulos. Ramis, en respuesta, procuraba defenderse de los ataques con la espada que blandía, tratando de intuir desde qué lugar atacaría Tayim cada vez.

Para cualquiera que los viese desde fuera, podría parecer que Ramis dominaba la espada con tanta destreza que incluso podía hacer frente a un Emisario.

Pero él sabía que no era cierto. Tayim tan solo se divertía y estaba alargando aquel momento todo lo posible, mientras Ramis se desgastaba... y moría.

Un chasquido resonó cuando las garras de Tayim golpearon la espada por última vez, antes de cesar el ataque y apartarse del lenovense.

Ramis estaba exhausto. Tenía el pelo húmedo de sudor y su armadura, el más alto emblema del reino al que una vez sirvió, se sentía más pesada que nunca.

Su capa dorada, hecha jirones por los zarpazos de Tayim, ondeaba débil tras él, como si también ella hubiese renunciado al reino que una vez representó y solo anhelara, al fin, descansar en paz.

—Pensándolo bien —prosiguió Tayim al detenerse—. Creo que el mejor final para un hombre como tú, que tanto se debe a los demás, es precisamente verlo morir a manos de los suyos.

Tras sus palabras, los ojos del Emisario intensificaron su brillo escarlata, reflejándose incluso en la coraza del lenovense. Tanto se avivó aquel fulgor que, de pronto, el rojo cedió, dando paso a un tono violáceo que se abrió paso entre la penumbra de la noche.

Ramis frunció el ceño, inquieto.

¿Qué pretende? Sostuvo su espada con fuerza. ¿Se ha cansado de jugar? ¿Va a combatir de verdad?

Un bosque de ojos violetas, de pronto, iluminaron el campo de batalla tras el lenovense.

Ramis se giró.

Los comandantes, brevodianos, no-nacidos, davenses y kyanos que aún quedaban en pie avanzaban hacia él con las armas desenvainadas. Sus ojos también brillaban con el mismo fulgor hipnotizante de Tayim y sus rostros, inanimados, solo mostraban un ciego deseo de matar.

Se detuvieron frente a Ramis rodeándolo en silencio. Solo se oía el siseo de las armas al desenvainarse y la pesada respiración de los osos davenses, agazapados, listos para cargar. Permanecían inmóviles, aguardando la orden de su amo para lanzarse y acabar con el último de los Cruzados.

—Debo admitir que has sido una piedra en el camino...

bastante molesta —espetó Tayim desde la distancia, manteniendo una mano alzada hacia los humanos que poseía—.

Distraerte todos estos años no ha sido fácil.

Siempre lograbas entrometerte, una y otra vez.

Incluso en un momento como este, te niegas a morir.

Pero eso acaba hoy —sonrió—. Di adiós, Capitán.