Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 48. Monarcas
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48. Monarcas

La noche alcanzó sus horas más frías. La luz lunar acariciaba los cuerpos de Yskar y Álvar, proyectando largas sombras sobre el suelo. Frente a ellos, las tres siluetas de los Espectros daban sus últimos espasmos antes de erguirse por completo y dirigir sus orbes carmesíes hacia los reyes.

—¿Espectros? —repitió Yskar, acomodando su lanza bajo el brazo, con el filo orientado hacia ellos.

—Almas atormentadas —aclaró Álvar—. Seres que se debaten entre la vida y la muerte y que solo hallarán la paz eterna cuando cumplan su cometido.

—¿Cuál es ese?

—Darnos muerte.

El brevodiano alzó ligeramente la empuñadura para dirigirla a la cabeza del Espectro de Farco.

—Pero estos no son Espectros cualesquiera —prosiguió el capitense. Sus palabras detuvieron la mano de Yskar, quien ya se disponía a accionar el pulsador de su lanza—. Deduzco que gozarán de las Bendiciones que poseían los comandantes. Incluso puede que una versión más oscura y superior de ellas.

Yskar tragó saliva, bajó ligeramente la hoja y desvió la mirada hacia la ladera. Desde allí observó cómo, más abajo, los comandantes se preparaban para enfrentar a Tayim.

—Debemos acabar con ellos rápido, entonces —declaró—. En su estado, los nuestros no podrán vencer a mi hijo solos. Y cuando Grifford despierte, enfrentarse a dos Emisarios al mismo tiempo... complicaría demasiado las cosas.

—Van a tener que contener a Tayim por su cuenta —contestó Álvar—. Si los tres Espectros se unen a él contra los nuestros... acabarán matándolos.

Antes de que Yskar respondiera, el Espectro de Doile dio un paso adelante, seguido por el de Samil. El de Farco, en cambio, permaneció atrás, arrodillado en el suelo, con las manos unidas y balbuceando algo en un idioma que los monarcas no lograron comprender.

A cada uno de los lados del Espectro de Farco se abrieron unas espirales negras, y de ellas emergieron unas cadenas. El Espectro las sostuvo con ambas manos y comenzó a tirar con fuerza mientras seguía murmurando frases ininteligibles.

Yskar frunció el ceño.

—¿Es celestial lo que susurra?

—Eso… no es celestial —respondió Álvar, entornando los ojos—. Tenemos que acabar con él primero, ¡Ahora!

El capitense corrió impulsándose con sus cuatro patas en dirección a la sombra de Farco, decidido a interrumpir aquella especie de rito que parecía estar realizando. No sabía con certeza de qué se trataba, pero cualquier cosa pronunciada en el idioma de Yavan no podía traer nada bueno.

El Espectro de Doile dio un paso al frente y su mano se envolvió en llamas negras. Extendió el brazo y lanzó un torrente de fuego oscuro contra el Rey, que logró esquivarlo. La tierra en la zona del impacto sucumbió con facilidad, derritiéndose al contacto con las llamas.

Yskar accionó el pulsador de la empuñadura y la hoja de la lanza salió disparada hacia la cabeza del Espectro de Farco. Sin embargo, un bumerán con forma de lira interceptó su trayectoria en pleno vuelo, desviando la hoja.

Álvar se mantuvo de pie, observando el muro de llamas negras que danzaban frente a él. Yskar accionó el pulsador y la hoja de su lanza volvió a su lugar con un chasquido metálico.

—No nos dejarán pasar —advirtió el brevodiano—. Los otros dos Espectros harán lo posible por impedir que nos acerquemos a él. Es un combate desigual, Álvar. Ellos son tres y nosotros…

Como si los hubiera escuchado, una sombra cayó abruptamente desde el cielo, dejando tras de sí un rastro de plumas de tonos pardos.

La nueva silueta aterrizó en cuclillas, con una caperuza gris que le cubría el rostro y que se agitaba al viento, mientras sus alas se plegaban lentamente tras su espalda.

—Entonces los enfrentaremos juntos —espetó Ilma, incorporándose y extrayendo de su manga cuatro plumas afiladas que acomodó entre sus dedos.

Tanto Yskar como Álvar dirigieron la mirada hacia la davense, que se encontraba entre ambos. Ella, sin volverse, mantenía sus ojos rasgados fijos en los Espectros, ajena al asombro que sufrían sus compañeros.

Yskar ladeó la cabeza, moviendo la crin al compás.

—Ilma, te dije que...

—Me alegra verte de nuevo, Álvar —interrumpió ella, sin dejar que Yskar le echara una reprimenda—. Te necesitábamos.

Álvar asintió.

—Y yo a vosotros —respondió—. Ahora que, como yo, gozáis del favor de Arothia y habéis sido elegidos por los Guardianes, seremos capaces de contener a los Espectros. Debemos retenerlos aquí y evitar que alcancen a los demás.

Ilma suspiró.

—Entonces debemos darnos prisa. Tayim está fuera de sí.

Regina había muerto.

Aunque desconocía cómo, Ramis lo dedujo cuando los Hiniur comunes comenzaron a desintegrarse.

Sus cuerpos escamados se retorcieron de dolor mientras ardían en partículas oscuras que tapiaron el cielo y ocultaron la luna.

Con la muerte de la Emisaria, sus creaciones habían desaparecido con ella para siempre.

El Capitán suspiró aliviado, la humanidad había dado un paso importante hacia el futuro. Con el exterminio de la amenaza Hiniur, ahora tan solo quedaba acabar con los dos Emisarios restantes y, así, la profecía se reescribiría y la raza de los hombres prosperaría.

—Esa sombra… ¿era mi hermano?

Ramis abandonó sus pensamientos al oír la voz de Jedena. Alzó la vista hacia la cima de la montaña que se levantaba imperiosa a su lado. Desde lo alto se podían percibir gritos lejanos, el sonido de desgarros y… ¿Llamas negras?

—No estoy seguro —respondió el Capitán—. Pero quienquiera que sea, Yskar e Ilma están allí arriba —desvió la mirada hacia el sendero que tenía enfrente y que desembocaba en la silueta de uno de los Emisarios—. Y nosotros, mientras tanto, debemos encargarnos de él.

Más allá, frente a ellos, Tayim gritaba desconsolado sobre el suelo; él también había percibido la muerte de su madre.

Sus alas caían hacia los lados como dos alfombras mientras su cuerpo se agitaba con violencia con cada respiración.

Los mechones de su pelo bailaban sobre su rostro y sus ojos parecían haber adquirido un tono rojizo más intenso del habitual.

Las últimas tropas de la humanidad se mantenían a cierta distancia del joven Emisario, observándolo sin bajar la guardia, intentando intuir cuál sería su próximo movimiento.

Ramis estaba unos pasos por delante del resto, espada en mano.

Quería ser él quien pusiera fin a la vida de aquella monstruosidad que tanto daño le había causado.

Pero incluso alguien como el lenovense tuvo que reprimir su impulso, pues sabía que no estaba ante un enemigo cualquiera.

Jedena dio un golpe en el suelo con su tridente y el antifaz lumínico de su Bendición cubrió sus párpados. Sin perder de vista a Tayim, la comandante del Diez avanzó hasta situarse junto al Capitán.

—¿Y bien? —preguntó Ramis cuando sintió a Jedena a su lado—. ¿Cómo queréis afrontar esto?

—Deberás cuidar tus ganas de darle muerte un poco más, Capitán. No podemos atacar ciegamente —la luz de su Bendición iluminó el perfil del lenovense—. Debe ser él quien nos ataque primero, para repelerlo hasta que podamos averiguar alguna flaqueza o punto débil.

Ramis apretó su mandíbula.

—Me pides demasiado tiempo, Jedena… y yo aún tengo muchas preguntas que necesitan respuesta.

El Capitán sostuvo con firmeza la empuñadura de su espada, observando el horizonte donde solo podía percibir una silueta.

Tayim, a lo lejos, miraba con odio a los hombres y mujeres que componían la última barrera para exterminar de una vez por todas a la humanidad.

Habían logrado acabar con el ejército Hiniur, incluso con las creaciones más letales que Regina había conseguido engendrar.

Habían dado muerte a su madre… y eso era algo que no iba a perdonar.

Su dolor, de pronto, se convirtió en una risa enfermiza que inundó el silencio del yermo.

Sus colmillos destellearon mientras se incorporaba del suelo y clavaba su mirada sádica en Ramis.

—Está vulnerable ahora —apuntilló el Capitán—. Es el momento de atacar. No va a poder hacer frente a todos nosotros a la vez.

—Yo no lo subestimaría, Capitán —respondió Jedena—. Los nuestros están exhaustos y los pocos que aún gozamos de fuerza para luchar…

—¿PERO QUE TE CREES QUE HACES?

Jedena y Ramis se giraron bruscamente hacia Shaila cuando sus gritos interrumpieron la conversación.

Bronk, el sirviente más leal al servicio de la reina kyana, había sido decapitado. Su cabeza rodó por el suelo, manchándolo de rojo a su paso mientras todos los presentes observaban al culpable del acto atroz.

Krib sostenía sus facas, lamiendo la hoja de una de ellas, retirando así la sangre que goteaba. Todos quedaron estupefactos mientras el kyano de aleta rojiza clavaba su mirada en los presentes en busca de su próxima víctima.

—¡Alejaos! —gritó Jedena—. ¡Tayim se ha apropiado de su voluntad!

A pesar del aviso, nadie vio venir el siguiente ataque. La cabeza del comandante Cecil se desprendió de su cuerpo y salió catapultada hacia arriba cuando la maza de Tretton (empuñada por los nuevos brazos que le confería su Bendición) colisionó contra ella.

El cuerpo de Cecil se desplomó inerte sobre el suelo y la sangre proveniente de su cuello brotó sin control. Los ojos de Tretton, ahora carmesíes, se posaron en todos los presentes y sus manos marmoladas sostuvieron con más ahínco la maza con la que se disponía a atacar de nuevo.

—¡No os fieis de nadie! —volvió a gritar Jedena—. ¡SEPARAOS!

Todos dieron un paso atrás creando un círculo alrededor del comandante, temiendo ser los próximos en ser golpeados por su hierro. Pero los colmillos y los ojos de Hiniur desaparecieron de su semblante tan rápido como habían aparecido y Tretton volvió en sí.

—¡No bajéis la guardia! Cualquiera de nosotros podría ser el siguiente en…

Una cuerda vegetal surcó el aire y se enroscó alrededor del rostro de Jedena, silenciándola al instante.

Shaila tiraba con fuerza del alga, intentando arrancarle la cabeza.

Fue Alina quien se lanzó en su ayuda, decidida a inmovilizar a la kyana con las agujas que blandía y liberar así a Jedena de la asfixia.

Pero, desde la distancia, Azava disparó varios pernos con su ballesta que se clavaron en el suelo frente a Alina, obligándola a detenerse. Alina frunció el ceño y, al dirigir la mirada hacia su hermana, distinguió un fulgor carmesí en sus ojos.

Tayim se había apoderado de ella.

Desde el otro lado del yermo, el Emisario iba adentrándose en las mentes humanas como un veneno, corrompiendo cada pensamiento y despojándolos de toda voluntad como simples marionetas.

Se apoderó de los guardabosques para atacar a los brevodianos que cabalgaban a lomos de sus osos monteses.

Se adueñó de los kyanos, que comenzaron a combatir entre ellos.

Y así, se iba apropiando de la voluntad de los comandantes, saltando de mente en mente tan rápido que ninguno podía intuir cuál sería su próxima víctima.

Aunque su facultad como Emisario era letal, tenía una gran debilidad. Una simple distracción bastaría para romper el vínculo y con él, el control sobre el cuerpo que poseía. Quizá, y solo quizá, ahí los humanos pudieran tener una oportunidad de contraatacarle.

Pero eso no iba a ocurrir.

Los muy estúpidos se han juntado todos en campo abierto pensó, mientras se concentraba en su siguiente posesión. No van a poder…

Su sonrisa maliciosa se borró abruptamente cuando notó un filo acariciarle la nuca. Abrió sus ojos hasta su límite; alguien había burlado su atención y había conseguido abandonar el grupo de humanos para posicionarse tras él.

La hoja que se apoyaba sobre su nuca no le permitió voltearse del todo para comprobar quien era su atacante. No fue hasta que pronunció sus siguientes palabras y escuchó la voz de aquel hombre, cuando pudo cerciorarse de quién se trataba.

—¿Por qué? —preguntó Ramis hincando la punta del filo un poco más sobre las escamas de su piel—. ¿Por qué mataste a mi padre?