Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 47. Ohmne
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47. Ohmne

La Reina de Yavan había caído y, con ella, el resto de sus piezas. Frente a él solo quedaban en pie su alfil… y su Rey.

Al otro lado del tablero, Gheva conservaba aún la mayor parte de sus unidades.

Aunque sus peones mostraban un desgaste evidente, la Creadora mantenía intactos a sus combatientes más poderosos.

Incluso, gracias al sacrificio del peón con el número doce, gozaba ahora de la pieza del Rey.

Su corona brillaba con luz propia y el escudo con el emblema de Capital en su espalda se podía contemplar mejor que nunca.

Yavan entornó los ojos, furioso. Las cadenas que lo aprisionaban, por un momento, se sintieron más frías. Más pesadas. Sus orbes carmesíes no eran capaces de apartarse de los fragmentos de su Reina, que ahora se esparcían por el tablero frente a él.

—Doté a mis creaciones de una férrea voluntad —explicó Gheva desde el otro lado—. No descansarán. No retrocederán. Y no se detendrán hasta conseguir aquello que se propongan.

Batió sus seis alas con un movimiento seco, dejando caer algunas plumas que flotaron como ceniza blanca hasta descansar a su alrededor.

Gheva mantenía la calma. Sabía que la voluntad de los humanos era inquebrantable.

Con ella, la victoria era cada vez más palpable, tan solo debían continuar y no rendirse.

—Querida… te ves ridícula —declaró Yavan—. ¿Aún no lo entiendes? Mi Reina no era más que una distracción. Su único propósito era mantenerte ocupada… hasta que mi esencia, aquella que deposité en el cuerpo del Rey, despierte.

—Sin tu Reina, solo una pieza se interpone entre mis creaciones y tu preciado Rey —replicó Gheva, casi de inmediato—. Dime, ¿crees que eso bastará para impedir que los míos acaben con él?

Los eslabones repicaron cuando Yavan soltó una carcajada.

—Oh no, querida, claro que no —respondió, divertido—. ¿Quién en su sano juicio pensaría que un mero alfil podría enfrentarse a todo un ejército? —los restos de Regina, esparcidos por el suelo, comenzaron a vibrar—. Por eso mismo, no los enfrentará solo.

Los fragmentos salieron despedidos en todas direcciones hasta incrustarse en los peones blancos caídos.

Uno de ellos voló directo hacia la pieza marcada con el número uno en la espalda.

A medida que la envolvía y su superficie se tornaba oscura, el escudo de Capital grabado en su parte posterior comenzó a desvanecerse.

Los otros dos fragmentos alcanzaron a las piezas número dos y nueve, cuyos escudos también desaparecieron en cuanto los restos de Regina se adhirieron a ellos.

La sustancia oscura fue extendiéndose sobre sus cuerpos hasta impregnarlos por completo.

Las tres piezas que una vez sirvieron a Gheva se alzaban ahora entre ella y el Rey oscuro, defendiéndolo.

Una de ellas se envolvió súbitamente en llamas negras.

De la segunda emergieron unas líneas sombrías que comenzaron a girar a su alrededor mientras emitían una sinfonía caótica y discordante.

Pero fue la tercera la que más la desconcertó: situada una casilla por detrás, comenzó a liberar un hilo oscuro que unió su cuerpo con el de Izh.

El Vastali gritó de dolor mientras se encogía, tratando así de apaciguar la quemazón que empezó a sentir.

La piel de Izh comenzó a perder su claridad, dando paso a un manto de escamas negras que devoró su cuerpo poco a poco.

A medida que la oscuridad se extendía por su piel, Izh parecía perder sus fuerzas y las cadenas que mantenían a Yavan atrapado, comenzaron a ceder.

—¡IZH!

Uno de los eslabones se agrietó, amenazando con romperse en cualquier momento.

—Lo… intento…—balbuceó, sosteniendo las cadenas con firmeza—. Pero… no sé durante cuánto tiempo más…

La Creadora tenía que hacer algo. Si aquel hilo negro seguía corrompiendo a Izh, Yavan se liberaría y entonces…

Un eslabón se rompió.

Gheva movió a su Rey hasta posicionarlo junto a su alfil (con el escudo de Davá en su espalda) y caballo (con el escudo de Brevodia), enfrentando directamente a las tres piezas sombrías que le impedían el paso.

Yavan sonrió.

—Ver la desesperanza en tus ojos y el desasosiego en tu rostro se siente TAN bien —espetó mientras otro eslabón más se agrietaba—. ¿Qué harás ahora?

El alfil oscuro voló a través del tablero. En contra de lo que Gheva esperaba, la pieza no aterrizó frente a su Rey, sino que siguió volando hasta posicionarse frente a sus peones (o lo que quedaba de ellos).

Gheva recorrió con la mirada la hilera de peones blancos. Todos presentaban claros signos de agotamiento. Unos tenían sus costados cercenados, otros lucían huecos y fisuras e incluso desgarros en su superficie. Pero había otros… que apenas se mantenían en pie.

¿Quién enfrentaría al alfil de Yavan, una de sus piezas más poderosas? ¿Quién de todos ellos arriesgaría su vida para contenerlo? ¿Quién…?

La Torre Blanca, que hasta entonces se había mantenido en la retaguardia, se encendió de pronto con una luz intensa, proyectando su resplandor sobre el escudo de Lenov que lucía en su espalda.

Gheva frunció el ceño. La pieza parecía ansiosa por ser la que enfrentara al monstruo. Pero no podía. La Creadora lo sabía. No podía...

La Torre, ajena a los deseos de Gheva, avanzó una casilla hacia delante.

Gheva alzó su mano, iluminándola, ordenándole a la Torre retroceder. Pero esta hizo caso omiso y avanzó una casilla más, posicionándose frente al alfil de Yavan.

¿Era posible? ¿La misma Torre a la que, en su día, le había infundido un profundo sentido de protección hacia los suyos, la ignoraba ahora? ¿Yavan también la había corrompido y por eso ya no escuchaba su voz? ¿O tal vez… el deseo de protegerlos era más fuerte que su propia voluntad?

El amor que los humanos sentían por los suyos era una fuerza más poderosa de lo que ella jamás habría imaginado. Un sentimiento tan puro que podía otorgarles el valor necesario para afrontar cualquier adversidad. Una energía que ni siquiera ella, su Creadora, podía detener o contener.

Y ese era precisamente el caso de la Torre. Parecía que el amor por los suyos trascendía su voz y, por primera vez, una de sus piezas actuaba ajena a sus designios.

Y si tal era su deseo, ella no iba a impedirlo. Si esa era su determinación, si esa era su voluntad, entonces Gheva estaría a su lado.

—¡Ohmne! —ordenó la Creadora, girándose levemente hacia él.

El Vastali alzó la cabeza lentamente.

—¿Es mi hora?

Gheva asintió.

Ohmne, en respuesta, desenvainó su espada. Alzó el arma con ambas manos, apuntando con la hoja hacia el suelo y, tras unos segundos, esta se envolvió en luz blanca.

—Que así sea.

El Vastali hundió con firmeza el filo en el suelo. Se arrodilló frente a la espada clavada y la luz que emanaba de ella iluminó su silueta. Unió las palmas de las manos frente al pecho y, ajeno al conflicto que lo rodeaba, comenzó a murmurar palabras en celestial.

Ythra kelmovi shandreth

Thioran eylsir vaeluthe narn

Skelum drathi venakiel

Asmin vor iluthari rén

[Te ofrezco mi fuerza, mi aliento y mi voz,

la voluntad del mundo, la ira de un Dios.

Empuña mi espada, camina sin temor,

pues ahora tú serás su portador.]

Ohmne, poco a poco, fue deshaciéndose en partículas hasta abandonar el plano del Vacío Primordial y volver a su lugar en el reino de Luz.

—No mostréis misericordia —su voz se intuyó en el aire a medida que desaparecía—. Y liberad al mundo de su tiranía.

Las partículas de luz se esfumaron en el aire como arena blanca. La espada, aún incrustada en la tierra, comenzó a desaparecer lentamente hasta reaparecer junto a la figura de la Torre Blanca, que la empuñó.

Otro eslabón más se rompió.

Gheva observó como el hierro cayó al suelo y, a su vez, Yavan liberaba uno de sus brazos de las cadenas que lo restringían. Izh seguía conteniéndolo, pero su cuerpo comenzaba a cubrirse cada vez más de escamas y sus ojos, por un instante, brillaron con un fulgor carmesí.

No había tiempo.

—Acabemos con esto de una vez.