Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 46. Álvar #2
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46. Álvar #2

Separó la cabeza de Regina de la roca para, seguidamente, volverla a dirigir contra ella.

—Arrasasteis Lenov.

Volvió a separarla y, como antes, volvió a estrellar la cabeza contra la montaña.

—Davá.

La volvió a separar, acercándose al oído de Regina.

—Brevodia.

La estrelló.

—Me matasteis.

Arrastró la cabeza hacia atrás, manteniendo la oreja de Regina lo más pegada a sus labios posible, asegurándose de que escuchase perfectamente sus siguientes palabras.

—Y el dolor que habéis causado, no quedará impune.

La hundió contra la montaña una vez más y rugió con furia, ahogando la ira que le suscitaba volver a revivir el dolor que los Emisarios habían causado.

Manteniendo la cabeza de Regina contra la montaña, Álvar, de pronto, se impulsó con fuerza. Corrió ladera arriba como si del prado más verde se tratase, arrastrando a la Emisaria contra la piedra y desfigurando su rostro todavía más.

El Rey no detuvo su carrera. Una vez en la cima, dio un salto que lo elevó hasta alcanzar la altura deseada.

Estando en el aire y con la potencia que le conferían sus fornidos brazos, sujetó el cuerpo de Regina (o lo que quedaba de ella) y lo lanzó contra la roca con tal brutalidad que, al aterrizar, quedó incrustada en el suelo rocoso.

Instantes después, Álvar descendió en picado, hundiendo las piernas en el pecho escamado. Un profundo hueco se abrió en la zona del impacto, del cual comenzó a brotar una espesa sangre oscura que se extendió alrededor.

—Deten…—pudo decir Regina—. ¡DETENTE! —se concentró en el hueco de su pecho, tratando de regenerarlo, pero su cuerpo no respondió—. ¿POR QUE NO…?

Álvar no detuvo su desenfreno.

Se inclinó hacia adelante, abrió las palmas y dejó al descubierto las garras que adornaban sus dedos. Sin mostrar piedad alguna, comenzó a asestar zarpazos sobre el cuerpo de Regina, desgarrando su carne y dejando que su sangre manchase su pelaje.

¿Por qué no puedo regenerarme?

¿Por qué es tan superior a mí?

¿Al poder de un Dios?

Intentó regenerarse, pero una vez más, su cuerpo no respondió.

¿Voy a morir?

—Un mortal jamás podrá acabar con seres divinos como vosotros —espetó Álvar como si le hubiese leído el pensamiento—. Pero olvidas que yo…—alzó su zarpa y las garras emitieron un destello al encontrarse con la luz de la luna—. Tampoco soy humano.

—¡Álvar!

El Rey se detuvo cuando notó la presencia de alguien más allí arriba con él. Se giró bruscamente y se encontró con Yskar, el cual portaba entre sus brazos los cuerpos de los comandantes caídos. Los depositó sobre la tierra con cuidado y avanzó hacia él, sosteniendo la espada de Adami en alto.

Al llegar, miró a Regina desde arriba, con todo el odio que fueron capaces de proyectar sus ojos.

—Deja que sea yo quien termine con esto —prosiguió—. Este es un asunto entre ella y yo.

Álvar dudó por un instante, pero tras un breve silencio, se alzó del suelo.

—No muestres piedad.

Tras sus palabras, Álvar se dirigió hacia los cuerpos de los comandantes, dejándole a Yskar la intimidad que demandaba.

—Yskar, amor mío… escúchame, te lo suplico —balbuceó Regina gateando por el suelo hasta postrarse frente a las pezuñas del brevodiano—. Grifford… me obligó. Está enfermo, Yskar… enfermo de poder.

El Rey no se inmutó.

—Ese viejo demente… solo quiere poder a costa de lo que sea —prosiguió Regina—.

Y nos arrastró a mí y a nuestro hijo en su locura.

Tienes… tienes que ayudarnos —levantó su mirada—.

Un Rey honorable como tú no nos puede dejar morir…

no así. Tienes que… salvarnos, Yskar —tosió, llevándose la mano a la boca, llenándola de la viscosidad negra que salió despedida—. Te necesitamos. Te… necesito.

Yskar alzó la espada de Adami en respuesta, apuntando con la punta de la hoja a la monstruosidad que se arrodillaba a sus pies.

—Aquí termina tu vida —proclamó—. Y comienza la nuestra.

Regina levantó sus brazos en señal de rendición. La pasta viscosa que embadurnaba sus manos comenzó a derramarse sobre el suelo.

— Krymalen Ymsaylyl.

Regina dio un fuerte latigazo con su mano y la viscosidad salió despedida, salpicando su cuerpo y el de los comandantes que yacían cerca.

— ¡Syn kleem alagor! —gritó la Emisaria mientras sus manos comenzaron a crujir, retorciéndose en posturas imposibles—. ¡SYN YALAMA SISSAE!

Yskar descendió la hoja en picado, clavándola en la boca de Regina hasta perforar su garganta, impidiendo que pronunciase una palabra más.

Se irguió sobre sus patas traseras y, desde lo alto, se dejó caer con brutalidad. Sus patas delanteras se hundieron en el cuerpo de la Emisaria, atravesándolo por completo y silenciando los últimos latidos de su corazón.

El cuerpo cayó sin vida al suelo, deshaciéndose en una nube de partículas oscuras que se desvanecieron poco a poco en el aire.

Álvar se acercó al brevodiano y juntos observaron cómo el cuerpo de Regina se desintegraba hasta no quedar rastro alguno.

—Ha terminado.

Álvar mantuvo la mirada fija en las cenizas de Regina, observando cómo se alzaban con el viento y se perdían en el horizonte.

—Me temo que esto no es más que el principio —advirtió el capitense—. Aún quedan dos.

Yskar desvió la mirada hacia la llanura al pie de la montaña, donde los comandantes, exhaustos, se preparaban para enfrentar la sombra que acababa de descender ante ellos.

…Kyrion.

—Volvamos con el resto. Nos necesitan para enfrentarlos.

Tras pronunciar aquellas palabras, Álvar se dirigió al borde de la cima, dispuesto a iniciar el descenso y acompañar a sus fieles comandantes en la siguiente lucha que la humanidad debía enfrentar.

—Álvar.

El Rey se detuvo.

—Me alegra verte de vuelta.

Álvar se giró apenas, mostrándole el perfil.

—Es mutuo, Yskar. Cuando todo esto termine, celebraremos como es debido nuestra victoria, y la bienvenida que…

Los monarcas se giraron bruscamente al oír un sonido tras ellos.

A unos pocos palmos de distancia, entre las nubes de tierra y polvo, distinguieron los cuerpos de Farco, Doile y Samil retorciéndose de forma antinatural.

La pasta negra que les había lanzado Regina, y que ahora salpicaba sus pieles, comenzó a expandirse, cubriendo sus cuerpos por completo.

Se elevaron del suelo sin dejar de contorsionarse hasta quedar de pie frente a los reyes.

Tanto Yskar como Álvar se mantuvieron firmes, preparándose para cualquier signo de ataque. Eran sombras que habían adoptado la forma de los comandantes fallecidos. La única luz que se percibía en ellos era la de sus ojos, los cuales emitían un intenso fulgor rojizo, similar al de un Hiniur.

—Los comandantes…—balbuceó Yskar—. ¿Regina ha…?

—Mantente alerta, Yskar —advirtió el capitense, apoyando sus cuatro patas en el suelo mientras se preparaba para lanzarse sobre la nueva amenaza—.

Regina los ha corrompido, interrumpiendo su ascenso hacia las estrellas.

Por más que lo parezcan, no son los comandantes.

Tan solo el recuerdo de lo que alguna vez fueron.

—¿Sombras?

Álvar ladeó la cabeza.

—Espectros.