Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 46. Álvar
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46. Álvar

—Tú...

Regina cayó al suelo, rígida, mientras las dos mitades de su cuerpo volvían a unirse.

La respiración de Yskar se aceleró, contemplando ojiplático lo que sus ojos le mostraban.

¿Podría tratarse de una ilusión? ¿El cansancio era tan extenuante que comenzaba a ver cosas que no estaban?

¿O era realmente Álvar quien estaba allí frente a él?

Las dudas se disiparon cuando el Rey de Capital se acercó y se inclinó hacia él, inspeccionando las heridas que laceraban su piel.

Al comprobar que no revestían gravedad y que Yskar sanaría, el capitense alzó la vista y la fijó en los ojos del brevodiano, que lo observaba con un semblante cargado de incredulidad.

—Ál… Álvar…, ¿realmente eres tú? —preguntó en un susurro, como si temiera que sus palabras disiparan la imagen que tenía ante sus ojos—. ¿Cómo has…?

Álvar se incorporó y le tendió la mano, ayudando a Yskar a levantarse. Aun sufriendo una leve cojera, el brevodiano logró mantenerse en pie junto al monarca, que observaba con imperturbable seriedad cómo Regina se retorcía mientras su cuerpo intentaba recomponerse.

—Hice una promesa, Yskar —declaró, sin apartar su mirada del monstruo—. Y aun en la muerte, no descansaré hasta cumplirla.

Yskar clavó su lanza en el suelo, utilizándola como punto de apoyo para mantenerse en pie, mientras trataba de apartar su asombro y encontrar una explicación lógica.

—Pero… ¿Cómo…? Te mataron, Álvar. Hallaron tu cadáver… Tayim, a través de tu hermana…

Yskar calló cuando Álvar extendió una mano hacia él, ofreciéndole un papel envejecido. El brevodiano frunció el ceño y dudó unos instantes antes de tomar el pliego de entre los dedos del capitense.

—Él te lo explicará mejor que yo.

Por un momento, Yskar temió lo peor. Su corazón se aceleró y un nudo en su garganta se le empezó a formar con la mera idea de que Adami…

No. Él no sería capaz. No sin despedirse.

Poco a poco, el brevodiano desplegó el papel y, nada más reconocer la caligrafía, comprendió que sus temores eran ciertos. Tan solo bastó leer la primera frase para que sus manos empezaran a agitarse y su vista se nublara con la humedad de sus lágrimas.

No pongas esa cara, Yskar.

Sí, esa que estás poniendo ahora mismo. Te conozco y sé que estarás diciendo algo así como “el viejo loco este, me despisto un momento y decide sacrificarse por todos”.

Pues sí, querido amigo, esta vez así ha sido ¿Qué le vamos a hacer?

Aunque tengo que decir que para mí tampoco ha sido fácil tomar esta decisión.

Cargar con el cuerpo de Álvar sin que nadie me viese para que, llegado el momento, pudiera usar mi Bendición y devolverlo a la vida… no ha sido tarea sencilla, vaya.

Quizás no lo comprendas ahora, pero esto es algo que solo yo podía hacer. Que solo yo debía hacer. Además, me parece un buen cierre para una historia como la mía, ¿no crees? Ya he dado muchos tumbos y estos huesos necesitan descansar.

Voy a ahorrarme todo el discursito de “no te preocupes, me he ido en paz porque esto es lo que tenía que hacer y… blablablá” porque te estaría mintiendo.

La verdad es que me duele en el alma todo esto.

Han sido casi setenta largos años viviendo en este mundo y creo que mi momento ha llegado.

Mi padre siempre decía que uno también tiene que saber cuándo retirarse y siento que es lo que debo hacer ahora.

No quiero que llores por mí (aunque sé que lo harás, que aquí el sensiblón eras tú).

Quiero que vivas. Que sigas siendo como eres.

Que le enseñes a todos las comilonas que os pegáis vosotros los brevodianos.

Cuéntales nuestras historias, incluso las ridículas.

Sobre todo las ridículas. Y que sepan que esta bonita amistad no ha surgido entre sangre y espadas, sino entre las tonterías de un anciano y un joven rey que decidió aguantarle hasta el final de sus días.

Me voy, Yskar. Y te confesaré que duele. Pero si de verdad hay algo más ahí arriba, si de verdad Gheva me tiene un sitio guardado entre las estrellas, entonces te guardaré uno a mi lado.

Con cariño, para mi brevodiano favorito,

Adami.

Yskar fue incapaz de pronunciar palabra alguna.

El temblor de sus manos se acentuó todavía más mientras agitaba el papel ajado con más ahínco. Desde su posición, Álvar alcanzó a ver las lágrimas que Yskar dejaba caer, precipitándose sobre la carta como gotas que vaticinan la llegada de una lluvia torrencial.

El capitense llevó la mano a uno de sus costados y desenvainó una larga espada de acero, que ofreció al brevodiano.

Yskar, incapaz de contener las lágrimas, fijó la mirada en el arma.

Era una espada antigua, de las que solían forjarse antaño.

Su hoja estaba marcada por finas estrías a lo largo del filo y el cuero que envolvía su empuñadura estaba corroído por el desgaste.

—Te tenía en gran estima.

El brevodiano recorrió con la mirada la hoja del arma, la cual reflejó un leve destello, como si lo saludara. No había duda: la espada que Álvar le entregaba como obsequio era la que perteneció a Adami.

Yskar la tomó con ambas manos.

—Prométeme… que no ha sido en vano —declaró, dedicando su mirada más despiadada hacia el cuerpo de Regina—.

Prométeme que la muerte del comandante no ha sido una más —su pecho se inflaba y deshinchaba con violencia, fruto de su respiración agitada—.

Prométeme que viviremos el sueño que Adami tenía y que estos malnacidos no vivirán un día más.

No me importa la profecía, no me importan los Dioses…

tan solo quiero que sufran todo el dolor que me han hecho pasar.

Álvar permaneció en silencio, manteniendo sus ojos en la Emisaria que volvía a estar de una pieza y que, finalmente, empezó a incorporarse.

—¡PROMÉTEMELO!

Yskar no pudo más y, tras el grito, desahogó su dolor en un llanto que le obligó a bajar la cabeza y ocultar su rostro entre la cortina de pelo como si así, de alguna manera, pudiera evadirse del mundo y desaparecer.

Pero la voz de Álvar lo trajo de vuelta.

—Te lo prometo.

El Rey de Capital se separó de Yskar.

Con la furia rugiendo bajo su pecho y la llama de la venganza deseosa de ver el mundo arder, Álvar avanzó hacia la Emisaria.

Con cada paso, el cuerpo se tornó más blanco a medida que la capa de pelaje albino comenzaba a emerger sobre su piel.

Su melena nívea se alargó, desbordándose hacia adelante, rodeando su cuello y cayendo hasta rozar su pecho.

Su cuerpo aumentó en tamaño y constitución.

Ya no tenía manos, sino zarpas felinas que abría y cerraba intermitentemente, preparándolas para desgarrar.

Una pronunciada cola blanca brotó de entre los pliegues de su armadura, y unas poderosas patas emergieron con violencia, rompiendo las botas de jaspe que Álvar calzaba.

Regina sonrió, como si llevase esperando aquel momento mucho tiempo.

—Vaya, vaya… pero mirad quien ha decidido aparecer de entre los muertos para no perderse detalle alguno —hizo crujir sus dedos al moverlos—. Esto sí es una sorpresa, Majestad.

Álvar se detuvo y, con un golpe contundente, hundió su hacha en la tierra; ya no la necesitaría más. No contra un enemigo como ella. La miró con despreció desde la altura de la que ahora gozaba sin darle el privilegio de responder a su provocación.

—Álvar, por favor… ¿un hombre tan honorable como tu pretende enfrentarme y quedar expuesto delante de todos?

—soltó una risa, ajena al miedo que el Rey trataba de infundir—.

No lo entiendes, ¿verdad? Soy un ser divino y un mero mortal como tú jamás podrá darme muerte ni a mí, ni a mi hijo, ni a Grifford —lo miró de arriba abajo, pero él permaneció inmóvil devolviéndole la mirada.

La Emisaria se encogió de hombros—. No sé cómo habrás logrado volver aquí, tampoco me importa, morirás como todos los demás.

Pero, ya que insistes, tú serás el primero en…

Bastó una sola zancada para que Álvar acortara la distancia que le separaba de Regina. No lo vio moverse. No pudo intuirlo. De pronto, estaba allí, con la palma de la zarpa albina incrustada en su rostro mientras él la aplastaba contra el suelo.

Sintió cómo Álvar, poco a poco, se inclinaba hacia ella, manteniendo la presión que ejercía, hasta que su aliento rozó su piel al hablar.

—Cállate.

Antes de que la Emisaria pudiera responder, Álvar hundió aún más sus garras entre las escamas de su rostro, asegurándose de tenerla bien sujeta. Con un fuerte impulso de sus patas, el monarca corrió montaña abajo, arrastrando la cabeza de Regina contra la tierra.

Las ramas esparcidas, la grava que friccionaba a su paso e incluso las rocas con las que colisionaba, no fueron suficientes para detener su avance.

Una vez tras otra, la cabeza de Regina impactaba contra todo obstáculo que se interponía en su camino deformándole el rostro hasta quedar irreconocible.

No encontró descanso hasta que el Rey pisó suelo firme y alcanzó la imponente fachada de la montaña que se erguía junto a los comandantes. Al llegar, alzó la cabeza de Regina mostrándola en alto, como un trofeo.

Sin misericordia alguna y sin cesar su frenesí sanguinario, Álvar estrelló la cabeza de la Emisaria contra la roca sólida, quebrando sus astas y desencajando su mandíbula por uno de sus lados con el impacto.

Los hombres y mujeres que observaban la escena unos metros más allá se acercaron poco a poco. El asombro pronto reinó entre ellos y un bullicio de dudas y preguntas comenzó a llenar el ambiente.

No es posible…

¿Es… Álvar?

¡¿Ha regresado?!

Pero el Rey no apartó su mirada de Regina. Por grande que fuera el deseo de volver a abrazar a los suyos, en aquel momento solo había un pensamiento en su mente: erradicar el mal para siempre.

Aun con el cráneo pegado a la piedra, la enviada de Yavan aprovechó aquel momento de tregua para volver en sí. Pero pronto volvió a sentir el aliento envolvente del capitense acariciar sus escamas y el tronío de su voz retumbar en su cabeza.

—Nos traicionasteis.