Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 45. Adami
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45. Adami

Adentrarse bajo el subsuelo del castillo de Capital era un riesgo que pocos estaban dispuestos a correr.

Pasadizos sumidos en penumbra iluminados únicamente por la tenue luz que proyectaban las velas que adornaban los flancos del enladrillado, el susurro del viento helado que se alzaba al sobrepasar cada cruce y que, por momentos, parecía ser el grito de una voz distante.

Pero, sin duda alguna, por lo que más se temía aquel lugar, era por los laberinticos pasadizos que lo conformaban pues, de no conocer bien sus senderos, cualquiera que se adentrara estaba condenado a perderse entre sus paredes.

Adami no era un reconocido cartógrafo, ni mucho menos un aventurero con afán de vivir experiencias dignas de ser contadas.

De hecho, lo más probable es que acabase perdido y tuviese serios problemas para salir de nuevo al exterior.

Pero si pretendía seguir ocultando lo que allí guardaba, necesitaba un lugar como las catacumbas de Capital.

La cabeza del comandante se asomó tímidamente al llegar al cruce de pasillos. Miró hacia la derecha. Oscuridad. Entonces miró hacia su izquierda. Más oscuridad. Cuando se hubo cerciorado de que no había nadie más con él, el comandante siguió avanzando por el pasillo hacia su destino.

—¿Quién habrá sido el arquitecto de este lugar?

—se preguntó en voz alta mientras recorría la galería—.

Construir un laberinto como este sin tener en cuenta las necesidades especiales que pueda sufrir un anciano como yo, denota una gran falta de profesionalidad.

Ni un banco donde sentarse, ni una fuente donde calmar la sed o un baño donde paliar los efectos de mi incontinencia urinaria…

Adami siguió avanzando, mirando a todas partes, contemplando la infraestructura del lugar.

Sumido en asombro y cavilando sobre cómo los constructores habían logrado colocar las piedras de jaspe en lo alto de la bóveda, se detuvo al llegar al final del pasillo.

Suspiró cuando, ante él, se alzó de pronto un muro de jaspe que cortaba abruptamente el paso, impidiéndole avanzar.

Adami se giró hacia un lado, como si un público imaginario esperase impaciente su próximo movimiento. Llevó las manos tras su espalda, entrelazándolas y caminó de lado a lado.

—Una opaca y solida pared se alza ante mi —recitó—.

Muchos desesperaríais, ¿verdad? Pensando que quizás este es el fin, que no hay salida y que moriríais aquí encerrados —se detuvo junto a una de las velas que adornaban la pared contigua, apoyando su mano sobre la estructura amaderada que la sostenía—.

Pero, para una mente como la mía y si mis cálculos son ciertos (que lo son), tan solo basta con que haga… ¡Esto!

Adami tiró de la palanca, arrancando la vela de la pared y sumiendo el lugar en oscuridad cuando la llama se apagó de golpe.

El comandante frunció el ceño, mirando la pared, resignado. Se dirigió hacia la vela contigua, apoyó su mano sobre la candela que allí descansaba y carraspeó antes de volver a dirigirse hacia su público imaginario.

—¡Esto!

Tras unos segundos de silencio y manteniendo su reverencia hacia sus supuestos espectadores, la pared frente a él comenzó a desplazarse hacia un lado, revelando una envejecida puerta de madera que parecía no haber sido abierta en años.

—Y ahora, antes de que me acoséis a preguntas sobre cómo he sido capaz de semejante hazaña… entrad conmigo, pues guardo el mejor truco para el final.

El comandante se aproximó a la entrada y accionó la manivela. Con un leve empujoncito, la puerta crujió al abrirse, revelando lo que ocultaba en su interior.

La mirada de cientos de antorchas le recibieron al entrar.

La estancia era más alta que ancha, el ambiente estaba impregnado por un fuerte olor a madera vieja y humedad que provocaron en el comandante un ligero ataque de tos.

Las llamas de las antorchas trepaban a lo largo de las paredes, estrechándose gradualmente a medida que ascendían, siguiendo la forma esférica de la sala.

Cuatro columnas macizas sostenían el peso de la estancia, y una hilera de velas en el suelo conformaba el sendero hacia lo que yacía en el centro de la cúpula.

Adami avanzó siguiendo el camino de velas.

Al llegar al centro, se detuvo frente a la losa de jaspe que allí se suspendía, sujeta por cuatro cuerdas atadas en cada extremo.

Sobre ella, perfectamente colocada, una armadura negra, delineada con filigranas plateadas, descansaba envuelta entre la soledad y las telarañas del lugar.

Durante unos instantes, Adami contempló las piezas de jaspe con detenimiento, reparando en cada detalle que la luz temblorosa de las llamas le permitía distinguir.

Sonrió.

—Solo Gheva sabe cuánto me costó cargarte hasta aquí sin que nadie me viera —murmuró, como si las cenizas y los gusanos que se enroscaban bajo las piezas de jaspe pudieran oírle—. Pero sabía que, tarde o temprano, te necesitaríamos.

Adami llevó la mano al interior de su coraza y, tras hurgar en uno de los bolsillos internos, extrajo un trozo de papel envejecido. Con sumo cuidado, lo colocó sobre el pecho acorazado de la armadura, dejando la mano allí unos segundos más antes de retirarla.

—La verdad, yo tampoco es que pueda aportar mucho más en este conflicto —prosiguió, hablándole a las piezas inertes—.

Durante toda mi vida me han intentado hacer ver que mi Bendición estaba destinada a hacer algo grandioso, como si yo fuera algún tipo de…

héroe, o algo por el estilo —soltó una leve risa—.

¡Yo! ¡Un héroe! —ladeó la cabeza—. Nunca me he visto así.

Quizás por eso siempre me sentí como un impostor entre los comandantes.

Mientras todos luchaban contra las hordas de Hiniur, ¿qué hacía yo sino esperar?

—suspiró—. Sí, eso es; esperar pacientemente el supuesto momento glorioso en el que apareciera el bicho más malo malísimo de todos para rematarlo con mi Bendición.

Ya sabes… como solo la puedo usar una vez, pues tampoco podía emplearla contra cualquiera —suspiró—.

Pero cuando nos dejaste, lo entendí. Por fin comprendí por qué siempre me sentí así.

Todo cobró sentido cuando comprendí que podía revertir el efecto de mi Bendición y, en contra de lo que siempre me habían enseñado, no usarla para matar, sino…

La mano del comandante comenzó a brillar. La luz blanca se extendió por su armadura, envolviéndola con un creciente resplandor.

Poco a poco, las arrugas de su piel se acentuaron aún más, marcándose hasta tal punto que las venas y los músculos se volvieron casi palpables bajo la carne.

—… para dar vida.

El cuerpo de Adami empezó a deshacerse.

—Dales las gracias a todos por aguantar las tonterías de este viejo demente.

Su voz se volvió áspera y cavernosa, debilitándose con cada palabra.

—Especialmente a Yskar.

La barba comenzó a desprenderse de su rostro, así como su cabello, que dejó al descubierto una piel reseca y agrietada, similar al de un páramo desértico que ha sufrido de sequía durante años.

—Pues ha sido él quien ha sufrido la ira de tormentas de nieve y el sol abrasador de Yombeka conmigo— esbozó media sonrisa y sus delicados labios se agrietaron al instante, dejando brotar finos hilos de sangre—.

E incluso ha salido de una caverna gobernada por criaturas feísimas de un solo ojo que se creían extintas.

Tosió, escupiendo los pocos dientes que le quedaban.

—Pero también hemos reído y llorado juntos.

Hemos compartido anécdotas, (incluso algunas ciertamente personales).

Hemos caminado sin rumbo, perdiéndonos entre los vastos paisajes que ofrece este mundo, ajenos a la amenaza Hiniur, ajenos a la profecía, ajenos a todo…

pues nada de eso importaba, porque nos teníamos el uno al otro. Y eso era todo lo que necesitábamos.

Las lágrimas del esquelético Adami se deslizaron por los huesos de su rostro y, al alcanzar el filo de la mandíbula, cayeron sobre el papel ajado que reposaba sobre la coraza.

—Sobre todo, hazle saber que conocerle fue la mejor manera de acabar mis días y que, si hay algo más después de la muerte, le estaré esperando, para así poder vivir más aventuras como las que solíamos vivir.

Las arrugas de sus ojos se alisaron mientras las lágrimas, imposibles ya de contener, humedecían su mirada un poco más.

—Hasta siempre, Majestad.

El comandante inspiró y extendió la mano para darle una última caricia al rostro de Álvar.

Pero su mano nunca llegó a tocarlo. Sus dedos se esfumaron, convertidos en polvo, seguidos por los brazos, que se desvanecieron en ceniza.

Su rostro, lo último en desaparecer, mantuvo la sonrisa hasta su último hálito de vida.

Silencio.

La habitación quedó sumida en la más absoluta quietud, únicamente interrumpida por el crepite de las llamas que la iluminaban.

El Rey permaneció acostado un poco más, mientras su conciencia volvía de tan pesado letargo y sus ojos se acostumbraban a la penumbra del lugar.

Se incorporó lentamente, hasta quedar sentado sobre la losa de jaspe.

Aturdido, se levantó y, al apoyar los pies sobre el suelo, un sonido metálico hizo eco en la estancia cuando sus piernas tropezaron con una armadura de Capital que descansaba sobre el suelo. Álvar la miró con desconfianza mientras trataba de averiguar qué había ocurrido.

Escrutó el entorno en busca de respuestas.

A lo lejos divisó la puerta de la sala entreabierta.

Alguien, fuera quien fuese, había accedido hacía no mucho.

También distinguió la silueta de su hacha de doble filo apoyada contra una columna frente a él.

Pero al incorporarse para recogerla, se percató de un trozo de papel agrietado que yacía en el suelo junto a sus pies.

Con el rostro cargado de dudas, Álvar se agachó y tomó el pergamino. Lo abrió con delicadeza, temeroso de que la fragilidad del papel se deshiciera entre sus dedos.

Comenzó a leer.

A medida que sus ojos recorrían las líneas de tinta, la tristeza se iba adueñando de su corazón.

Al llegar al final del escrito, Álvar cerró los ojos con fuerza.

Guardó el pergamino entre sus ropajes y, ayudándose de su hacha, hincó una rodilla en el suelo, reverenciándose ante la armadura que se tendía allí.

—Tu nombre no será olvidado, querido amigo —proclamó, con la voz grave y resonante, mientras su nívea melena caía hacia delante, cubriéndole parte del rostro.

Extendió la mano y tomó un puñado de la ceniza que se esparcía frente a él—.

Aunque tu ausencia se antoje insoportable y tu recuerdo pese más de lo que hoy me atrevería a admitir —su mirada, repleta de lágrimas, se alzó hasta encontrarse con su puño, que cerró con firmeza mientras permitía que la ceniza se deslizara entre los dedos—.

Juro que tu sacrificio no caerá en el olvido —se incorporó—.

Por ti, por los que ya no están y por los que verán un mundo que yo no conoceré —apoyó el mango del hacha sobre el hombro—.

Por todos ellos, yo, Álvar, Rey de Capital, enfrentaré a los Emisarios hasta que su sangre impregne mis manos, la tierra engulla sus restos y el viento borre su recuerdo para siempre.