44. Yskar
El aroma metalizado que emanaba de la sangre que goteaba de la hoja celeste se mezcló con la brisa helada de la noche.
El rey mantuvo sus brazos erguidos, sosteniendo la lanza en alto.
Su filo estaba untado con la sangre de aquella mujer que algún día lo fue todo para él.
De aquella que le había concedido el regalo de un hijo para, poco después, arrebatárselo y no volver nunca más.
Bajó los brazos con firmeza y, con un tirón seco, retiró la sangre sobrante de la hoja. Su mirada se posó entonces en la cabeza hendida de la Emisaria y recorrió cada recoveco de su cuerpo.
Observó su piel escamada y cómo, a pesar de tener la apariencia de un monstruo, seguía despertando en él la misma atracción de antaño.
Se fijó también en los labios que tantas veces había besado y de los cuales emergían ahora dos colmillos prominentes.
Su mirada continuó ascendiendo, trazando el contorno de su cuerpo hasta detenerse en los párpados.
Yskar dio un paso hacia atrás cuando, aun con la cabeza partida en dos, los ojos de Regina se abrieron de golpe y, como si tuviesen vida propia, rodaron hasta clavarse en el brevodiano.
Hilos negros emergieron de la carne de ambas mitades del cráneo y comenzaron a contraerse, uniendo las dos partes de nuevo.
Poco a poco, la Emisaria fue cicatrizando sus heridas hasta eliminar cualquier rasguño o herida.
Se llevó la palma de su mano al mentón, haciendo fuerza hasta conseguir que los huesos de su cuello crujieran.
Cuando su rostro volvió a estar de una pieza, dirigió su atención al brevodiano el cual, incrédulo, fruncia el ceño ante lo que acababa de presenciar.
—Querido, ¿cuándo te has vuelto tan rencoroso?
—dijo con una sonrisa sarcástica—. Dime, ¿qué te aflige así el corazón?
—las alas de Regina volvieron a circundar su silueta como un abrigo mientras caminaba—.
¿Quizás fue el irme con otro hombre? —se detuvo a escasos centímetros de él—.
¿Despojarte de nuestro hijo? —llevó las garras hacia la barbilla de Yskar, sujetándola con firmeza—.
¿O quizás fue por no concederte siquiera una despedida?
Por alguna extraña razón, el brevodiano se quedó paralizado.
Tener a Regina a esa distancia, desgarrándolo con aquellas palabras cargadas de recuerdos, lo dejaron inmóvil, condenado a mirar su propio reflejo en las pupilas de Regina a medida que su rostro se acercaba cada vez más a él.
Yskar sintió la respiración del monstruo entrelazarse con la suya y el roce de sus narices cuando sus labios se encontraron en un beso.
El mundo pareció difuminarse como si, por un momento, Yskar olvidase todo lo que estaba aconteciendo a su alrededor.
La guerra que vaticinaba su extinción, las numerosas muertes de los soldados que seguían luchando en el campo de batalla, su hijo, Brevodia…
nada parecía tener tanta importancia en ese instante como la dulzura de aquellos labios.
Regina se despegó levemente del brevodiano. Llevó entonces su mano escamada hacia la mejilla del hombre que la miraba con ojos repletos de deseo. Le acarició con ternura en aquella zona, tal y como solía hacer.
—Lo has echado de menos, ¿verdad? —dijo ella, abriendo sus garras—. Aquí tienes la despedida que tanto deseabas.
Más recuerdos empezaron a proyectarse en la mente de Yskar hasta que, finalmente, volvió en sí. Apretó las manos alrededor de los mástiles de cada lanza y, con un grito, dirigió las hojas hacia el corazón de Regina.
Pero ella fue más rápida.
Alzó sus garras y, con un movimiento casi imperceptible, asestó un corte diagonal que cortó de cuajo la carne que encontró a su paso.
La sangre de Yskar brotó sin contemplación.
El tajo alcanzó una de las manos que sostenía el arma y una de sus patas delanteras, obligando a Yskar a caer de rodillas en el suelo.
Incapaz de levantarse para enfrentar al monstruo que lo observaba, el brevodiano apretó los dientes, conteniendo a duras penas el grito de dolor que amenazaba con escapar de su boca.
—Que impulsividad la tuya, querido —murmuró Regina, enroscando su lengua alrededor de sus dedos, lamiendo la sangre que los bañaba—.
Yo que tan solo quería despedirme de ti como mereces y tú, en cambio, decides levantar tu lanza y atacar —levantó sus garras, ensombreciendo el cuerpo herido de Yskar, dispuesta a arrancarle el corazón en su próximo ataque—.
Qué pena la tuya, que tendrás que conocer la muerte en soledad, sin el cariño de tu pueblo alrededor.
Abrió sus palmas y estas emitieron un pequeño destello cuando las garras reflejaron la luz lunar.
La mano escamada descendió a una velocidad vertiginosa, silbando a medida que desgarraba el aire y recorría la distancia que la separaba del pecho del brevodiano.
Yskar cerró sus ojos, dispuesto a recibir el ataque que acabaría con su vida.
Las garras se detuvieron.
Yskar abrió los ojos lentamente.
—¿Pero qué…?
Un filo se incrustó por la espalda de la Emisaria, justo debajo del omóplato izquierdo, cortando la carne sin esfuerzo.
La clavícula crujió como una rama seca, sucumbiendo con una facilidad pasmosa ante el poderío del filo que la atravesaba.
La hoja siguió su curso, descendiendo en diagonal por su pecho, partiendo costillas y rebanando los órganos que iba encontrando a su paso.
Los ojos de Regina se abrieron hasta su límite.
Su cuerpo cedió y empezó a desgajarse desde el hombro hasta el vientre como una cortina, siguiendo la trayectoria que marcaba el corte.
—A veces un rey debe hacer…
El hacha de doble filo se desprendió de entre el cuerpo de Regina con la misma facilidad con la que lo había atravesado.
Una ristra de sangre salió despedida en el retroceso, salpicando el rostro del hombre que aguardaba tras ella.
Yskar palideció, incapaz de razonar, cuando contempló la silueta del atacante.
No era posible. No podía ser. Y, sin embargo, ahí estaba, tal y como lo recordaba.
Álvar no se inmutó. Permaneció allí de pie, con su habitual porte intimidante, hasta que el silencio se volvió insoportable y decidió romperlo con el tronío de su voz.
—…Lo que un rey debe hacer.