43. Regina
Era cierto. Los Emisarios eran seres muy superiores.
Incluso para alguien como Yskar, criado entre el frío y la roca, no era fácil permanecer frente a uno de ellos sin sentir aquella desigualdad de poder.
Era un ser perfecto. Divino. Y sabía que, aun gozando del favor de Aelireth, enfrentarlos no sería fácil.
Pero todo brevodiano era criado con el dogma de no ceder ante nadie.
Jamás. Y aquel día debía demostrarlo. Como hombre. Como brevodiano. Como rey.
Las hojas celestes brillaron al descender y apuntar hacia la Emisaria.
Allí arriba, sobre la roca más elevada de todas, el viento se sentía más violento. A pesar de la fuerza de las ráfagas y el ardor del frío que arrastraban consigo, Yskar mantuvo sus lanzas erguidas hacia la enviada de Yavan.
Su mirada gélida se clavaba en ella, pero Regina, inmune a la intimidación que el brevodiano intentaba imponer, respondió con una sonrisa divertida. Plegó las alas a su alrededor, envolviéndola, y avanzó hacia él contoneando su cola.
—Qué bello se ve el mundo repleto de cadáveres y sangre, ¿no crees? —espetó mientras dirigía sus ojos hacia el campo de batalla.
Una de las cualidades más distintivas de Yskar era su constante disposición a ayudar a los demás, siempre acompañado de esa sonrisa afable tan suya.
No obstante, en los momentos que exigían seriedad, su expresión cambiaba drásticamente, hasta el punto de parecer incluso otra persona.
Donde antes brillaba una sonrisa cercana y amigable, se cincelaba de pronto una expresión capaz de infundir miedo sin necesidad de palabras.
Y en ese preciso instante, Yskar le dedicó la mirada más severa que era capaz de ofrecer.
Sin articular una sola palabra, el brevodiano alzó ligeramente las lanzas, permitiendo que su tenue fulgor tiñera de azul el rostro de la Emisaria.
Regina, en respuesta, despegó sus ojos de lo que acontecía bajo la ladera para dirigirla hacia la hoja celeste que apuntaba a su cuello.
—Como han cambiado las cosas, Yskar, rey de Brevodia —musitó, apoyando su dedo escamado sobre el filo, recorriéndolo con la yema hasta provocarse un leve corte—.
¿Quién diría que llegaría el día en que me apuntarías con tu lanza?
—se tomó unos segundos para observar cómo su propia sangre se deslizaba a lo largo de la hoja—.
Te conozco y sé que no eres tan ingenuo como para pensar que una simple arma mortal puede acabar conmigo.
Sé que vienes buscando algo más, ¿me equivoco?
Yskar frunció el ceño sin apartar su incisiva mirada de la Emisaria.
—El pueblo brevodiano vive en hermandad desde que nace hasta el día de su muerte.
—La brisa helada jugueteó con su cabello, moviendo los largos mechones al compás—.
En Brevodia, todos procedemos del mismo padre y madre: la fría roca y la nieve que inunda el reino.
Todos somos familia, Regina, y es por eso que la traición es algo imperdonable para cualquier brevodiano.
Hoy estoy dispuesto a cometer una atrocidad que jamás creí tener que hacer en vida —alzó un grado más sus lanzas, apoyando ambos filos sobre la garganta de la Emisaria—. Matar a uno de los míos.
Las palabras del brevodiano no parecieron herir a Regina lo más mínimo. Las escamas que circundaban su rostro se contrajeron cuando, en respuesta, soltó una sonora carcajada.
—Ya veo, ya veo…—murmuró, tratando de calmar su aparente felicidad—. Así que eso es lo que te pasa.
La risotada de Regina se cortó de cuajo cuando Yskar estiró uno de sus brazos y la hoja rozó levemente su cuello, provocándole un corte del cual emanó un fino hilo de sangre.
Regina alzó su mirada y volvió a encontrarse con los ojos del brevodiano.
Pero, lejos de lucir vacíos como antes, atisbó un brillo de debilidad en ellos cuando se percató de dos lágrimas que rodaron tímidamente a lo largo de sus mejillas.
—¿Cómo puedes actuar como si nada hubiese pasado? —las manos de Yskar estaban blancas debido a la fuerza con la que sostenía el mástil de su lanza, conteniendo así su impulso por cortarle la cabeza—. Después de todo, Regina, ¿no queda nada de humanidad en ti?
Regina ladeó la cabeza.
—Oh, Yskar, no me digas que todavía no has superado aquello —la sonrisa maliciosa volvió a dibujarse en sus labios—.
No te atormentes, eres un hombre que toda mujer desearía tener en su vida.
Atento, fuerte, con una gran capacidad de liderazgo y, porque no decirlo, muy atractivo también.
Pero, entiéndeme, amor mío; Grifford me ofrecía algo que tú jamás pudiste ofrecerme —volteó su mano, inspeccionando las garras que sobresalían de sus dedos—: El poder de un Dios.
La respiración de Yskar se aceleró. Su pecho se inflaba y deshinchaba intermitentemente al escuchar aquellas palabras.
—¿Y eso fue suficiente para traicionar a los tuyos?
¿Para traicionarme a mí? —los recuerdos empezaron a proyectarse en su mente y, a medida que su corazón se afligía, Yskar fue bajando su lanza instintivamente—.
Aquel día, tras la visita de Grifford en Brevodia, tú y yo íbamos a contraer matrimonio.
Íbamos a ser los líderes del reino que nos vio nacer, Regina —nuevas lágrimas surcaron el rostro de Yskar—.
¿Sabes el daño que me hizo verte marchar para siempre?
¿Qué me arrebataras mi propio hijo? ¿Romper todas las promesas y planes de futuro que teníamos juntos?
Tuve que… mentir a los míos. Hacerles creer que tenías unos asuntos pendientes en Lenov y que nuestro matrimonio se posponía para más adelante —descendió su cabeza y miró el suelo—.
¿Sabes lo duro que fue para mi hablarle a Grifford como si nada hubiese pasado para que aquello no desatase una guerra entre brevodianos y lenovenses?
¿O como me sentí al escuchar de tu propia boca que te habías enamorado perdidamente y que deseabas irte con él?
—volvió a alzar su cabeza, posando sus ojos húmedos en la Emisaria—.
Y todo este tiempo, ha sido mentira… todo ha sido una farsa —irguió su lanza de nuevo, sosteniendo el mango con toda la fuerza que podía, conteniendo las nuevas lágrimas que amenazaban con derramarse—.
Has traicionado a Brevodia, a mí y a ti misma solo por… poder.
La Emisaria caviló su respuesta. Las palabras de Yskar, aunque crudas, parecieron no ser suficientes para alcanzar y herir su corazón.
—Así que… esa es la realidad que has querido creerte —contestó Regina, despreocupada—.
¿Acaso lo has olvidado? Tu hijo nació enfermo, Yskar.
Un bebé enclenque, débil, frágil… los brevodianos no veían en él al rey que esperaban tener.
¿Sabes la cantidad de miradas despectivas que tuve que soportar?
—a pesar de la dureza de sus palabras, Regina relataba los hechos sin inmutarse—.
¿De lo sola que estuve? Llegué a no sentirme de allí, a no reconocer Brevodia como mi hogar.
La tristeza me invadió, Yskar. Dejé de ser quien era.
Dejé de ser yo misma. Dejé de ser Regina —miró al brevodiano por encima del filo que le apuntaba, reflejando el fulgor carmesí de sus ojos en él—.
Y, sin embargo, tú… no te dabas cuenta del infierno que sufría.
La crin azotó el rostro de Yskar, ocultándolo momentáneamente mientras digería el peso de aquellas palabras.
—…Nunca me lo dijiste, Regina.
—¿Tenía que hacerlo? —contestó casi de inmediato—.
Esperaba que tú mismo te dieras cuenta. Que te percatases de que algo no estaba bien.
Pero en cambio, estabas demasiado ocupado con tus comilonas alrededor de La Llama Azul y la extracción de minerales —entornó sus ojos—. ¿En qué lugar me dejaba eso a mí?
Yskar descendió su cabeza como si entre las grietas del suelo fuese a encontrar las palabras que necesitaba. Regina sorteó los filos y avanzó un poco más hacia el brevodiano. Sus caderas se contonearon sinuosas mientras caminaba y pasaba su dedo índice a lo largo del mástil de la lanza.
—Si algo he aprendido en este tiempo, querido Yskar, es que el poder rige este mundo —se detuvo frente al rey, recorriendo lo que le quedaba del mástil con su dedo—.
En Lenov no encontré esas miradas huidizas que me acosaban en Brevodia, ni los comentarios despectivos.
Allí me aceptaron como la reina que aspiraba a ser, la mujer poderosa que soy y la persona que siempre fui.
—¿A cambio de qué, Regina? —espetó Yskar—. Has vendido tu alma. Mira en qué te has convertido —dejó pasar unos segundos, esperando que sus palabras calasen en la Emisaria—. Eres lo que algún día prometiste destruir. Eres… una enviada de Yavan.
Regina, no pudiendo contenerse durante más tiempo, soltó una carcajada.
—El propósito de Yavan no dista mucho del mío propio, querido.
Él, a través de Grifford, me ofrecía ese poder que tanto anhelaba.
El poder que me pondría por encima, no solo de Brevodia, sino de toda la humanidad, para así demostrarme que sí soy capaz.
Que no necesito de la aprobación de ningún estúpido brevodiano para sentirme alguien —sonrió—.
Él quiere ver a la humanidad arder. Exterminaros a todos hasta que no quede ni un ápice de lo que sois.
Y eso es justo lo que deseo yo también; aniquilaros por todo el mal que me hicisteis pasar.
Yskar alzó su cabeza, retirándose la humedad de sus ojos con el antebrazo.
—Tal vez no supe cuidarte como merecías —admitió con un leve temblor en su voz—.
Creí estar haciendo las cosas bien… Creí que éramos felices, Regina.
Tendrías que habérmelo dicho. Si hubiese sabido esto, lo habría cambiado todo por ti sin dudarlo —calló—.
Te amaba. Te he amado desde entonces y, aunque me cueste admitirlo, no he vuelto a ser el mismo desde que te fuiste. Ni creo que vuelva a serlo jamás.
Regina se llevó una de sus garras a su ojo, retirándose irónicamente una lágrima imaginaria.
—Que conmovedor, querido, pero ya es demasiado tarde —advirtió—. ¿Quién lo iba a decir? El rey de Brevodia ablandado por un amor que nunca pudo ser. ¿Dónde está el Yskar que yo conocí? ¿El brevodiano que no parecía no temer a nada? Aquel que…
Una sombra aterrizó bruscamente junto a Regina, interrumpiendo su discurso.
La silueta de un monstruo de escamas rojizas cerró sus alas tras él en su descenso.
Su cabello ondulado estaba repeinado hacia atrás, dejando entrever la cornamenta anaranjada que nacía en sus sienes.
Su cola se tendía en el suelo, enroscándose a su alrededor mientras alzaba sus dos brazos hacia Regina mostrándole lo que traía consigo.
—Aquí tienes, madre —dijo Tayim, dejando caer lo que sostenía—. Tal y como me pediste.
Los cadáveres de Farco, Doile y Samil cayeron ante los pies de Regina. La Emisaria se tomó unos segundos para contemplarlos. Estaba orgullosa; sus creaciones habían logrado acabar con la vida de algunos de los comandantes de Capital.
—Oh, mi amor, esto es magnífico —elogió, recorriendo con la mirada el presente que le había traído su hijo—. Con estos cadáveres podré dar vida a las creaciones más poderosas. ¿Te imaginas Hiniur capaces de usar una Bendición?
Tayim y Regina rieron al unísono mientras Yskar, frente a ellos, notaba como su respiración se aceleraba y su corazón bombeaba con más contundencia.
—Farco, Doile, Samil… ¿Están…? —balbuceó, interrumpiendo a los Emisarios—. ¿…Muertos?
Tayim chasqueó la lengua. Movió su cola y la enroscó alrededor de la cintura de Samil para, seguidamente, alzarlo inerte del suelo. Cuando tuvo el cadáver a su alcance, el Emisario abrió sus zarpas al mundo y sus garras sisearon al asestar un profundo cuchillazo con ellas.
La cabeza de Samil rodó por el suelo manchándolo de sangre.
—Me temo que sí lo están —espetó Tayim, sonriente.
Yskar se quedó mudo tratando de asimilar lo que le mostraban sus ojos.
—Mi amor, dame un poco de tiempo. Tu madre está teniendo una conversación muy importante ahora —rogó, posando una garra sobre el hombro de su hijo—. ¿Por qué no te ocupas del resto de comandantes mientras yo acabo de solucionar este pequeño contratiempo que me ha surgido?
—Kyrion… ¿Cómo has podido…?
Tayim se volteó hacia el brevodiano, atraído por la extraña familiaridad que le suscitó aquel nombre.
—Madre, ¿te está molestando demasiado? —espetó abriendo sus alas, dejando ver las membranas anaranjadas de su interior—. ¿Quieres que acabe con él?
—No te preocupes, mi vida, déjamelo a mi —pidió ella, dándole un cálido beso en su mejilla escamada—. Tu haz como te digo, iré contigo tan pronto acabe con esto.
Tayim ladeó su cabeza molesto y, sin decir nada más, batió sus alas y surcó el aire hasta aterrizar en el campo de batalla, esperando recibir a los comandantes que se aproximaban.
Regina, ajena al hombre que tenía enfrente, se quedó mirando a su hijo hasta asegurarse de que llegaba a tierra firme.
—Nuestro pequeño ha crecido mucho desde entonces, ¿no crees? —afirmó una vez volvieron a quedarse a solas.
—Kyrion…—repitió Yskar mientras su corazón palpitaba con más fuerza.
—La verdad es que cada vez se parece más a ti —puntualizó la Emisaria—. Ese pelo ondulado tan característico tuyo y esa mirada de hielo…—se volvió para observar a Yskar—. Es idéntico a ti, ¿te has dado cuenta?
—¿Qué…? —apretó su mandíbula con rabia—. ¿Qué le has hecho a mi hijo?
—Lo primero, bautizarlo con otro nombre —explicó sin alterar lo más mínimo su tono de voz—. Kyrion me sonaba muy brevodiano y para alguien que trata de…
Regina calló cuando uno de los filos celestes penetró de pronto en su boca, impidiéndole gesticular palabra alguna. Con sus cejas contraídas en odio y sus ojos humedecidos en melancolía, Yskar fue hundiendo la lanza poco a poco en la garganta de la Emisaria.
—Kyrion era el nombre del futuro Rey de Brevodia —ahondó un poco más el filo.
—El nombre de la persona que continuaría con mi legado —lo hundió un poco más—.
El portador de mi sangre y la persona que más he querido en esta vida —un poco más—.
Lo has convertido en un engendro del mal.
En un monstruo —más—. Siempre hemos temido las líneas de la profecía y todo este tiempo lo he tenido justo delante —la clavó hasta su límite, desgarrando las cuerdas vocales de Regina, impidiéndole responder—.
Esto se acaba aquí, Regina… Aquí y ahora.
Con un fuerte tirón, Yskar extrajo el filo de entre la garganta de Regina hacia arriba.
El filo de la lanza silbó.
La sangre salpicó la roca.
Yskar jadeó mientras observaba la garganta desgarrada de Regina y las dos mitades de su cráneo abiertas de par en par.