Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 42. Ilma
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42. Ilma

Ilma había sido testigo de todo.

Había presenciado las seis criaturas de Rango Alto que se habían dirigido al campo de batalla.

Había sido testigo de cómo los comandantes, haciendo uso de sus Bendiciones, les habían hecho frente hasta no dejar a uno con vida.

La primera barrera para alcanzar el futuro tan anhelado había sido derribada.

¿Sería que, al final, era cierto? ¿Era posible cambiar aquello que ya estaba escrito?

Quiso sonreír, pero le fue imposible. En otras circunstancias, derrotar a todos los engendros que Regina había creado hubiese supuesto una gran celebración en el reino.

Pero la realidad era muy distinta. Aunque vencedores, los comandantes sufrían graves secuelas; desgarros en su piel, fisuras en sus huesos, quemaduras en su carne y otros que… no tuvieron la suerte de contarlo.

—¿Necesitas un descanso? —dijo una voz tras ella, interrumpiendo sus pensamientos.

Se giró rápidamente para encontrarse con la sonrisa hogareña del líder brevodiano. Tenía sus lanzas envainadas en su espalda en forma de X y su torso (aun humano) manchado con la sangre de aquellas bestias a las que había segado la vida.

—Las tropas enemigas no parecen acabar nunca, Yskar.

El brevodiano apoyó su mano sobre el hombro de la reina y dirigió su mirada hacia el horizonte.

—Y no cesarán hasta que acabemos con ella.

A lo lejos, siguiendo la trayectoria de la mirada de Yskar, Ilma percibió la silueta de Regina.

Sus alas estaban completamente extendidas, batiendo de vez en cuando el aire para mantenerla suspendida.

No estaba segura pero, aunque la distancia le impedía distinguir su figura con claridad, le pareció que Regina también los miraba a ellos.

—¿Crees poder contener a los Hiniur en mi ausencia?

Ilma dio un respingo.

—¿Cómo dices? —preguntó, retirándose la caperuza gris con ambas manos y mostrando las plumas que afilaban su rostro.

El brevodiano sostuvo sus lanzas ensangrentadas con firmeza, inclinó la cabeza y meditó, por un segundo, lo que diría a continuación.

—Voy a matar a Regina.

Ilma llevó su mano hacia el mentón del brevodiano, dirigiendo su cabeza hacia ella hasta encontrarse con sus ojos, buscando en su reflejo la veracidad de lo que acababa de decir.

—¿Has perdido completamente el juicio? —espetó con el ceño fruncido—. ¿Tú solo? ¿Cómo vas a enfrentar a un Emisario sin ayuda? Aunque ahora gocemos del poder de los Vastali, no creo que sea suficiente para derrotarles. ¿Cómo se te ocurre siquiera pensar que tienes alguna posibilidad?

Yskar sonrió en respuesta.

—Porque solo yo puedo herirle donde más le duele —confesó—: Su corazón.

—Pero acaso no te das cuenta de que…

— Dime, Ilma —interrumpió el brevodiano—. ¿Crees poder hacerte cargo de los Hiniur en mi ausencia?

La davense le miró durante unos segundos. Parecía decidido y sabía que, cuando a Yskar se le metía una idea entre ceja y ceja, era imposible convencerle de lo contrario. Ilma chasqueó su lengua, molesta.

—No voy a poder evitar que lo hagas, ¿verdad?

—No lo creo.

—Y vas a ir solo, ¿cierto?

Yskar asintió.

—Ve con Ylvan, quizás con él…

—Él hace falta aquí.

—Te acompañará algún guardabosque.

—No.

—O incluso, si me das tiempo, puede que yo…

—No.

—Yskar…

—Estaré bien.

—No puedes…

—Te lo prometo.

La davense dejó escapar un suspiro.

—Siempre has sido tan testarudo…

—Y te agradecería que no se lo dijeras a nadie, especialmente a ninguno de los míos. Esto es un asunto entre Regina y yo.

Ilma miró al horizonte y guardó silencio antes de responder.

—Volverás, ¿verdad? Dime que esto no es un adiós.

Yskar sonrió.

—No lo es.

La davense volvió su mirada hacia el brevodiano.

—Ten cuidado ahí fuera, Yskar.

Él asintió.

Un abrazo puso fin a aquella conversación.

Yskar se giró, dispuesto a avanzar hacia el saliente rocoso que se perfilaba en el horizonte y sobre el que Regina aguardaba.

Incluso desde aquella distancia pudo percibir su poder, muy superior al de cualquier Hiniur que hubiese podido enfrentar hasta ahora.

Se quedó mirando en aquella dirección un poco más, mientras extendía sus lanzas hacia los lados y el viento mecía su prolongada melena.

—Ilma.

La davense posó sus ojos en la espalda del brevodiano, pues era lo único que podía ver desde su posición.

—No le digas nada a Íkaro —se giró, mostrando solamente su perfil—. No lo entendería.

Ilma asintió.

—Ve.

Tras un breve silencio, el brevodiano galopó hacia el campo de batalla hasta que su silueta se perdió entre la nube de polvo que cubría el terreno.

Ilma suspiró y, cuando perdió de vista al brevodiano, volvió su mirada hacia el nuevo grupo de Hiniur que se aproximaba mientras se cubría el rostro con la caperuza gris.

—Odio tener que recurrir a esto.

Cerró sus párpados y se concentró en los sonidos que la circundaban. Las pisadas metálicas de los soldados, los chasquidos de las armas al impactar, los rugidos de los Hiniur que se abalanzaban sobre los capitenses…

Su habilidad era algo único en el mundo.

Muchos se referían a ella como “La susurrante de bestias”, otros creían que su don era una especie de Bendición davense que solo ella poseía.

Lo cierto era que Ilma había nacido con tal afinidad con la naturaleza que era capaz de entrar en una especie de trance que la vinculaba con la Madre Tierra.

De esa forma, era capaz de sentir los latidos de los árboles, acariciar el viento y comunicarse con los animales que vivían en Davá.

Ilma era, en definitiva, una más con el bosque.

Tras unos instantes inmersa en aquel trance, una pequeña ave, similar a un colibrí, emergió de alguna parte del cielo y se posó sobre el dedo de la davense. Desde la oscuridad de su caperuza, la gema que colgaba de su corona comenzó a brillar e Ilma aproximó la pequeña ave hacia su frente.

—Préstame tu ayuda hoy, hija del viento —le susurró—. Concededme la fuerza de los ríos, la entereza de los robles y el frenesí de lo salvaje.

El colibrí entonces batió sus alas y se impulsó hacia arriba, posándose sobre el pico de la caperuza de Ilma. Una vez allí, comenzó a canturrear una sinfonía dulce y armoniosa mientras movía su cabeza erráticamente, mirando en todas direcciones.

La reina davense, sin abrir los ojos, alzó la cabeza hacia el cielo y extendió sus brazos y alas en cruz.

El pajarillo entonces aumentó el ritmo de su canto, entonando notas más agudas cada vez.

Cuando la melodía parecía alcanzar sus registros más altos, una bandada de todo tipo de aves emergió en el cielo y se dirigió hacia la davense.

A medida que aquella nube negra se aproximaba, la reina pudo percibir el fuerte aleteo de las aves que la conformaban, más contundentes cuanto más cerca de ella estaban.

Guiadas por el canto del pequeño colibrí, la bandada llegó hasta Ilma revoloteando a su alrededor y fue entonces cuando, de pie en el centro de aquel remolino de plumas, abrió sus ojos de nuevo.

—Conserva tu vida Yskar, rey de Brevodia, pues yo…

La davense extendió uno de sus brazos apuntando hacia los Hiniur y, siguiendo la trayectoria que marcaba su extremidad, las aves que la sobrevolaban se dirigieron hacia ellos. Todas menos el pequeño colibrí, que se mantuvo en el pico de la caperuza, vociferando más notas de aquella melodía.

Un huracán de picotazos recibió a los monstruos de pronto, arrancando sus escamas y perforando sus pieles desnudas. Tras el ataque, los pájaros regresaron hacia la davense y volvieron a formar un huracán a su alrededor.

Cuando los Hiniur se recompusieron, aun sufriendo severas heridas, Ilma extendió sus brazos una vez más, indicándoles a sus aliadas el camino a seguir.

Respondiendo a los deseos de la reina, las aves volvieron a acariciar el brazo de la davense al abandonar su cobijo para arremeter contra los Hiniur hasta que, finalmente, perdieron la vida y cayeron inertes sobre el suelo.

—Te daré el tiempo que necesitas.