Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 41. Zékiel
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41. Zékiel

Tretton se incorporó ligeramente hasta quedar recostado en el suelo.

Zékiel seguía frente a él, inclinado hacia delante, soportando sobre su espalda todo el peso de la zarpa que trataba de aplastarlo.

Sus curtidas manos sostenían en alto los dedos del Hiniur, evitando que las garras que lo adornaban se incrustasen en su compañero.

—Eres el único hombre capaz de darme un combate digno —masculló con dificultad—. Levántate y haz honor a ese título.

Tretton, aun dolorido, sonrió.

—Que grata sorpresa —balbuceó—. ¿Es cierto lo que ven mis ojos? El temible Zékiel, el comandante carente de corazón, arriesgando su vida para salvarme. Esto sí que no me lo esperaba.

—Te equivocas —gruñó entre dientes, ejerciendo más fuerza hacia arriba para mantener las garras alejadas—. No vengo en tu ayuda, gusano.

—Ah, ¿no? Desde esta perspectiva parece todo lo contrario, Zékiel el sin corazón.

—Es por interés, estúpido malnacido —confesó el comandante de torso entintado—. Solo tú puedes darme un combate a la altura y por eso mismo, seré yo quien acabe con tu vida. Nadie más.

El Colosonte se irguió, dejando caer todo su peso sobre su pata con la intención de aplastar la insignificante mota negra que la sostenía. El suelo bajo los pies de Zékiel se agrietó y sus tobillos se hundieron en la tierra.

—Quizás este bicho te dé ese combate —apuntilló Tretton sin mostrar la preocupación que empezaba a sentir—. No es un Hiniur como los demás.

El del Catorce, poco a poco, alzó la cabeza. Sus mechones bailaban frente a él húmedos de sudor, ocultando un rostro que, lejos de proyectar miedo, mostraba una felicidad irónica, impropia para la situación en la que se encontraba.

—Yo tampoco soy un hombre como los demás.

Zékiel se abalanzó con ímpetu hacia una de las garras, rodeándola con ambos brazos mientras ejercía fuerza hacia arriba. Cuando la tuvo bien sujeta, deslizó una mano sobre la superficie ajada de la uña hasta introducir los dedos en el interior del pliegue que unía la garra con la piel.

Una vez dentro, hurgó con sus dedos hasta encontrar el punto exacto donde la garra se adhería a la carne.

Sin perder el agarre, cerró la mano y tiró hacia abajo.

Un torrente de sangre brotó cuando la garra se desprendió del cuerpo, formando un charco oscuro bajo sus pies.

El Colosonte alzó la pata instintivamente, ocasión que Zékiel aprovechó para atacar de nuevo.

Con toda la fuerza que fue capaz de ejercer, impulsó hacia arriba la garra recién arrancada que sostenía entre los brazos y la clavó bajo la pata de la bestia.

El filo natural atravesó la palma del Hiniur. Un rugido discordante se propagó por el campo de batalla cuando el Colosonte, incapaz de apoyar su zarpa, se desplomó contra el suelo, aterrizando sobre su hombro.

Zékiel avanzó hacia la cabeza del monstruo que se tendía frente a él mientras trataba de recomponerse.

Sin abandonar la expresión de satisfacción que invadía su rostro, apoyó un pie sobre las afiladas escamas de la frente y abrazó uno de los cuernos que nacían de las sienes de la bestia.

Empleando la fuerza de sus brazos desnudos y su pierna hercúlea, hizo palanca hacia un lado, obligando al cuerno a ceder hasta desencajarlo de su lugar.

Como un niño que se divierte con su juguete nuevo, Zékiel hizo girar la cornamenta con ambas manos, la lanzó en el aire para atraparla al caer y, empleando ambos brazos, hundirla en el ojo carmesí.

Mientras la punta se abría paso desgarrando los nervios oculares del monstruo, Zékiel ancló la pierna al suelo y empujó todavía más, asegurándose de incrustar su arma improvisada hasta perforar los sesos del Hiniur.

El Colosonte, obligado a sufrir aquella tortura sintió, de pronto, como ese hombre desalmado le arrancaba el cuerno contrario y, como antes, empezó a clavárselo de nuevo en la pupila.

En aquella situación, el Hiniur solo pudo abrir sus fauces para emitir el rugido más sonoro que su garganta fue capaz de emitir, tratando así de aliviar el dolor insoportable que sufría.

—¿ESTO? —bramó Zékiel situándose frente a la cabeza del monstruo—. ¡¿Esto es lo mejor que tiene la profecía para complacerme?!

El comandante, que ya comenzaba a aburrirse de aquel enfrentamiento, quiso ponerle fin; un Hiniur moribundo que no puede siquiera defenderse no saciaría su deseo de librar un combate a su altura.

Aprovechando que ambas astas se incrustaban en la cuenca ocular hasta su límite y perforaban el cráneo, Zékiel introdujo los brazos por las fosas nasales de la bestia.

Escarbó en su interior hasta alcanzar los sesos, mientras la sangre brotaba sin control del hocico y le cubría el cuerpo.

Apretó los dedos con fuerza alrededor de la masa cefálica, asegurándose de que no se le escurriera, y tiró hacia fuera.

El cerebro abandonó el cobijo del cráneo del Colosonte y, atraído por la fuerza descomunal del comandante, salió despedido a través de sus fosas nasales.

Zékiel lo agarró con fuerza y lo moldeó en su mano antes de arrojar la masa viscosa lejos.

Unas últimas sacudidas nerviosas acabaron con la vida del engendro mientras su cuerpo se convertía en polvo.

El capitense, ajeno a los fluidos y la sangre que impregnaba su cuerpo, se aproximó al cuerpo exhausto de Tretton. Lo contempló desde arriba unos momentos más mientras moldeaba los últimos restos de sesos que todavía se adherían a su cuerpo y le daba forma de pelota.

—No te creas que por acabar con…

Tretton calló de pronto al sentir el impacto de la bola de restos sobre su rostro cuando Zékiel se la lanzó.

—Levanta y cúrate esas heridas, gusano —sentenció—. Ahora quiero el combate de verdad.

La sonrisa de Tretton se esfumó de golpe.

—No necesitaba ninguna ayuda, y menos la tuya —aseguró, tratando de vencer las heridas que sufría para levantarse del suelo, sin éxito—. Lo tenía justo donde quería.

Zékiel gargajeo, jugando con la mucosidad que bailaba sobre su lengua para, seguidamente, escupirla sobre el rostro de su compañero.

—No tardes —exigió—. Te esperaré apartado de los demás, para que nadie sienta compasión al ver cómo te destrozo.

Tretton fue a responder, pero lo único que vio fue como la espalda entintada de Zékiel se alejaba poco a poco del lugar.

Maldito hijo de puta .