Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 40. Digno
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40. Digno

El roce de los eslabones que apresaban sus manos se sentía cada vez más doloroso.

Los candelabros en forma de araña que adornaban la parte alta del pasadizo iluminaban intermitentemente el jaspe negro que los recubría.

Los dos soldados al servicio del recién proclamado Rey de Capital que tiraban de las cadenas no mostraban ni un ápice de compasión mientras conducían al delincuente hacia el trono.

—No te detengas, mocoso —espetó uno de ellos desde la oscuridad de su yelmo.

—No hagas esperar al rey —gruñó su compañero, dando un nuevo tirón de aquellas cadenas.

El muchacho, pese a la resistencia que ejercía, no lograba deshacerse de las ataduras y, entre maldiciones, avanzaba obligado por la fuerza que ejercían los guardias.

Justo cuando empezó a sentir que aquel pasillo no terminaría nunca, los soldados se detuvieron y, de un empujón, arrojaron al joven al suelo frente a ellos.

—Aquí lo tiene, mi señor —informó uno de los soldados con una reverencia a su llegada—. Este es el muchacho que tantos problemas ha causado.

—Ya veo —respondió una voz rasgada y retumbante desde la penumbra del trono—. Dejadnos solos.

Desde su posición, Zékiel solo pudo ver como los pies enlatados de los guardias se alejaban sin intercambiar ninguna palabra más.

Cuando las pisadas metálicas cruzaron el umbral de la puerta, cerrándola a su salida, el silencio inundó la sala.

En aquella quietud, solo se escuchaban sus continuos jadeos mientras trataba de levantarse por sí mismo del empedrado, aun estando maniatado.

Logró por fin alzar su cabeza y, con ella, su grasienta melena ondulada fue retirándose de entre sus ojos, permitiéndole ver lo que tenía frente a él.

Unos escalones revestidos de negro ascendían hacia un trono macizo de jaspe con hojas de laurel talladas en la propia piedra.

Unas vidrieras circundaban el trono, proyectando un abanico de colores sobre la estancia.

Pudo observar también las imponentes estatuas en forma de león que rodeaban el altar, esculpidas tan detalladamente que parecían cobrar vida de un momento a otro.

Pero, sin duda, lo que más le llamó la atención fue la figura que se mostraba ante él.

El nuevo Rey de Capital lo miraba desde la altura que le brindaba su trono.

Su espalda se erguía cómodamente sobre el respaldo de piedra maciza.

Su mano derecha se acostaba sobre el reposabrazos mientras que la contraria, tendida hacia delante, usaba el mango de su hacha como punto de apoyo.

Su lacia melena blanca caía por sus hombros hasta acariciar su pecho y una sonrisa hogareña se dejó entrever entre los pelos de su barba perfectamente recortada.

—Zékiel, ¿verdad? —dijo sin abandonar aquella expresión amigable de su rostro.

El muchacho no contestó, se limitó a mirarle con un deje de confusión e impotencia mientras trataba de calmar su agitada respiración. Álvar se levantó del trono queriendo acercarse al joven asustadizo con el fin de estrechar lazos. Pero Zékiel, sintiéndose como un animal acorralado, retrocedió.

El monarca detuvo sus pasos reparando en la repentina reacción del joven.

—Esto va a ser más difícil de lo que pensaba —dejó escapar una risa entre dientes—. No te preocupes, muchacho, nada tengo que ver con Krollo. Aquí estarás a salvo.

Álvar se inclinó hacia la jarra de cristal que descansaba a los pies de las escaleras del trono y la alzó para rellenar su copa de plata.

Zékiel observaba como la cascada de agua fresca bailaba sensualmente ante sus ojos, teniendo incluso que limpiarse la saliva que comenzó a derramarse por una de sus comisuras.

El rey depositó el recipiente de vuelta en su lugar y, con cuidado de no derramar ni una gota, se aproximó al joven ofreciéndole el néctar cristalino.

Zékiel vaciló unos instantes, pero pronto, su instinto ganó aquel pulso. Sin esperar a ser liberado de aquellas cadenas, agarró la copa con su boca y se sirvió de su contenido.

—Despacio chico, despacio —aconsejó Álvar sin abandonar aquel tono amable—. El agua no se va a ir a ninguna parte.

Zékiel, ajeno a los avisos del monarca, inclinó la copa lo más alto que pudo, pretendiendo abarcar todo el diámetro posible, consiguiendo que parte del agua se derramase por sus labios y salpicase su torso desnudo.

Cuando ya no quedó ni una gota en el recipiente, Zékiel movió su cuello y lanzó el cáliz plateado, que repicó contra el suelo hasta chocar sobre los pies de Álvar.

—¿Qué quieres de mí? —replicó, retirándose la humedad de sus labios con la lengua.

Álvar, que aún dirigía sus ojos hacia la copa asimilando lo acontecido, sonrió en respuesta.

—¿Sabes? Tienes razón —contestó, extrayendo una llave metálica de entre sus ropajes—. No puedo exigirte modales cuando ni siquiera yo los he tenido contigo.

Al situarse frente a él, Álvar accionó el bloqueo de los grilletes que aprisionaban las manos inocentes del joven y que cayeron contra el suelo con un golpe seco. Zékiel frunció el ceño y se llevó una mano hacia la muñeca, haciéndola rodar para tratar de aliviar el dolor.

—¿Qué tal si empezamos de nuevo? —prosiguió—. Soy Álvar, el nuevo rey de Capital, como bien sabrás —se llevó sus manos tras la espalda, entrelazándolas—. Ha llegado a mis oídos tu gran afán por el combate. Al parecer, enfrentas a todo niño que se te cruza por delante.

Zékiel apretó sus dientes.

—¿Y qué si lo hago?

—No importa si es grande o pequeño, alto o bajo, corpulento o delgado… Tú siempre enfrentarás a aquel que se te cruce.

—Ellos se lo buscan.

—Pero ese no es el camino.

—Para mí sí.

Álvar suspiró.

Aquel joven de sucios harapos y piel magullada había experimentado una vida rodeada de conflicto y miseria durante años en los bajos fondos del reino. Sería imposible hacerle entender que la vida en Capital se regía por unas normas de convivencia que debía cumplir.

—Una de mis primeras labores como gobernante de este reino es la de mantener la paz —continuó el rey—. Y es por eso que he decidido…

—Si vas a juzgarme, hazlo de una puta vez y déjate de tanta palabrería.

Álvar calló y observó al muchacho durante unos segundos.

La tiranía de Krollo durante tantos años de reinado había hecho mella en las gentes del reino, y aquel joven rebelde creía estar tratando con un rey como lo fue él.

Álvar se dio cuenta de todo el trabajo que aún le quedaba por hacer para limpiar la imagen que los ciudadanos tenían de la corona.

—…Reclutar un ejército de hombres y mujeres competentes —acabó de decir—. Los más capaces de todo el reino —se aproximó al chico y apoyó una mano sobre su hombro desnudo—. He escuchado de lo que eres capaz y no he podido evitar fijarme en ti.

Zékiel arqueó una ceja. Gargajeó, acumulando toda la saliva mucosa que pudo almacenar su garganta y la escupió contra el suelo con desprecio.

—Olvídalo, no voy a ser un soldado más a tus órdenes.

—Y no pretendo que lo seas, joven —la sonrisa amigable del monarca volvió a brotar de entre los pelos de su barba—. Lo que hoy vengo a proponerte va mucho más allá. Quiero proclamarte comandante a cargo de uno de los escuadrones que conforman el ejército capitense.

Zékiel intercambió miradas con el monarca para, segundos después, dedicarle una risa burlona.

—¡¿Comandante de un escuadrón?!—exclamó entre carcajadas preñadas de ironía—. ¿Acaso no sabes quién soy? ¿Has olvidado quién narices es mi padre?

—Por supuesto que no, Zékiel hijo de Galen; el asesino más macabro que este reino ha conocido —se acuclilló para quedar a la misma altura que el muchacho—.

Pero siempre he creído en las segundas oportunidades y tú, aunque portes su apellido, creo que eres diferente.

Aquí tendrás la oportunidad de limpiar tu nombre y hacerle ver a todo un reino que hasta el hijo de un asesino puede llegar a ser comandante de Capital por su esfuerzo y dedicación.

Zékiel volvió a acumular saliva para, seguidamente, catapultarla con rabia hacia los adoquines de jaspe.

—Me da igual lo que la gente piense de mí.

A quienes se atrevan a decirme algo, los coseré a puñetazos hasta hacerles cambiar de opinión —espetó con su rostro arrugado por la molestia que sentía—.

No necesito ningún favor por tu parte. Yo solo busco pelearme con gente a mi altura y hacerme cada vez más fuerte.

Así es como funciona el mundo. Matar o morir —apretó sus puños—.

Olvídate de que me una a ti y a tu ejército mediocre.

Álvar chasqueó su lengua al mismo tiempo que ladeaba la cabeza.

—Qué lástima —confesó—. Pensé que un puesto como el de comandante sería una petición muy jugosa como para ser rechazada, pero ya veo que no —se alzó del suelo, dispuesto a dirigirse de vuelta al trono—.

No te insistiré más y respetaré tu decisión, muchacho.

Le haré saber al resto de comandantes que seguiremos la búsqueda de un nuevo miembro que comande el escuadrón catorce.

—¡Eso es! —interrumpió Zékiel altivo—. A mi dejadme en paz y sacadme de…

—Especialmente a Tretton, nuestro nuevo integrante a la comandancia capitense.

Zékiel abrió sus ojos hasta su límite. Sus pulsaciones se aceleraron cuando escuchó aquel nombre y sus puños se cerraron con más ahínco, hasta que sus nudillos se volvieron completamente blancos.

—¡¿Tretton?!

Álvar asintió.

—Así se llama tu amigo, ¿cierto? Nos ha hablado mucho de ti.

—Ese malnacido… ¿Ha aceptado ser comandante de este maldito reino?

—Así es —respondió Álvar sin elevar lo más mínimo su tono—. Y tengo que confesar que es uno de los mejores.

—¿UNO DE LOS MEJORES? —bramó Zékiel, ciego de ira—. ¡Está bien, acepto! ¡Llévame ante él!

Álvar sonrió para sus adentros como si por fin hubiese roto esa coraza de orgullo que el muchacho había tratado de mantener desde el principio.

—Vaya, vaya, qué cambio de parecer tan repentino.

—¡Claro que acepto! —bramó—. Allá donde vaya ese cagón, yo iré detrás.

¿Acaso se piensa que va a librarse de mí tan fácilmente?

—una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios—.

No Tretton, las cosas no funcionan así —dijo como si tuviese a su rival frente a él y pudiese escucharle—.

Allá donde vayas te buscaré y seguiré dándote todas las palizas que se me antojen.

Pelearás conmigo todos los días en un combate a muerte.

Sin miramientos ni contemplaciones. Tan solo tú, yo y la satisfacción de un combate digno.

—Entonces, ¿querrás que te enseñe tus nuevos aposentos? ¿El cuartel donde vivirás a partir de hoy?

Zékiel dibujó una sonrisa socarrona mientras negaba con la cabeza.

—Primero llévame hasta Tretton.