39. Tretton
Tretton se mantuvo firme en su posición, esperando la llegada del bosque de colmillos que se aproximaba.
El poder de su Bendición era muy similar al de Farco, pero con la diferencia de que la suya no servía para defender y resistir ataques. A él, Gheva le había conferido la fuerza necesaria para devolver con más contundencia el golpe que fuese a recibir. Y esa, sin lugar a duda, era su mejor defensa.
Unos anillos de luz circundaron sus brazos, flotando a ras de la piel, volviéndose más gruesos cuanto más cerca de los hombros estaban.
Justo cuando las fauces estuvieron a punto de atraparle, Tretton balanceó su maza aplicando la fuerza que le confería su Bendición y estrelló la cabeza de hierro contra los colmillos.
A pesar de la brutalidad del golpe, Tretton solo consiguió desviar ligeramente la cabeza del monstruo. Nada más.
El Hiniur, ahora enfurecido, arremetió en un nuevo ataque contra el comandante, pero como antes, volvió a encontrarse con aquel bloque de hierro magullado que lo recibió.
El golpe no le causó daño alguno, pero el impacto logró hacerlo retroceder.
En ese momento de respiro, Tretton se percató de que, con cada golpe, el hierro de su maza se agrietaba y amenazaba con romperse en cualquier momento.
Tengo que buscar otra manera.
Sin ofrecer tregua alguna, los aros que rodeaban sus brazos intensificaron su luz.
Emprendió una carrera hacia la bestia (la cual aún se recomponía del zarandeo) mientras arrastraba el arma tras él, dejando que la cabeza de hierro raspara el suelo, proyectando chispas.
Al alcanzar a la bestia, saltó sobre su rostro y, tras él, el hierro macizo acabó la trayectoria, hundiéndose en el hocico escamado.
Pero nada ocurrió. La criatura no se inmutó.
Exhausto, Tretton mantuvo su posición mientras el Colosonte volvía a dirigir sus fauces hacia él.
El comandante trató de evitarlas, pero sus fuerzas flaquearon y la sierra de colmillos logró cerrarse alrededor de su brazo derecho (el que sostenía la maza) y, con un ligero tirón, la bestia arrancó la extremidad de cuajo.
Tretton palideció.
La sangre brotó sin contemplaciones, bañando su cuerpo. El comandante se quedó rígido mientras observaba cómo, un poco más adelante, su brazo yacía inerte en el suelo.
Una sombra, de pronto, se cernió sobre él.
Tretton salió de su ensimismamiento. Saltó a un lado, esquivando la colosal zarpa, y corrió hasta recuperar su maza, que empuñó con el brazo contrario.
El Colosonte atacó. Tretton hizo brillar los anillos de luz en su brazo para intentar repelerlo, pero los colmillos ensangrentados hallaron su carne y, de un violento tirón, le arrancaron la otra extremidad.
El brazo inerte se deslizó por la tierra dejando tras de sí un reguero de sangre. Tretton, abatido, se dejó caer de rodillas mientras sus hombros cercenados vomitaban libremente la sangre que aún contenían.
Su Bendición le concedía una fuerza y resistencia muy superior a la del resto de hombres, pero a un alto coste.
En incontables ocasiones, al exponer su Bendición al límite, había sentido cómo sus propios huesos se quebraban bajo su piel, perforando la carne hasta sobresalir de la misma.
Abusar de su Bendición significaba destrozar su propio cuerpo y, por esa razón, siempre había procurado no excederse en su uso.
Sin embargo, sabía que tarde o temprano, enfrentaría a un enemigo que no solo le obligaría a alcanzar ese límite sino a sobrepasarlo.
Pero lo que nunca pudo prever fue que una criatura como aquella pudiese privarle de sus brazos con tanta facilidad. Sin ellos, no era capaz de blandir su maza para aprovechar la fuerza que le confería su Bendición. En su estado, solo podía emplearla sobre sus piernas y con ellas no podía atacar.
¿O sí?
Si tengo que acabar con él a base de patadas, debo hacerlo ya, pensó mientras observaba como la sangre seguía brotando. O moriré desangrado.
La zarpa del Hiniur se dirigió hacia él nuevamente, pero, en el último segundo, Tretton intensificó los anillos de luz de sus piernas y pudo evitar el aplastamiento al deslizarse por el suelo hacia un lado.
Ahora.
El capitense se lanzó contra la bestia, impulsándose con sus piernas para, al aterrizar con ellas, asestar el golpe más devastador que su Bendición le pudo ofrecer.
Algunos huesos crujieron durante el recorrido, amenazando con romperse, y otros se quebraron antes incluso del impacto.
Aun así, logró alcanzar la endurecida piel del engendro, pero una vez más, las escamas del Colosonte apenas percibieron el golpe y la bestia ni siquiera se inmutó.
Era el fin.
Tretton se dejó caer de rodillas en el suelo mientras el Colosonte se erguía frente a él, preparándose para asestarle el golpe que acabaría con su vida.
Quizás ese malnacido de Zékiel siempre tuvo razón…
La bestia abrió sus enormes fauces.
No estoy a la altura. Nunca lo he estado.
Sus caninos brillaron cuando empezó a descender hacia el capitense, dispuesto a decapitarle.
Tretton cerró sus ojos y sonrió. Vio las calles de Capital, revivió sus años como comandante, pero, sobre todo, lo vio a él, a su eterno rival. Los recuerdos y vivencias que tenía con Zékiel comenzaron a agolparse en su mente y deseó, por un momento, volver a aquellos días.
Ni siquiera en mis últimos instantes de vida eres capaz de dejarme en paz, ¿eh?
Algo se interpuso en la trayectoria del monstruo, frenando su ataque en seco.
¿Qué…?
Tretton abrió los ojos. Sus hombros, aun cercenados, ya no sangraban.
Siguió mirando y pudo ver, a cada uno de los lados, unos enormes brazos blancos suspendidos en el aire que sujetaban al Hiniur por el rostro, deteniendo su ataque.
Unos brazos que parecían estar hechos del mármol más resistente, circundados por varios anillos de luz.
¿Esto es…?
Tretton intentó cerrar los dedos como si aún tuviera los suyos propios. Las manos perladas, obedeciendo su petición, imitaron el gesto y hundieron las falanges en las escamas con una fuerza tal, que consiguieron hacer retroceder al Hiniur.
… ¿Mi Bendición?
Tretton se levantó mientras uno de los brazos marmolados se retraía para ganar impulso. Cuando ya no pudo retroceder más, el brazo salió despedido hacia delante, impactando contra el rostro del monstruo.
El hocico salpicó un charco de sangre que manchó el torso del comandante, pero él, lejos de sentir misericordia, retrajo el brazo contrario. Lo soltó hacia delante y el puño agigantado, rápidamente, aterrizó contra el ojo carmesí de la criatura.
La esfera rojiza se hundió en el interior del cráneo, dejando la cuenca totalmente vacía. El rugido de dolor que emitió el Hiniur provocó que las rocas de las montañas se mecieran y rodaran por la fachada, creando una avalancha.
Sin darle tiempo para recomponerse, el puño viajó nuevamente a través del aire hasta encontrar la tosca piel del Hiniur.
El demoledor impacto forzó al Colosonte a girar la cabeza en la dirección impuesta por el golpe, dejándolo momentáneamente desorientado.
Cuando el entorno se percibió menos borroso y la bestia pudo volver en sí, contraatacó, pero él ya le estaba esperando.
Tretton unió los puños y, con un golpe seco, los dirigió hacia la mandíbula, destrozando los colmillos a su paso y desplomando la enorme bestia contra el suelo.
El capitense se mantuvo firme frente a él, observando como las enormes patas temblaban mientras la bestia intentaba levantarse de nuevo.
Pero ya era tarde.
—Me lo has puesto difícil, criatura —dijo, observando con desprecio al Hiniur y sonriendo—. Pero llevo toda mi vida enfrentando a un monstruo mucho más fuerte que tú —apretó sus puños—. Aquí acaba.
El Colosonte, abrumado por el dolor, ofreció el más sonoro de sus rugidos.
Al son de su bramido, sus escamas comenzaron a abrirse lentamente, desplegándose, emitiendo un crujido óseo mientras su silueta se ensanchaba y conformaba una coraza natural a su alrededor que parecía resistir cualquier impacto por fuerte que fuera.
Tretton chasqueó su lengua, molesto, al mismo tiempo que los aros de luz que circundaban las manos flotantes intensificaron su brillo.
—Acabemos con esto de una puta vez.
Los brazos cortaron el aire e impactaron contra la pata delantera del monstruo, golpeando su costado con toda la potencia que Tretton fue capaz de proyectar.
Los nudillos de las manos flotantes se agrietaron y el Hiniur, sin inmutarse lo más mínimo, permaneció inmóvil en la misma posición.
El comandante se quedó perplejo observando cómo, aun gozando de todo el poder de su Bendición, no había sido suficiente para herir a la criatura.
Antes de que pudiese asimilar lo acontecido, una sombra eclipsó la escasa luz de la noche.
Alzó su mirada justo para encontrarse con una zarpa acorazada en escamas que se precipitaba hacia él dispuesta a aplastarle.
Tretton no tuvo alternativa. Extendió los brazos flotantes hacia arriba, intensificando la luz de los aros que los rodeaban, dispuesto a detener aquellas garras con su propia fuerza.
Pero fue inútil. El tamaño titánico de aquella monstruosidad venció su frágil resistencia y lo aplastó.
¿Cómo…?
La zarpa contraria barrió el suelo horizontalmente hasta encontrar el cuerpo malherido de Tretton en su trayectoria, barriéndolo con ella.
El comandante viajó a través de la arena.
Su cuerpo se detuvo, inerte, tumbado hacia arriba.
Los brazos agigantados, tendidos sobre la tierra también, parecían no responder más a sus órdenes.
Incapaz de moverse, estaba condenado a contemplar como aquella bestia colosal lo observaba desde las alturas y se preparaba para poner fin al encuentro.
Elevó la pata lentamente.
Tretton volvió a intentarlo, trató de mover sus piernas y huir de aquel fatídico final, pero lo único que consiguió fue que el hueso de su rodilla sobresaliese un poco más de su piel.
El Hiniur dejó caer su pesada zarpa, alargando las garras a medida que descendían, emitiendo un destello cuando la luz lunar las acarició.
Tretton cerró los ojos y se dispuso a recibir el golpe. Gozando de la oscuridad que le brindaban los párpados, se concentró en lo que su mente proyectaba aquellos últimos segundos de existencia.
La zarpa se detuvo frente a él súbitamente, a escasos palmos de colisionar, sin acabar su recorrido. Algo se había interpuesto en su trayectoria y había recibido todo el peso del golpe, levantando una ráfaga de viento y tierra que cegaron al comandante momentáneamente.
Poco a poco, fue abriendo los ojos y distinguiendo la silueta de aquello que se había situado entre el Hiniur y su muerte.
La zarpa se apoyaba sobre una espalda desnuda, adornada con surcos de tinta negra.
Unas manos callosas sostenían la superficie de la misma y unas piernas, perfectamente esculpidas, contenían todo aquel peso.
Una melena grasienta se precipitaba hacia delante y, de entre los mechones, unos ojos furiosos le devolvían la mirada.
¿Era verdad?
¿Había podido detener aquel ataque aun sin Bendición?
—Basta ya de dormir, imbécil.