38. Colosonte
“Este no tiene mayor misterio: un Hiniur que destaca por su gran tamaño y constitución. El que más, de hecho. No tiene ningún poder aparente más allá de ser enorme y duro… justo como a mí más me gustan.”
—No va a ser sencillo dar muerte al siguiente —apuntilló Ramis repasando la ilustración—. Teniendo en cuenta su tamaño, quizás el del Once sea la alternativa más acertada.
—Fuerza bruta contra fuerza bruta —espetó Jedena—. Buena elección, Capitán.
—Pero debe tener en cuenta que este Hiniur será difícil de derribar. Tal vez deberíamos considerar al comandante del Escuadrón Catorce ya que…
—Capitán —interrumpió Jedena—. No subestimes a Tretton.
Él es sin duda la mejor elección para abordar este enfrentamiento —llevó sus ojos a uno de los flancos, donde Zékiel despedazaba a Hiniur comunes con sus propias manos—.
El comandante Zékiel también es alguien muy capaz, pero tiene un gran defecto.
Su manera de combatir es… impredecible, digamos.
Y no podemos depositar el futuro de la humanidad en manos del azar.
—Entonces… ¿Tretton?
Jedena asintió.
—Créeme, Capitán. He visto a ese hombre abrir agujeros en la montaña con un solo golpe de su arma.
—En ese caso, recabemos más información acerca de este Hiniur —sugirió Ramis, sosteniendo el libro—. Debe haber más notas en alguna parte.
El lenovense se dispuso a abrir el bestiario nuevamente. Sostuvo el tomo sobre su palma, hojeó las primeras páginas en busca del índice y, de pronto, notó una mano apoyarse en su hombro. Frunció el ceño y apartó la mirada de las páginas ajadas para posarla en la mujer que le había interrumpido.
—Antes de que empecemos a definir una estrategia, quería darte las gracias por tu trabajo, Capitán.
Ramis arqueó una ceja, ¿estaba Jedena realmente mostrando sus sentimientos?
—Cumplo con mi deber, comandante. Nada más.
—Lo sé —asintió—, pero necesitaba hacerte saber que ha sido todo un honor luchar junto al Capitán de Lenov.
La guerra parece que llega a su fin y, aunque nuestras bajas han sido numerosas, hemos conseguido más de lo que esperaba.
No sé qué pasará mañana, no sé si dormiremos bajo el cobijo de Capital o lapidados bajo la tierra de este yermo.
Pero, pase lo que pase, la humanidad ha demostrado estar a la altura y así será como nos recordará la historia —apartó su mano del fornido hombro del lenovense—.
Sé que desde que tomé la decisión con respecto a tu hija, hemos tenido nuestras diferencias.
Y, sin embargo, has sabido dejar todo eso a un lado y guiarnos en esta guerra. Eso te honra.
Ramis sostuvo la mirada de Jedena por unos segundos más, antes de volver su atención al campo de batalla, mostrando la línea de su mandíbula y el flequillo partido al centro que se mecía al ritmo del viento.
—Ese sentimentalismo no es muy propio de alguien como tú, Jedena.
La comandante del Diez, por primera vez, le dedicó una sonrisa al lenovense.
—Supongo que me estaré ablandando.
—Quedará entre tú y yo.
—Eso espero, Capitán. Eso espero.
Sus pisadas resonaron por el campo de batalla como tambores de guerra, agrietando el suelo con cada paso, dejando allí su huella para la eternidad.
Las rocas se desprendían rodando a lo largo de la fachada montañosa al mínimo roce con el robusto cuerpo escamado.
Las aves que descansaban en las ramas cercanas emprendieron el vuelo asustadas al percibir tan de cerca la presencia de aquel titán.
La bestia emergió en el horizonte, haciendo temblar la tierra bajo los pies del comandante que lo contemplaba desde la distancia.
Los destellos de la luz lunar que se filtraban entre las nubes revelaron unas escamas que alternaban los tonos ámbar y obsidiana.
Sus poderosas zarpas terminaban en garras curvas, que se hundían en el suelo como arados y que, al dar un nuevo paso, desenterraban las raíces que dormían bajo la tierra.
Sus colmillos sobresalían de su mandíbula y, como sus garras, también se torcían hacia los lados.
Dos astas adornaban sus sienes y descendían delineando su perfil para, llegado al límite de este, curvarse y ascender hacia el cielo.
Sus puntas, teñidas con el color del fuego, se alzaban hacia las estrellas, como si señalasen el destino de su próxima víctima.
Era tal y como describía el libro de Samil; La muerte hecha Hiniur.
Tretton esperó paciente su llegada, sosteniendo la pesada maza de guerra con ambas manos, frotando con los pulgares la aspereza del mango mientras se mentalizaba para aquel combate.
—Hoy te necesito más que nunca, madre —murmuró mirando la cabeza magullada de su arma—. Nos toca enfrentarnos al Hiniur más temido de todo el bestiario —elevó la maza, enarbolándola hacia atrás, preparándose para asestar el primer golpe—. Concédeme tu fuerza un día más.
Cuando el Colosonte alcanzó al comandante, lo ignoró por completo.
Pareció no inmutarse ante su presencia. Ajeno a la amenaza que pretendía infundir, ajeno al arma que empuñaba tras él, ajeno a todo.
Sin siquiera dedicar una mirada hacia el capitense, alzó con indiferencia su pata derecha y barrió el terreno horizontalmente, apartando al comandante de su camino con la misma despreocupación con la que un asno espantaría a una mosca con su cola.
Tretton se preparó para recibir aquel golpe y posicionó el mango de su maza diagonalmente, interponiéndola entre su cuerpo y aquella zarpa que se dirigía a él lenta pero certera.
El comandante había subestimado a la bestia.
El golpe se sintió como una estampida y lo lanzó por los aires como un muñeco de trapo.
El cuerpo de Tretton atravesó la llanura, colisionando contra las rocas y los troncos de los pocos árboles secos que aún se levantaban, pero ni siquiera estos lograron detener la inercia del impacto.
Fue la pared de la montaña la que finalmente puso fin a su vuelo, cuando se estrelló contra ella.
Tras unos necesarios segundos para recomponerse, el capitense observó su cuerpo.
Su hombro derecho, con el que había amortiguado el golpe, estaba dolorido y no podía moverlo con la facilidad de antes.
Su torso desnudo estaba adornado con un sinfín de magulladuras y cortes de los cuales brotaban ríos de sangre que bañaron sus músculos con el color del vino.
Tras un breve forcejeo, el comandante consiguió dejar atrás la zona del impacto y se encaminó hacia el Colosonte, que seguía avanzando hacia delante sin reparar en nada más.
Tretton apresuró su paso, arrastrando tras de sí la cabeza de la maza, cuyo roce contra el suelo emitió un chirrido que sirvió como sinfonía para el golpe que estaba a punto de asestar.
El engendro, por primera vez, dirigió su mirada hacia el suelo.
Hacia aquella mota negra que corría enérgicamente hacia él dispuesto a atacarle.
Arrugó su rostro y, molesto, contrajo sus labios mostrando las encías ennegrecidas que conformaban su dentadura.
Abrió su boca pausadamente, como si, debido a su tamaño, a él también le resultase costoso abrirla, y dejó escapar su rugido más salvaje.
Un remolino acarició el yermo desértico, arrastrando consigo ramas secas, rocas quebradas y el cuerpo de algún soldado caído.
Tretton llevó su antebrazo dolorido a sus ojos para cubrirse de la gravilla que levantó aquel vendaval repentino y, con la mano contraria, incrustó su maza en una grieta abierta entre dos rocas que descansaban a un lado y que le ayudaron a no salir despedido.
Justo cuando creía no poder aguantar más tiempo la fuerza del huracán, este cesó.
Tretton retiró el brazo de sus párpados, justo para toparse, a escasos centímetros de él, con el rostro de aquel demonio observándole de cerca.
A esa distancia, sus ojos escarlatas recordaron a dos soles llameantes que se aproximaban con la intención de calcinar hasta su último hueso.
Su respiración se cortó de golpe. Sus manos perdieron adherencia con la maza cuando el sudor comenzó a impregnarlas. Sus piernas pedían huir, tratando de alertar al comandante del peligro que corría.
Le dolía reconocerlo, pero por primera vez, Tretton sintió miedo.