Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 37. Cincela
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37. Cincela

Sabía que no debía.

Ramis se lo había recordado hasta la saciedad: “Un solo contacto, una sola caricia, y el Hiniur dentro de ella despertará”

Pero alguien como Verso, criado entre credos y libros, marginado de toda vida más allá de la orden clerical y privado del contacto físico de cualquier persona, ¿cómo podía obviar aquel mariposeo repentino que sentía cuando Cincela estaba tan cerca?

Verso contuvo el aliento. Esperaba sentir terror al notar la rugosidad de las escamas que empezaron a cubrir la piel de Cincela. O el pavor de aquellas garras que brotaron de sus dedos y que arañaban ligeramente su cuello. Sin embargo, lo único que sintió fue una dulce calidez.

Una calidez que acarició su alma.

Una calidez que revoloteó en su estómago y que se extendió por todo su cuerpo, adueñándose de la voluntad de sus labios, obligándole a sonreír.

La calidez de alguien como ella.

Su respiración se aceleró cuando hundió la cabeza entre el cabello de la lenovense.

Sus brazos delgaduchos la rodearon con más fuerza y acarició su espalda.

El tiempo se detuvo en aquel preciso instante y todo a su alrededor pareció desaparecer.

Tan solo importaban ellos dos en aquella diáfana habitación.

Él y ella, nada más.

Cuando el abrazo se hizo demasiado largo, Cincela se despegó de Verso con cierta brusquedad.

El clérigo abrió sus ojos y volvió en sí.

Al contemplar lo que tenía enfrente, su semblante palideció, sus ojos fueron abandonando la intensidad de su brillo y el rubor que coloreaban sus mejillas se volvió más evidente.

—¿Pero que… qué estás…? —preguntó, tratando de disimular sus ganas de repetir aquel abrazo—. No, no, no… Esto no… Esto no está bien, Cincela. Nada bien.

Cincela se tambaleaba de un lado a otro mientras su cabello abandonaba su claridad y adoptaba un tono más oscuro.

Se apoyó contra la repisa de la ventana, tratando de no desmayarse debido al ardor que le provocaban las escamas cuando cubrían su piel.

Dos pequeñas astas se dejaron entrever desde sus sienes y las puntas de unos colmillos sobresalieron más allá de sus labios.

—No es suficiente…—apuntilló mientras contemplaba su reflejo en los cristales fragmentados que aún se adherían al marco—. Necesito más.

—¿Más? —preguntó Verso incrédulo—. ¿Cómo qué más? ¿Más de qué?

—Más.

Un denso silencio se adueñó de la habitación.

Antes de que Verso dijese otra palabra, Cincela se abalanzó sobre él.

Sus garras negras lo sostuvieron por las mejillas, evitando así que retrocediese.

Él no intento siquiera apartarlas. No podía.

Se quedó ahí quieto, sorprendido por el tacto de aquellas manos, por su suavidad y por la forma en que el mundo pareció desaparecer a su alrededor.

—Perdóname.

Aquel susurro, por un instante, logró extraer a Verso de su apacible trance. Pero volvió a sumirse en él cuando, de pronto, los labios de Cincela encontraron los suyos.

Sin saber muy bien por qué, sus ojos se cerraron.

Se dejó llevar. Labios contra labios, el clérigo sintió los latidos de su corazón palpitando cada vez más contundentes con cada nuevo beso.

Sintió la respiración de Cincela rozar su mejilla, sus dedos ennegrecidos acariciar su piel y su aliento inundar su paladar.

Era una sensación mágica. Algo que jamás había sentido, pero que, de algún modo, había estado esperando toda su vida.

Tras aquellos segundos sumidos en esa envoltura, Cincela se despegó abruptamente. Comenzó a tambalearse de nuevo, llevándose las garras a su cabeza, hundiéndolas en su piel, como si así pudiera desprenderse de la punzante quemazón que empezaba a recorrer su cuerpo.

Sus gritos agónicos rompieron el silencio cuando se encorvó hacia delante, permitiendo que unas alas oscuras rompieran su blusa al emerger desde su espalda.

Sus bermudas color ocre no tuvieron mejor suerte y se desgarraron cuando una cola sinuosa, tan larga como su cuerpo, brotó por debajo de sus lumbares y se enroscó en el aire a su alrededor.

—¿Cin… Cincela?

Ella siguió su agónica sinfonía protagonizada por los gritos desesperantes que proyectaba mientras las escamas cubrían cualquier rastro de humanidad en ella.

Sus cuernos se alargaron, retorciéndose hacia arriba.

Su cabello ya no era dorado, sino del negro más oscuro que Verso había visto jamás.

Sus garras se curvaron y sus colmillos se habían prolongado más allá del límite de su mandíbula.

Verso retrocedió hasta que el choque con la pared lo detuvo.

—Cincela… dime algo, por favor…

Ella dejó de gritar. Alzó su cabeza poco a poco, dejando que la escasa luz lunar que se colaba por la ventana iluminase parte de su cuerpo. La Emisaria levantó su mano, examinando las nuevas garras que la adornaban como si también ella se sorprendiese de su nueva forma.

—Cin…

Verso no pudo acabar la frase al contemplar los ojos carmesíes que asomaron entre los mechones que caían sobre el rostro de Cincela. Tan solo una mirada bastó para helarle la sangre e infundir en él un pavor que se adueñó de su habla.

La joven comenzó a caminar hacia el clérigo, abriendo sus garras y moviendo su cola con cada paso. Verso se acuclilló en el suelo, apretándose todo lo que pudo contra la pared, cubriéndose el rostro con los antebrazos.

Por favor… Por favor, Cincela…

La Emisaria alcanzó al aprendiz, situándose frente a él y mirándolo desde la altura unos segundos más, disfrutando del miedo que infundía. Verso se atrevió a apartar sus brazos del rostro por un momento y contemplar en lo que se había convertido.

¿Esto es lo que quería decir con “adaptarse y vencer”? ¿Transformarse en uno de ellos para hacerles frente? Pero si no puede controlar esta cosa cuando la posee… ¿cómo va a combatir a los Emisarios?

Antes de que sus ojos se abriesen por completo, Verso escuchó el sonido de un latigazo.

La cola de Cincela se enroscó alrededor de su cuello, alzándolo del suelo y estampándolo contra la pared.

El clérigo llevó sus manos a la extremidad, luchando por aliviar el estrangulamiento que ejercía.

Pero no lo consiguió. Estaba obligado a observar aquellos ojos carmesíes que lo miraban de vuelta mientras la presión en su cuello seguía aumentando sin piedad.

Las lágrimas nublaron la mirada del clérigo al cerciorarse de que aquello que más había temido se había hecho realidad: había perdido a Cincela para siempre.