Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 36. Gheva
56%

36. Gheva

El tablero era el claro reflejo de la brutalidad de la guerra que estaba aconteciendo.

Había casillas agrietadas, otras presentaban hendiduras e incluso algunas estaban hechas añicos.

Un bosque de espadas clavadas en la superficie adornaba lo que quedaba del paisaje.

Banderas deshilachadas ondeaban con los jirones que aún resistían al viento.

Montañas de huesos se apilaban en los márgenes, la sangre se había incrustado en las fisuras…

Contemplar la Creación de aquella manera era desolador.

—Una más —sentenció Gheva alzando su voz, provocando un eco que envolvió el lugar—. Tan solo te queda una pieza más y entonces tu Rey quedará expuesto.

Yavan, algo molesto, se agitó con violencia. Las cadenas que lo aprisionaban resonaron, pero Izh, nuevamente, las sostuvo con firmeza, impidiendo que el Dios se liberase.

Tras el repentino impulso, Yavan se inclinó hacia abajo, dejando que su cabello velase su rostro y, desde aquella posición, dejó escapar una risa enfermiza.

—He de reconocer que tus estúpidas creaciones lo han hecho mejor de lo que había previsto —alzó levemente la cabeza—. Pero no me subestimes, querida.

La última pieza de Yavan abandonó su casilla y avanzó en diagonal sobre el tablero.

Gheva, por primera vez, se estremeció al contemplarla más de cerca.

No se parecía a ninguna otra que hubiera utilizado hasta entonces.

Era aberrantemente colosal, superando en tamaño incluso a la Reina y al Rey.

A su paso, las casillas crujían bajo su peso, fragmentándolas y reduciéndolas a polvo hasta que, finalmente, se detuvo en medio del tablero.

—Y no olvides, querida, que esto es solo el comienzo —declaró Yavan cuando su pieza acabó el movimiento—.

Mi Reina y, sobre todo, mi Rey son algo muy superior a lo que te hayas podido enfrentar hasta ahora.

Él, como bien sabes, tiene parte de mi esencia y cuando esta despierte…

¿Qué harás? —entornó los ojos—. ¡Echa un vistazo a tu alrededor!

¡Mira tus piezas! ¡Observa el estado tan deplorable que lucen tus preciados comandantes! Tan solo es cuestión de tiempo.

Gheva guardó silencio, ignorando las palabras de su adversario, focalizándose en su siguiente movimiento.

Barrió el tablero con la mirada, sopesando cual sería la mejor opción para enfrentar a un monstruo de semejante tamaño.

No iba a ser un combate fácil. Nada fácil.

Y debía escoger a alguien que estuviese a la altura. Alguien como…

Alzó su mano lentamente hacia el tablero y un aura lumínica la envolvió. Uno de los peones, al sentir la calidez de la luz de Gheva, comenzó a desplazarse hacia el centro hasta enfrentar a la titánica figura oscura.

Como el resto de sus unidades, esta también tenía el escudo de Capital grabado en su parte posterior y, junto a él, relucía el número once. Una gran maza se acomodaba sobre la peana y varios anillos dorados circundaban lo que parecían sus extremidades.

—Interesante elección —bromeó Yavan—. Una lástima que ese comandante haya dejado de escuchar tu voluntad y no haga más que dejarse llevar por sus impulsos. Esa incertidumbre le da un toque tan interesante al combate…

La risa de Yavan volvió a sonar.

—Puede que este comandante no siempre siga el camino que le marco —aclaró Gheva cayendo, esta vez, en la provocación—. Pero para enfrentar a una criatura como la tuya, necesito a alguien como él. Para detener a un monstruo, hace falta otro monstruo.

Yavan asintió varias veces sin abandonar la aparente felicidad que parecía estar sintiendo.

—Una gran observación, querida. Aunque… ya que sacas el tema de los monstruos…

La pieza bicolor que permanecía inmóvil en uno de los flancos del tablero avanzó una casilla más hacia Yavan. El poco color blanco que aún se adhería a ella se desvaneció como ceniza al viento. El peón fue totalmente consumido por la sombra.

—¡NO!

Aunque en todo momento había tratado de reprimir sus impulsos y no mostrarle a Yavan sus emociones, en aquel momento Gheva no pudo contenerse más. Perder a una pieza tan importante como aquella suponía perder la poca ventaja que podía haber ganado. Y no lo iba a permitir.

Extendió sus seis alas y, con una sola batida, se catapultó hacia delante, dejando un rastro de plumas blancas a su paso.

Estaba dispuesta a acabar con Yavan ella misma.

En aquel instante no importaba nada más; ni el estúpido tablero, ni las piezas…

nada. Sería ella misma quien diese muerte a Yavan.

Pero algo la detuvo en pleno vuelo. Al sobrepasar cierta distancia, una fuerza, desde algún lado, la empujó hacia atrás, obligándola a retroceder hasta su posición original.

—No, querida, no así. No pierdas las formas, no es propio de ti —se burló Yavan desde el otro lado—.

Debes respetar el juego, pues esa es la determinación de Padre.

¿Cómo era aquello…? Ah, sí, cierto… “Forjaré un espacio en algún rincón del vasto cosmos, y allí daré vida a un tablero. En él se librarán las guerras y disputas que surjan en vuestras creaciones. Todo lo que acontezca sobre ese tablero se reflejará en ellas y, de esa manera, nosotros los Dioses, evitaremos involucrarnos directamente en el conflicto y el derramamiento de sangre entre iguales”—citó Yavan, divertido—.

¿Recuerdas, querida? El Juego de Reyes es sagrado.

Nadie, ni siquiera tú, puede saltarse las reglas.

Gheva plegó sus alas. Sin apartar sus ojos celestes de Yavan, arqueó la espalda, adoptando la postura autoritaria que había logrado mantener hasta entonces.

—No puedes apoderarte de esa pieza.

Yavan, en respuesta, soltó una risa burlesca.

—Oh, por supuesto que puedo —corrigió cuando el color negro del peón devoró por completo todo resquicio de luz—. Ahora ya no te escuchará más. La esencia que sembraste en ella se apagará para siempre y, a partir de este momento, será mi voz la única que pueda escuchar.

La situación era crítica, pero Gheva sabía que no podía dejarse llevar por sus emociones.

No otra vez. Por injusto que fuera, debía seguir concentrada en el juego, pues de él dependía el futuro de su Creación.

Ahogando su frustración y apagando su ira, Gheva repasó la disposición de sus piezas, sopesando el movimiento que realizaría a continuación.

—Nunca esperé que fueras a luchar con honor —sus manos se iluminaron—. Desde que germinaste a esa chica supe que, tarde o temprano, acabaría sucumbiendo a tu oscuridad y no podría utilizarla para enfrentarte.

—Muy astuta, querida, pero…

—PERO —interrumpió La Creadora—. Has cometido un grave error, Yavan. Has descuidado tus otros frentes.

El corcel blanco, aprovechando la apertura que Yavan había dejado entre sus piezas, avanzó por el tablero hasta situarse frente a su Reina.

—Y ese error…—continuó Gheva—. Te costará perder una de tus piezas más valiosas.

Yavan calló, asimilando el movimiento que su adversaria acababa de hacer.

—Vaya, ¿quieres que empecemos con la guerra de verdad?

—su semblante lucía impasible, como si la jugada de Gheva no le hubiese generado la más mínima preocupación—.

Tu corcel se ha vuelto muy poderoso, pero, ¿tanto como para enfrentar a un Emisario?

—uno de los alfiles frente a él, de pronto, desplegó unas alas oscuras y se elevó en el aire, surcando el tablero hasta posarse junto a la Reina—.

Y si así fuera… si de verdad tuviese alguna oportunidad…

¿Crees que sobrevivirá enfrentándose a dos de ellos?

A pesar de las palabras que Yavan escupía, Gheva sonrió, despreocupada.

—Has vuelto a cometer el mismo error, Yavan.

El Dios sombrío frunció el ceño, irritado.

—¿Qué insinúas, estúpida?

Gheva alzó su dedo imbuido en luz y señaló a uno de sus peones que, con un último movimiento, alcanzó la primera fila del lado de Yavan.

—No es mi corcel quien va a enfrentar a tus Emisarios...

El peón, poco a poco, fue desvaneciéndose.

La pieza comenzó a resquebrajarse, rompiéndose en infinidad de trozos para dar paso a la figura blanca más majestuosa de todas. Su presencia irradiaba un poder que rivalizaba con el de los propios Emisarios, y la luz que emanaba era tan intensa que, por un instante, logró cegar a Yavan.

—… Sino él.