Cataclismo (El Eco de los Dioses 3) 35. Farco
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35. Farco

El Helex seguía acumulando electricidad estática en su cuerpo. Como si de un potente imán se tratase, los pequeños filamentos que crepitaban sobre su piel atrajeron los fragmentos de acero que se esparcían por el suelo y comenzaron a danzar a su alrededor.

Ambos comandantes miraron fijamente al Hiniur.

Cecil se inclinó hacia el reloj, recogiéndolo del suelo y, aunando las fuerzas que le quedaban, le dio libertad a su Bendición una vez más.

La gruesa línea de luz volvió a recorrer su columna, ramificándose en infinidad de ríos lumínicos que recubrieron su espalda, y se extendieron hacia sus brazos, piernas y parte de su rostro.

Sostuvo sus facas, una en cada mano, empuñando una de ellas con el filo ligeramente adelantado y el otro apuntando hacia atrás.

La radiación de luz que desprendió su Bendición iluminó el perfil de Farco quien, segundos después, dejó fluir la suya propia también. Su piel se ocultó bajo una fina pero resistente capa de luz que la envolvió. Sus ojos se tornaron completamente blancos y, como su cuerpo, desprendieron luz propia.

Dio un paso al frente.

—El plan es el siguiente —dijo sin apartar sus orbes perlados del Helex—. Voy a intentar sobrecargarlo. Mantendré sus relámpagos ocupados conmigo mientras tú te encargas de él cuando su color se apague y sus fuerzas amainen —se giró hacia Cecil, mostrando su perfil iluminado—. ¿Crees poder hacerlo?

El recuerdo de su madre apareció en su mente por un instante. Aquel día falló y, como consecuencia, perdió al ser que más quería. Esta vez no dejaría que la falta de tiempo le arrebatase a otra persona más en su vida.

—Descuida.

Farco asintió y volvió su mirada hacia la bestia que tenía enfrente.

—Te confío mi vida, Cecil.

Sin esperar respuesta, el comandante del Uno se adelantó, emprendiendo una carrera hacia la criatura.

El Helex posó su mirada en el capitense y contrajo sus patas mientras un gruñido reverberaba en su garganta.

Su crin comenzó a erguirse, sus garras arañaron la tierra, y un chisporroteo cada vez más intenso navegó a lo largo de su lomo.

Cecil, que corría unos metros por detrás de Farco, se desvió hacia uno de los flancos. El Hiniur dirigió sus ojos hacia él, pero Farco, rápidamente, lanzó uno de sus escudos, obligando a la bestia a centrar su atención nuevamente en el comandante alopécico.

Sintiendo su orgullo herido y su poder menospreciado, el Helex corrió furioso hacia los comandantes.

Nuevamente, sus movimientos eran erráticos, casi impredecibles.

Tan pronto zigzagueaba como se lanzaba hacia la montaña, corriendo diagonalmente sobre ella.

Lo estaba volviendo a hacer; generaba electricidad estática para absorberla y almacenarla en su cuerpo.

El segundo escudo de Farco surcó el aire, impactando sobre el hocico del Helex y aumentando todavía más su frenesí.

Su crin albina se alzó hasta su límite como un bosque de púas, su aullido hizo vibrar las hojas de los árboles cercanos y su furia se descargó contra Farco cuando le asestó un poderoso golpe con sus garras.

El comandante rodó a través del yermo árido, impactando contra las rocas que salpicaban la superficie hasta colisionar contra la pared de la montaña, que lo frenó.

Tras unos segundos, se levantó sin mayor esfuerzo y sin presentar rasguño alguno sobre su piel.

El Helex necesitaría algo más que fuerza bruta para quebrar la barrera de luz que le ofrecía su Bendición y protegía su cuerpo.

Pero eso no conseguiría que dejase de intentarlo.

Sin previo aviso, el Hiniur saltó hacia él, justo por encima de su cabeza, y se impulsó para caer con todo su peso.

El comandante se cubrió con ambas manos, soportando la embestida del Hiniur con su Bendición, saliendo ileso nuevamente.

Pero el peso del Helex lo había hundido en la dureza de la roca y Farco quedó allí atrapado.

No…

La bestia aulló una vez más, inundando el entorno con su voz y provocando que la electricidad estática que fluía sobre su piel adquiriese más intensidad.

Cuando su rugido alcanzó su pico más alto, la carga de su cuerpo comenzó a liberarse en forma de relámpagos que serpentearon por el aire hasta impactar contra el cuerpo de Farco.

La garganta del comandante ardió cuando emitió un grito de dolor. Intensificó la luz que recubría su cuerpo, iluminando el campo de batalla como si fuera el propio sol.

Cecil se aproximó al engendro por detrás, observando incrédulo la escena.

—… Todo está ocurriendo justo como aquel día —susurró, cerrando momentáneamente sus párpados—. Hoy llegaré a tiempo. Juro que lo haré.

Volteó el reloj una vez más y se alzó del suelo tan rápido como la arena empezó a caer.

Rápido, rápido, rápido.

Cecil alcanzó al Hiniur y, al simple contacto con la luz de la Bendición, su cuerpo quedó paralizado.

Vamos, vamos, vamos.

Los relámpagos que desprendía, sin embargo, siguieron su curso, ajenos al poder de Cecil. Cada vez más rayos salían despedidos de entre sus escamas e impactaban contra Farco, el cual, aprisionado, no podía hacer más que soportarlos.

Más… más...

Cecil se deslizó por debajo del cuerpo del monstruo, buscando el lugar donde debería estar su corazón y hundió allí sus facas.

Más…

Empuñó los mangos con firmeza y, aún clavados, arrastró las hojas abriéndole dos cortes que desgarraron el tórax de la bestia.

El comandante salió de debajo y se dirigió hacia la cabeza, esquivando los hilos de electricidad estática que aun ondeaban débiles en su cuello.

Miró al Hiniur reparando en el aspecto moribundo que lucía.

Sus escamas habían perdido su brillo, el crepite de los relámpagos que surcaban su piel era menos sonoro y la cabeza del monstruo se tendía hacia abajo, como esperando el golpe de gracia.

Cecil alzó sus manos. Las hojas emitieron un destello al reflejar la luz de la luna. El viento sopló, meciendo el cabello del joven comandante mientras mantenía la posición unos segundos más.

Aquí acaba.

Descendió las cuchillas y, a la vez, la cabeza del Helex se irguió de pronto, emitiendo su tormenta más devastadora.

Cecil salió despedido por el aire tras el impacto, hasta estrellarse contra un árbol marchito que detuvo su vuelo. El Helex, furioso, caminó hacia él mientras seguía acumulando más electricidad estática del entorno.

¿Có…cómo…? El corte en su tórax… debía haberle matado… ¿Por qué no…?

Una sombra oscureció el cuerpo tendido de Cecil. Unos ojos carmesíes entraron en su campo de visión, mirándole a escasos palmos de distancia. Escuchó los relámpagos crepitar en el cuerpo de la bestia, preparándose para impactar contra él y acabar con su vida.

¿Es el fin?

Con un último esfuerzo, Farco logró salir de la jaula de tierra que le aprisionaba. Estaba débil. La piel lumínica que su Bendición le ofrecía se estaba apagando tras aquel ataque. Su armadura estaba rasgada y su cuerpo sufría arañazos y quemaduras por todas partes.

Entornó sus ojos y, a lo lejos, pudo ver al Helex y el cuerpo tendido de un joven que luchaba por vivir.

…Cecil.

No había tiempo para pensar. En su estado actual, ninguno de los dos comandantes podría dar muerte a un Hiniur que parecía hacerse más fuerte cuanto más duro le golpeaban. La estrategia que había ideado no estaba dando resultados y, debido a su error, Cecil iba a morir.

—…Fui el asesino de mi padre —murmuró Farco para sí—. Y ahora también el de Cecil.

No. No podría vivir así. El remordimiento de haber matado a su padre había resultado ser una carga muy pesada de llevar. Habían sido largas noches de insomnio y de incontables lágrimas recordando aquel día y culpabilizándose de lo sucedido.

En secreto, cada noche, Farco imploraba su perdón al Vastali Izh, pues él era quien retenía los pecados de las almas al morir y los transformaba en eslabones que añadiría a las pesadas cadenas que cargaba en su espalda.

Pero, por más que rezaba, por más que suplicase su perdón, Farco jamás escuchó su voz.

Solo había una manera de expiar sus pecados, una manera de conseguir el olvido y otorgarle a su alma la paz que durante tantos años había anhelado.

Pues para que un Vastali como Izh pudiera oírle, era necesario encontrarse con él más allá de la muerte.

Quizás…

Farco avanzó un poco más y recogió los escudos que previamente había lanzado hacia el Helex.

…Es el momento…

Se arrodilló en el suelo, con la mirada fija en el Hiniur.

Tendió los escudos a ambos lados, apoyándolos con cuidado sobre la tierra y, con un último esfuerzo, hizo que la luz que envolvía su piel brillara de nuevo.

La parte superior de los escudos se abrió en cuatro secciones.

En sus paredes había grabada simbología celestial que parecía brillar tenuemente mientras una larga cadena negra se enroscaba en el centro de cada compartimiento.

…De liberar mi Bendición y expiar mis pecados.

Con un sutil movimiento de sus dedos, Farco aflojó las hebillas que sujetaban su coraza. Uno a uno, los cierres fueron cayendo al suelo hasta que la pieza de jaspe negro se desprendió de su cuerpo.

El torso desnudo del comandante reveló una serie de símbolos e inscripciones en lengua celestial que tatuaban su cuerpo.

El brillo perlado de su piel se desvaneció, dando paso a una luz oscura que devoraba toda la claridad que lo revestía.

Sus ojos, imbuidos también de luz blanca, fueron tiñéndose de un negro absoluto que los opacó por completo.

Levantó los brazos en cruz, con las palmas hacia abajo, apuntando a la superficie de los escudos que descansaban a los lados. Alzó su cabeza y su mirada ensombrecida observó las estrellas que titilaban en el firmamento.

—Izh, a ti te imploro —comenzó a decir mientras, sobre la superficie de sus escudos, emergían hilos de sombra—. Escucha la plegaria de este hombre que hoy reclama tu perdón.

Las sombras se deslizaron por el aire como serpientes y comenzaron a enroscarse con fuerza alrededor de los brazos del comandante, adoptando la forma de cadenas.

—Izh, a ti te imploro. El remordimiento ha marcado mi vida y ha impedido que esta alma conozca la paz.

No vengo a ti para justificar mis actos.

No vengo a ti para excusar mi pecado— los extremos de las cadenas se desprendieron del escudo y comenzaron a ascender, arrastrando a Farco consigo hasta dejarlo suspendido en el aire con los brazos extendidos—.

Hoy vengo a ti con el alma desnuda y las manos manchadas de lo que fui.

Las cadenas se tensaron de golpe, estirando los brazos de Farco hacia los lados. Bajo sus pies, las sombras que se habían formado sobre los escudos se arremolinaron hasta formar una niebla espesa, de la cual emergió una figura incorpórea hecha de pura sombra.

—Izh, a ti te imploro —recitó Farco entre dientes, soportando la tensión en sus brazos—. Tú que perdonas, guarda mi pasado en el fondo de tu olvido y déjame caminar, por fin, como si nunca hubiera sido.

Tras pronunciar sus últimas palabras, el cuerpo de Farco quedó inerte, suspendido por las cadenas.

Desde el suelo, la sombra que lo observaba reveló unas manos alargadas que sostenían una pronunciada guadaña de hoja curva.

Contempló a Farco por un momento para luego desviar la mirada y fijarla en el Helex.

—Un alma por un alma —pronunció la voz siniestra de aquel ente—. El pacto ha sido sellado.

La sombra avanzó despacio, flotando a través del aire, hasta posarse justo sobre la cabeza del engendro. Lentamente, llevó la hoja de su guadaña (hecha también de neblina negra) justo bajo el cuello del Hiniur.

—Tus pecados quedan olvidados. Puedes descansar en paz.

Alzó sus brazos brumosos y la hoja de la guadaña se deslizó a través del cuello del Helex, extirpándole el alma.

Cecil se giró hacia un lado, pero allí solo vio el cuerpo ensombrecido de Farco suspendido en el aire. Parecía que algo, desde alguna parte, lo sostenía allí arriba.

¿Pero que…? ¿Qué está…?

Cecil enmudeció de golpe cuando, de pronto, el cuerpo del Helex se desplomó con violencia contra el suelo.

El estruendo levantó una cortina de tierra que le nubló la vista.

Pero, aun sin verlo, supo que todo había terminado.

Ya no oía el chisporroteo de los relámpagos, ni percibía el fulgor verdoso de las escamas, ni sentía la contundente respiración de la bestia.

El joven comandante se levantó del suelo tan rápido como su dolorido cuerpo le permitió. Se limpió el sudor que bañaba sus ojos y fue entonces cuando lo vio.

El Helex ha muerto. ¿Qué ha…? ¡Farco!

Sin tiempo para celebraciones, Cecil echó a correr desesperado hacia su compañero, envainando sus facas y apagando su Bendición en plena carrera. Al llegar logró distinguir, entre la bruma terrosa, la silueta de Farco tendida en el suelo.

—¡Lo hemos conseguido, Farco! ¡Hemos acabado con él! —entrecerró sus ojos, tratando de acostumbrarse a la pantalla de tierra que le impedía ver—. No te lo vas a creer. Pensaba que iba a morir y de pronto el Helex…

De entre la nube, se hizo paso una mano raquítica de piel oscura que se apoyó sobre el hombro de Cecil.

—Estoy orgulloso de ti, muchacho —balbuceó Farco, débil.

Poco a poco, el polvo fue disipándose y Cecil pudo percatarse del estado deplorable en el que se encontraba su compañero.

Su piel bailaba entre los tonos negros y grises.

Un sinfín de símbolos en celestial adornaban su cuerpo desnudo mientras este, poco a poco, se deshacía en partículas oscuras que iban ascendiendo al cielo.

—Diles a todos que lo lograste —consiguió decir Farco—. Diles que llegaste a tiempo para acabar con él.

—No… Farco. No puedes…—Cecil se llevó el dorso de su mano a los ojos, secándose las lágrimas—… no puedes.

La comisura ensombrecida de Farco se movió un poco y Cecil alcanzó a intuir en ella una sonrisa.

—¿Por qué…? —murmuró Cecil entre lágrimas—. ¿Qué… has hecho?

Farco movió sus ojos negruzcos hacia el joven y dejó caer la mano que apoyaba en su hombro hacia el suelo, inerte.

—Yo maté a mi padre —susurró—. Desde aquel día, me prometí que moriría dando mi vida para que otro conservase la suya— su cuerpo ya se había desvanecido y lo único que quedaba era su cabeza—. Ese… es el precio de mi condena —cerró sus ojos por completo—. Y hoy por fin, mi alma conocerá la paz.