34. Espesura
Dargan nunca pudo superar la muerte de su esposa.
Aunque habían pasado ya cinco años desde el incidente, su sonrisa seguía apareciendo en sus sueños, su voz tras los cánticos de los ruiseñores y su belleza al contemplar el alba en el horizonte.
No era fácil olvidar a alguien como Bryna. Aunque se repitiese una y otra vez que la había olvidado, que aquello era parte del ciclo de la vida, la verdad era que la melancolía le seguía pesando en lo más profundo de su ser.
Por aquel motivo, Dargan decidió abandonar el cobijo de Capital y emprender una vida ermitaña en los bosques, alejado de la civilización.
Quería huir de aquel lugar que alguna vez los vio cogidos de la mano, aquel lugar que fue testigo de cómo aquellos dos adolescentes corrían por sus calles ajenos al resto de miradas.
Lejos del recuerdo de haberse prometido vivir juntos el resto de sus vidas, pasase lo que pasase.
Al principio no fue fácil. El cambio de vida que supuso abandonarlo todo y perderse entre montañas, cuevas y bosques no fue algo a lo que Dargan se acostumbrara rápidamente.
Por esa razón, apreciaba tanto la compañía de su hijo, pues era la viva imagen de su difunta esposa y la única persona que le había acompañado durante tantos años en tierra de nadie.
Juntos habían logrado superar las adversidades que se les habían ido presentando.
De entre todos los oficios que habían desempeñado para ganar su sustento, la tala de árboles era el que más beneficios les había dado.
La leña era un material codiciado por los capitenses y Dargan, junto a su hijo de apenas ocho años, se dedicaba a talar y vender la madera a los mercaderes que transitaban los caminos próximos al bosque donde vivían.
—¡Mírame, papá! ¡Mírame! —exclamó el niño, flexionando sus brazos para exponer la escasa musculatura que albergaban—. ¡Ya soy un hombre fuerte como tú! ¡Ya puedo talar uno de los grandes!
La dulce voz de su hijo extrajo a Dargan de sus pensamientos melancólicos y su sonrisa, impulsada por la ternura del pequeño, se dejó intuir entre la densa barba negra que revestía sus labios.
—¡Oh! Ya lo creo Farco, ¡estás hecho todo un leñador! —repuso, dándole un pequeño golpe cariñoso en el hombro—. Pero hoy aprenderás a ser uno de verdad.
Farco, movido por la ilusión que le suscitaron aquellas palabras, dejó caer el hacha de entre sus manos y comenzó a dar brincos de alegría.
—¡Sí, sí, sí! ¡Llegó el día! ¡Seré un leñador! ¡Uno de verdad!
Dargan soltó una carcajada.
—Vale, vale, Farco… o despertaremos a las bestias del bosque —bromeó sin apagar su sonrisa—. Y no queremos eso, ¿verdad que no?
Farco se tapó la boca para no pronunciar una palabra más. Su padre, sin cesar la felicidad que se adueñaba de sus labios, llevó una de sus manos callosas hacia la melena de su hijo, desbaratándola.
—Sigamos, hijo mío, antes de que nos alcance la noche —propuso, cortando con su hacha la vegetación que se abría ante él y que ocultaba el sendero.
Farco asintió y caminó siguiendo sus pasos.
Las horas siguientes transcurrieron lentas.
La maleza que se precipitaba sobre el camino era cada vez más densa y las eternas cuestas que tuvieron que atravesar, más inclinadas.
Los árboles que ese día buscaban, aquellos de madera resistente y copas agigantadas, crecían en las zonas más recónditas del bosque.
Finalmente, con el sol alzándose justo encima de sus cabezas, llegaron a su destino.
Una frondosa explanada situada en el mismo corazón del bosque, conformada por un sinfín de árboles cuyos troncos se alzaban al cielo y sus copas, en la lejanía, dejaban pasar solo tenues claros de luz.
Una brisa fresca y apacible se colaba entre los abetos de alrededor, meciendo los cabellos del joven Farco, quien contemplaba con asombro aquella cantidad de leña.
—¡Somos ricos! —gritó, asustando a las aves que descansaban en las ramas de algún árbol a lo alto y que alzaron el vuelo—.
¡Papá, somos ricos! ¡Mira que cantidad de troncos!
—se detuvo, frotándose el mentón con dos dedos, pensativo—.
Vale, veamos, es importante decidir en qué invertir el oro ¡Empiezo yo!
—se golpeó la barbilla con el índice—. Quiero…
quiero…quiero ¡Una gran casa en el campo!
¡Y animales! ¡Muchos animales! Y… ¡Un gran carruaje para poder ir a la ciudad a por su comida!
También quiero una armadura de jaspe negro, de esas que llevan los comandantes, y una gran espada de filo brevodiano, con la que segar la vida de los enemigos y…
Las carcajadas de Dargan interrumpieron el entusiasmo de Farco.
—Está bien ser ambicioso, hijo mío, pero para poder adquirir todo eso que deseas, primero debemos talarlos y te aseguro que estos árboles no son como los que has cortado hasta ahora —se aproximó a uno de ellos, posando su palma en el tronco, acariciando su rugosidad—.
Es madera de alta calidad, tan resistente como delicada.
No va a ser tarea fácil y requiere una tala minuciosa y profesional.
Farco bufó, resignado.
—Seguro que no es para tanto —replicó—. Tan solo unos cuantos golpes con el hacha y…
—¡Farco! —llamó su padre elevando su tono de voz con firmeza—. No seas impulsivo. Las prisas no conducen a nada bueno. Nunca —dio una bocanada de aire, calmando su exaltación—. Deja… deja que prepare las cuerdas y el equipo de poleas, te enseñaré como se hace.
Dargan se alejó varios metros de su hijo, se retiró la bolsa de cuero que cargaba a sus espaldas y la apoyó en el suelo. Con sumo cuidado, fue retirando todo el material que necesitarían para talar aquella valiosa madera.
Pero Farco seguía con su frente arrugada. Quería demostrarle a su padre que ya era todo un hombre. Que ya se valía por sí mismo. Deseaba hacerle sentir orgulloso del hijo que tenía y, para ello, debía talar uno de esos árboles él solo.
Se giró para asegurarse de que Dargan seguía sumido en su tarea, ajeno a todo lo demás. Con pies cautelosos, Farco se aproximó al árbol y comenzó a asestar hachazos en el tronco.
Estaba de suerte, los sonidos del bosque eran intensos y parecía que su padre, desde aquella distancia, no alcanzaba a oírle. La corteza del árbol sucumbía con una facilidad pasmosa ante el filo del hacha y tan solo con tres golpes ya pudo alcanzar a ver el centro del tronco.
Un poco más… pensó para sí. Solo un poco más para demostrarle a papá que puedo ser tan buen leñador como él.
El filo del hacha impactaba contra el tronco una vez tras otra, hundiéndose un poco más con cada arremetida. Farco se retiró el sudor de la frente, cogió aire y dio el último golpe. El tajo que desplomaría el árbol contra el suelo. El corte que lo convertiría en aquel Farco que tanto deseaba ser.
El tronco empezó a tambalearse, meciéndose levemente de un lado a otro, amenazando con caer en cualquier momento.
Farco sonrió.
¡Lo he conseguido!
Pero su sonrisa se esfumó de golpe cuando el árbol, carente de cuerdas y poleas que redirigiesen su aterrizaje, comenzó a desplomarse hacia su padre quien, distraído, canturreaba mientras preparaba el material de tala.
Farco corrió desesperado hacia él.
—¡PAPÁ!
No tuvo apenas tiempo para asimilarlo. La sombra del árbol comenzó a ensancharse, oscureciendo todo a su paso. Dargan se tornó levemente, movido por los gritos de su hijo.
—¿Qué es tanto alboroto…?
Al levantar la mirada del todo, vio a su hijo a pocos pasos de él, corriendo con el rostro pálido y, justo encima, uno de los colosales árboles que crecían en aquella parte del bosque, cayendo en su dirección.
No hubo tiempo para nada más. El tronco, finalmente, aterrizó contra el suelo y el bosque se sumió en un silencio agónico.
Farco estaba de pie, su pecho se inflaba y deshinchaba con violencia fruto de su respiración agitada.
Poco a poco, se retiró los antebrazos que cubrían su rostro, temiendo lo que vería a continuación.
El tronco había caído justo encima de él pero, en lugar de aplastarlo, se había quebrado al contacto con su cuerpo, formando un agujero con la forma de su silueta.
¿No… estoy muerto?
Parecía que Gheva tenía otros planes muy diferentes para aquel muchacho impulsivo.
En el último instante, antes de que el árbol le aplastase, su cuerpo se había imbuido de luz.
Gheva le había bendecido en aquel momento, otorgándole la capacidad de endurecer su cuerpo como si su piel, de pronto, estuviese hecha con el acero más resistente de todos.
Cuando su sorpresa menguó y la nube de hojas y tierra se desvaneció, Farco miró a su alrededor.
El silencio inquietante seguía asolando el bosque, el graznido de las aves tras emprender el vuelo asustadas por el sonido del impacto se escuchaba en la lejanía y los insectos callaron, así como el sonido de las ramas al mecerse por el viento.
Todo estaba en el más absoluto silencio.
Todo.
Farco, sin poder disimular el nerviosismo que sufría, saltó de entre las gruesas astillas que lo aprisionaban y se dirigió hacia la copa del árbol que yacía sobre el suelo.
Entonces lo vio.
El cuerpo de Dargan estaba aplastado en una postura antinatural. Un charco de densa sangre se extendía alrededor de su cuerpo. Sus ojos dejaron de brillar con aquella bondad que solían desprender y su sonrisa se apagó para siempre.
Farco palideció. Se quedó quieto contemplando como más de aquella sangre brotaba desde algún lugar del cráneo de su progenitor y ensanchaba, todavía más, la aureola rojiza que enmarcaba su cuerpo.
Los años pasaron y Farco tuvo que aprender a convivir sin el amparo de sus padres en aquel lugar hostil.
Recolectaba leña para luego venderla, aprendió a diferenciar los frutos comestibles de los que no, se instruyó él mismo en el manejo de las armas para enfrentar a las bestias del bosque que le querían dar caza.
Pero, en aquello que Farco más hincapié hizo fue en aprender a controlar su Bendición.
Un buen día escuchó a unos mercaderes que transitaban próximos al bosque hablar sobre la hazaña de un hombre que se hacía llamar Álvar y que, tras destronar a Krollo, se había convertido en Rey de Capital.
Farco no le dio mucha importancia en un principio, pero finalmente, el poder de su Bendición llegó a oídos del monarca y fue en su busca para reclutarlo como comandante del escuadrón Uno.
Farco aceptó la petición y se trasladó a la comodidad de Capital.
A partir de entonces, su vida fue a mejor: Gozó del reconocimiento de los ciudadanos, del apoyo de un imperio como el de Capital, comandó un escuadrón compuesto por hombres y mujeres que seguían sus órdenes y, en definitiva, comenzó a tener la vida que siempre quiso tener.
Pero hubo algo que lo persiguió siempre. Un pensamiento que, pese a los lujos y comodidades de los que disfrutaba, volvía a su cabeza una y otra vez.
Su padre había muerto y él había sido su asesino.